 |
| Juana de Signa, Beata |
Virgen reclusa de la Tercera Orden (1244‑1307). Pío VI concedió
en su honor oficio y misa el 17 de septiembre
de 1798.
La parte más antigua de la ciudad de Signa,
en lo alto del cerro, de aspecto medieval, se llama
comúnmente “la Beata”. Recuerda y honra así a diario a
la Beata de Signa por antonomasia, la Beata Juana. Nació
en Signa en 1244, hija de padres humildes, y como
Santa Juana de Arco y Santa Bernardita de Lourdes, en
su juventud fue pastora sencillísima, de vida y alma sin
mancha. A veces reunía junto a sí a otros pastores
y les hablaba de las cosas del cielo y del
amor a las virtudes.
Hacia los treinta años pudo realizar su
ideal de vida religiosa haciéndose reclusa voluntaria a ejemplo de
la Beata Veridiana, reclusa de Castel Fiorentino. Después de haber
recibido de los Hermanos Menores en Carmignano el hábito de
la Tercera Orden Franciscana, se hizo encerrar entre paredes en
una celdita junto al río Arno. Allí permaneció en penitencia
durante cuatro decenios. Desde aquel estrecho refugio derramó dones de
misericordia sobre cuantos recurrían a ella: sanó enfermos, consoló afligidos,
convirtió pecadores, iluminó a dudosos, ayudó a los necesitados. Su
fama perdura hasta nuestros días debido también a los milagros
póstumos y a las gracias recibidas.
Las leyendas pintorescas sobre
Juana se refieren a su juventud como pastora. Una, por
ejemplo, dice que durante las tempestades y los aguaceros, ella
reunía su rebaño junto un gran árbol, que prodigiosamente era
librado de la lluvia, del granizo y de los rayos.
Por eso, cuando se acercaba la tempestad, los otros pastores
corrían a donde ella con sus animales. Juana aprovechaba aquellas
ocasiones para enseñar a sus compañeros con palabras sencillas y
eficaces el modo de salvar su alma y de merecer
el Paraíso.
Otras veces cuando el río Arno crecido impedía el
paso de una a otra orilla, a Juana se le
vio extender sobre las aguas amenazadoras su rojizo manto y
sobre él atravesar el río, como si fuera una barca
segura.
Juana vivió como reclusa una vida más angelical que humana.
De la caridad de los fieles recibía lo necesario para
la vida. Se ejercitó en la más rigurosa austeridad en
la ferviente oración, en la asidua contemplación, en estáticos coloquios
con su amado. El Señor glorificó la santidad de su
sierva fiel con numerosos prodigios realizados especialmente en favor de
enfermos, para los cuales obtenía de Dios la curación del
cuerpo y del alma. Murió en su celda, a los
63 años, el 9 de noviembre de 1307. Se dice
que en el momento de su muerte las campanas de
las iglesias sonaron a fiesta para solemnizar el ingreso de
Juana a la gloria del cielo.
|
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario