viernes, 18 de abril de 2014

ORACIÓN DE LAS TRES

  

ORACIÓN DE LAS TRES DICTADA POR JESÚS A SANTA FAUSTINA KOWALSKA
Expiraste, Jesús, pero Tu muerte hizo brotar un manantial de vida para las almas y el océano de Tu misericordia inundó todo el mundo. Oh, Fuente de Vida, insondable misericordia divina, anega el mundo entero derramando sobre nosotros hasta Tu última gota.
Oh, Sangre y Agua que brotaste del Corazón de Jesús, manantial de misericordia para nosotros, en Ti confío.

El Señor le dijo a Santa Faustina Kowalska lo siguiente sobre la oración de las tres:
A las tres de la tarde en punto, implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y, aunque sea por un breve momento, sumérgete en Mi pasión, particularmente en Mi abandono en el momento de la agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para todo el mundo. Yo te permitiré entrar en Mi dolor mortal. En esta hora, Yo no rehusaré nada al alma que Me pida algo en virtud de Mi pasión.

LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ

Jesús en la Cruz






















Las 7 palabras se refieren a las siete frases que pronunció Nuestro Señor desde la Cruz.

Primera Palabra
Primera Palabra

"
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34)

Aunque he sido tu enemigo,
mi Jesús: como confieso,
ruega por mí: que, con eso,
seguro el perdón consigo.

Cuando loco te ofendí,
no supe lo que yo hacía:
sé, Jesús, del alma mía
y ruega al Padre por mí.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con él en el regazo de tu infinita misericordia.

Señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.




Segunda Palabra
"Hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 43)

Vuelto hacia Ti el Buen Ladrón
con fe te implora tu piedad:
yo también de mi maldad
te pido, Señor, perdón.

Si al ladrón arrepentido
das un lugar en el Cielo,
yo también, ya sin recelo
la salvación hoy te pido.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y con tanta generosidad correspondiste a la fe del buen ladrón, cuando en medio de tu humillación redentora te reconoció por Hijo de Dios, hasta llegar a asegurarle que aquel mismo día estaría contigo en el Paraíso: ten piedad de todos los hombres que están para morir, y de mí cuando me encuentre en el mismo trance: y por los méritos de tu sangre preciosísima, aviva en mí un espíritu de fe tan firme y tan constante que no vacile ante las sugestiones del enemigo, me entregue a tu empresa redentora del mundo y pueda alcanzar lleno de méritos el premio de tu eterna compañía.

Señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.




Tercera Palabra
"He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre" (Jn 19, 26)

Jesús en su testamento
a su Madre Virgen da:
¿y comprender quién podrá
de María el sentimiento?

Hijo tuyo quiero ser,
sé Tu mi Madre Señora:
que mi alma desde a ahora 
con tu amor va a florecer.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y , olvidándome de tus tormentos, me dejaste con amor y comprensión a tu Madre dolorosa, para que en su compañía acudiera yo siempre a Ti con mayor confianza: ten misericordia de todos los hombres que luchan con las agonías y congojas de la muerte, y de mí cuando me vea en igual momento; y por el eterno martirio de tu madre amantísima, aviva en mi corazón una firme esperanza en los méritos infinitos de tu preciosísima sangre, hasta superar así los riesgos de la eterna condenación, tantas veces merecida por mis pecados.

Señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.




Cuarta Palabra
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46)

Desamparado se ve
de su Padre el Hijo amado,
maldito siempre el pecado
que de esto la causa fue.

Quién quisiera consolar
a Jesús en su dolor,
diga en el alma: Señor ,
me pesa: no mas pecar.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y tormento tras tormento, además de tantos dolores en el cuerpo, sufriste con invencible paciencia la mas profunda aflicción interior, el abandono de tu eterno Padre; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me haye también el la agonía; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme que sufra con paciencia todos los sufrimientos, soledades y contradicciones de una vida en tu servicio, entre mis hermanos de todo el mundo, para que siempre unido a Ti en mi combate hasta el fin, comparta contigo lo mas cerca de Ti tu triunfo eterno.

Señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.




Quinta Palabra
"Tengo sed" (Jn 19, 28)

Sed, dice el Señor, que tiene;
para poder mitigar 
la sed que así le hace hablar,
darle lágrimas conviene.

Hiel darle, ya se le ha visto:
la prueba, mas no la bebe:
¿Cómo quiero yo que pruebe
la hiel de mis culpas Cristo?

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y no contento con tantos oprobios y tormentos, deseaste padecer más para que todos los hombres se salven, ya que sólo así quedará saciada en tu divino Corazón la sed de almas; ten piedad de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando llegue a esa misma hora; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme tal fuego de caridad para contigo y para con tu obra redentora universal, que sólo llegue a desfallecer con el deseo de unirme a Ti por toda la eternidad.

Señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.




Sexta Palabra
"Todo está consumado" (Jn 19,30)

Con firme voz anunció
Jesús, aunque ensangrentado,
que del hombre y del pecado
la redención consumó.

Y cumplida su misión,
ya puede Cristo morir,
y abrirme su corazón
para en su pecho vivir.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y desde su altura de amor y de verdad proclamaste que ya estaba concluida la obra de la redención, para que el hombre, hijo de ira y perdición, venga a ser hijo y heredero de Dios; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me halle en esos instantes; y por los méritos de tu preciosísima sangre, haz que en mi entrega a la obra salvadora de Dios en el mundo, cumpla mi misión sobre la tierra, y al final de mi vida, pueda hacer realidad en mí el diálogo de esta correspondencia amorosa: Tú no pudiste haber hecho más por mí; yo, aunque a distancia infinita, tampoco puede haber hecho más por Ti.

Señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.




Séptima Palabra
"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46)

A su eterno Padre, ya
el espíritu encomienda;
si mi vida no se enmienda,
¿en qué manos parará?

En las tuyas desde ahora
mi alma pongo, Jesús mío;
guardaría allí yo confío
para mi última hora.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y aceptaste la voluntad de tu eterno Padre, resignando en sus manos tu espíritu, para inclinar después la cabeza y morir ; ten piedad de todos los hombres que sufren los dolores de la agonía, y de mí cuando llegue esa tu llamada; y por los méritos de tu preciosísima sangre concédeme que te ofrezca con amor el sacrificio de mi vida en reparación de mis pecados y faltas y una perfecta conformidad con tu divina voluntad para vivir y morir como mejor te agrade, siempre mi alma en tus manos.

Señor pequé, ten piedad y misericordia de mí.

MUERTE CIENTÍFICA DE JESÚS


Cristo crucificado pintado por DalíA los 33 años Jesús fue condenado a muerte y enviado a la cruz, la “peor” muerte de la época.
Sólo los peores criminales murieron como Jesús. Y con Jesús todavía fue peor, porque no todos los criminales condenados a aquel castigo recibieron clavos en sus miembros.
Sí, fueron clavos… ¡y de los grandes! Cada uno tenía de 15 a 20 cm, con una punta de 6 cm. y el otro extremo puntiagudo. Fueron clavados en sus muñecas y en sus pies.

Jesús tuvo que forzar todos los músculos de su espalda, por tener sus manos clavadas, para poder respirar porque perdía todo el aire de sus pulmones.

De esta forma era obligado a apoyarse en el clavo metido en sus pies que todavía era más grande que el de sus manos, porque clavaban los dos pies juntos.

Y como sus pies no aguantarían por mucho tiempo sin rasgarse también,Jesús era obligado a alternar ese “ciclo” simplemente para lograr respirar

Jesús aguantó esa situación por poco más de 3 horas. Sí, ¡más de 3 horas! Mucho tiempo, ¿verdad? Algunos minutos antes de morir, Jesús ya no sangraba mas. Sencillamente le salía agua de sus cortes y heridas. Cuando lo imaginamos herido, imaginamos meras heridas,pero no.Las de Él eran verdaderos agujeros, agujeros hechos en su cuerpo… Él no tenía más sangre para sangrar, por lo tanto, le salía agua.

El cuerpo humano está compuesto de aproximadamente 3,5 litros de sangre (en un adulto). Jesús derramó 3,5 litros de sangre; tuvo tres clavos enormes metidos en sus miembros; una corona de espinas en su cabeza (en forma de casco) y además un soldado romano le clavó una lanza en su tórax.

Todo esto sin mencionar la humillación que pasó después de haber cargado su propia cruz por casi dos kilómetros, mientras la multitud le escupía el rostro y le tiraba piedras (la cruz pesaba cerca de 30 kilos, tan solo en la parte superior, en la que le clavaron sus manos).

Todo eso pasó Jesús, sólo para que tú tengas un libre acceso a Dios. Para que tengas todos tus pecados lavados”.¡Todos ellos sin excepción! No ignores esta situación.

¡ÉL MURIÓ POR TÍ!

No creas que Él murió sólo por otros, por aquellos que van a la iglesia o por aquellos monjes, curas, pastores, obispos,etc….

¡ÉL MURIÓ POR TI!

Es fácil pasar un chiste de mal gusto, fotos y tonterías por correo electrónico, whatsapp, facebook o twitter, pero cuando es alguna cosa relacionada con Dios, da vergüenza pasarlo a los demás. Acepta la realidad, la verdad de que JESÚS ES LA ÚNICA SALVACIÓN PARA EL MUNDO, así que envía a tus contactos la dirección de esta reflexión: http://webcatolicodejavier.org/muertedeJesus.html

Dios tiene planes para ti, Enséñales a todos lo que Él pasó, únicamente para darte la salvación. ¡Piensa en esto ahora!

jueves, 17 de abril de 2014

Papa Francisco I: La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre

La Iglesia Hoy

El Santo Padre ha presidido esta mañana, en la Basílica de San Pedro, la Santa Misa Crismal, liturgia que se celebra hoy en todas las catedrales del mundo.

Publicamos a continuación la homilía del Santo Padre:
Queridos hermanos en el sacerdocio.
En el Hoy del Jueves Santo, en el que Cristo nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1),
hacemos memoria del día feliz de la Institución del sacerdocio y del de nuestra propia ordenación sacerdotal. El Señor nos ha ungido en Cristo con óleo de alegría y esta unción nos invita a recibir y hacernos cargo de este gran regalo: la alegría, el gozo sacerdotal. La alegría del sacerdote es un bien precioso no sólo para él sino también para todo el pueblo fiel de Dios: ese pueblo fiel del cual es llamado el sacerdote para ser ungido y al que es enviado para ungir.
Ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría. La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre, y el Señor desea que la alegría de este Amor “esté en nosotros” y “sea plena” (Jn 15,11). Me gusta pensar la alegría contemplando a Nuestra Señora: María, la “madre del Evangelio viviente, es manantial de alegría para los pequeños” (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288), y creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres. El sacerdote es el más pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48). Y desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría. Alegría en nuestra pequeñez.
Encuentro tres rasgos significativos en nuestra alegría sacerdotal: es una alegría que nos unge (no que nos unta y nos vuelve untuosos, suntuosos y presuntuosos), es una alegría incorruptible y es una alegría misionera que irradia y atrae a todos, comenzando al revés: por los más lejanos.
Una alegría que nos unge. Es decir: penetró en lo íntimo de nuestro corazón, lo configuró y lo fortaleció sacramentalmente. Los signos de la liturgia de la ordenación nos hablan del deseo maternal que tiene la Iglesia de transmitir y comunicar todo lo que el Señor nos dio: la imposición de manos, la unción con el santo Crisma, el revestimiento con los ornamentos sagrados, la participación inmediata en la primera Consagración... La gracia nos colma y se derrama íntegra, abundante y plena en cada sacerdote. Diría ungidos hasta los huesos... y nuestra alegría, que brota desde dentro, es el eco de esa unción.
Una alegría incorruptible. La integridad del Don, a la que nadie puede quitar ni agregar nada, es fuente incesante de alegría: una alegría incorruptible, que el Señor prometió, que nadie nos la podrá quitar (cf. Jn 16,22). Puede estar adormecida o taponada por el pecado o por las preocupaciones de la vida pero, en el fondo, permanece intacta como el rescoldo de un tronco encendido bajo las cenizas, y siempre puede ser renovada. La recomendación de Pablo a Timoteo sigue siendo actual: Te recuerdo que atices el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos (cf. 2 Tm 1,6).
Una alegría misionera. Este tercer rasgo lo quiero compartir y recalcar especialmente: la alegría del sacerdote está en íntima relación con el santo pueblo fiel de Dios porque se trata de una alegría eminentemente misionera. La unción es para ungir al santo pueblo fiel de Dios: para bautizar y confirmar, para curar y consagrar, para bendecir, para consolar y evangelizar.
Y como es una alegría que solo fluye cuando el pastor está en medio de su rebaño (también en el silencio de la oración, el pastor que adora al Padre está en medio de sus ovejitas) es una “alegría custodiada” por ese mismo rebaño. Incluso en los momentos de tristeza, en los que todo parece ensombrecerse y el vértigo del aislamiento nos seduce, esos momentos apáticos y aburridos que a veces nos sobrevienen en la vida sacerdotal (y por los que también yo he pasado), aun en esos momentos el pueblo de Dios es capaz de custodiar la alegría, es capaz de protegerte, de abrazarte, de ayudarte a abrir el corazón y reencontrar una renovada alegría.
“Alegría custodiada” por el rebaño y custodiada también por tres hermanas que la rodean, la cuidan, la defienden: la hermana pobreza, la hermana fidelidad y la hermana obediencia.
La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la pobreza. El sacerdote es pobre en alegría meramente humana ¡ha renunciado a tanto! Y como es pobre, él, que da tantas cosas a los demás, la alegría tiene que pedírsela al Señor y al pueblo fiel de Dios. No se la tiene que procurar a sí mismo. Sabemos que nuestro pueblo es generosísimo en agradecer a los sacerdotes los mínimos gestos de bendición y de manera especial los sacramentos. Muchos, al hablar de crisis de identidad sacerdotal, no caen en la cuenta de que la identidad supone pertenencia. No hay identidad –y por tanto alegría de ser– sin pertenencia activa y comprometida al pueblo fiel de Dios (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 268). El sacerdote que pretende encontrar la identidad sacerdotal buceando introspectivamente en su interior quizá no encuentre otra cosa que señales que dicen “salida”: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la adoración, sal y dale a tu pueblo lo que te fue encomendado, que tu pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te llamas, cuál es tu identidad y te alegrará con el ciento por uno que el Señor prometió a sus servidores. Si no sales de ti mismo el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda. Salir de sí mismo supone despojo de sí, entraña pobreza.
La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la fidelidad. No principalmente en el sentido de que seamos todos “inmaculados” (ojalá con la gracia lo seamos) ya que somos pecadores, pero sí en el sentido de renovada fidelidad a la única Esposa, a la Iglesia. Aquí es clave la fecundidad. Los hijos espirituales que el Señor le da a cada sacerdote, los que bautizó, las familias que bendijo y ayudó a caminar, los enfermos a los que sostiene, los jóvenes con los que comparte la catequesis y la formación, los pobres a los que socorre... son esa “Esposa” a la que le alegra tratar como predilecta y única amada y serle renovadamente fiel. Es la Iglesia viva, con nombre y apellido, que el sacerdote pastorea en su parroquia o en la misión que le fue encomendada, la que lo alegra cuando le es fiel, cuando hace todo lo que tiene que hacer y deja todo lo que tiene que dejar con tal de estar firme en medio de las ovejas que el Señor le encomendó: Apacienta mis ovejas (cf. Jn 21,16.17).
La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la obediencia. Obediencia a la Iglesia en la Jerarquía que nos da, por decirlo así, no sólo el marco más externo de la obediencia: la parroquia a la que se me envía, las licencias ministeriales, la tarea particular... sino también la unión con Dios Padre, del que desciende toda paternidad. Pero también la obediencia a la Iglesia en el servicio: disponibilidad y prontitud para servir a todos, siempre y de la mejor manera, a imagen de “Nuestra Señora de la prontitud” (cf. Lc 1,39: meta spoudes), que acude a servir a su prima y está atenta a la cocina de Caná, donde falta el vino. La disponibilidad del sacerdote hace de la Iglesia casa de puertas abiertas, refugio de pecadores, hogar para los que viven en la calle, casa de bondad para los enfermos, campamento para los jóvenes, aula para la catequesis de los pequeños de primera comunión.... Donde el pueblo de Dios tiene un deseo o una necesidad, allí está el sacerdote que sabe oír (ob-audire) y siente un mandato amoroso de Cristo que lo envía a socorrer con misericordia esa necesidad o a alentar esos buenos deseos con caridad creativa.
El que es llamado sea consciente de que existe en este mundo una alegría genuina y plena: la de ser sacado del pueblo al que uno ama para ser enviado a él como dispensador de los dones y consuelos de Jesús, el único Buen Pastor que, compadecido entrañablemente de todos los pequeños y excluidos de esta tierra que andan agobiados y oprimidos como ovejas que no tienen pastor, quiso asociar a muchos a su ministerio para estar y obrar Él mismo, en la persona de sus sacerdotes, para bien de su pueblo.
En este Jueves Santo le pido al Señor Jesús que haga descubrir a muchos jóvenes ese ardor del corazón que enciende la alegría apenas uno tiene la audacia feliz de responder con prontitud a su llamado.
En este Jueves Santo le pido al Señor Jesús que cuide el brillo alegre en los ojos de los recién ordenados, que salen a comerse el mundo, a desgastarse en medio del pueblo fiel de Dios, que gozan preparando la primera homilía, la primera misa, el primer bautismo, la primera confesión... Es la alegría de poder compartir –maravillados– por vez primera como ungidos, el tesoro del Evangelio y sentir que el pueblo fiel te vuelve a ungir de otra manera: con sus pedidos, poniéndote la cabeza para que los bendigas, tomándote las manos, acercándote a sus hijos, pidiendo por sus enfermos... Cuida Señor en tus jóvenes sacerdotes la alegría de salir, de hacerlo todo como nuevo, la alegría de quemar la vida por ti.
En este Jueves sacerdotal le pido al Señor Jesús que confirme la alegría sacerdotal de los que ya tienen varios años de ministerio. Esa alegría que, sin abandonar los ojos, se sitúa en las espaldas de los que soportan el peso del ministerio, esos curas que ya le han tomado el pulso al trabajo, reagrupan sus fuerzas y se rearman: “cambian el aire”, como dicen los deportistas. Cuida Señor la profundidad y sabia madurez de la alegría de los curas adultos. Que sepan rezar como Nehemías: “la alegría del Señor es mi fortaleza” (cf. Ne 8,10).
Por fin, en este Jueves sacerdotal, pido al Señor Jesús que resplandezca la alegría de los sacerdotes ancianos, sanos o enfermos. Es la alegría de la Cruz, que mana de la conciencia de tener un tesoro incorruptible en una vasija de barro que se va deshaciendo. Que sepan estar bien en cualquier lado, sintiendo en la fugacidad del tiempo el gusto de lo eterno (Guardini). Que sientan, Señor, la alegría de pasar la antorcha, la alegría de ver crecer a los hijos de los hijos y de saludar, sonriendo y mansamente, las promesas, en esa esperanza que no defrauda.

