Los hombres siempre han atribuido a los dioses los acontecimientos inexplicables, los fenómenos extraños, maravillosos o pavorosos que superan las leyes conocidas de la naturaleza. Todas las culturas y las religiones (en particular en el siglo I de nuestra era) conocían milagros llevados a cabo por curanderos. La Biblia narra relatos de milagro, sobre todo curaciones, que son entendidas como signos de la acción de Dios, que quiere salvar a los hombres.
El vocabulario
La palabra «milagro» significa «cosa admirable». Traduce tres sinónimos hebreos:- -«prodigio» (Ex 4,21) [heb.: mofet, y gr.: teras, cosa extraordinaria],
- «maravilla, cosa imposible» (Ex 3,20) [heb.: niflaot, y gr.: dynamis, acto de poder],
- «signo» (Ex 7,3) [heb.: 'ot, y gr.: semeion].
En el Antiguo Testamento
Los relatos de milagro no salpican toda la historia de Israel, sino solamente dos momentos: el periodo fundador del éxodo* y los ciclos de Elías y Eliseo. El éxodo, la gran manifestación del Dios salvador, comienza con diez azotes (plagas) sobre Egipto, contra los opresores de Israel (Ex 7-11); después se despliega con el paso del mar Rojo (Ex 14); siguen los milagros del maná y del agua de la roca (Ex 16-17) y algunos otros. Los milagros atribuidos a Elías y a Elíseo manifiestan el poder de vida que procede de Dios: la alimentación (la harina y el aceite, los panes), la curación (Naamán el leproso), la vida devuelta a dos niños (1 Re 17; 2 Re 4-5), la liberación de Samaría, etc. A los evangelistas les gusta recordar discretamente estos relatos al narrar los milagros de Jesús, como la reanimación del hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17).
En el Nuevo Testamento
Los relatos de curación son frecuentes, pues son los signos más claros de la venida del Reino* de Dios y acreditan a Jesús como enviado de Dios: «Id y contad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres* se les anuncia la buena noticia» (Mt 11A-5). Dolencias y enfermedades eran entendidas entonces como la acción maléfica de los espíritus «impuros»; lo que aún es más evidente con los exorcismos, que liberan de la posesión diabólica (Mc 1,32-34). En los Hechos de los Apóstoles, Pedro y Pablo continúan haciendo los mismos gestos de salvación en el nombre de Jesús (Hch 3,6). Los demás milagros conciernen a la alimentación: los panes (Mc 6,30-44), el vino de Caná (Jn 2,1-11), la pesca (Lc 5,1-11) y algunos casos de liberación: la tempestad calmada (Mc 4,36-41) o Pedro liberado de la prisión (Hch 12,1-19). Jesús rechaza cualquier milagro en su beneficio (Lc 23,8.39): se encomienda a Dios para su propia salvación.
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