LA ORACIÓN II. 3.DISPOSICIONES PARA ORAR 3.3 CAMINO
3. Disposiciones para orar
3.3 Camino
Es
una de las palabras más utilizadas en la Biblia de Jerusalén ya que se
encuentra en 682 ocasiones a lo largo de todos los setenta. En sentido propio,
camino indica la dirección hacia un punto determinado o el espacio que hay que
recorrer para llegar a él.
No podemos esperar de la Biblia una descripción de
camino en cuanto a determinadas vías de comunicación, pero si advertimos como
camino, el sentido según el cual se denota el modo de obrar, o el plan de Dios
y también la conducta moral del hombre.
En el AT la vida del hombre se presenta
como una marcha, un camino hacia Dios y con Dios. Como hemos dicho en varias
ocasiones, la Biblia, como historia de salvación del hombre, es un continuo
caminar de este hacia Dios. Hacia delante o hacia atrás, ya que no siempre
estamos de Dios, todo lo cerca que este quisiera.
Por ello en Abraham tenemos
el mejor ejemplo de los que se ponen en camino. Si el carácter nómada de esta
gran familia encarnada en la persona del patriarca, se caracteriza por el
camino constante que hacen en busca de pastos para el ganado (o sea, por el
sustento como única orientación); luego será Dios el que les invite a ponerse
en camino, pero en camino hacia Él.
Realizando un recorrido que les llevará
hasta la tierra prometida, no sin pasar antes por un sinfín de experiencias muy
variadas.
Génesis 12,1 El Señor dijo a Abrán: "Sal de tu
tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, y vete al país que yo te
indicaré. 12,2 Yo haré de ti un gran pueblo; te bendeciré
y engrandeceré tu nombre. Tú serás una bendición: 12,3 Yo
bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán
bendecidas todas las comunidades de la tierra".
Dios le deja entrever a la
comunidad Abrahámica, que la meta de su andar continuo es Dios y no el mero
sustento. De sustentarlos se encargará él, ya que en su revelación, le advierte
de su permanente asistencia. “Te bendeciré, yo te indicaré, haré de ti,
maldeciré a quien te maldiga…etc”.
Dios anima a caminar pero garantiza su
presencia en el camino de la vida del hombre. Ese camino de vida que es nuestra
vida y la vida de cada humano.
Por ello si admitimos que para estar atentos a la llamada de Dios, o a los cambios experimentados, hay que estar expectantes para saber que quiere Dios de nosotros ante nuestra disponibilidad; -digo que- si para todo esto es preciso –aunque no necesario- el silencio; la misma oración de escucha que contemplamos en los dos puntos anteriores, en esta ocasión suscita una respuesta continuada, de manera que se expresa y ratifica en una acción personal.
Por ello si admitimos que para estar atentos a la llamada de Dios, o a los cambios experimentados, hay que estar expectantes para saber que quiere Dios de nosotros ante nuestra disponibilidad; -digo que- si para todo esto es preciso –aunque no necesario- el silencio; la misma oración de escucha que contemplamos en los dos puntos anteriores, en esta ocasión suscita una respuesta continuada, de manera que se expresa y ratifica en una acción personal.
El orante ya no se
introduce en el silencio sin palabras, en el vacío sin figuras (donde orar es
no-hacer y dejarse en lo divino), sino que escucha la voz del Dios que le envía
para que cumpla su mandato en la vida del mundo, asumiendo desde la convicción
de creyente, la vocación a la que Dios le llama y sea la que sea. Por eso, el
diálogo religioso se vuelve compromiso histórico en cuanto que ese diálogo de
aquel día es punto de partida para caminar, no durante ciertos días, sino
durante una vida entera.
Con la ayuda de Dios, en la guerra del mundo, el
orante se pone al servicio de la paz y del evangelio. No penetra en sí para
perderse en Dios, sino para escuchar su voz y ponerse en movimiento, volviéndose
profeta o mensajero.
