viernes, 25 de mayo de 2012

San Gregorio VII, papa

  25 de mayo




“He amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro”. Últimas palabras y epitafio de la tumba de San Gregorio VII, en la catedral de San Mateo, Salerno – Italia.

San Gregorio VII es una figura gigantesca, el Papa genial del siglo XI. Había acabado el túnel oscuro del siglo X, el siglo de hierro del pontificado. Gregorio VII es el más ilustre paladín de la Fe desde la Sede de Pedro.
Hay algo grande en la epopeya de su vida. Vemos al mundo entero luchando «contra el falso monje Hildebrando», y al monje hablando las palabras eternas, haciéndose oír entre el fragor del combate, levantando entre todas las corrupciones el estandarte del ideal, del espíritu, de la libertad y del bien. Pero la Historia es muchas veces injusta: a un hombre que en sus empresas nunca se miró a sí mismo, que siempre defendió los intereses de Dios y de la Humanidad, que hizo triunfar los más altos ideales a costa de su salud, de su libertad y de su vida, se le ha llamado ambicioso, déspota, acaparador del dominio universal. Sin embargo, mientras haya un resto de honradez, en el mundo, se presentará como un símbolo la figura innoble de Enrique IV mendigando el perdón entre la nieve y el barro, y el gesto definitivo del monje dejando arrastrarse ante su puerta al perjurio y al despotismo.

La grandeza de este luchador pertenecía únicamente a su alma: el mundo no le dio nada, ni dinero, ni nobleza, ni potencia, ni hermosura. Era hijo de un pobre cabrero de Sayona. Nadie hubiera adivinado en el pastorcillo de los primeros años al futuro pastor de pueblos. Conforme iba avanzando en edad, se acentuaban las formas nada armoniosas de su cuerpo: moreno, menudo, nervioso, vientre abultado y rostro cetrino. Sus enemigos le llamarán el hombrecillo de las piernas cortas. Sólo en sus ojos se veía el relampaguear de su alma; y sólo al alma se refería el nombre providencial que le impuso Bonigo, el cabrero: Hildebrando, que quiere decir la espalda que relumbra. Nadie lograría mellar aquella espada. Un tío suyo lo sacó de entre las cabras y le vistió la cogulla benedictina en el monasterio de Santa María, de Roma. Su maestro, Juan Graciano, después Gregorio VI, declaraba que nunca había visto una inteligencia igual, y el emperador Enrique III, que le oyó predicar siendo joven, decía que ninguna palabra le había conmovido como aquélla. Hombre de lucha, tuyo que vencer primero su propia carne, y lo hizo con el estudio y la fatiga de los viajes. Entonces es cuando recorrió distintas provincias de Francia y cuando visitó la gran abadía de Cluny.

Hildebrando es el hijo más genuino de Cluny. Su abadía del Aventino era cluniacense, y nadie mejor que él supo encarnar aquel espíritu de reforma que entonces necesitaba la Iglesia. En sus viajes lo examina todo, lo ve todo, y a su espíritu se le representan con toda su hediondez las llagas del cuerpo eclesiástico. San Pedro le guía, y en el momento oportuno se le aparece una noche y le manda volver a Roma. «Roma—dice un historiador de aquella época—era una cueva de ladrones»; y, desgraciadamente, había muchas cuevas de ladrones en toda la cristiandad. La tierra de San Pedro se vendía, mejor dicho, se robaba con la espada en la mano. Las mitras se vendían y-robaban también, y las tiaras y las mitras y las gradas del templo estaban manchadas de cieno y de sangre. Cuando el joven llegó a Roma, su maestro, Juan Graciano, acababa de sentarse en el solio pontificio, y un día el Papa entró en el monasterio de Santa María y se llevó a su antiguo discípulo. Hildebrando tenía entonces veinticinco años. Cuando los romanos le vieron en el palacio de Letrán, comprendieron que había pasado el tiempo de aquellos Papas imberbes, sujetos al capricho de sus pasiones y al de una cuadrilla de bandoleros. La reforma comenzó. El maestro era la cabeza; su discípulo, el brazo. Vióse al monje mandando un ejército para extirpar de malhechores la campiña romana. Pero la lucha era desigual, y los dos intrépidos luchadores no pudieron sostener el empuje de todas las concupiscencias que se declaraban contra ellos. Gregorio VI muere en la arena; y el monje se vuelve a Cluny.

San Gregorio VIIDe allí lo saca poco después el piadoso obispo de Toul, Bruno, que acababa de ser nombrado Papa por Enrique III.

—Vendrás conmigo a Roma—le dice el Pontífice.

—No es posible—contesta el monje.

—¿Por qué?

—Porque subes a la silla de Pedro en virtud del poder real, no por una institución canónica.

Impresionado por esta actitud, el elegido se declaró dispuesto a volverse a su diócesis si el clero y el pueblo de Roma no ratificaban su elección. Era lo que pedía el Derecho eclesiástico; Hildebrando accedió a la voluntad del pontífice, y permaneció a su lado mientras vivió; y el pontificado de León IX fue santo y grande porque le infundió su aliento el alma grande y santa de Hildebrando. Es el aliento que sigue inspirando a los Papas durante un cuarto de siglo. La nave de la Iglesia pesa ya sobre aquellos hombros, débiles en apariencia; aquellos ojos fulgurantes velan sobre toda la cristiandad. Donde hay un peligro para la Iglesia, allí está el monje de Santa María para desviarlo con una prudencia, con un valor, con una sangre fría, que su amigo Pedro Damiano puede llamarle con graciosa ironía «mi querido y santo Satán».

