lunes, 1 de octubre de 2012

La comida Eucarística


Esta comida es para muchos cristianos la oración suprema, pues hay en su fondo aspectos universales como el pan y el vino de la tierra, hay elementos de interioridad o encuentro personal con lo divino –la Palabra Sagrada-, y sobre todo una intensa evocación de historia; ya que en el mismo centro de su plegaria, los cristianos recordamos a Jesús y rememoramos y actualizamos el sacramento de su amor.
Aquel sacramento por medio del cual dio su muerte a favor de los demás, anticipando su venida salvadora. Igualmente, en su mismo centro, esta plegaria es comunión interhumana, descubrimiento y cultivo de la más honda comunicación creyente.

1Cor 11,23 Yo recibí del Señor lo que os he transmitido: Que Jesús, el Señor, en la noche que fue entregado, tomó pan, 11,24 dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía". 11,25 Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía". 11,26 Pues siempre que coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva.

La eucaristía, considerada por muchos una comida espiritual a través de los siglos, en su origen no fue instituida como unida a la comida social de las personas.
En la religión hebrea la comida tiene un carácter muy relevante en cuanto a la relación del sujeto con Dios. Existían comidas sagradas, por ejemplo aquella en la cual se ratifico la alianza con Dios.
 
El texto del Éxodo nos refiere una doble tradición: una, que describe el sacrificio como rito esencial de la alianza, y otra que muestra la expresión de la alianza en la comida. Respecto a esta última tradición se nos dice que los setenta ancianos de Israel, que habían subido con Moisés al monte, contemplaron a Dios:

Éxodo 24,9 Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos de Israel subieron 24,10 y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, semejante en claridad al mismo cielo. 24,11 No extendió su mano contra aquellos elegidos de Israel; y ellos vieron a Dios, comieron y bebieron.

Aquí, como en nuestra actual celebración eucarística, se interpreta la comida como comensalía en la cual participa Dios, como manjar y como comensal; haciendo participes a los asistentes de toda su esencia.
 
Si miramos estas comidas sagradas desde el punto de vista histórico, en ellas advertimos, estrictos rituales, un Dios implacable y temeroso y una comunidad a la cual en muchos casos le es imposible hacer comunidad, ya que están continuamente siendo objeto del cumplimiento de la ley, que es la que salva.
 
Cuando miramos estas celebraciones desde la perspectiva instaurada por Jesús, vemos que desaparecen las estrictas rescisiones y se da paso a una comida de amigos, sin otro particular que la unidad como elemento que cohesiona entre Dios, Jesús y sus hijos, por medio del compartir de su Espíritu Santo.
 
Aunque Jesús nunca mencionara la expresión “eucaristos/eucaristía”, como acción de gracias, lo deja implícito ya que la unión de los que se aman es siempre motivo de grandeza para el Señor, pues considera cumplido su objetivo. Si aquella unión de doce amigos fue efectivamente fraternal, Jesús nos deja dicho que espera de nosotros, la repetición de ese “ZIKKARON”=MEMORIAL:

1Cor 11,24 dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía".

La memoria en la concepción de los judíos –y Jesús lo era-, es la celebración conmemorativa de un acontecimiento del pasado que se hace presente en la comunidad celebrante, la cual toma parte en el acontecimiento y en la salvación que el acontecimiento anuncia.
 
Por tanto, el “memorial” no es un mero recuerdo de lo que pasó, sino que es la actualización del hecho que se recuerda. Y, ¿cuál era el recuerdo de los amigos más cercanos de Jesús?. ¿Qué era aquello que mantenían con más frescura en su retina?.
 
Sin lugar a dudas no podemos estar en la mente de ellos, pero por sus enseñanzas advertimos que el acontecimiento de la nueva economía de la salvación –te salvas porque amas y no porque cumples la ley-, y la contemplación de un Dios que es amor de padre, fueron sin lugar a dudas aquello con lo que quedaron marcados, ya que como judíos, no tenían esa concepción de Dios.

Mc 12,28 Un maestro de la ley que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?". 12,29 Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; 12,30 y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. 12,31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos". 12,32 El escriba le dijo: "Muy bien, maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de él, 12,33 y amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios".

Por medio de esta inapelable enseñanza, se vinculan los dos rasgos principales de la confesión cristiana: amar a Dios y amar al prójimo.
Ellos definen la oración eucarística, que es un diálogo con Dios siendo diálogo de amor y comunicación entre la comunidad. Por ello, al unirse con Dios, el orante se vincula con el único proyecto de este –Dios-, en plegaria compartida.
 
Por ello toda oración es, de algún modo, comunión fraterna, ya que al formar parte activamente de la comunidad eclesial, se llevan los deseos y anhelos de esta, allá donde estemos y aunque estemos momentáneamente solos.

Pero no debemos de olvidar el sentido de gratuidad de la celebración eucarística, en cuanto a unión común de los que amándose, conforman el pueblo de Dios, y ven en el compartir de los alimentos, en la escucha de la palabra y en el abrazo de la paz –como signo de amor-, los signos visibles de la presencia del sacramento de la fraternidad.
 
Tengamos en cuenta que, bien por cultura, o por un excesivo afán de preservación del misterio eucarístico, hemos envuelto a Dios en demasiadas capas, como para que ahora en esta etapa concreta a muchas personas les resulte difícil romper ciertos arquetipos, para llegar al centro de Dios, que en realidad son ellos mismos.

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