Teniendo siempre presente como principio inviolable el
evangelio.
¡Evangelio, evangelio, evangelio!. Todo lo demás en inventado por el
hombre.
LA ORACION II. 3.2 DISPOSICIÓN
3. Disposiciones para orar
3.2 Disposición
¿Cómo
sale usted de casa para asistir a una boda familiar?. Esta pregunta nos servirá
de punto de partida de este segundo punto en las disposiciones del orante.
Sin
lugar a dudas cada uno sale de casa con lo mejor que tiene, e incluso puede que
con su mejor sonrisa.
Pero admitamos que como el refranero popular nos
advierte: “la procesión va por dentro”. El estado de ánimo que se atesora en el
interior puede ser incluso mas emotivo o festivo que la propia indumentaria, o
por el contrario se puede sobre actuar porque no se tiene disposición interior
ni ánimo para asistir al evento, lo cual le reportará una lección magistral de
hipocresía.
Trasponemos esto al evangelio y lo iluminamos con un pasaje
concreto del evangelio de Mateo:
Mateo 21,28 "¿Qué
os parece? Un hombre tenía dos hijos; se acercó al primero y le dijo: Hijo,
vete a trabajar hoy a la viña. 21,29
Y él respondió: No quiero.
Pero después se arrepintió y fue. 21,30 Se acercó al otro
hijo y le dijo lo mismo, y éste respondió: Voy, señor; pero no fue. 21,31 ¿Cuál
de los dos hizo la voluntad de su padre?". Le contestaron: "El
primero". Jesús dijo: "Os aseguro que los publicanos y las
prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.
Por ello debemos considerar que la disposición a la llamada, conlleva un
compromiso de fidelidad al voto recibido por Dios. Él, nos ve y valora nuestra
integridad y profundidad en la fe (actuación/examen de nuestra conciencia), de
manera que considerándonos aptos, nos ofrece la oportunidad de confiar en él y
seguir su disposición.
Por ello no debemos dar un solo paso en este sentido,
cuando no estemos seguros de cumplir responsablemente con lo que Dios nos pide
en la comunidad. Se espera de nosotros una respuesta y una respuesta efectiva.
Sentir la llamada es relativamente fácil, pero la disposición conlleva una
actitud interior de asimilar que como cristiano y como hijo, en el lugar en el
que me encuentre, me ofrezco a ser, ojo, mano y boca de Dios.
El término del texto de Mateo es claro, podemos orar con música, en grupo
o de mil maneras; pero si nos quedamos en la forma y no nos adentramos en el
modo, otros serán los que nos lleven la delantera por muy exclusivos que
podamos sentirnos en las manos de Dios.
Ahora bien, no olvidemos que al
ponernos en disposición ante Dios, al dejarle obrar en nosotros, nos unimos
junto a María en “haced lo que el os diga”. Y por ello entramos a formar parte
de los que desean ser fieles a Dios.
Dios premia la fidelidad:
Josué 24,14 Respetad
al Señor y servidle con perfección y fidelidad, alejad los dioses a los que
sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid al Señor.
Nehemías 9,8 Tú
comprobaste que era un hombre fiel e hiciste con él un pacto, según el cual le
darías a él y a su descendencia la tierra […] (respecto de Abrahám)
Sirácida
45,4 En fidelidad y en mansedumbre lo santificó, lo escogió de
entre todos los vivientes. (respecto de Moisés)
Y donde no se es fiel a Dios, desaparece
la fidelidad para con los hombres; llegados a ese punto no se puede contar con
nadie:
Jeremías 9,2 Tensan su lengua como un arco; la mentira,
y no la verdad, prevalece en este país; sí, caminan de delito en delito y no me
conocen a mí, dice el Señor.
LA ORACIÓN II. 3. DISPOSICIONES PARA ORAR 3.1 LLAMADA
3. Disposiciones para orar
El
camino de la oración está determinado por tres acciones concretas que son parte
de un proceso, por medio del cual la persona se adentra en la dinámica orante,
y crece ante los ojos de Dios y de las personas, asentando a cada paso el
fundamento de su vivencia de Dios en el mundo.