En 1073 moría Alejandro II. En las elecciones anteriores, el brazo derecho de los Pontífices había rehusado la dignidad suprema; esta vez le fue imposible evitarla. Como arcediano que era, se vio obligado a presidir los funerales de su predecesor. En medio de la ceremonia, la multitud, clero y pueblo, hombres y mujeres, prorrumpe en un grito unánime: «¡Hildebrando, Papa!» Lleno de terror, el arcediano se precipitó hacia el ambón para arengar a la concurrencia. Pero el cardenal Hugo Cándido se le había anticipado, y, logrando sofocar las aclamaciones, decía: «Romanos: bien sabéis que desde el pontificado del Papa León, Hildebrando ha exaltado la Iglesia romana y salvado esta ciudad. Nunca podremos hallar un Pontífice semejante a él. Es un hombre que ha recibido las órdenes en nuestra iglesia; lo conocemos perfectamente y lo hemos visto siempre en la brecha.» Los cardenales, obispos, sacerdotes, levitas y demás clérigos clamaron según costumbre: «San Pedro ha escogido a Hildebrando Papa.» El pueblo se apoderó de él y le entronizó casi a la fuerza. Dos días después el electo escribía al abad de Montecasino: «Se han precipitado sobre mí como unos insensatos, sin dejarme hablar; y me han levantado violentamente al gobierno apostólico. Ahora puedo decir con el profeta: El temor y el temblor se han apoderado de mí, y me han invadido las tinieblas. Pero no puedo contarte mis angustias, porque estoy atado al lecho y rendido de cansancio.» El débil Hildebrando se sentía desfallecer, pero el Vicario de Cristo no temía nada. «Vos lo sabéis, bienaventurado San Pedro—exclamaba en una carta años adelante—; vos me habéis hecho sentar en vuestro trono contra mi voluntad, a despecho de mi dolor y de mis lágrimas; vos me habéis llamado; vos sois quien, a pesar de mis gemidos, habéis colocado sobre mí este peso terrible.»

Desde este momento Hildebrando se llamó Gregorio VII. Sólo el nombre era un programa de conducta. Iba a proseguir la campana empezada al lado de su maestro treinta años antes. En la Iglesia había dos llagas que nadie se atrevía a tocar. En primer lugar, los clérigos habían olvidado la ley del celibato. El vicio se presentaba impudente y agresivo, invocando en su favor textos de concilios, palabras evangélicas e imposiciones de la Naturaleza. Se tachaba de hipócritas a los que defendían y practicaban la virtud. Pero la incontinencia tenía su origen en la simonía. No se daban los beneficios eclesiásticos a los que los merecían, sino a los que los compraban. El tráfico de las cosas santas no sólo se consideraba como una costumbre general, sino como un derecho legalmente adquirido. Los altos dignatarios eclesiásticos, que habían pagado cara su dignidad al rey o al señor, procuraban indemnizarse vendiendo a sus subordinados las funciones menores. Era el triunfo de la injusticia, la ofuscación de las conciencias y el oscurecimiento general de los espíritus, Gregorio inauguró aquella lucha gigantesca celebrando un Concilio en Roma y lanzando después sus legados por, toda la cristiandad para hacer cumplir los decretos. La protesta fue general; la sublevación, violenta en todas partes; pero, sobre todo, en Alemania. Los recalcitrantes formaron un partido numeroso, que nombró un antipapa. En vista de las dificultades, una tristeza inmensa se apoderó del reformador. Escribiendo a San Hugo, abad de Cluny, le decía: «Si supieras a cuántas tribulaciones me veo sometido, no cesarías de pedir que el pobre Jesús, tan despreciado, y que, no obstante, lo ha creado todo y todo lo gobierna, se digne tenderme la mano y librar a este su siervo miserable con su infatigable benignidad. Cuando recorro con mi pensamiento los pueblos de Oriente y de Occidente, del Mediodía y del Septentrión, apenas veo algunos obispos que gobiernen al pueblo cristiano por amor de Jesucristo, y no por egoísmo y ambición. En cuanto a los príncipes, no conozco a ninguno que prefiera la gloria de Dios a su propia gloria, y la justicia al lucro. Si, finalmente, miro dentro de mí, me siento tan abrumado por el peso de mi propia vida, que no me queda esperanza de salud sino en la misericordia de Jesucristo.»

A pesar de todo, el atleta de Cristo no se rendía. Seguía luchando con la misma tenacidad que al principio, enviando sus epístolas a todos los príncipes, y reuniendo concilios en todas las naciones, siempre inflexible en su deber, y siempre fácil para conmoverse; siempre inclinado a fiarse de los hombres, a creer en las promesas y a perdonar. «Los clérigos depuestos—escribíale algo malhumorado uno de sus nuncios—corren a Roma, obtienen vuestra absolución y vuelven peores que antes.» Y Gregorio contestaba: «Es costumbre de la Iglesia romana tolerar ciertas cosas y disimular otras, y he aquí por qué hemos creído poder templar el rigor de los cánones con la dulzura de la discreción.» Aquí se ve el corazón del padre; la voz del jefe se descubre en estas cláusulas de la encíclica dirigida al episcopado francés: «A consecuencia de la debilidad del poder real, las leyes y el Gobierno se ven impotentes para estorbar y castigar las injusticias. Vuestro rey, que debiera ser el defensor de la equidad, es el primero en violarla. En cuanto a vosotros, habéis de saber, queridos hermanos, que incurrís en falta no resistiendo las acciones detestables de ese hombre. No hablemos de temor; reunidos y armados con la justicia, seríais bastante fuertes para apartarle del camino malo y para asegurar vuestras almas. Y aunque hubiese temor o peligro de muerte, no deberías renunciar a la independencia de vuestro sacerdocio.»

Gregorio no olvidaba un solo instante que se debía a todas las Iglesias del mundo. En Francia combate los desórdenes de Felipe Augusto; lucha en Inglaterra por medio del arzobispo Lanfranco; en España introduce la liturgia romana y alienta las campañas de Alfonso de Castilla contra los sarracenos, y su acción llega a las más apartadas regiones del Norte y del Oriente.

