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Victoria Díez y Bustos de Molina, Beata |
Virgen y Mártir
Martirologio Romano: En la villa de Hornachuelos, cerca
de Córdoba, en España, beata Victoria Díaz y Bustos de
Molina, virgen y mártir. Ejerció el cargo de maestra en
el Instituto Teresiano y, desencadenado el ataque contra la Iglesia,
proclamando su fe cristiana y exhortando a otros al martirio,
mereció ella misma sufrir el martirio (1936).
Victoria solo vivió 33 años pero su vida fué
grande. Se hizo maestra y ejerció siempre de guía, en
la cabecera de la marcha. Creyó ten fuerte que nunca
pudo negarlo. Pidió "precio" por la fe de un pueblo
y lo pagó con la vida. Su corta biografía es
hoy un verdadero testimonio que la prolonga en el tiempo.
Los
primeros años de la vida de Victoria transcurren en el
seno de una familia sencilla y creyente de la Andalucía
de primeros de siglo. Su padre, José Díez Moreno es
gatidano, escribiente y apoderado de una casa comercial de Sevilla.
Su madre, Victoria Bustos de Molina trabaja en casa como
buena parte de las mujeres de entonces. Ambos ponen toda
su atención e interés en la formación de su hija
única, en la que pronto destacan cualidades hondas, que los
años irán perfilando cada vez más.
Victoria es una joven inquieta,
morena; tímida y frágil. De poca estatura externa y en
su interior la pequeñez de los grandes, la fortaleza de
quien se ha fiado de un solo Señor. Sobresale en
ella su prematura capacidad de entrega a los demás y
una especial sintonía con cualquier manifestación de fe. Posee asímismo
notables cualidades artísticas que la llevarán a estudiar seis años
en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla. Pero
Victoria es, sobre todo, maestra, y así le gustaba a
ella que la llamaran; esta vocación la descubre cuando en
1923 termina su carrera docente, con brillantes calificaciones.
En 1925 conoce
la Institución Teresiana y reconoce en ella su propio lugar
en la vida. Una especie de destino profético la impulsa
a una entrega sin límites. La propuesta de Pedro Poveda,
basada en la fuerza transformadora del creyente a través de
su profesión, juntando "fe y vida", encaja con todas sus
aspiraciones. La mediación educativa en todas sus manifestaciones era la
clave de la misión de aquella Institución y dicho planteamiento
atraerá de forma definitiva a esta mujer de cualificada vocación
docente. Un año más tarde, en 1926, formará parte de
la Asociación de Poveda.
Pídeme Precio Su primer nombramiento oficial en 1927,
tras ganar las oposiciones correspondientes, es para un pequeño pueblo
de la provincia de Badajoz, Cheles; pero el verdadero "destino"
de Victoria está en Hornachuelos, lugar serrano de Córdoba donde
permanecerá desde el año 28 hasta el final de sus
días, en agosto del 36. Es un pueblo claro y
blanqueado que se extiende en la falda de Sierra Morena
como un pañuelo al sol. Al verlo a distancia la
joven maestra siente el deseo de conocerlo a fondo, de
entrañarse con su gente, de hacerse para todos, y lo
exterioriza en una frase que ha quedado definitivamente escrita en
la historia de su corta vida: "Señor, pídeme precio". Nada
la detendría.
Durante su estancia en Hornachuelos, donde permanecerá ocho años,
Victoria desarrolla una intensa actividad de servicio de la Iglesia
y de la sociedad local, además de sus tareas específicas
como docente. Impulsa la Acción Católica, organiza cursos nocturnos para
mujeres trabajadoras, ayuda a las familias necesitadas y pone en
marcha la catequesis infantil, que continuará impartiendo cuando se prohíbe
a los maestros dar clases de religión. Al mismo tiempo,
ejerce sus funciones como Presidenta del Consejo Local del Pueblo.
Pero
si conquistó enseguida aquella pequeña sociedad de Hornachuelos no fué
precisamente por su brillantez ni por todo lo que "hizo",
con ser mucho, por ampliar las posibilidades humanas del entorno.
Ya había dicho Pedro Poveda -ella lo sabía bien- que
los hombres y las mujeres de Dios son inconfundibles porque
sin deslumbrar alumbran, esto es, por sus frutos, por su
forma de situarse y compartir la vida. Esta fué la
gracia de Victoria en lo que serían sus últimos ocho
años: llevar hasta el extremo el "reto del dar"; allanar
caminos, implicarse en las necesidades, sobre todo de los más
humildes, contagiar la fe que lleva a flor de piel,
hablar sin miedo.
Digna seguidora de Pedro Poveda, acierta a ver
el valor de lo sencillo, la grandeza de lo pequeño,
que "no hay que ser rico para dar", y desde
esta clave favorecer todo aquello que potencia la vida.
Victoria encarna
perfectamente el tipo de persona de el Fundador quiso para
la Institución Teresiana, con "un exterior común y singularísima por
dentro". Ella, desde luego, lo era porque en aquella muchacha
aparentemente débil había mucha "victoria".
Animo, adelante El día veinte de julio
de 1936, recién estallada la guerra civil española, arrestaron al
párroco de Hornachuelos con quien Victoria había colaborado intensamente en
tareas de la iglesia local. El 11 de agosto era
requerida a prestar declaración ante el Comité.
En la madrugada del
día 12 Victoria fué conducida junto con 17 hombres más
a las afueras del pueblo para emprender una marcha de
12 kilómetros sin vuelta posible, y tal vez sea este
camino el que la convierte en una mujer excepcional. Ahora
no es ya solo la maestra buena, suave y disponible;
ahora es una mujer de fe, que marcha con la
fuerza del convencido, que sabe cargar con los miedos propios
y ajenos, dando valor al grupo: "ánimo", es su palabra
más repetida.
"Animo, adelante". En alguna ocasión ella había escrito: "si
es preciso dar la vida para identificarse con Cristo, desde
hoy dejo de existir...". "Si hay que morir se muere",
había afirmado Pedro Poveda.
Estas palabras se cargan ahora de fuerza
testimonial porque quien las pronunció también las hizo vida en
su propia carne. Victoria sabía que "creer bien y enmudecer
no es posible", y ella creyó hasta el límite de
dar la vida. Y la entregó aquella madrugada del 12
de agosto, después de haber recorrido el último tramo a
pie, entre hombres, compartiendo su misma suerte, como había vivido
siempre.
Fue beatificada el 10 de octubre de 1993 por S.S.
Juan Pablo II.
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