 |
| Inés de Asis, Santa |
Inés de Favarone, hermana de Clara «según la carne y
según la pureza» (Leyenda de Sta. Clara 24), no es
una figura que fácilmente pueda esbozarse, a no ser que
se ceda al fácil impulso de revestir los escasos datos
históricos que se poseen –oscuros y limitados en información– con
reflexiones verosímiles, pero no comprobadas, sugeridas más bien por su
situación a la sombra de santa Clara. Inés de Asís
es una figura de contornos difuminados, que se la intuye
más y mejor precisamente cuanto menos se trata de fijarla
dentro de una línea marcada y precisa.
Hija segunda de Favarone
y Ortolana, Inés nace en esta noble familia asisiense alrededor
de 1197. Su Vita, incluida en la Crónica de los
XXIV Generales de la Orden de los Hermanos Menores, de
finales del siglo XIV, afirma estrictamente que en la fecha
de su muerte, acaecida poco después de la muerte de
Clara en 1253, tenía unos 56 años.
El nombre de Inés
no le fue impuesto en el Bautismo sino más tarde,
después de la conversión; y se lo impuso san Francisco,
después que «por el Cordero inocente, es decir, por Jesucristo,
inmolado por nuestra salvación, resistió con fortaleza y combatió virilmente»
(Crónica) haciendo frente a los ataques de sus familiares, dedicados
a arrancarla del claustro del Santo Ángel de Panzo, donde
se había refugiado con Clara.
Probablemente, su nombre de pila fue
el de Catalina. Según refiere la Vida de santa Clara
escrita a finales del siglo XV por el humanista Hugolino
Verino, y, como por primera vez señaló Fausta Casolini, el
tío Monaldo, volviéndose a Inés en la tentativa de conducirla
de nuevo a casa de sus padres, la apostrofa con
el nombre de «Catalina... que así se llamaba Inés en
el siglo...» (cf. AFH 13, 1920, 175). Catalina es el
nombre de la intrépida virgen de Alejandría, cuyas reliquias, conservadas
en una iglesia erigida en el Sinaí, eran objeto de
devotas peregrinaciones para todos los que, dirigiéndose a Tierra Santa,
desembarcaban en el puerto egipcio de Damieta, de donde emprendían
el viaje a Jerusalén pasando precisamente por el Sinaí y
Gaza. También Ortolana, la madre de Clara e Inés, había
realizado una peregrinación a los lugares santificados con la presencia
del Mesías: quizá la devoción hacia la mártir de Alejandría,
reforzada durante la peregrinación, le sugirió más tarde el nombre
para su segunda hija. Y esta misma devoción, seguramente viva
en las hijas por influencia de Ortolana, inspiró el nombre
titular de Santa Catalina del Monte Sinaí para muchos de
los pequeños monasterios de Hermanas Pobres.
La infancia y la juventud
de Inés corren parejas con las de su hermana Clara,
tres o cuatro años mayor que ella. Es intenso el
afecto que las une recíprocamente e iguales sus sentimientos. Sin
embargo, la orientación inicial es distinta. En efecto, si Clara,
siguiendo la voz interior que la llama a una vida
completamente dedicada al Señor, no quiere ni oír hablar de
boda, tal vez la serena vida familiar que observa entre
sus padres y con sus dos hermanas, despierta en Inés
el deseo de una vida análoga iluminada por el gozo
íntimo de un matrimonio y de una maternidad bendecidos por
Dios.
El autor de la «Leyenda», al presentar el llamamiento de
Inés a la vida religiosa como uno de los primeros
efectos de la poderosa oración de Clara en el silencio
del claustro, escribe: «Entre las principales plegarias que ofrecía a
Dios con plenitud de afecto, pedía esto con mayor insistencia:
que, así como en el siglo había tenido con la
hermana conformidad de sentimientos, así ahora se unieran ambas para
el servicio de Dios en una sola voluntad. Ora, por
lo tanto, con insistencia al Padre de las misericordias para
que a su hermana Inés, a la que había dejado
en su casa, el mundo se le convierta en amargura
y Dios en dulzura; y que así, transformada, de la
perspectiva de unas nupcias carnales se eleve al deseo del
divino amor, de modo que a una con ella se
despose en virginidad perpetua con el Esposo de la gloria.