Al recorrer su correspondencia, le vemos en relación con los reyes y duques de Suecia, Noruega, Polonia, Hungría, Bohemia, Rusia y Armenia. En todas partes vigila, corrige, sostiene, anima, negocia con energía indomable, y, a la larga, con resonantes triunfos; en todas partes persigue el mismo fin: devolver a la Iglesia la pureza de su fe y de su vida, libertándola del mundo señorial, que la tenía envuelta en sus redes, esclavizada, degradada, y vinculándola de nuevo a Roma, a la fuente de la unidad y de la fuerza; porque, en realidad, Gregorio VII, más que un batallador, un filósofo y un político, es un apóstol. El celo apostólico, el amor de la paz y la justicia le guían siempre, lo mismo cuando dirige y alienta a sus amigos que cuando lanza el anatema contra sus adversarios. Entre las órdenes secas del hombre de gobierno, es fácil encontrar frecuentemente el hálito del santo. Escribiendo a la condesa Matilde, la amazona de combatir al príncipe de este mundo, te he señalado ya las dos más importantes en la recepción frecuente del Cuerpo de Cristo y en una confianza ciega en su Madre. Hace mucho tiempo que vengo encomendándote a la Madre del Señor y no cesaré de hacerlo hasta que tengamos la dicha de ver allá arriba a esa Reina, que ni los Cielos ni la tierra pueden alabar dignamente.»

La mirada de Gregorio alcanzaba hasta el Oriente asiático, donde, una a una, iban cayendo en manos de los musulmanes las grandes metrópolis ilustradas por los recuerdos de la edad apostólica y por los doctores inmortales de la Iglesia. Por vez primera, Gregorio VII piensa en la cruzada que dos lustros más tarde terminará con la conquista de Jerusalén. En medio de la división que desgarra a la sociedad feudal del siglo XI, él es el único que tiene conciencia de la unidad cristiana y de los intereses comunes a todos los fieles, él es quien lanza la primera idea; quien traza el primer plan de guerra santa en Occidente. Sin embargo, tal vez ningún Pontífice romano se ha dirigido a un príncipe musulmán con el afecto que revelan estas palabras de Gregorio a Au-Nazir, rey de Mauritania: «Sé que has dado la libertad a cristianos que estaban cautivos en tu reino. Es un acto de bondad que seguramente te ha sido sugerido por Dios, pues por nuestra parte no podemos hacer ni pensar nada bueno. Rogamos a Dios del fondo del corazón, que te reciba, después de una larga vida, en el reino de los bienaventurados, en el seno del muy santo patriarca Abraham.»

Aquel sueño de los reinos cristianos lanzándose contra el Islam, cada día más amenazador, no se realizaría en los días de Gregorio, demasiado absorbido por sus planes de reforma religiosa. La lucha, en todas partes violenta, había tomado en Alemania gigantescas proporciones. Enrique IV tener sus pretendidos derechos a intervenir en las elecciones abaciales y episcopales. Y surgió la larga y encarnizada contienda de las investiduras. Hubo batallas sangrientas, concilios y anticoncilios, guerras de espadas y excomuniones, traiciones execrables y atentados. Los obispos cortesanos del emperador anatematizaban al «falso monje», y el mismo emperador clamaba con tono patético: «Desciende, hombrecillo miserable, desciende de la sede aposlólica que usurpaste, tú, que has sido condenado para siempre.» Pero la excomunión de Gregorio surte más efectos que el melodrama imperial. Un bandido, enviado de Alemania, quiso atarle las manos y le encerró en un castillo; pero, libertado por el pueblo de Roma, que le adoraba, Gregorio lanzó el anatema, desligando a todos los señores del Imperio del juramento de fidelidad. La pena, sin embargo, no era irrevocable. Al mismo tiempo, el Pontífice dirige esta súplica a todos los que en Alemania acatan su autoridad: «Os rogamos como a hermanos muy amados os consagréis a despertar en el alma del rey Enrique los sentimientos de una verdadera penitencia y a arrancarle del poder del demonio, a fin de que podamos reintegrarle en el regazo de nuestra Madre común.»

Enrique desafió todos los anatemas, y todas las furias del Averno se reunieron en torno suyo. Gregorio tenía de su parte la justicia; y, además, a su lado estaba la figura celestial y abnegada de la condesa Matilde y la espada heroica y legendaria de Roberto Guiscardo. En Germania, el rayo de Roma había sido el principio de la defección. Aquel mundo feudal, que descansaba, ante todo, sobre la religión del juramento, se negaba a obedecer a un emperador excomulgado. Enrique vio su causa perdida, y comprendiendo que el más blando de sus adversarios era el Papa, resolvió poner la causa en sus manos. Gregorio estaba en Canosa, el castillo inexpugnable de Matilde. Una mañana, era el 25 de enero de 1077, un viajero llamaba a las puertas de la fortaleza. Parecía un peregrino. Nevaba, hacía mucho frío; pero él tenía los pies descalzos, la larga melena al aire, y una túnica de lana, ceñida de un cordón, le cubría el cuerpo. Este hombre suplicante, este peregrino vestido con la hopa de los penitentes, era el mismo Enrique IV. Esperó hasta mediodía, hasta la tarde, hasta que huyó la luz, sin probar bocado, con los pies sobre el hielo. Al día siguiente, igual. Al tercer día, lo mismo; gimiendo, llorando, solicitando su perdón. AI anochecer, iba ya a retirarse, perdida toda esperanza, cuando se le ocurrió entrar en una ermita cercana. Allí estaban orando la condesa y Hugo, abad de Cluny. «Por favor, interceded por mí», les dijo el penitente. Ellos se conmovieron, hablaron al Papa, y Gregorio VII se doblegó. Fue una debilidad de su corazón. Harto le decía su sagacidad que todo aquello no era más que un fingimiento hipócrita; que Enrique lo único que buscaba era salvar su trono, amenazado por la excomunión; que todas sus promesas, según la expresión de un cronista, se desharían como telarañas, en cuanto traspusiese los Alpes. Y así fue. Se renovaron las excomuniones, los conciliábulos y las hipocresías, y durante mucho tiempo el hijo del cabrero resistió impávido a los ejércitos imperiales.