Jueves Santo. Misterio Eucarístico

Caigamos de rodillas y pidámosle que nos alimente con su Eucaristía mientras recorremos el camino de la vida.
 
Jueves Santo. Misterio Eucarístico
Hoy Jueves Santo sentimos una necesidad imperiosa de recordar y más que recordar llegar con nuestra imaginación y nuestro sentir hasta el Cenáculo, lugar que tuvo que quedar perfumado con las palabras eucarísticas que pronunció allí Jesús la misma noche en que sería entregado a la muerte.

En aquel sagrado recinto vemos a Cristo rodeado de sus apóstoles junto a una mesa y le vemos tomar el pan y el cáliz en sus manos sacerdotales para convertirlos en su Cuerpo y en su Sangre divinos.

Jesucristo se nos presenta con todo el poder de que es verdadero Dios, por su milagro, por el dominio de su pena interna, por el infinito amor con que corresponde a la soledad de los sagrarios de todo el mundo y de todos los tiempos, a los sacrilegios y perversiones de los corazones de los hombres, al desamor, y a la tibieza de los malos cristianos que lo reciben con gran indiferencia.

San Pablo nos dice: Porque yo aprendí del Señor lo que también os tengo enseñado; y es que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser entregado, tomó el pan y dando gracias lo partió y dijo a sus discípulos: "Tomad y comed. Esto es mi cuerpo que por vosotros será entregado a la muerte. Haced esto en memoria mía". Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: "Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre. Haced esto cuantas veces lo bebiereis en memoria mía, pues todas las veces que comierais este pan o bebierais este cáliz, anunciareis la muerte del Señor hasta que venga.

Así es que, cualquiera que comiera este pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Porque quién lo come o bebe indignamente, se traga y bebe su propia condenación". (Cor, ll,2O-32).


Las palabras del Señor en esa noche son una promesa de amor de que jamás estaremos solos sin El, de que podremos alimentar nuestra alma y cuerpo con el mismo Dios nuestro Creador que se quedó en el Sagrario pero también palabras fuertes de una advertencia grave para que no tomemos a la ligera al acercarnos a recibirle sin que antes reconciliemos nuestro corazón, si le hemos ofendido gravemente, con el acto humilde de reconocer nuestros pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y de nuevo ante esta inconmensurable escena de amor en el noche del Jueves Santo podemos ver su rostro trasfigurado y sus ojos llenos de pesadumbre, su corazón dolorido y sus palabras misteriosas para quedarse por siempre, hasta la consumación de los siglos, entre los hombres

Caigamos de rodillas y pidámosle que nos alimente con su Eucaristía mientras recorremos el camino de la vida, que nos consuele en nuestras penas, que participe de nuestras alegría y que nos ayude a no perder la gracia para poderlo recibir frecuentemente y de una manera digna.



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Meditación de Cuaresma, Jueves Santo: Un amor de entrega y presencia en su Cuerpo y Sangre 


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Explicación de la Semana Santa, Domingo de Ramos, Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo, Domingo de Resurrección, Recursos, Semana Santa para niños y mucho más. Especial de Semana Santa 
Cómo alcanzar la indulgencia plenaria en el Triduo Pascual. 

