viernes, 27 de abril de 2012

Hugo de Cluny, Santo

Abad, 29 de abril
 
Hugo de Cluny, Santo
Hugo de Cluny, Santo

Abad

Martirologio Romano: En el monasterio de Cluny, en Borgoña (hoy Francia), san Hugo, abad, que gobernó santamente su cenobio durante sesenta y un años, mostrándose entregado a las limosnas y a la oración, mantenedor y promotor de la disciplina monástica, atento a las necesidades de la Iglesia y eximio propagador de la misma (1109).

Etimológicamente: Hugo = Aquel de inteligencia clara, es de origen germano.


El glorioso y venerable abad de Cluny, san Hugo, nació en Semur, de una ilustre y antigua familia de Borgoña. Su padre llamado Dalmacio era señor de Semur, y su madre Aremberga, descendiente de la antigua casa de Vergi.

Quería el padre que su hijo Hugo siguiese, como noble la carrera de las armas, pero sintiéndose él más inclinado al retiro y a la piedad que a la guerra, recabó licencia para ir a cultivar las letras humanas en Châlon-sur-Saône, donde la santidad de los monjes de Cluny, gobernados por el piadoso abad Odilón, le movió a dar libelo a todas las cosas de la tierra, y a tomar el hábito en aquel célebre monasterio.

Hizo allí tan extraordinarios progresos en las ciencias y virtudes, que corriendo la fama de su eminente santidad, sabiduría y prudencia por toda Europa, el emperador Enrique le nombró padrino de su hijo; y Alfonso rey de España, hijo de Fernando, acudió a él para librarse de la prisión en que le tenía su ambicioso hermano Sancho, lo cual recabó el santo con su grande autoridad, y también puso fin a las querellas del prelado de Autún y del duque de Borgoña que devastaba las posesiones de la Iglesia. Y no fue menos apreciado de los sumos pontífices, por su rara prudencia y santidad. Nombróle León IV para que le acompañase en su viaje a Francia, y su sucesor Víctor II previno al cardenal Hildebrando, después Gregorio VII, que le tomase por socio y consejero en la legacía cerca del rey de los franceses; Esteban X que sucedió a Víctor, le llamó y quiso morir en sus brazos. El gran pontífice Gregorio VII se aconsejaba con este santísimo abad de Cluny en todos los negocios más graves de la cristiandad.

Entre las muchas cartas de san Hugo, se halla una escrita a Guillermo el Conquistador, el cual le había ofrecido para su monasterio cien libras por cada monje que le enviase a Inglaterra. Respóndele el santo abad que él daría la misma suma por cada buen religioso que le enviasen para su monasterio. si fuese cosa que se pudiese comprar en cuyas palabras manifestaba el temor de que se relajasen los monjes que enviase a Inglaterra no pudiendo vivir allí en monasterios reformados. Y si todas estas preocupaciones juzgaba el santo necesarias para conservar la virtud de aquellos tan fervorosos monjes, ¿cómo imaginamos nosotros poder estar seguros de no perder la gracia divina, si temerariamente nos metemos en medio de los peligros y lazos del mundo? Quéjanse muchos de las tentaciones que padecen, y murmuran de la Providencia por los recios y continuos combates que les dan los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne: pero día vendrá en que Dios se justifique recordándo1es que ellos mismos se metían las más de las veces en las tentaciones, y haciéndose sordos a las voces de la gracia y de la conciencia, se ponían voluntariamente en las ocasiones de pecar, y se rendían a sus mortales enemigos.

Es increíble lo mucho que trabajó este santo en la viña del Señor, edificándola con sus heroicas virtudes, defendiéndola de sus enemigos, y acrecentándola con su celo apostólico, Finalmente después de haber fundado el célebre monasterio de monjas de Mareigni, y echado los cimientos de la magnífica iglesia de Cluny, lleno de días y mere cimientos falleció en la paz del Señor a la edad de ochenta y cinco años.