Muerte de San Gregorio VIIDelante de Roma, el germano abre otra vez negociaciones hipócritas. Ganados por sus larguezas, los romanos le entregan la ciudad. Gregorio, inquebrantable, se refugia en el castillo de Santángelo, y desde allí renueva la sentencia de excomunión. El tirano le contesta haciendo entronizar al antipapa en la basílica de San Pedro. De súbito; corre el rumor de que Roberto Guiscardo avanza sobre la ciudad al frente de un ejército formidable de normandos. La fidelidad de los romanos empieza a vacilar. Enrique se retira vergonzosamente, y mientras se alejan los teutones, el duque recoge a su amigo y se lo lleva a Salerno, desde donde Gregorio dirige a la Iglesia universal un llamamiento conmovedor: «Por amor de Dios—decía—, todos los que seáis verdaderos cristianos, venid en socorro de vuestro Padre celestial y de vuestra Madre, la Santa Iglesia, si queréis obtener la gracia en este mundo y la gloria en el otro.» Al borde del sepulcro, el ideal sagrado le perseguía; pero la Providencia no le permitió contemplarle en su perfecta realización. Una tristeza profunda le apretaba el corazón, y su cuerpo estaba deshecho por las fatigas del combate. En el momento de exhalar el último suspiro le oyeron pronunciar estas palabras: «He amado la justicia y he odiado la iniquidad; por eso muero en el destierro.»

Moría vencido por la fuerza bruta, pero con el consuelo del sembrador que deja un campo lleno de esperanzas. A pesar de su aparente derrota, el mundo nuevo que había preparado y moldeado llegaría a ser una realidad. Su última hora nos revela la angustia de todos los genios que se adelantan a su siglo; pero la victoria alboreaba gracias a sus esfuerzos. Sembró con lágrimas; otros recogerán con exultación. El drama de su vida es la base del gran edificio cristiano que levantaron los siglos XII y XIII. Gregorio, ha dicho alguien, es en la Historia como un águila solitaria que, posada en la cima de un peñasco, contempla la llanura, impasible y majestuosa. Si los enemigos le han maldecido como un déspota, como un calculador que adula a los pueblos para derrocar los tronos, como un precursor de la Revolución francesa, nadie ha puesto en duda su genio, un genio cuyo carácter es la firmeza indomable en la concepción y realización de un plan de gobierno que todo lo subordina al triunfo de la justicia. La Iglesia le honra como uno de sus más intrépidos campeones, y todo espíritu sincero debe reconocer en él un héroe del deber, a un gran defensor de los más puros ideales de la Humanidad. Justiciero imperioso y a veces implacable, conoció, sin embargo, las dulzuras de la misericordia y los escrúpulos de la caridad. Precisamente fue la caridad, fue la condescendencia, la que le movió a obrar más de una vez, en perjuicio suyo, contra lo que le dictaban su clarividencia política, su habilidad y su conocimiento de los hombres. Y es que no podía olvidar que, además de un jefe, era un asceta, un monje. Era un jefe espiritual. Sus cartas nos revelan también al hombre que conoce todas las tristezas del abandono, todos los terrores de la incertidumbre. Parece un gigante, inaccesible a la turbación y al desfallecimiento, y, sin embargo, gime abrumado por el peso de la tiara. «Fatigado por la afluencia de los visitantes y la solicitud de los negocios—dice a un amigo—, escribo tan poco a quien tanto amo.Te confieso que esta baraúnda de cosas me hace odiar la vida y desear la muerte. Pero cuando el pobre Jesús, consolador piadoso, tiende la mano, una alegría nueva inunda todo mi ser. En mí, cierto, yo muero sin cesar; pero en él vivo con una vida que a mí mismo me llena de admiración.»
 

Gregorio VII


San Gregorio VII, O.S.B.
Papa de la Iglesia católica
22 de abril de 1073 - 25 de mayo de 1085
Pope gregory vii illustration.jpg
Predecesor Alejandro II
Sucesor Víctor III
Información personal
Nombre secular Hildebrando Aldobrandeschi
Nacimiento ha. 1020
Sovana, Bandera de Sacro Imperio Romano Germánico Sacro Imperio Romano Germánico
Fallecimiento 25 de mayo de 1085
Salerno, Bandera de Sacro Imperio Romano Germánico Sacro Imperio Romano Germánico
Congregación Orden de San Benito
Santidad
Beatificación 1584
por Gregorio XIII
Canonización 1726
por Benedicto XIII
Festividad 25 de mayo
San Gregorio VII O.S.B. (Sovana, (ha. 1020) – Salerno, 25 de mayo de 1085). Papa nº 157 de la Iglesia católica de 1073 a 1085.

Biografía

Hildebrando Aldobrandeschi nació en la Toscana italiana en el seno de una familia de baja extracción social, crece en el ámbito de la Iglesia romana al ser confiado a su tío, abad del monasterio de Santa María en el Aventino, donde hizo los votos monásticos.
En el año 1045 es nombrado secretario del papa Gregorio VI, cargo que ocupará hasta 1046 en que acompañará a dicho papa a su destierro en Colonia tras ser depuesto en un concilio, celebrado en Sutri, acusado de simonía en su elección.
En 1046, al fallecer Gregorio VI, Hildebrando ingresa como monje en el monasterio de Cluny en donde adquirirá las ideas reformistas que regirán el resto de su vida y que le harán encabezar la conocida Reforma gregoriana.
Hildebrando no regresa a Roma, pero en el año 1049 es requerido por el papa León IX para actuar como legado pontificio, lo que le permitirá conocer los centros de poder de Europa. Actuando como legado se encontraba, en 1056, en la corte alemana, para informar de la elección como papa de Víctor II cuando este falleció y se eligió como sucesor al antipapa Benedicto X. Hildebrando se opusó a esta elección y logró que se eligiese papa a Nicolás II.
En 1059 es nombrado por Nicolás II, archidiácono y administrador efectivo de los bienes de la Iglesia, cargo que le llevó a alcanzar tal poder que se llegó a decir que echaba de comer a “su Nicolás como a un asno en el establo”.

Del "Siglo oscuro" hacia la hierocracia

Hay que tener en cuenta el conflicto de poderes que se había vivido en el Siglo X: Dada la influencia que ejercían los obispos sobre la gente de sus diócesis, los reyes pretendían tenerlos como “aliados” (pero desde su punto de vista político). Tener la posibilidad de elegirlos, (entregarles el cargo, es decir “investirlos”) prácticamente aseguraría su fidelidad.
La Santa Sede fue cayendo en manos de las facciones de condes y príncipes (auténticos clanes nobiliarios). Con el tiempo quedó sometida al tiránico dominio de estas familias, que lograron “colocar Pontífices” que fueron, en su mayoría, individuos insignificantes o indignos (y que hicieron descender el pontificado a los más bajos niveles que ha conocido en su historia). Así, el Siglo X fue el Siglo de hierro o Siglo oscuro de la Iglesia. Durante siglo y medio, desfilaron cerca de cuarenta papas y antipapas, muchos de los cuales tuvieron pontificados efímeros o sufrieron una muerte violenta, sin dejar apenas memoria de sí.
Pero ya en el Siglo XI surgía la escolástica, corriente teológico-filosófica dominante que propició la clara subordinación de la razón a la fe (Philosophia ancilla theologiae, es decir, la filosofía es sierva de la teología). La escolástica predominaría en las escuelas catedralicias y en los estudios generales que dieron lugar a las universidades medievales europeas hasta mediados del siglo XV.
[El cesaropapismo, que había sido inaugurado por la práctica política de Carlomagno, tendrá que ceder definitivamente ante el peso de la hierocracia, que tiene en Gregorio VII (1073-85) a uno de los teóricos de las máximas formulaciones del poder universal de los sucesores de Pedro.1 ]

Elección papal y el Dictatus Papae

A comienzos del Siglo XI, ante un Papado impotente ante las facciones nobiliarias, se verificó un auténtico cesaropapismo con el emperador Enrique III (1039-1056) (verdadero dispensador de cargos eclesiásticos).2 Tras la muerte de Enrique III surge un movimiento tendiente a liberar al papado del sometimiento al imperio. En todo el mundo cristiano comienza a reivindicarse la libertad de la Iglesia, principalmente para nombrar sus funcionarios. Se tratará de dignificar la vida moral de los clérigos, condenando la simonía, el nicolaísmo e imponiendo el celibato. Se pretenderá fortalecer la autoridad papal en contra de la voracidad de los príncipes imperiales.
Hildebrando fue elegido pontífice por aclamación popular el 22 de abril de 1073, lo que supuso una transgresión de la legalidad establecida, en 1059, por el concilio de Melfi que decretó que en la elección papal sólo podía intervenir el colegio cardenalicio, nunca el pueblo romano. No obstante obtuvo la consagración episcopal el 30 de junio de 1073.
Gregorio VII. Ilustración en un manuscrito de autor desconocido del siglo XI.
En 1075, Gregorio VII publica el Dictatus Papae, veintisiete axiomas donde Gregorio expresa sus ideas sobre cual ha de ser el papel del Pontífice en su relación con los poderes temporales, especialmente con el emperador del Sacro Imperio. Estas ideas pueden resumirse en tres puntos:
1. El papa es señor absoluto de la Iglesia, estando por encima de los fieles, los clérigos y los obispos, pero también de las Iglesias locales, regionales y nacionales, y por encima también de los concilios.
2. El papa es señor supremo del mundo, todos le deben sometimiento incluidos los príncipes, los reyes y el propio emperador.
3. La Iglesia romana no erró ni errará jamás.
(Había hecho eclosión la lucha entre los poderes universales que trataban de lograr el Dominium mundi)

La querella de investiduras

Estas pretensiones papales llevaban claramente a un enfrentamiento con el emperador alemán en la disputa conocida como Querella de las Investiduras que inicia cuando, en un sínodo celebrado en 1075 en Roma, Gregorio VII renueva la prohibición de la investidura por laicos.
Esta prohibición no fue admitida por Enrique IV que siguió nombrando obispos en Milán, Spoleto y Fermo, territorios colindantes con los Estados pontificios, por lo que el papa intentó intimidarle mediante la amenaza de excomunión y de deposición como emperador
Enrique reacciona, en enero de 1076, celebrando un sínodo de Worms donde depone al papa. La excomunión lanzada por Gregorio sobre Enrique significaba que sus súbditos quedaban libres de prestarle vasallaje y obediencia, por lo que el emperador temiendo un levantamiento de los príncipes alemanes, que habían acudido a Augsburgo para reunirse en una dieta con el Papa, decide ir al encuentro de Gregorio y pedirle la absolución.
El encuentro entre Papa y Emperador tiene lugar en el Castillo de Canossa, concretamente en el castillo Stammburg de la gran condesa Matilde de Canossa. Enrique no se presentó como rey, sino como penitente sabiendo que con ello, el pontífice en su calidad de sacerdote no podría negarle el perdón. El 28 de enero de 1077, Gregorio VII absolvió a Enrique IV de la excomunión a cambio de que se celebrara una Dieta en la que se debatiría la problemática de las investiduras eclesiásticas.
Encuentro entre el emperador Enrique IV y el Papa Gregorio VII en Canossa en 1077. (Obra de Carlo Emanuelle).
Sin embargo Enrique dilata en el tiempo la celebración de la prometida Dieta por lo que Gregorio VII lanza contra el emperador una segunda condena de excomunión, lo depone y procede a reconocer como nuevo rey a Rodolfo, duque de Suabia.
Esta segunda excomunión no obtuvo los efectos de la primera ya que los obispos alemanes y lombardos apoyaron a Enrique quien, en un sínodo celebrado en Brixen en 1080, proclama nuevo papa a Clemente III y marcha al frente de su ejército sobre Roma que le abre sus puertas en 1084. Se celebra entonces un sínodo en el que se decreta la deposición y excomunión de Gregorio VII y se confirma al antipapa Clemente III quien procedió a coronar como emperadores a Enrique IV y a su esposa Berta.
Gregorio VII se refugió en el Castillo Sant'Angelo esperando la ayuda de sus aliados normandos capitaneados por Roberto Guiscardo. La llegada de los normandos obliga a Enrique IV a abandonar Roma, que es sometida a saqueo e incendiada por los ejércitos normandos, acción que desencadenó el levantamiento de los romanos contra Gregorio que se vio obligado a retirarse a la ciudad de Salerno donde fallecía el 25 de mayo de 1085.
Fue canonizado en 1726 por el papa Benedicto XIII celebrándose su festividad litúrgica el 25 de mayo.
La disputa sobre las investiduras finalizó mediante el Concordato de Worms, en 1122, que deslindó la investidura eclesiástica de la feudal.