Existía realmente entre ambas un extraordinario cariño mutuo, el cual,
aunque por diferentes motivos, había hecho para la una y
la otra más dolorosa la reciente separación» (Leyenda 24).
Es fácil
adivinar lo interminables que fueron para Inés los días que
siguieron a la fuga de Clara. Inés tiene sólo catorce
o quince años, y en la hermana menor, Beatriz, no
encuentra de ninguna manera el apoyo afectuoso que le proporcionaba
la presencia de Clara. Transcurre la semana de Pasión, a
la que sigue la Pascua, una Pascua más que nunca
velada por la nostalgia y el recuerdo de la hermana
ausente, a la que no han conseguido hacer regresar a
la casa paterna ni la afectuosa presión de la familia
ni la violencia. También pasa la semana de Pascua; y
cada día que transcurre, mientras la memoria repasa los dulces
recuerdos que le evocan a Clara, la mente y el
corazón se detienen cada vez con mayor frecuencia a pensar
en el camino escogido por Clara, y descubren la profunda
y escondida riqueza que encierra. Y la exuberancia juvenil de
Catalina empieza a arder con el mismo fuego que Clara,
encendido por el Espíritu, y suspira por poder entregarse completamente,
como ella, al Señor Jesús y a su Reino.
Dieciséis
días después de la fuga de Clara de la casa
paterna, el 14 de mayo de 1211, o quizá al
día siguiente, Inés se llega por fin a su hermana
en el monasterio benedictino del Santo Ángel de Panzo, donde
Clara se había refugiado provisionalmente, y le manifiesta con firmeza
el propósito de consagrarse totalmente, como ella, al servicio de
Dios.
El abrazo gozoso de Clara, que ha visto escuchada su
oración, representa al mismo tiempo la aceptación de la primera
novicia en la nueva Orden fundada por san Francisco.
La desaparición
de Inés, refugiada junto a su hermana, provocó una nueva
y aún más violenta reacción por parte de los familiares,
que no estaban dispuestos a tolerar por segunda vez una
iniciativa que era para ellos una afrenta a la riqueza
y al poder de la noble familia. Y he aquí
que un grupo de doce caballeros se abalanza sobre las
dos hermanas en la serena quietud monástica del Santo Ángel
de Panzo, donde Clara, «la que más sabía del Señor,
instruía a su hermana y novicia» (Leyenda 25). No repitamos
aquí el desarrollo del episodio ya referido; añadamos solamente que,
al final, Inés puede responder a Clara que le pregunta
–angustiada por tantos golpes recibidos mientras los hombres armados la
arrastraban a la fuerza por la ladera del monte– que
por la gracia de Dios y por sus oraciones, poco
o nada ha sufrido.
Después de este episodio de violencia, «el
bienaventurado Francisco con sus propias manos le cortó los cabellos
y le impuso el nombre de Inés, ya que por
el Cordero inocente... resistió con fortaleza y combatió varonilmente» (Crónica).
A
continuación, dirigida por el Santo, juntamente con Clara, en el
camino de la perfección emprendida (Leyenda 26), Inés progresó tan
rápidamente en el camino de la santidad, que su vida
aparecía ante sus compañeras extraordinaria y sobrehumana. Su penitencia y
mortificación, como la de la misma Clara, despertaban admiración teniendo
en cuenta su corta edad. Sin que nadie lo sospechase,
ciñó su cintura con un áspero cilicio de crin de
caballo, y esto desde el comienzo de su vida religiosa
hasta su muerte; su ayuno era tan riguroso que casi
siempre se alimentaba solamente de pan y agua.
Caritativa y dulcísima
de carácter, se inclinaba maternalmente sobre quien sufría por el
motivo que fuere, y se mostraba llena de piadosa solicitud
hacia todos.
Santa Clara, escribiendo de ella a santa Inés de
Praga, llamará a su hermana «virgen prudentísima»; es la opinión
de una santa, es decir, de quien sabe medir personas
y cosas con la misma medida de Dios.
Hay un episodio
que, ciertamente, sirve para corroborar en Clara la convicción de
la santidad de su joven hermana; episodio que no sabemos
con seguridad cuando aconteció, si en los años precedentes o
subsiguientes a la partida de Inés a Monticelli. Lo extraemos
de la Vita inserta en la Crónica.
«En cierta ocasión, mientras,
apartada de las demás, perseveraba devotamente en oración en el
silencio de la noche, la bienaventurada Clara, que también se
había quedado a orar no muy lejos de ella, la
contempló en oración, elevada del suelo, y suspendida en el
aire, coronada con tres coronas que de tanto en tanto
le colocaba un ángel. Cuando al día siguiente le preguntó
la bienaventurada Clara qué pedía en la oración y qué
visión había tenido aquella noche, Inés trató de eludir la
respuesta. Pero al fin, obligada por la bienaventurada Clara a
responder por obediencia, refirió lo siguiente: –En primer lugar, al
pensar una y otra vez en la bondad y paciencia
de Dios, cuánto y de cuántas maneras se deja ofender
por los pecadores, medité mucho, doliéndome y compadeciéndome; en segundo
lugar, medité sobre el inefable amor que muestra a los
pecadores y cómo padeció acerbísima pasión y muerte por su
salvación; en tercer lugar, medité por las almas del purgatorio
y sus penas, y cómo no pueden por sí mismas
procurarse ningún alivio» (Crónica). En la meditación de Inés, de
acuerdo con toda la espiritualidad seráfica, el Dios- Hombre crucificado
proyecta su vasta sombra de eficacia salvadora sobre el drama
de los pecadores y de los redimidos que anhelan su
última purificación.
Una despedida nostálgica
«Después, el bienaventurado Francisco la envió como
Abadesa a Florencia, donde condujo a Dios muchas almas, tanto
con el ejemplo de su santidad de vida, como con
su palabra dulce y persuasiva, llena de amor de Dios.
Ferviente en el desprecio del mundo, implantó en aquel monasterio
–como ardientemente lo deseaba Clara– la observancia de la pobreza
evangélica» (Crónica).
No es fácil desentrañar los acontecimientos que están bajo
una fuente tan avara de información. Solamente está clara la
línea general de los hechos. Es ésta:
El paso de san
Francisco por Florencia no suscitó entusiasmo solamente entre los florentinos,
algunos de los cuales abrazaron enseguida su misma vida evangélica,
sino que también enfervorizó a algunas jóvenes y señoras de
nobles familias que, a imitación del gesto realizado hacía poco
por Clara, deseaban dejarlo todo para dedicarse exclusivamente al servicio
de Dios. De hecho, no tardaron mucho en dar cumplimiento
a sus deseos; y, no teniendo aún monasterio, se retiraron
en casa de algunas de ellas en espera de que
la Providencia les proporcionase un lugar más conveniente. Se desconoce
la fecha en la que surgieron tales comunidades de señoras
florentinas, que tomaban por modelo la de San Damián; quizá
resulte más fácil identificar el lugar donde se iniciaron estas
comunidades. En efecto, sabemos que la señora Avegnente de Albizzo,
que figura como Abadesa del Monasterio en 1219, poseía un
lugar en la comarca de Santa María del Sepulcro en
Monticelli; hizo donación del mismo a la iglesia romana, para
que en él fuese erigido un monasterio, y la propiedad
fue aceptada por el Cardenal Hugolino, en nombre de la
Iglesia, en el 1218. Con este acto, las nobles señoras
florentinas reunidas en torno a Avegnente, se ponían bajo la
dependencia de la Santa Sede.
Como hemos dicho, la señora Avegnente
figura en 1219 como Abadesa de la comunidad erigida, que
desde los primeros años se relaciona con San Damián y
observa, junto con la Regla del Cardenal Hugolino de 1218-1219,
las mismas Observantiae regulares, es decir, esa especie de «constituciones»
que por entonces estaban en vigor en San Damián, basadas
en los escritos y palabras de san Francisco.