Juan Pablo II y América Latina



La profunda huella de Juan Pablo II en América Latina 
El acontecimiento de la muy próxima canonización del Beato Juan Pablo II es óptima ocasión para una memoria grata por todo lo que este pontífice ha realizado para bien de la Iglesia y los pueblos en América Latina.

De los 104 viajes apostólicos realizados fuera de Italia, 18 fueron a América Latina, visitando 26 países latinoamericanos, incluso 5 veces a México, 4 al Brasil y 2 veces a muchos otros países. A ello cabe agregar las sucesivas visitas quinquenales ad limina apostolurum de los episcopados de todos sus países, muchos otros contactos con Obispos y muy numerosas cartas y alocuciones dirigidas a variadas realidades y situaciones latinoamericanas. Puede afirmarse, pues, que América Latina estuvo muy presente en sus largos 27 años de pontificado, suscitándole una fuerte atracción dentro del cuadro de la "geografía espiritual" que lo guiaba. Por eso se convirtió en destinataria privilegiada de su solicitud apostólica.

Quiso la Providencia de Dios que su pontificado prácticamente se inaugurara con su primer viaje apostólico fuera de Italia, a México y especialmente a Puebla de los Ángeles para inaugurar la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se realizó del 27 de enero al 13 de febrero del año 1978. Antes de dicho viaje, el Papa Juan Pablo II pidió a Nuestra Señora de Guadalupe que le abriera el corazón de sus hijos. ¡Y vaya si lo hizo la "Morenita"! La acogida del pueblo mexicano fue una expresión de devoción, llena de afecto y entusiasmo, movida por un profundo sensum fidei, que tuvo hondas consecuencias. Fue experiencia paradigmática para que el pontificado volcara ingentes energías en viajes apostólicos hacia todos los países y continentes. Fue también como sello de un especial amor entre el pueblo mexicano y el Papa, que lo visitaría después otras cuatro veces. Fue fundamental para ayudar al Papa a comprender el vigor del sustrato católico de los pueblos latinoamericanos, sus formas de inculturación de la fe en la religiosidad popular, su arraigada devoción eucarística y mariana, la importancia de los santuarios marianos, capitales espirituales de las naciones, metas privilegiadas en todos sus viajes. A la vez, su mirada fue impactada por las situaciones sufridas por multitudes de pobres, que reconocen en la misma Iglesia la fuente de su dignidad y esperanza.

Sabios dicen que los comienzos son siempre decisivos...


Juan Pablo II tuvo el coraje evangélico de hacerse presente e inaugurar la Conferencia de Puebla, aunque hubiera habido no pocas personas que se lo desaconsejaron. Quienes participaron en Puebla tomaron inmediata conciencia, desde el primer día, que el discurso inaugural de S.S. Juan Pablo II había afrontado abierta y claramente las cuestiones debatidas y asegurado un camino seguro y fecundo de desarrollo de la Conferencia y de elaboración de su documento final. El "trípode" de verdades que planteó netamente - verdad sobre Jesucristo, verdad sobre la Iglesia y verdad sobre el hombre - expuso los contenidos esenciales e íntegros de la evangelización y no dejó lugar a equívocos o confusiones. El Papa pidió en esa ocasión una seria vigilancia doctrinal para evitar contaminaciones ideológicas y clamó por la custodia y promoción de los derechos humanos en América Latina contra toda situación de opresión.

El inmediato posconcilio había desencadenado una detonante carga de novedad, criticidad y entusiasmo en la Iglesia de América Latina. De muy vasta materia, el Vaticano II suscitaba una profunda y global "revisión de vida", de mentalidades e instituciones. La Iglesia se encontró envuelta en la vivacidad de ser noticia, cuando antes corría el riesgo de pasar como una presencia tan masiva como poco significativa. Se ponían en movimiento fuerzas vivas de la Iglesia, emergía por doquier una sed de "aggiornamento", se ensayaban las primeras reformas litúrgicas y catequéticas, la promoción del laicado, nuevas pastorales de conjunto, a la luz de una renovada autoconciencia eclesial. Era como un viento intenso y refrescante de reformas a todos los niveles de la vida eclesial para ir superando formas institucionales y esquemas mentales y pastorales que tendían a fosilizarse por inercia. Y que no lograban responder adecuadamente a los nuevos problemas y desafíos que se planteaban en una realidad latinoamericana en proceso de profundas y aceleradas transformaciones. Al mismo tiempo, abrir las ventanas al propio mundo de encarnación significaba para la Iglesia en América Latina la irrupción de la crisis latinoamericana de los "años calientes" del final de la década del ´60, desatada por la revolución cubana y polarizada en todas sus contradicciones y conflictos. En medio de esa situación álgida de tensiones, había tenido lugar, del 26 de agosto al 7 de septiembre de 1968, la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín, que fue inaugurada por el Papa Pablo VI, en la primera visita de un pontífice a América Latina. Su tema fue precisamente: "La Iglesia en las actuales transformaciones de América Latina a la luz del Concilio". Diez años después de este acontecimiento, el Papa Juan Pablo II recapitulaba tres aspectos fundamentales en el legado de dicho evento: "la opción por el hombre latinoamericano en su totalidad (...), su amor preferencia y no exclusivo por los pobres (...), su anhelo por una liberación integral de los hombres y los pueblos".