Canonizaciones importantes

Durante la querella de investiduras, Gregorio VII estableció alianzas con los Estados medievales europeos circundantes. Entre uno de ellos fue con el rey San Ladislao I de Hungría, quien había desposado a la princesa Adelaida de Rheinfelden, hija de Rodolfo de Suabia, el anti-rey escogido por Gregorio VII para oponerse a Enrique IV. Ladislao igualmente había luchado por el trono contra su primo Salomón, quién pretendió entregar como vasallo el reino húngaro al emperador Enrique IV. De esta manera, la relación entre Ladislao I y Gregorio VII resultó estrecha, inclinando a Hungría del lado del papado durante la querella de investiduras.
En 1083, el rey húngaro obtuvo del papa la canonización del rey Esteban I de Hungría, su hijo el príncipe San Emérico, así como de San Gerardo Sagredo, San Andrés y San Benedicto, tres obispos húngaros.

Predecesor:
Alejandro II
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Papa
10731085
Sucesor:
Víctor III

Véase también

Referencias

  1. Europa: proyecciones y percepciones históricas; Ángel Vaca Lorenzo, R. Tamales -Universidad de Salamanca- (P. 46)
  2. Introducción a la historia de la Edad Media europea; Emilio Mitre Fernández – Ediciones AKAL, 2004; (P. 183)

Bibliografía

  • Dawson, Ch. 2001). Historia de la Cultura Cristiana. México D.F., México: Fondo de Cultura Económica.
  • Hóman, B. y Szekfű, Gy. (1935). Magyar Történet. Budapest, Hungría: Király Magyar Egyetemi Nyomda.
  • Tanner, J R., Previte-Orton, C W., Brooke Z N. (1929) The Cambridge Medieval History, Volume VI: Victory of the papacy. Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press.

Enlaces externos


Reforma gregoriana


El Papa Gregorio VII, principal representante de los papas reformistas plenomedievales (Ilustración en un manuscrito de autor desconocido del siglo XI).
La reforma gregoriana deriva erróneamente su nombre del Papa Gregorio VII (1073-1085), quien en realidad la llevó a cabo asegurando que la autoría de la misma pertenecía al Papa San Gregorio Magno de quien Gregorio VII se consideraba tan sólo un continuador (de ahí su nombre papal). Sin embargo, la reforma había comenzado a ser puesta en práctica algunos años antes, durante el pontificado del Papa León IX (1049-1054), tiempo en el cual el futuro Gregorio VII (entonces solo diácono Hildebrando de Toscana) se hizo una de las más reputadas figuras del papado, ya ensayando la adhesión a la reforma.

Situación de la Iglesia en el cambio de milenio

La época de plenitud del orden feudal constituyó un periodo de grandes contrastes. La sociedad, básicamente rural, se ve sometida a los abusos de los señores feudales. Esta situación dio lugar a un gran movimiento reformista dentro de la Iglesia. Primero, los papas germánicos del siglo X y luego los renovadores, desde Nicolás II a Gregorio VII, lucharon encarnecidamente por eliminar los grandes vicios que sufría la sociedad cristiana, entre los que destacaban: la simonía –compra-venta de oficios y dominios eclesiásticos–, el nicolaísmo o poca ejemplaridad del clero –que a menudo no guardaba el celibato– y la investidura laica –provisión de cargos eclesiásticos por parte de los poderes seculares–. Todos estos males tenían un origen común: el olvido del fin sobrenatural de la Iglesia y el afán de ambicionar más bienes temporales.

Los objetivos de la Reforma

Dictatus papae (1074) de san Gregorio VII (Archivo Secreto Vaticano).
Los objetivos de la Reforma eran muy amplios. Ante todo, aspiraba a la instauración en la sociedad de una vida conforme al Evangelio. Para ello no era suficiente la restauración de las estructuras eclesiásticas o la elevación moral del clero, sino que exigía una profunda renovación espiritual de toda la Iglesia, desde su Cabeza (el Papa) hasta el último de sus miembros.
El primero de los papas reformistas fue Nicolás II, que se reunió en 1059 en el palacio de Letrán y emitió la Bula "In nomine Domini..", en la que se estableció la elección pontificia por el Colegio de cardenales, sin intervención política externa (regularmente el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico solía proponer y hacer elegir su candidato a papa). Pero es en 1075 cuando el papa Gregorio VII da cuerpo a los ideales del movimiento reformista en la Bula llamada Dictatus Papae, en la que afirma la superioridad espiritual del Papa sobre toda la cristiandad y pone en marcha todas las medidas necesarias para acabar con los males de la Iglesia.
La reforma Gregoriana no será aceptada por el emperador germánico ni por muchos otros monarcas, y por ello surgirá la querella de las investiduras entre el poder laico y eclesiástico (Enrique IV y Gregorio VII). Por otra parte, el rey Colomán de Hungría (1095-1116) fue uno de los primeros monarcas en aceptar e implementar las reformas gregorianas en sus dominios (entre ellos renunciando a su derecho sobre la investidura), disposiciones establecidas en el Concilio de Estrigonia I (1104/1105).