Aunque cada persona en función
de sus características propias, afronte el camino orante de una perspectiva
determinada, no cabe la menor duda de que en cada caso se pueden diferenciar
estos tres aspectos fundamentales y básicos: la llamada, la disposición y el deseo de caminar.
Disgregamos estos tres
puntos para profundizar un poco sobre ellos.
3.1 Llamada
Como
el pequeño niño que a base de trompicones aprende a andar, poco a poco. El
cristiano igualmente de una manera torpe e infantil, comienza su proceso de
inmersión en el cristianismo, llevando de la mano –como indispensable-, o
desarrollando una actitud orante.
Imprecisa, inmadura, pero no carente de
sensibilidad a los ojos de Dios -pues cada acción brota desde un corazón que
late-, todos aprendimos nociones básicas para orar y de esta manera nuestros
mayores nos enseñaron a crear un hábito para rezar.
Pero llegados a la plenitud
de nuestra vida y quizás por una causa determinante o consecución de un
profundo proceso de fe, el cristiano siente la necesidad de adentrarse en una
oración adulta, responsable y llena de significado tanto en su contenido como
en su forma desarrollada.
En ocasiones este punto de partida esta causado por
un efecto sobre nosotros, sea de la naturaleza que sea, y al cual podemos
denominar llamada.
Indudablemente
Dios no nos va a llamar ni nos llamará, en cuanto a que no oiremos un
“rrrrring” en el teléfono de casa y Dios nos dirá, ¡venga!.
Como llamada
interpretamos el punto de partida o el momento en el que consideramos que nos
adentramos de una manera responsable en el camino de la oración.
Un camino que
si bien en primer, lugar esta lleno de elementos de mediación o devociones
particulares, se vuelve poco a poco encuentro personal con el absoluto donde se
escucha la voz de Dios.
Ciertamente, el orante procura adentrarse en su
interior, pero el centro de su vida no es ya su esfuerzo humano, ni el vacío
divino, sino el Dios personal que se revela, llamándole a la vida, abriéndole
un camino, pidiéndole una respuesta.
Así aparece en los grandes testimonios de
oración profética: la llamada de Moisés, Isaías o Jeremías:
Exodo 3,2 "Allí se le apareció el ángel del Señor en
llama de fuego, en medio de una zarza. Miró, y vio que la zarza ardía sin
consumirse. 3,4
El Señor vio que se acercaba
para mirar y lo llamó desde la zarza: "¡Moisés! ¡Moisés!". Y él
respondió: "Aquí estoy". 3,5 Dios le dijo:
"No te acerques. Descálzate, porque el lugar en que estás es tierra
santa". 3,6 Y añadió: "Yo soy el Dios de tu
padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Moisés se
tapó la cara, porque temía ver a Dios. 3,14 Dios
dijo a Moisés: "Yo soy el que soy. Así responderás a los israelitas: Yo
soy me ha enviado a vosotros".
LA ORACIÓN II. 2.2 LA ORACIÓN DE JESÚS
2. La experiencia de Dios
2.2 La oración de Jesús
Jesús
deja en herencia a sus seguidores y seguidoras una oración que condensa en
pocas palabras lo más íntimo de su experiencia de Dios, su fe en el reino y su
preocupación por el mundo.
En ella deja entrever los grandes deseos que latían en su corazón y los gritos qe dirigía a su Padre en sus largas horas de silencio y oración. Es una oración breve, concisa y directa, que sin duda sorprendió a quienes estaban acostumbrados a rezar con un lenguaje más solemne y retórico.
En ella deja entrever los grandes deseos que latían en su corazón y los gritos qe dirigía a su Padre en sus largas horas de silencio y oración. Es una oración breve, concisa y directa, que sin duda sorprendió a quienes estaban acostumbrados a rezar con un lenguaje más solemne y retórico.