Del 1968 al 1974 se vivieron los años más dramáticos en la historia contemporánea de la Iglesia en América Latina. Hubo, sí, una notable fecundidad teológica y pastoral, pero, a la vez, muy numerosas crisis de identidad cristiana, sacerdotal y religiosa, polarizaciones políticas al interior de las comunidades cristianas, contaminaciones y confusiones ideológicas, incluso tragedias de sangre. La muerte del "Che" Guevara en Bolivia fue el signo del fracaso del "foquismo" originario, implantado en la montaña, y abrió la fase de las guerrillas urbanas, sobre todo en el Cono Sur, y de las insurrecciones contra las satrapías oligárquicas en América Central. En un clima de violencias, se consolidó un ciclo muy duro, represivo, de regímenes militares de seguridad nacional. Prevalecían políticas de muerte, que son la muerte de toda política. Además, desde comienzos de los aňos setenta irrumpía la difusiόn latinoamericana de la "teología de la liberaciόn", si bien con una diversidad de autores, corrientes y acentos, haciendo referencia a la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968). El triunfo de la Unidad Popular en Chile y el posterior derrocamiento de Salvador Allende daban alas a las corrientes de "cristianos para el socialismo". Por una parte, la Iglesia se erguía como defensora de la libertad y dignidad de la persona y los pueblos, condenaba toda violencia y clamaba por la paz, daba voz a los que no la tenían o quedaban silenciados, y actuaba como mediadora en tremendas situaciones conflictivas. Por otra, sufría el embate de los opuestos extremismos: de quienes pretendían que legitimase una presunta defensa de la "civilización occidental y cristiana", o al menos que callase ante los costos de la "guerra sucia" (asesinatos, torturas sistemáticas, "desapariciones"...), y de quienes intentaban presionar la reformulación de su doctrina y acción, reduciéndola a sujeto político de apoyo a estrategias revolucionarias, bajo hegemonía marxista.


La Iglesia en América Latina pagaba entonces muchos costos de su camino hacia la madurez. Sin embargo, ya en camino hacia Puebla se advertían los albores de una segunda fase del post-concilio. A diez años de la clausura del Concilio - observaba un miembro del equipo teológico-pastoral del CELAM - se presentan todos los sigilos de una segunda etapa pos-conciliar. El nuevo pasaje se sitúa convencionalmente en torno a 1975. El núcleo central de las reformas conciliares se hace normalidad eclesial; es un momento de asentamiento. La Iglesia abandona su estado febril y su camino recupera nueva coherencia. Lo cual no quiere decir que no se planteen enormes e ingentes problemas. Se trataba entonces de incorporar en el cuerpo de la Iglesia las mejores reformas ensayadas en la vida de la Iglesia y en su misión al servicio de los pueblos y especialmente de los pobres en América Latina, discerniéndolas de los experimentos fallidos, los desmantelamientos apresurado y las contaminaciones ideológicas.

Un recentramiento clave había sido dado por la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (1975) de S.S. Pablo II, fruto de una Asamblea sinodal de fuerte impronta latinoamericana, que fue el telón de fondo para las orientaciones de la Conferencia de Puebla. La preocupación por dar una visión unificada, integradora, dinámica de la evangelización, sin contraposiciones reductoras, puso en relieve las íntimas relaciones entre testimonio y anuncio, evangelización y sacramentos, fe y piedad popular, evangelización y liberación. La referencia central de la Evangelii nuntiandi sobre la "evangelización de la cultura y de las culturas" abrió perspectivas fundamentales, íntimamente vinculadas a valorización de la "religión del pueblo", especialmente de "los pobres y sencillos" y de su potencial evangelizador.

Gracias en gran medida al telón de fondo de la "Evangelii Nuntiandi" y a la presencia y al discurso inaugural de S.S. Juan Pablo II, Puebla concluyó con una serena y profunda afirmación de identidad cristiana, eclesial y latinoamericana, íntimamente entrelazadas. Fue un punto muy alto de la autoconciencia eclesial y latinoamericana. Su preciosa eclesiología, arraigada en la Lumen Gentium y desarrollada en relación a la vida misma del pueblo de Dios en América Latina, fue ya signo elocuente de que iban quedando atrás cuestionamientos tumultuosos y crisis de identidad y se procedía a incorporar lo mejor de la reflexión teológica latinoamericana. Llamaba a todos los bautizados a la "comunión y participación", que fue uno de sus ejes de desarrollo. La perspectiva latinoamericana se afirmó en una recuperación de conciencia histórica, en la exigencia de la evangelización de la cultura y de la piedad popular, en el amor preferencial por los pobres y los jóvenes, en el compromiso y esperanza por la dignificación humana y la liberación integral. Cuando se iban agotando y resquebrajando los sucesivos esquemas de interpretación de la realidad latinoamericana elaborados por sectores intelectuales secularizados - primero los modelos funcionalistas y desarrollistas de "modernización", y después las teorías de la dependencia vinculadas a estrategias revolucionarias -, la Iglesia se mostraba capaz de recoger muchos aportes e integrarlos en una totalizante autoconciencia histórica de su misión, desde su propia lectura, católica, en el contexto de esa "originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina", de la realidad de vida, sufrimientos y esperanzas de sus pueblos.

"Puebla" fue cuerpo orgánico de esa segunda fase de actuación del Concilio en América Latina, mientras maduraban las condiciones espirituales de la Iglesia entera para que el Beato Juan Pablo II se propusiera, desde el inicio de su pontificado, "la plena e íntegra actuación del Concilio Vaticano II".

