viernes, 17 de agosto de 2012

¡Oh Señor… que hermoso eres!


Al alba, la oración matutina es salmodia de lenta cadencia.
Sentidas y penetrantes, las palabras me develan significados nuevos. Terminando ya la alabanza, prorrumpen a coro luego de un introito individual, con el ¡Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de nosotros, pecadores!
Repiten la oración una y otra vez, no supe cuantas, pero salí de la oquedad con ella embebida en todo mi ser.
En lenta procesión camina cada uno hasta su ermita, llevando el cirio encendido correspondiente al día.
Mientras la claridad avanza, la quietud se adueña nuevamente del valle, salvo por las pájaros, que innumerables se escuchan por doquier. Pero sus cantos no son ruido sino alabanza, porque todos enfilan sus trinos hacia el sol y no he conocido yo nunca modelo mas perfecto de adoración amante.
Nosotros, a diferencia de las aves, conviviendo a diario con el sol, desapercibimos su presencia, perdiendo la sacralidad que su luz entraña. Viva manifestación exterior del espíritu vivificante que a todo alienta, como la gracia, el resplandor del astro cobija o inflama y aunque oculto a veces, omnipresente yace.
El arroyo lleva un agua muy fría y  transparente, me duelen las manos agarrotadas luego del lavado y no acierto a concebir como pueden allí ellos, bañarse íntegros sin gemido ni temblor.
Siguiendo el sendero lateral llego al horno de barro, cocina del pan que diariamente se reparte entre todos los hermanos.
El monje encargado apila leña elevando el montículo y lo hace muy despacio y sin sonido; mas que leños pareciera transportar cálices o sagradas formas a juzgar por la reverencia que revelan sus modos.
El solitario que labra la huerta parece imbuido del mismo carisma gestual. Curiosamente, me informan que no son labores rotativas sino vitalicias y que cocinero y hortelano allí se santifican. Sus ermitas son mas pequeñas y están algo separadas del conjunto.
Es que, como me dijo después el guía de todos ellos… “la oración enhebra los movimientos del corazón con los respiratorios y fluye hacia los miembros. En Su presencia todo gesto es sacro y la atención reverente permite escuchar sus pasos a la hora de la brisa.”
El resto de los consagrados trabaja en soledad el oficio iconográfico cuyo aprendizaje se ha efectuado previamente a la profesión de los votos. El taller del maestre oficio esta ubicado en el pequeño poblado equidistante entre ciudad y yermo.
Tres o cuatro veces al año visita las ermitas, recogiendo los trabajos efectuados y haciendo las correcciones necesarias, aprovechando también para abastecer de material a sus instruidos. Este ermitaño urbano, artífice de belleza santa, viene a ser también un maestro de novicios, porque sin su aprobación nadie será admitido.
La iconografía es el único trabajo manual a excepción del cultivo y la cocina; y parte importante de la dirección espiritual consiste en asignar la imagen que cada eremita plasmará en la madera.
“Se trata de dejar que fluya el Santo Espíritu, para que informando las manos de cada monje se exprese a su través. Terminar un icono implica haber asimilado algunas de las virtudes que emanan de la imagen.
Por eso no hay un tiempo establecido para la realización de cada uno. Nuestra dirección espiritual combina la morfología con la ascesis de modo que los iconos resulten escalones en nuestra santa escala. Por eso, te será difícil encontrar iconos de Nuestra Señora o del Hijo de Dios. Empezamos por los santos, mas accesibles a nosotros a través de alguna virtud”.
Mientras me entero de estos pormenores, advierto las estaciones del vía crucis señalizadas en el atajo. Haciendo honor al clima de montaña, cambia repentinamente la luminosidad del día y comienza a llover mansa pero abundantemente. Nos resguardamos bajo un árbol tupido y quedamos en silencio. Las ermitas se difuminan y todo el paisaje parece diluirse tras un sonoro velo.
Mientras el cuerpo se va mojando, se me dulcifica el corazón atravesado por el hermoso momento y se me antoja la lluvia similar a la gracia que inundándolo todo, a todos nos redime.
¡Oh Señor… que hermoso eres!