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| Juan del Castillo, Santo |
Nace en Belmonte, España, el día 14 de septiembre de
1596. Sus padres, Alonso del Castillo y María Rodríguez se
cuentan entre las personas importantes y adineradas de la ciudad.
Una semana después recibe el sacramento del bautismo en la
Colegiata de la villa. Por ser el primogénito recibe el
nombre del abuelo paterno.
Después de él, los padres tienen nueve
hijos. Sus hermanas Juana, Jerónima y Jacinta ingresan como religiosas
de clausura en el convento de las Concepcionistas franciscanas de
Belmonte. Don Alonso, el padre, es el Corregidor de la
villa.
Los padres de Juan se esmeran por formarlo muy cristianamente.
Desde joven estudia en el Colegio de la Compañía de
Jesús en su ciudad natal.
El Colegio ha sido fundado por
san Francisco de Borja. "El Señor sea servido de poner
gente de la Compañía, porque tengo particular esperanza de Belmonte".
El Colegio tiene m s de cuatrocientos alumnos, no sólo
del pueblo, sino también de los lugares de la comarca.
Uno de los maestros de Juan es el P. Diego
de Boroa quien va a ser más tarde su compañero
de misión en las Reducciones paraguayas.
En el Colegio conoce
y lee con gusto las cartas de San Francisco Javier,
el gran apóstol de la Compañía de Jesús. A través
de esas cartas y bajo la dirección de los jesuitas
hace su discernimiento vocacional.
Después estudia derecho en la Universidad
de Alcalá, un año, para dar gusto a sus padres.
El
21 de marzo de 1614 ingresa a la Compañía de
Jesús, en el Noviciado de Madrid. El P. Boroa dice:
"Se ejercitaba en los oficios más humildes y trabajosos de
la Compañía, de cocinero, panadero y hortelano".
Después del noviciado y
sus votos religiosos de pobreza, castidad y obediencia, Juan es
destinado al Colegio de Huete para iniciar los estudios de
filosofía. Es otro Colegio también fundado por el incansable San
Francisco de Borja.
Recién iniciado el curso de 1616, escucha allí
al Procurador del Paraguay y Chile, el P. Juan de
Viana, quien tiene la misión de llevar refuerzos a las
Indias de occidente. El padre Procurador pondera la abundancia de
la mies americana, las penas y fatigas de los misioneros
y señala la esperanza de un martirio. Juan se ofrece.
Logra de sus superiores que se le cambie su destino
al Perú por el más duro de Chile y Paraguay.
Es aceptado.
El 2 de noviembre de 1616 inicia el viaje
al continente americano en el gran puerto de Lisboa.
A
bordo traba amistad con el joven jesuita Alfonso Rodríguez, de
Zamora, quien también viaja en la misma expedición de misioneros.
Tiene éste dos años menos, pero los deseos son los
mismos.
Entre mareos y tormentas, entre calmas y calores, llegan al
puerto de Santa María de los Buenos Aires, el 15
de febrero de 1617. Descansan unos días en el Colegio,
los necesarios para reponer las fuerzas. El Colegio es modesto,
pero para los viajeros la caridad de recibimiento los llena
de consolación.
Desde Buenos Aires los dos estudiantes jesuitas viajan a
la ciudad de Córdoba del Tucumán, al Colegio Máximo, para
terminar allí sus estudios de filosofía. Es un caminar cansino,
a través de la inmensa pampa argentina. La carga y
los libros van en carretas tiradas por bueyes y ellos
montan a caballo.
Con su amigo Alfonso Rodríguez, Juan mira,
asombrado, la inmensidad sin horizonte. A veces, a lo lejos,
observa, con algún entusiasmo y temor, a los indios pampas
que sienten invadido el territorio.
En la docta y universitaria ciudad
de Córdoba, Juan del Castillo es un muchacho que no
pierde el tiempo. No se distingue mucho en los estudios.
La salud no parece buena. El duro clima de la
ciudad lo agota m s de la cuenta. Tiene, por
cierto, mejor éxito en los cortos apostolados entre los pobres
de la ciudad y sus alrededores.
En el silencio y
la oración, se decide a trabajar en esta América que
ya empieza a querer.
En los finales de 1619, al terminar
la filosofía, es destinado a la ciudad de Concepción, en
el vecino país de Chile. Es la experiencia de magisterio.
Tal vez influye en los superiores el hecho de que
el otro lado de la cordillera tenga un mejor clima.
Juan ahí, sin duda, podrá reponerse.
Los informes de los superiores
no lo favorecen. Las expresiones lacónicas poco dicen: "Es mediano
de inteligencia y también en la prudencia. La experiencia es
poca. El progreso en el estudio de filosofía es mediocre.
Pero es capaz de enseñar gramática".
Eso último es suficiente
para su magisterio en Chile, en el muy modesto Colegio
de Concepción.
Antes de viajar conversa muy largamente con el jesuita
Alonso de Ovalle y Manzano. El es nacido en Santiago
de Chile y estudia ahora en la ciudad de Córdoba.