Moralización y regreso a los orígenes del cristianismo

Así, se trató, con un amplio conjunto de reformas, de hacer regresar la Iglesia a los tiempos primitivos de Cristo, de los Apóstoles y de sus sucesores inmediatos, por un lado, y por otro, propensa a la afirmación del poder papal frente al poder feudal (que había casi privatizado la Iglesia en el Siglo X); por la connotación de «retorno a los orígenes» y enfrentamiento del poder temporal, la reforma gregoriana es vista hoy como la primera gran revolución europea. La reforma fue continuada y consolidada por los eclesiásticos de la Abadía de Cluny.
Abolir las prácticas de simoniacas y nicolaítas, así como de intervención del poder temporal en asuntos eclesiásticos, implicaba reformar la Iglesia y conferir al Papa el sumo poder en Europa; gracias a los Dictatus Papae, se iba a lograr el ejercicio de la auctoritas y la potestas pontificia como Jefe Supremo y absoluto de la Iglesia y, por tanto, de la Cristiandad.

Relaciones entre el poder temporal y espiritual: las «Dos Espadas»

La reforma gregoriana es considerada un marco en el inicio de la teocracia pontificia, considerándose que el Papa tenía la suprema autoridad sobre todos los cristianos y que nadie, excepto Dios, podía juzgarlo; se afirmaba también que la Iglesia no cometía errores en formulaciones dogmáticas y morales, casi un preludio de la Infalibilidad Pontificia declarada por el Concilio Vaticano I.
Partiendo jurídicamente del documento conocido como la "donación de Constantino" (probablemente forjado a mediados del siglo VIII, en tiempos de la coronación de Pipino el Breve), el Papa afirmó su derecho a ejercer sus prerrogativas espirituales, pero que eran superiores a cualquier auctoritas temporal, en toda la Cristiandad, es decir, en toda Europa, por lo que pasaba también a tener autoridad sobre el emperador, confirmándolo o pudiendo deponerlo si no se comportaba como buen princípe cristiano. De todas formas, las sospechas de falsificación de ese documento ya eran conocidas por Gregorio VII y este intentó no utilizar esta donación como base de las reformas políticas derivadas de la reforma eclesial, por lo que en esta época se desarrolla la teoría de las «Dos Espadas», según la cual el Papa ostentaría auténtica y plena auctoritas espiritual y potestas sobre la Iglesia, y el emperador, equivalente poder en el plano temporal, siendo, metafísicamente y de iure, superior la auctoritas espiritual a la temporal.

Unificación litúrgica

Uno de los grandes logros de los papas reformistas fue la generalización en toda la cristiandad del rito romano con el fin de unificar la liturgia romano-latina en toda la cristiandad. En esta época el canto gregoriano –máxima expresión de la música cristiana medieval– llega a su madurez y sus melodías son divulgadas por toda Europa.

La reforma monástica

Abadía de Cluny, Francia.
El sistema feudal afectó a los monasterios. Los grandes señores ambicionaban convertirlos en sus señoríos y se adueñaban de ellos, nombrándose abades o protectores. La secularización monástica fue tan extensa que, a principios del siglo X, resultaba difícil encontrar en Occidente monjes que llevasen todavía una verdadera vida religiosa.
La reforma monástica comienza en septiembre del año 909, cuando el duque Guillermo IV de Aquitania, llamado el Piadoso, concedió al abad Bernón los territorios de Cluny para fundar un monasterio benedictino, donde el abad fuera libremente elegido por los monjes y el convento fuese inmune a toda autoridad laica y del obispo diocesano. Dependería así directamente del Romano Pontífice. El éxito de Cluny movió a otros monasterios a solicitar su inclusión en la reforma, para ser sometidos a la autoridad de la abadía de Cluny. Así se constituyó la orden cluniacense, que se extendió por todo el Occidente y llegó a contar a partir del cambio de milenio con cerca de 1.200 monasterios.
Ya en el siglo XI, san Bruno fundó una orden religiosa, llamada Cartuja (1084), una síntesis entre la vida solitaria y la monástica. La reforma llega a su cima con la gran creación del siglo XII, la orden del Císter, fundada por san Roberto de Molesmes en el año 1098 con la apertura del monasterio de Citaux. San Bernardo de Claraval, la figura clave del siglo, fue quien le dio su gran impulso al fundar el monasterio de Claraval en el año 1115. La santidad de estos fundadores y de sus monjes traería consigo una profunda renovación espiritual de toda la Iglesia.

Influencia sobre el Gran Cisma

La reforma, por otra parte, vino también a acelerar los problemas preexistentes con la Iglesia Ortodoxa de Constantinopla. La no aceptación de la primacía romana por el Patriarca de Constantinopla, los enfrentamientos jurisdiccionales (cuestión de los búlgaros) y las diferencias teológicas (filioque, querella iconoclasta) llevó al anatema y excomunión mutua de ambas Iglesias en 1054 (Cisma de Oriente y Occidente), solo cinco años transcurridos desde el inicio de la reforma.