Los
dos primeros deseos de la oración de Jesús son breves y concisos: “Santificado
sea tu nombre. Venga tu reino”. Según el sentir general, estas dos peticiones
se inspiran en el qaddish (santificado), una plegaria con la que concluía la
oración de la sinagoga y que Jesús sin duda conoció. Sin embargo, el tono y el
clima de esta oración judía es diferente:
“Ensalzado y santificado sea tu gran nombre en el mundo, que él creo por su voluntad. Haga prevalecer su reino en vuestras vidas y en vuestros días, y en la vida de toda la casa de Israel, pronto y en breve”.
“Ensalzado y santificado sea tu gran nombre en el mundo, que él creo por su voluntad. Haga prevalecer su reino en vuestras vidas y en vuestros días, y en la vida de toda la casa de Israel, pronto y en breve”.
Texto íntegro
del Qaddish:
"En este mundo
de Su creación que creó conforme a Su voluntad; llegue su reino pronto, germine
la salvación y se aproxime la llegada del Mesías, amén.
En vuestra
vida, y en vuestros días y en vida de toda la casa de Israel, pronto y en
tiempo cercano y decid Amén.
Bendito sea Su
gran Nombre para siempre, por toda la eternidad; sea bendito, elogiado,
glorificado, exaltado, ensalzado, magnificado, enaltecido v alabado Su
santísimo Nombre (Amén), por encima de todas las bendiciones, de los cánticos,
de las alabanzas y consuelos que pueden expresarse en al mundo, y decid: Amén.
Por Israel, y
por nuestros maestros y sus alumnos, y por todos los alumnos de los alumnos,
que se ocupan de la sagrada Torá, tanto en esta tierra como en cada nación y
nación. Recibamos nosotros y todos ellos gracia,
bondad y
misericordia del Amo del cielo y de la tierra, y decid: Amén (Amén)
Descienda del
Cielo una paz grande, vida, abundancia, salvación, consuelo, liberación, salud,
redención, perdón, expiación, amplitud y libertad, para nosotros y para todo Su
pueblo Israel, y decid: Amén. (Amén)
El que
establece la armonía en Sus alturas, nos dé con sus piedades paz a nosotros y a
todo el pueblo de Israel, y decid: Amén. (Amén)"
Esta
oración de Jesús, llamada popularmente el “Padre nuestro”, siempre ha sido
considerada por las primeras generaciones cristianas la oración por excelencia,
la única enseñada por Jesús para alimentar la vida de3 sus seguidores. La
manera de orar propia de un grupo expresa una determinada relación con Dios y
constituye una experiencia que vincula a todos sus miembros en la misma fe.
Así
entienden también los primeros cristianos el “padre nuestro”; su mejor signo de
identidad como seguidores de Jesús. Los discípulos del Bautista tenían su
propio modo de orar. No lo conocemos, pero, si respondía a su mensaje, era la
oración de un grupo en actitud penitencial ante la llegada inminente del
juicio, suplicando a Dios verse libres de su “ira venidera”.
La oración de Jesús por el contrario, es una súplica llena de confianza al Padre querido, que recoge dos grandes anhelos centrados en Dios y tres gritos de petición centrados en las necesidades urgentes y básicas del ser humano. Jesús le expone al Padre los dos deseos que lleva en su corazón: “Santificado sea tu nombre. Venga tu reino”. Luego le grita tres peticiones: “Danos pan”, “perdona nuestras deudas”, “no nos lleves a la prueba”.
La oración de Jesús por el contrario, es una súplica llena de confianza al Padre querido, que recoge dos grandes anhelos centrados en Dios y tres gritos de petición centrados en las necesidades urgentes y básicas del ser humano. Jesús le expone al Padre los dos deseos que lleva en su corazón: “Santificado sea tu nombre. Venga tu reino”. Luego le grita tres peticiones: “Danos pan”, “perdona nuestras deudas”, “no nos lleves a la prueba”.
Lucas describe las circunstancias concretas en que
Jesús enseñó a los discípulos su oración:
Lc 11,1 "Jesús estaba orando
en cierto lugar. Cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor,
enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos".
El episodio ha sido elaborado por el
evangelista, pero nos ayuda a ver como entendían los primeros cristianos la
oración de Jesús.
Esta oración,
como estamos viendo, aunque es amplia y puede ser vista desde diferentes
perspectivas, fundamentalmente es conocida en su expresión máxima y universal
en el Padrenuestro.
Esta oración ha llegado a nosotros en dos versiones ligeramente diferentes.
El análisis riguroso de los textos permite detectar añadidos y modificaciones posteriores, hasta llegar a una oración breve, sencilla, de sabor arameo, que estaría muy próxima a la pronunciada por Jesús.
Esta seria con carácter mas especifico la oración que Jesús enseñó: “Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; danos hoy nuestro pan de cada día; perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos lleves a la prueba”. ¿Podemos acercaros al “secreto” de esta oración?.
Esta oración ha llegado a nosotros en dos versiones ligeramente diferentes.
El análisis riguroso de los textos permite detectar añadidos y modificaciones posteriores, hasta llegar a una oración breve, sencilla, de sabor arameo, que estaría muy próxima a la pronunciada por Jesús.
Esta seria con carácter mas especifico la oración que Jesús enseñó: “Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; danos hoy nuestro pan de cada día; perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos lleves a la prueba”. ¿Podemos acercaros al “secreto” de esta oración?.
Tengamos en
cuenta que las dos versiones de Lucas 11,2-4 y Mateo 6,9-13, provienen de la
llamada Fuente Q, en la cual se aprecia que el texto de Mateo es más extenso,
pues ha introducido varios añadidos para darle a la oración un tono más solemne
y redondeado, propio de la piedad judía. Lucas, por su parte, introduce
modificaciones de menor importancia.
Tengamos en cuenta que la oración proviene de Jesús. Algunos investigadores piensan que el Padrenuestro contiene “peticiones sueltas” que los discípulos le oían pronunciar y que, más tarde, alguien las recopiló en una sola oración, pero no hay argumentos para defender esta hipótesis.
Tengamos en cuenta que la oración proviene de Jesús. Algunos investigadores piensan que el Padrenuestro contiene “peticiones sueltas” que los discípulos le oían pronunciar y que, más tarde, alguien las recopiló en una sola oración, pero no hay argumentos para defender esta hipótesis.
LA ORACIÓN II. 2. LA EXPERIENCIA DE DIOS 2.1 JESÚS Y SU RELACIÓN CON EL PADRE
2. La experiencia de Dios
2.1 Jesús y su relación con el Padre
Los
evangelios atestiguas que Jesús hablaba Con frecuencia de Dios, y que hablaba
mucho con Dios. Sea como sea el entendimiento real que cada uno tenga de Dios,
Jesús igualmente tuvo la suya y por ello, al tener una conciencia clara sobre
la exigencia de este –Dios, la relación de Jesús con Dios fue muy estrecha, muy
íntima y muy singular.

Como
nos enseñan, en los tiempos que precedieron al nacimiento de Jesús, la idea y
los sentimientos que los israelitas tenían en torno a la divinidad se habían
orientado en el sentido de una progresiva exaltación de Dios que trajo consigo
una serie de consecuencias importantes para la religiosidad de las personas
creyentes.
Los judíos piadosos no se acercaban a Dios, bajo ningún concepto, ni
mucho menos con familiaridad. Se había producido una reacción contra la manera
de hablar sobre Dios utilizando términos o expresiones tomadas del uso
corriente entre los seres humanos.
Los judíos religiosos de aquel tiempo habían
colocado a Dios muy por encima de cualquier contacto personal. A Dios se le
veía lejano y ausente de los problemas y vida de los humanos. Incluso se había
extendido una creciente resistencia a pronunciar el nombre divino. No se sabe
con certeza cuándo dejó de pronunciarse el nombre de Yahvé, pero parece ser que
fue en las proximidades del siglo III antes de Cristo.
En
lugar de Yahvé, se hablaba de Dios como Señor, como Dios del cielo o Rey del
cielo. O simplemente como cielo o dueño y caudillo de la Jerusalén
celestial…etc. Todos ellos dejan claro que, toda una serie de títulos excelsos
y sublimes eran la expresión más clara de que la religiosidad de Israel se
había orientado hacia en creciente respeto y una notable distancia, en
detrimento de la confianza y la cercanía.
Un Dios mirado desde esta perspectiva
es un Dios que somete que mira desde lejos, que no se mezcla con el pueblo, y
que mantiene así, una notable distancia y diferencia de clases.
Así las cosas,
se comprende que la presencia y las enseñanzas de Jesús sobre Dios, tal como
las presentan los evangelios, tuvieron que producir sorpresa en mucha gente,
entusiasmo en otros y, como es inevitable en situaciones así, rechazo y hasta
escándalo en los grupos y personas más observantes y de mentalidad más
conservadora. Sencillamente, en el lenguaje de Jesús sobre Dios, en aquel
pueblo y en aquel momento, tuvo que ser algo así como una novedad inaudita.
Jesús,
por supuesto, como autentico y privilegiado anunciador, es el que nos revela al
Padre con una claridad más precisa. El juega con la ventaja de que le conoce
desde su propia esencia pues es realmente consciente de que proviene de Él.
"Jn 1,1 En
el principio existía aquel / que es la Palabra, / y aquel que es la Palabra /
estaba con Dios y era Dios. / 1,2 Él estaba en el principio con Dios. / 1,3 Todo
fue hecho por él / y sin él nada se hizo. / 1,14 Y
aquel que es la Palabra / se hizo carne, / y habitó entre nosotros, / y
nosotros vimos su gloria, / gloria cual de unigénito / venido del Padre, /
lleno de gracia y de verdad. 1,18 A Dios
nadie lo ha visto jamás; / el Hijo único, que está en el Padre, / nos lo ha
dado a conocer."
Y conociéndole, experimenta desde el principio un amor maternal, ya que
él mismo se siente objeto de ese amor, hasta el punto de llamar a Dios “Abba”.
Desde el judaismo es imposible llamar a Dios “Abba”, padre, y designarlo así
con el marcado carácter de intimidad que tiene esta palabra “Abba”.
Esta
expresión aunque parezca infantil en labios de Jesús, tiene sentido ya que no
era exclusiva de los niños, sino que entraba también en el lenguaje coloquial
de los adultos, al referirse al padre carnal o cabeza de familia. De ahí que la
invocación de Jesús, en la forma de dirigirse a Dios, no fue radical o de
dureza, sino que utiliza el “Abba”, porque le sale del corazón:
"Mc 14,36 Decía:
"¡Abba, Padre!, todo te es posible; aparta de mí este cáliz,
pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú".
E igualmente la
utiliza porque sabe que en esa palabra y en todo el significado que esta
entraña, sus amigos cercanos siguiendo su ejemplo comenzarán a llamarle de esa
manera y le tendrán como padre de la vida y del amor:
Gal 4,6 "Y
como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu
de su Hijo, que clama: ¡Abba, Padre!"
Rom 8,15 "Porque
no recibisteis el espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino
que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba!
¡Padre!"
Y de esta manera todas las comunidades cristianas desde su origen,
llamaran a Dios “Abba”-Padre, y le tendrán como tal y convergerán con él en una
relación de amor mutuo y filial.
LA ORACIÓN II. 1.2 LA REALIDAD ORANTE
1.¿Qué mueve la expresión
orante de la persona cristiana?.
1.2 La realidad orante
La
catequesis que podamos desarrollar sobre la oración, tanto en beneficio de
otros como en nuestro propio beneficio, y la propia formación cristiana en
general, deberían tener siempre muy presente que el único criterio decisivo que
poseemos los cristianos para saber si estamos o no cerca de Dios no es la
oración y los sentimientos que en ella experimentamos o podamos experimentar.
El criterio determinante de nuestra cercanía a Dios es el amor, concretamente
el amor a los demás, como machaconamente afirma la primera carta de Juan:
(1Jn4,7-8.12.16.20)
“Queridos míos, amémonos los
unos a los otros, porque el amor es de Dios; y todo el que ama ha nacido de
Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
Jamás ha visto nadie a Dios. Si nos amamos los unos a los otros, Dios está en
nosotros, y su amor en nosotros es perfecto. Nosotros hemos conocido el amor
que Dios nos tiene, y hemos creído. Dios es amor; y el que está en el amor está
en Dios, y Dios en él. Si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano, es un
mentiroso. El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que
no ve.”
Con
esto no se trata de decir que el amor a Dios se reduzca al ejercicio de un puro
idealismo en el ámbito de las relaciones humanas.
La cuestión está en saber que
el criterio que poseemos los cristianos para saber si estamos cerca de Dios no
es la oración, sino el amor, que se traduce en respeto, defensa de la justicia,
solidaridad con los pobres y con los que sufren, libertad para denunciar a los
causantes del dolor en el mundo.
Si la persona no vive estas cosas o
principios, su oración por muy elevada que sea, no le servirá sino para
engañarse a sí mismo, pensando que está cerca de Dios cuando en realidad es
probable que esté muy lejos de Él.
LA ORACIÓN II. 1. ¿QUE MUEVE LA EXPRESIÓN ORANTE? 1.1 NECESIDAD Y DESEO
1.¿Qué mueve la expresión
orante de la persona cristiana?.
No
es lo mismo sentir necesidad de Dios que desear a Dios. La necesidad confina al
sujeto sobre si mismo y hasta lo bloquea en si mismo. El deseo, por el
contrario, abre al sujeto y lo saca de sí mismo. Esta es la diferencia
fundamental entre estas dos experiencias cotidianas, que con tanta frecuencia
se entrecruzan y se confunden en nuestra intimidad.
1.1 Necesidad y Deseo
Por
ello y precisamente porque la necesidad y el deseo son tan radicalmente
diferentes, las consecuencias que desencadenan son por ello muy distintas.
La
necesidad entraña el peligro de que
la persona confunda lo que necesita con la experiencia gratificante que le proporciona la necesidad satisfecha.
Es el caso del niño que confunde a la madre con las experiencias gratificantes
que su madre le proporciona. O la persona adolescente que confunde a la persona
de la que se enamora con las experiencias satisfactorias que vive junto al otro
sujeto. Es lo propio del amor captativo, que no ama a nadie, porque sólo quiere
y busca satisfacer “necesidades” básicas que todo ser humano experimenta. Y hay
individuos que se mueren de viejos pensando que han pasado la vida amando a
mucha gente cuando, en realidad, no han amado a nadie en este mundo porque solo
se han querido a sí mismo, en la medida en que sólo han buscado satisfacer sus
propias necesidades.
El
deseo es oblatividad. Implica un
trabajo o proceso, que comienza por el reconocimiento del otro, en cuanto ser
radicalmente distinto de mí y de la satisfacción de mis necesidades. Lo cual
presupone un distanciamiento y una conversión. Un distanciamiento porque solo
cuando el niño descubre que la madre no es el calor y el alimento que de ella
recibe, entonces –y solamente entonces- puede situar a la madre ahí, como un
“otro”, como persona diferente de sí mismo y de la satisfacción de sus
necesidades, como persona diferente de sí mismo y de la satisfacción de sus
necesidades, una persona a la que el niño puede desear el impulso de un
verdadero amor de hijo. Y es en ese momento cuando se puede iniciar una
verdadera conversión: el paso de la “necesidad” al “deseo”. Que es el paso del
movimiento que repliega al sujeto sobre sí mismo hacia un nuevo movimiento de
orientación de la persona, en el amor autentico, que llevará entonces a la
entrega más generosa.
Todo
esto puede parecer demasiado abstracto y complicado, además de carente de
utilidad concreta. La verdad, sin embargo, es que aquí nos jugamos la verdad o
el engaño de nuestra vida de oración. Porque todo lo dicho, es referido a
nuestra relación con Dios, significa que, para muchas personas, la oración no
es, en demasiados casos, la experiencia de un deseo, sino la proyección de una
necesidad. Necesidad que confunde a Dios, y la presencia de Dios con nosotros,
con los sentimientos o experiencias gratificantes que vive la persona que se
pone a hacer oración. En el fondo, es el peligro de confundir a Dios con un
“saber” (las ideas religiosas que barajamos en la oración), con un “espacio”
(el lugar sagrado en el que hacemos nuestra plegaria) y con un “tiempo” (los
minutos o quizás las horas que podamos dedicar a orar).
Por
eso hay tanta gente que cuando saborea su saber sobre Dios, cuando se ubica en
el espacio santo y sagrado, y cuando dedica el “tiempo fuerte” de la oración
para el Señor, entonces, y precisamente con eso, tiene la impresión de poseer
ya a Dios mismo o de estar muy cerca de Él. Pero Dios no es nada de eso. Ni el
que hace eso, por eso sólo, ya puede estar seguro de que está unido a Dios.
LA ORACIÓN II. INDICE Y BIBLIOGRAFIA
Nuevamente,
expongo al público el segundo temario de la asignatura LA ORACIÓN,
expuesto por mí en la Escuela Diocesana de Teología de Écija.
Independientemente de la valoración que ahora tenga el autor para la
jerarquía católica de Sevilla, este temario fue aprobado con entusiasmo
por los directores de la escuela, y fue asimilado por los alumnos con
asombrosa solicitud.
Floren Salvador Díaz fernandez (profesor de la escuela durante los cursos 2009-2011)
LA ORACIÓN II
1.¿Qué mueve la expresión
orante de la persona cristiana?.
1.1 Necesidad y Deseo
1.2 La realidad orante
2. La experiencia de Dios
2.1 Jesús y su relación con el Padre
2.2 La oración de Jesús
3. Disposiciones para orar
3.1 Llamada
3.2 Disposición
3.3 Camino
4. Oración comunitaria.
4.1 Koinonía
4.2 La comida Eucarística
4.3 La esencia de la
Eucaristía, Sacramento de Fraternidad.
5.
¿Cómo reza usted?
5.1 Oh, ¿acaso no reza usted?
5.2 ¿Qué esperar de la
oración?
5.3 La responsabilidad de orar
6. Situación para orar.
7. Siglo XXI, un reto de
oración.
7.1 La locura del
mundo
7.2 Orar hoy
8. Oración común de
conclusión. “Tu Reino”.
Bibliografía consultada por el autor para realizar el temario:
Biblia de Jerusalén. Ed. Desclée
Diccionario de Liturgia. Ed. S.Pablo
Diccionario de Pastoral.
Casiano Floristan.
Nuevo Diccionario de Teología,
Tamayo Acosta. Ed. Trotta.
Vocabulario General Biblico. 6 tomos.
Vocabulario Teología Bíblica.
León-Dufour. Ed. Herder.
ENCHIRIDION “El Magisterio de
la Iglesia”, Ed. Herder.
Historia Ilustrada de la
Iglesia, Georges de Plinval. Ed Epesa.1966
Es la hora de la
experiencia de Dios. P.L. Arróniz.
Para comprender las religiones
antiguas. EVD.
La humanización de Dios. José
Mª Castillo, Ed. Trota
Creer o no creer. Enrique Miret Magdalena. Ed Aguilar
Jesús aproximación histórica,
José Ant Pagola. Ed. PPC
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