Ovalle conoce bien los paisajes, las costumbres y los habitantes
de su país. Juan, a través de Alonso, empieza a
amar ese último rincón de la tierra.
Otro largo viaje.
A caballo y en carretas, termina por atravesar la pampa.
Está contento. Puede decir que la conoce ahora casi
entera.
Unos pocos días descansan los viajeros en la ciudad
de Mendoza, en la Residencia y el pequeño Colegio de
la Compañía. Ya están en Chile, el cual comienza en
la Provincias de Cuyo. Pero Juan y los otros jesuitas
que viajan a Santiago parecen impacientes por continuar y atravesar
la imponente cordillera.
El cruce de la gran cordillera de los
Andes, lo hacen en mula y a pie, entre cuestas
y precipicios enormes. El sendero va por la ladera escarpada,
tan estrecho que apenas cabe la mula. Una de las
bestias pisa mal y cae con su carga hacia el
río que corre en lo profundo. Es un ruido que
aterroriza.
La admiración de Juan parece infinita. Sus ojos, incansables, recorren,
uno a uno, los paisajes. Agradece a Dios esas alturas
con nieves eternas, esos saltos sonoros de las cascadas, los
ríos correntosos.
Al bajar de las cimas, empiezan los viajeros a
recorrer el valle del río Aconcagua. Algunos Padres del Colegio
han venido a recibirlos. Juan se maravilla de los campesinos
tan tranquilos, de sus campos y los frutos. Será una
hermosa experiencia la del magisterio en Chile.
Santiago, la capital de
Chile, lo recibe sonriendo. El gran Colegio de San Miguel,
tan junto a la catedral, es ahora su casa. Los
jesuitas chilenos insisten. Es necesario descansar, conocer los alrededores y
prepararse para el largo viaje al sur. El joven jesuita
no se cansa de agradecer a Dios por la caridad
de sus hermanos.
Los jesuitas han llegado a Chile en 1593.
Desde un comienzo educan en la capital y son misioneros.
Los indios mapuches son los preferidos. Los catequizan en los
alrededores y hacen excursiones hacia el sur. Aprenden la lengua
y establecen catequistas con el nombre de "fiscales" para asegurar
el fruto.
Desde 1608 forman una Provincia independiente con jurisdicción en
Chile, Buenos Aires, Tucumán y el Paraguay. El provincial Padre
Pedro de Torres Bollo vive en Santiago, pero la Provincia
tiene el nombre del Paraguay. El Noviciado, que estuvo en
los comienzos en Santiago, está ahora en la ciudad
de Córdoba.
Ese mismo año se ha celebrado en Santiago la
primera Congregaci¢n provincial. Los jesuitas se muestran muy contentos con
los resultados. Sus decretos son notables, especialmente los referentes a
los indios, a la abolición de la esclavitud, a la
supresión del servicio personal y al modo de evangelizar.
Juan escucha.
Se admira de los inicios de las misiones en Arauco
y Chiloé, en el extremo sur. Se siente bien con
esos nuevos amigos. Con los jesuitas jóvenes recorre la ciudad
y los alrededores.
Un mes después, poco más que menos, inicia
su peregrinación al sur. Hasta la ciudad de Concepción son
otros 500 kilómetros. Lo normal es hacerlo a caballo y
por etapas. El camino es malo, pero no hay en
‚l el peligro de los indios en guerra. La lucha,
entre españoles y mapuches, se desarrolla al sur de Concepción.
La
ciudad está junto al mar, en una tranquila bahía
en el puerto de Penco. Es el bastión ubicado en
la frontera. Esta es la causa del por qué vive
en ella el Gobernador del Reino.
Concepción tiene un Colegio. Es
muy reciente. Lo ha fundado el célebre jesuita P. Luis
de Valdivia hace seis años, en 1614.
Al llegar Juan
a su destino todo parece estar en calma. El excelente
rector Padre Juan Romero lo abraza con cariño. La primera
misión, que da al recién llegado, es descansar.
Las veladas comunitarias
son agradables. El clima, el suave murmullo del mar, los
lomajes siempre verdes, los ríos y la gente, ayudan a
la paz y a la oración.
A los pocos días ya
conoce con detalles la historia de los mártires de Elicura.
Son tres jesuitas que, por obediencia, se internaron en el
país de los mapuches. La guerra parecía haber terminado. Unicamente
la guerra defensiva está permitida.
Ese fue el mejor
logro y la gloria del P. Luis de Valdivia, el
fundador del Colegio.
Los Padres Martín de Aranda Valdivia, Horacio
Vecchi y el Hermano Diego de Montalbán fueron elegidos para
la difícil misión de predicar el Evangelio entre los mapuches.
El primero es chileno, el segundo italiano y el tercero,
español o mejicano. Los elige el Superior porque ellos se
han distinguido como los mejores defensores de los derechos del
pueblo mapuche, de la mujer y de la paz. Los
tres deciden entrar sin armas, sólo con la cruz.