Fue la Conferencia de Puebla que dio al Papa Juan Pablo II los esquemas fundamentales de aproximación a la realidad latinoamericana, verificados y relanzados en los eventos de sus tan numerosos viajes apostólicos al "continente de la esperanza". Con Juan Pablo II son también los pueblos que ocupan la escena de las naciones, manifestando su arraigo cristiano, su confianza en la Iglesia, su amor al Papa, sus sentimientos y exigencias de dignidad y libertad. En su primer viaje al Brasil, en junio de 1980, S.S. Juan Pablo II queda profundamente impresionado por las multitudes de pobres que encuentra y que lo acompañan en todas sus visitas por los países latinoamericanos, como en el Congreso Eucarístico y Mariano en Lima, en mayo de 1988, donde celebra el pan eucarístico compartido y clama para que no falte "el pan, fruto de la tierra y del trabajo" en ninguno de los hogares. En Haití (marzo de 1983) como en Chile abril de 1987), así como en Polonia y Filipinas, el paso del Papa desata una conciencia de identidad, libertad y dignidad, que erosiona modalidades diversas y ya anacrónicas de regímenes liberticidas. Abre cauces a la democratización, pacificación y reconciliación en una América Central volcánica. Su viaje cuaresmal al istmo (marzo de 1983) queda marcado por su oración ante la tumba de Mons. Oscar Romero, brutalmente asesinado mientras celebraba la Misa, por los fusilamientos con los que el régimen guatemalteco "prepara" la visita del Papa, por la orquestada manipulación de su visita en Nicaragua donde los sandinistas prohijan una "iglesia popular" funcional al poder. Juan Pablo II acepta, desde 1979, la mediación de la Santa Sede para evitar la guerra en los hielos del Sur americano entre pueblos hermanos, así como viaja inmediatamente a la Argentina - "¡Levántate y anda!" - después de la derrota del aventurerismo militar en las Malvinas y los sentimientos de postración nacional (junio de 1982). Preside la segunda Jornada Mundial de la Juventud en Buenos Aires, en marzo de 1987, destacando su amor preferencial por los jóvenes. En esa ocasión resuena su voz profética: "¡no más desapariciones!" Es excepcional su viaje a Cuba alentando ráfagas de libertad y esperanza (enero de 1998), tan necesarias para alentar un pueblo cansado y sufrido, así como para custodiar y apoyar la misión de la Iglesia cubana. El Papa no deja de denunciar las estridentes injusticias, condenar las violencias, defender los derechos de la persona, los trabajadores y los pueblos, destacar la necesidad de salvaguardar la naturaleza y misión de la familia, promover una cultura de la vida ante muchas agresiones presentes y reafirmar la solidaridad preferencial con los pobres. Desarrolla y propone también la doctrina social de la Iglesia. Da fundamentos e ímpetus a la transición hacia la democracia, compartiendo el juicio neto y valiente de "Puebla" acerca de los regímenes de seguridad nacional, mientras la Iglesia latinoamericana pagaba fuerte tributo de sangre por su libertad profética.

El Papa y el episcopado latinoamericano prosiguen también el discernimiento crítico de desviaciones y confusiones ideológicas de ciertas corrientes de la teología de la liberación; muchas de sus expresiones serán retomadas en el juicio orgánico que planteará la Congregación para la Doctrina de la Fe en las Instrucciones Libertatis nuntius, del 6 de agosto de 1984, (en la que rechaza radicalmente la posibilidad de componer y reformular la fe cristiana y la teología con el marxismo) y en Libertatis Conscientia, del 22 de marzo de 1986 (en la que sienta los fundamentos y desarrollos de una teología de la libertad y la liberación, en un nuevo cuadro cultural e íntimamente ligada a las renovadas enseñanzas sociales de la Iglesia). Concluía el ciclo hegemónico del marxismo y se derrumbaban los regímenes del socialismo real, lo que dejará a algunas expresiones de la teología de la liberación en condición desconcertada y anémica. Mientras tanto el Magisterio de la Iglesia había sabido asimilar sus mejores intuiciones proféticas, resurgidas de la tradición católica ante nuevos retos históricos, lo que permitirá a Juan Pablo II escribir, ya dejado atrás todo lo que tenía de conmixtión ideológica, sobre "la positividad de una auténtica teología de la liberación humana integral".

Lo fundamental es que toda la pasión demostrada por Juan Pablo II ante las vicisitudes de nuestros pueblos fue consecuencia de la custodia y aprecio, aliento y alimento de su tradición católica. No en vano el Papa percibía toda la importancia de contar con un "continente de la esperanza", fundada en sus grandes mayorías de bautizados, en el que vivían casi el 40% de los católicos de todo el mundo. Nada hay más esencial en todo su mensaje que el arraigo cada más profundo del acontecimiento de Cristo en la vida de las personas, las familias y los pueblos. Resuena desde comienzos de su pontificado y en todos sus viajes latinoamericanos el llamamiento a abrir las puertas a Cristo, ante todo del "corazón" de las personas y también de todas las estructuras y dimensiones de la vida social. De allí que surja en América Latina, en su discurso a la Asamblea general del CELAM reunida en Port-au-Prince (Haití), el 9 de marzo de 1983, su propuesta y aliento de una "nueva evangelización", "nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión", que se convertirá en motivo central de su pontificado. De allí también su peregrinación a los santuarios marianos de todos los países latinoamericanos, llevado por su devoción de Totus tuus, bien consciente de que la Virgen María es la gran "pedagoga del Evangelio" para los pueblos latinoamericanos. De allí su continuo replantear la vocación a la santidad, destacada por las numerosas beatificaciones y canonizaciones de latinoamericanos (para algunos países, las primeras de su historia, y para todos tan significativas como la de Juan Diego en México, en el año 2002).