Hugo de Cluny


Hugo de Cluny
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Hugo de Cluny con Enrique IV de Alemania y Matilde de Toscana
Nacimiento 13 de mayo de 1024
Fallecimiento 28 de abril de 1109
Venerado en Iglesia Católica
Festividad 29 de abril
Hugo de Cluny (13 de mayo de 1024 - †28 de abril de 1109) fue el sexto abad de Cluny. Es referido a veces como "Hugo el Grande" o Hugo de Semur (Hugues de Semur) y fue canonizado por la Iglesia Católica como San Hugo (el Grande), en 1121 por Calixto II. Fue uno de los líderes más influyentes de las órdenes monásticas de la Edad Media.
Fundada por Fernando I de Castilla, el abad Hugo construyó la tercera abadía en Cluny, la más grande estructura en Europa por muchos siglos. Hugo fue la fuerza conductora de la reforma cluniacense durante el último cuarto del Siglo XI, donde tuvo prioridad en el sur de Francia y el norte de España. Las relaciones de Hugo con Fernando I y Alfonso VI de Leon y Castilla, como también su influencia sobre el papa Urbano II, quien tuvo prioridad con Cluny bajo Hugo, hizo de él una de las más poderosas e influyentes figuras de finales del siglo XI. Como padrino de Enrique IV de Alemania, tuvo también un papel destacado en el conflicto entre éste y el Papa Gregorio VII.
Su día de fiesta en la Iglesia Católica Romana es el 29 de abril.

Predecesor:
Odilón de Cluny
994-1049
Abad de Cluny
Hugo de Cluny

1049 - 1109
Sucesor:
Pons de Melgueil 1109-1122

Enlaces externos


San Hugo de Cluny, abad
fecha: 29 de abril
n.: 1024 - †: 1109 - país: Francia
otras formas del nombre: Hugo el grande
canonización: C: Calixto II 1120
En el monasterio de Cluny, en Borgoña, san Hugo, abad, que gobernó santamente su cenobio durante sesenta y un años. Se mostró entregado a las limosnas y a la oración, mantuvo y promovió la disciplina monástica, estuvo atento a las necesidades de la Iglesia y fue un eximio propagador de la misma.
patronazgo: protector contra la fiebre.

Honrado como consejero por nueve papas, consultado y venerado por todos los soberanos de Europa occidental, director de más de doscientos monasterios, san Hugo alcanzó un prestigio inaudito durante los sesenta años en que fue abad de Cluny. Había nacido en 1204. Era el primogénito del conde de Semur. Desde niño fue tan clara su vocación a la vida religiosa, que san Odilón le recibió en la abadía de Cluny a los catorce años de edad. A los veinte recibió la ordenación sacerdotal y, antes de alcanzar la mayoría de edad, fue elevado al cargo de prior. Cinco años después, a la muerte de san Odilón, sus hermanos le eligieron abad, por unanimidad.
Algo más tarde, Hugo tomó parte en el Concilio de Reims, que presidió el papa san León IX. El joven superior de Cluny que era en el Concilio el segundo entre los abades, apoyó las reformas propuestas por el Sumo Pontífice y atacó, en términos tan elocuentes, la simonía y la relajación del celibato sacerdotal, que se ganó el aplauso de la asamblea (muchos de cuyos miembros habían comprado sus beneficios). Hugo acompañó al papa a Roma y allí tomó parte en el sínodo que condenó los errores de Berengario de Tours. En 1057, fue padrino de bautismo, en Colonia, del hijo del emperador, el futuro Enrique IV. Poco después fue a Hungría, como legado pontificio, a negociar la paz entre el rey Andrés y el emperador. En 1058, el papa Esteban X, que se hallaba moribundo, le llamó a Florencia. Al subir al trono pontificio san Gregorio VII, quien había sido monje en Cluny, se estrecharon aún más los lazos de san Hugo con el pontificado. Ambos siervos de Dios trabajaron juntos para remediar los abusos y libertar a la Iglesia de la opresión del Estado. Durante la áspera contienda entre Gregorio y Enrique IV, el santo abad hizo cuanto pudo por reconciliarles, aprovechando el cariño y la confianza que ambos le tenían. Enrique IV, muy decepcionado, escribía a Hugo poco antes de morir: «¡Qué no daríamos por contemplar una vez más, con nuestros ojos mortales, vuestro rostro angelical, por arrodillamos ante vos a fin de reposar un instante nuestra cabeza, la misma que vos sostuvisteis en la pila baustimal, sobre vuestro pecho y cofesaros nuestros pecados y contaron nuestras penas!»
A pesar de haberse visto obligado a ausentarse con tanta frecuencia de Cluny, san Hugo elevó el nivel de vida en la abadía a un alto grado de perfección y así lo sostuvo durante toda su vida. En uno de sus viajes a Francia, el asceta san Pedro Damián dio a entender que san Hugo debía gobernar más severamente. El santo abad respondió simplemente: «Venid a pasar una semana en la abadía». San Pedro Damián aceptó la invitación, pero no repitió su exhortación al terminar su estancia allí. En 1068, san Hugo redactó las reglas de toda la congregación cluniacense. Las abadías se multiplicaron en Francia, Suiza, Alemania, España e Italia, y muchas antiguas fundaciones se afiliaron a Cluny para reformarse y gozar de los mismos privilegios. Por entonces, se construyó en Lewes el primer monasterio cluniacense de Inglaterra. El mismo Hugo fundó un convento de religiosas de estricta clausura en Marcigny, del que la hermana de san Hugo fue la primera superiora. Las religiosas observaron tan fielmente la regla, que se negaron a abandonar el convento cuando un incendio destruyó un ala del edificio. El santo fundó también un hospital para leprosos, a los que iba a curar con sus propias manos, siempre que podía.
Pocas figuras de la historia han sido tan estimadas como san Hugo. El sínodo de Roma de 1081 y el Concilio de Clermont de 1095, le dieron públicamente las gracias por los servicios que había prestado a la Iglesia. Dos años más tarde, san Anselmo de Canterbury acudió instintivamente a él en sus dificultades. La posteridad ha confirmado el veredicto de sus contemporáneos. Heriberto, que fue discípulo de san Hugo, le describe así en un hermoso párrafo: «Era insaciable en la lectura e infatigable en la oración; no perdía un sólo instante para perfeccionarse o para ayudar al prójimo. Es difícil decir si su prudencia aventajaba a su sencillez o su sencillez a su prudencia. Jamás pronunciaba una palabra inútil y todas sus acciones eran irreprochables. Sólo era capaz de encolerizarse contra el pecado. En sus consejos a las personas, tenía siempre en cuenta a la comunidad. Era más padre que juez, y su clemencia era mayor que su severidad. Era alto y de porte impresionante, pero sus dotes espirituales eran todavía más grandes que su atractivo físico. Cuando no hablaba, sostenía una conversación con Dios y, al hablar lo hacía de Dios y en Dios. Jamás fracasaba en una empresa, porque se entregaba a ella en cuerpo y alma. Su amor tenía la jerarquía perfecta: Dios estaba por encima de todo, el prójimo exactamente a su altura y el mundo, bajo sus pies».
Como verdadero benedictino, san Hugo promovió ardientemente la perfección litúrgica. Él fue quien introdujo la práctica actual de la Iglesia de Occidente de cantar el «Veni Creator», en Tercia, durante el tiempo de Pentecostés [actualente sólo en el rezo latino]. San Hugo gobernó su orden hasta los ochenta y cinco años. Sus facultades mentales estaban intactas, a pesar de que sus fuerzas habían ido disminuyendo progresivamente. Cuando comprendió que se acercaba su última hora, recibió el Viático, se despidió de sus hijos y pidió que le transportasen a la iglesia. Allí murió, tendido sobre un saco, cubierto de ceniza, el 29 de abril de 1109. Fue canonizado en 1120.
Aun fuera de las crónicas se encuentran abundantes datos sobre la vida de san Hugo. Existe un esbozo biográfico escrito por Gilo (Pertz, Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, vol. XV, pp. 937-940) ; además de una biografía más extensa escrita por Rainaldo, abad de Vézelay, y otra que se debe a la pluma de Hildeberto de Le Mans (las dos pueden leerse en Acta Sanctorum, abril, vol. III). Los documentos de menor importancia son innumerables. Ver Biblioteca Hagigráfica Latina, nn. 4007- 4015; y L'HuiIlier, Vie de St Hugues (1888); Sackur, Die Cluniacenser, vol. I. En la imagen, de un códice de pocos años después de la muerte del abad, aparece el emperador Enrique IV a los pies de san Hugo y santa Matilde de Toscana.


 

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