Martín
ha nacido m s al sur, en Villarrica, a la
sombra de un volcán que aún humea. Se inició en
la carrera de las armas casi siendo un niño.
En
plena juventud, Martín asciende a capitán y el Virrey del
Perú lo envía como Corregidor de Riobamba en Ecuador. Los
informes del soldado son, pues, excelentes.
En uno de sus
viajes a Lima, por razones de su cargo, se decide
a hacer los Ejercicios espirituales del Fundador de los jesuitas.
Después de terminarlos, ingresa a la Compañía de Jesús en
la ciudad de los Reyes. Martín tiene treinta y dos
años. En Lima también, recibe la ordenación sacerdotal. Martín regresa
a Chile, en 1607, al crearse la Provincia del Paraguay,
separada de la del Perú.
Horacio Vecchi es un italiano
que también llega a Chile en 1607. Es también sacerdote.
Diego
de Montalbán es un soldado. Ingresa en la Compañía de
Jesús en Chile. En la hora de su muerte todavía
es un novicio.
Juan del Castillo se impone del desenlace de
esa misión por obediencia. Un cacique descontento, Ancanamón, les ha
dado muerte en el pequeño valle de Elicura, el 14
de diciembre de 1612. La causa del martirio es de
todos conocida. Martín de Aranda, Horacio Vecchi y Diego de
Montalbán defendían los derechos de dos mujeres españolas, cautivas, que
defendían su religión.
Los restos de esos mártires están en
el Colegio. Juan los venera.
En 1626 Juan y su amigo
Alfonso Rodríguez son destinados a las nuevas fundaciones del río
Uruguay.
Ha rogado a Dios, ha suplicado tanto a los
superiores. En un momento ha tenido miedo de que su
débil salud pudiera ser un obstáculo. Se ha preparado, también,
en el idioma guaraní. Los tiempos libres cordobeses han sido
para la lengua paraguaya. La vida dura del misionero no
le asusta.
El juicio del P. Diego de Boroa es
excelente: "Su fervor es grande, su observancia es completa. Su
celo se manifiesta en el tesón por aprender la lengua
guaraní. Su afabilidad y mansedumbre entusiasman a todos. Es bondadoso,
desprendido y puro, amable de Dios y de los hombres".
Después
del martirio de los Padres Roque González y Alfonso Rodríguez
en la Reducción de Todos los Santos en el Caaró,
los caciques seguidores de ¥ezú se presentan, al día siguiente,
en la Reducción de la Asunción de Yjuhí.
Son las
tres de la tarde. Juan está a la puerta
de su choza rezando el breviario. ¿Qué te dice el
libro? le preguntan. Juan contesta: "Nada, estoy rezando". Ellos dicen:
"Aquí te traemos a estos indios forasteros para que les
des anzuelos".
La narración de los hechos pertenece a un testigo
presencial, Pablo Arayú. La hace con juramento:
"Preguntado si se halló
presente cuando echaron mano y prendieron al Padre, respondió que
sí. Preguntado si se halló presente cuando lo mataron, respondió
que sí, que vio cuando lo arrastraron y lo mataron
en el lodazal.
El Padre estaba matriculando a un cacique llamado
Chetihagu‚ y su gente y les di anzuelos y alfileres.
Después el viejo cacique Quarabí mandó a un cacique, llamado
Araguirá, que embistiera al Padre. Él lo hizo. Lo abrazó
por la espalda y le torció los brazos. Así lo
arrastraron hacia el bosque. Le rasgaron la ropa, sólo dejaron
una media y las mangas en los brazos.
Un indio,
llamado Mirungá, lo derribó en tierra. Le pusieron dos cuerdas
en las muñecas y lo arrastraron por el bosque. Desconcertaron
un brazo. Otro indio, llamado Tacandá, con una maza de
piedra lo golpeó varias veces en el vientre. Lo siguieron
arrastrando, hasta un lodazal. Iba todo desgarrado, hecho sangre.
Allí
le destrozaron con una piedra grande la cabeza. Después quebraron
los huesos y lo dejaron diciendo: déjenlo para que se
lo coman los tigres. El no estuvo con los que
quemaron el cuerpo, cuando volvieron en la mañana siguiente.
Preguntado de
lo que hizo y dijo el Padre cuando lo prendieron
y mataron, respondió: Cuando le echaron mano, hizo fuerza por
soltarse. Dijo: Hijos, ¿qué pasa, qué es esto? Mientras lo
tenían asido, llamó a los amigos en su favor. Cuando
lo arrastraban le oyó decir: ¡Ay, Jesús! Y otras palabras
en su lengua que no entendió. Cuando le rompían la
ropa pedía que se la sacaran poco a poco.
Después entraron
en su casa e iglesia. Repartieron entre ellos las cosas
pequeñas. Los ornamentos sagrados se los llevaron a ¥ezú".
Esta narración
concuerda con la de otros cinco testigos con juramento, todos
presentes.
Juan repartió su vida jesuita casi por igual: tres
años en España, seis en Córdoba del Tucumán en dos
etapas iguales, tres en Chile y casi tres en Uruguay
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