Reforzamiento de la auctoritas pontificia

Estatua de Ramiro I de Aragón (c.1000–1063) en la Plaza de Oriente de Madrid (España). Ramiro Sánchez fue el primer rey de Aragón y el primer monarca ibérico en someterse al vasallaje del Papa.
Si en el Oriente la Reforma influyó en la separación definitiva entre católicos y ortodoxos, en el Occidente esta situación fue la mecha de la célebre «Querella de las Investiduras», que opuso al Papa y al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por la lucha de ambos por el supremo poder político de Europa (quién tenía poder sobre quién), así como por el derecho de la investidura de los obispos en sus diócesis.
Según la teoría política de la época, dos supremas autoridades –denominadas las «dos espadas»– dirigen la sociedad medieval en estos siglos: el Papa, como titular del poder espiritual, y el emperador, al frente del poder temporal. El Papa coronaba al emperador germánico designado por los príncipes electores y este, a su vez, controlaba el buen orden de la elección pontificia. Sin embargo, surgió la discordia cuando, en la práctica, el poder temporal y el espiritual pretendieron para sí la primacía efectiva en la cristiandad de manera excluyente.
Esta situación mejora a favor del papa ya que durante esta época aparecen las grandes monarquías europeas, todas ellas con relaciones dificultosas con el emperador germánico: en Francia, Hugo Capeto y su hijo Roberto el Piadoso; en Inglaterra, la monarquía normanda de los herederos de Guillermo I el Conquistador; en España, los reinados de Sancho III el Mayor en Navarra, Fernando I y Alfonso VI en Castilla y la creación de los reinos de Aragón con Ramiro I y de Portugal con Alfonso Enríquez; en Europa central, los reinos de Hungría, con los herederos de san Esteban, y de Polonia. Gran parte de estos reyes, sea por convencimiento o para desligarse, bien de la autoridad imperial (Hungría, Bohemia, Polonia, Francia), bien de otros reyes (Aragón, de Navarra; Portugal, de Castilla), se declaran vasallos del Papa, y son quienes promueven las reformas en sus respectivos reinos.

Los cuatro concilios y la autonomía del poder temporal

Tras los tiempos de la Reforma gregoriana, la lucha entre el poder temporal (grupo denominado de 'los gibelinos') y el poder espiritual (apoyado por el grupo de 'los Güelfos') se extiente durante cerca de dos siglos, que concluye eventualmente con la victoria del Papa en el plano temporal, con sucesivas deposiciones y excomuniones: desde el emperador Enrique IV (que pidió perdón al Papa en Canossa, de tal forma que la expresión «ir a Canossa» se hizo proverbial) y del Concordato de Worms, Federico II, pasando incluso por el rey portugués Sancho II; finalmente, hasta el asesinato del Arzobispo de Canterbury, Thomas Becket, en Inglaterra, son una consecuencia de las tentativas de imponer la reforma. La querella de las investiduras deriva, así, en la lucha de la Iglesia por lograr su plena autonomía de los poderes temporales. De esta lucha, resultaría la separación, en el mundo occidental, entre el poder espiritual y el poder político, delineándose así claramente las atribuciones de cada uno.
Los cuatro concilios de Letrán (realizados a lo largo de todo el siglo XII e inicios del XIII: (Letrán I (1123); Letrán II (1139); Letrán III (1179) y Letrán IV (1215), así como el Primer Concilio de Lyon (1245) fueron hitos de todo este proceso reorganizativo de la Iglesia Católica en la Edad Media.

Efectos de la Reforma gregoriana: la plenitud medieval

El efecto final de las reformas en la sociedad medieval es conocido como Revolución del siglo XII, incomprensible sin tener en cuenta los cuatro resultados que, en fin, buscaba el programa reformista:
  • Establecer una clara separación entre los poderes seculares y espirituales; también alejar al clero de las jurisdicciones civiles.
  • Asegurar para toda la Iglesia pastores adecuados, con formación y vida ejemplar.
  • Tomar el Evangelio en lo moral y en lo doctrinal como irrenunciable, por lo que se lucha contra cualquier diferenciación significativa (por ejemplo, se unifica el rito en todo Occidente; o se llama a la Cruzada contra los albigenses).
  • Promocionar modelos eficaces de comportamiento cristiano.

Las universidades y la escolástica

Al hacerse realidad estas cuestiones, el primer efecto es que aparece un estamento "supra nacional", el clero, que tendrá mayor capacidad de movimiento, ya que no obedece las leyes civiles sino las comunes de la Iglesia. Esto permite un mayor nivel de comunicación y de intercambio de ideas entre los diversos territorios de la Cristiandad. El primer fruto será Cluny, al que seguirán en Císter y otras fundaciones, para concluir con el nacimiento de las órdenes mendicantes, dominicos y franciscanos.
Esta mayor independencia del clero tiene un importante resultado en la cultura, ya que muchas escuelas catedralicias, siguiendo el ejemplo de Palencia y París, van a convertirse en las primeras universidades. De hecho, los universitarios -incluso aquellos claustros que tenían origen municipal, como la Universidad de Bolonia- formaban parte del clero, y, durante sus estudios, solo podían ser juzgados en tribunales eclesiásticos.
Solo a partir de este momentos podemos hablar de un "pensamiento occidental" con propiedad: el desarrollo de las universidades, la libertad de movimiento del clero y su independencia jurídica fueron los factores del desarrollo de la escolástica, de la vuelta del Derecho romano, de la recepción de la obra de Aristóteles y del nacimiento de la experimentación científica.
Además ha de tenerse en cuenta que, a partir de la reforma gregoriana, comienza un programa intensivo de copia de manuscritos de toda temática, escritos en letra carolina, y luego en gótica, que se distribuyen en bibliotecas eclesiásticas y civiles de toda Europa. El sistema de copia inventado por los benedictinos es mejorado en los talleres de pecia de las universidad, que producen manuscritos de menor valor artístico, pero en mayor número y a más bajo precio.

El arte cristiano

Paralelamente al establecimiento de las reformas y el desarrollo autónomo de la jerarquía y de las órdenes religiosas, se establecen las bases para el nacimiento del primer estilo artístico generalizado en Occidente, el románico, al que sucederá el gótico. Con el uso de una sola liturgia, una sola reglamentación eclesiástica y una sola doctrina, aparece en el románico el primer sistema iconográfico cristiano generalizado en toda Europa, es decir, se fijan determinados símbolos y escenas con explicaciones doctrinales, y las iglesias van convirtiéndose en catecismos visuales.
La unificación litúrgica, por otra parte, favorece el extraordinario desarrollo de la música cristiana, no solo en canto gregoriano, sino con el nacimiento y desarrollo de las diversas escuelas polifónicas del Ars antiqua.


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