En octubre de 1984 Juan Pablo inaugura en Santo Domingo el "novenario" de preparación del quinto centenario de la evangelización de América Latina, cuya conmemoración precede inmediatamente la realización de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericana, reunida en esa misma ciudad, del 12 al 28 de octubre de 1992. El discurso inaugural del papa recorre y guía el tema fundamental de la IV Conferencia: "Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana". El Papa afirma también en esa ocasión: "Es grave responsabilidad de los gobernantes el favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia". Resuena en sus palabras el eco del ideal de la "Patria Grande" o de la "Nación latinoamericana", como conciencia histórica y como destino, presente desde Medellín hasta Aparecida. Sin embargo, el papa Juan Pablo II alarga aún los horizontes y, en ese mismo discurso, propone la realización de una Asamblea sinodal para los episcopados de todo el continente americano.

El Sínodo para las Américas fue un acontecimiento de colegialidad, comunión y colaboración de todos los Episcopados del continente, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, presidido por Juan Pablo II. Tuvo lugar en el Vaticano, del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997, bajo el tema: "Encuentro con Cristo, camino de conversión, comunión y solidaridad". En el discurso inaugural de Santo Domingo, el Papa Juan Pablo II ya había destacado la perspectiva que lo llevó a convocar este iniciativa inédita y profética: "La Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio y en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como deber ineludible unir espiritualmente aún más a los pueblos que forman parte de ese gran continente y, a la vez, desde la misión religiosa que le es propia, impulsar un espíritu solidario entre todos ellos". El documento post-sinodal "Ecclesia in America" fue una guía recapituladota de los trabajos sinodales, orientadora e incitadora para que las Iglesias en el continente americano asumieran toda la responsabilidad que les compete en esa senda abierta. En efecto, temas fundamentales serán cada vez más cruciales: la realización de una efectiva misión continental, las negociaciones y oposiciones entre diversos proyectos de integración, la solidaridad y justicia en las relaciones entre países de muy desigual desarrollo, el fenómeno de las migraciones desde el Sur hacia el Norte, la expansión de las comunidades evangélicas y neopentecostales desde el Norte hacia el Sur, la presencia cada vez más numerosa y significativa del catolicismo hispano en Estados Unidos y Canadá, la colaboración entre Iglesias de muy diversas dimensiones y recursos, etc. No había otro lugar más significativo en todo el continente americano que el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en México D.F. para depositar la Exhortación "Ecclesia in America" a los pies de la Madre celeste de los pueblos de toda América.
Los pueblos latinoamericanos y, en especial, las comunidades cristianas siguieron con atención y admiración el temple humano y cristiano del Papa Juan Pablo II en el decurso cada vez más gravoso de su enfermedad. No obstante ello, continuó visitando a las naciones de su "continente de la esperanza". ¡Cómo no recordar su presencia, ya menguadas sus fuerzas pero dispuesto a todo sacrificio, en los viajes a Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Venezuela en 1996, a Cuba en 1997, a México en 1999, a México nuevamente en 2002!

El recorrido de reliquias del Beato Juan Pablo II por diversos países latinoamericanos han mostrado todo el afecto, gratitud y devoción que sus pueblos siguen tributando a este campeón de la fe, peregrino misionero, incansable evangelizador, confiados ahora en su intercesión ante el Señor y su Santísima Madre.

Desde mi cruz hasta tu soledad




Te escribo desde mi cruz a tu soledad,
a ti, que tantas veces me miraste sin verme
y me oíste sin escucharme.

A ti, que tantas veces prometiste
seguirme de cerca
y sin saber por qué te distanciaste
de las huellas que dejé en el mundo
para que no te perdieras.

A ti, que no siempre crees que estoy contigo,
que me buscas sin hallarme
y a veces pierdes la fe en encontrarme,
a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo
y no comprendes que estoy vivo.

Yo soy el principio y el fin,
soy el camino para no desviarte,
la verdad para que no te equivoques
y la vida para no morir.

Mi tema preferido es el amor,
que fue mi razón para vivir y para morir.

Yo fui libre hasta el fin,
tuve un ideal claro
y lo defendí con mi sangre para salvarte.

Fui maestro y servidor,
soy sensible a la amistad
y hace tiempo que espero que me regales la tuya.

Nadie como yo conoce tu alma,
tus pensamientos, tu proceder,
y sé muy bien lo que vales.
Sé que quizás tu vida
te parezca pobre a los ojos del mundo,
pero Yo sé que tienes mucho para dar,
y estoy seguro que dentro de tu corazón
hay un tesoro escondido;
conócete a ti mismo
y me harás un lugar a mí.

Si supieras cuánto hace
que golpeo las puertas de tu corazón
y no recibo respuesta.

A veces también me duele que me ignores
y me condenes como Pilatos,
otras que me niegues como Pedro
y que otras tantas me traiciones como Judas.

Y hoy, te pido paciencia para tus padres,
amor para tu pareja,
responsabilidad para con tus hijos,
tolerancia para los ancianos,
comprensión para todos tus hermanos,
compasión para el que sufre,
servicio para todos.

Quisiera no volver a verte egoísta,
orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista.

Desearía que tu vida fuera alegre,
siempre joven y cristiana.

Cada vez que flaquees, búscame y me encontrarás,
cada vez que te sientas cansado,
háblame, cuéntame.
Cada vez que creas que no sirves para nada
no te deprimas,
no te creas poca cosa,
no olvides que yo necesité de un asno
para entrar en Jerusalén
y necesito a tu pequeñez
para entrar en el alma de tu prójimo.

Cada vez que te sientas solo en el camino,
no olvides que estoy contigo.
No te canses de pedirme
que yo no me cansaré de darte,
no te canses de seguirme que yo
no me cansaré de acompañarte,
nunca te dejaré solo.

Aquí a tu lado me tienes,
estoy para ayudarte.