La cesión gratuita
de un terreno contiguo por parte de Forese Bellicuzi, permitió
la erección de un monasterio: la casa anterior, quizá demasiado
pequeña, no podía albergar el número creciente de monjas.
La joven
Inés fue enviada a esta comunidad con el encargo de
transferir a Florencia el genuino espíritu de Clara. A ella
se confiará el gobierno de esta nueva falange de Hermanas
Pobres.
Existe un documento precioso, esto es, una carta, remitida por
Inés a su hermana después de su llegada al nuevo
destino, que nos da luz acerca del profundo dolor que
le produjo la separación de San Damián, así como acerca
de la nueva comunidad, floreciente en una atmósfera de paz
y de unión. La misma carta, sin fecha, nos proporciona
también indicaciones que pueden ser válidas como referencias cronológicas:
« ...
Has de saber, madre –escribe entre otras cosas Inés–, que
mi carne y mi espíritu sufren grandísima tribulación e inmensa
tristeza; que me siento sobremanera agobiada y afligida, hasta tal
punto que casi no soy capaz ni de hablar, porque
estoy corporalmente separada de vos y de las otras hermanas
mías con las que esperaba vivir siempre en este mundo
y morir... ¡Oh dulcísima madre y señora!, ¿qué diré, si
no tengo la esperanza de volveros a ver con los
ojos corporales a vos ni a mis hermanas?... Por otra
parte, encuentro un gran consuelo y también vos podéis alegraros
conmigo por lo mismo, pues he hallado mucha unión, nada
de disensiones, muy por encima de cuanto hubiera podido creerse.
Todas me han recibido con gran cordialidad y gozo, y
me han prometido obediencia con devotísima reverencia... Os ruego que
tengáis solícito cuidado de mí y de ellas como de
hermanas e hijas vuestras. Quiero que sepáis que tanto yo
como ellas queremos observar inviolablemente vuestros consejos y preceptos durante
toda nuestra vida. Además de todo esto, os hago saber
que el señor papa ha accedido en todo y por
todo a lo que yo había expuesto y querido, según
la intención vuestra y mía, en el asunto que ya
sabéis, es decir, en la cuestión de las propiedades. Os
ruego que pidáis al hermano Elías que se sienta obligado
a visitarme muy a menudo, para consolarme en el Señor».
El
Privilegio de la Pobreza, que señala la carta, fue concedido
a las monjas de Monticelli por el Papa Gregorio IX
el 15 de mayo de 1230. Además, el hermano Elías
no es designado en la carta ni como «vicario» ni
como «ministro general»; la alusión al hermano Elías hace excluir
–queriendo asignar una fecha a la carta– la serie de
los años 1217 a 1221, en los que se encontraba
como Ministro provincial en el Oriente; y parece excluir también
los años 1221 al 1227, en los que fue Vicario,
y los años después de 1232, ya que en el
Capítulo de aquel año fue elegido Ministro General.
Por tanto, es
probable que la salida de Inés de Asís a Monticelli,
salida querida por san Francisco y causa de profundo dolor
para la obediente hermana de santa Clara, no fuese en
el 1221, como se repetía tradicionalmente, sino más tarde, alrededor
de los años 1228-1230: a menos que se quiera admitir
que la carta, aunque refleja la herida de una separación
reciente, haya sido escrita muchos años después de la partida
de San Damián.
A la cabecera de Clara moribunda
Queda en la
sombra lo que se refiere a la permanencia de Inés
en Florencia, así como queda encubierto con el misterio el
itinerario de su regreso a Asís; muchos monasterios se glorían
de haberla tenido como fundadora en su camino de retorno,
y es muy posible que el dato tradicional, no recogido
en documentos, responda en alguna medida a la realidad. En
cualquier caso, tras un lapso de diez años, la historia
vuelve a presentar a Inés en la clausura de San
Damián, cuando asiste a Clara en su prolongada agonía.
Según Mariano
de Firenze, que escribe en el siglo XVI, la partida
de Inés de Monticelli estuvo precisamente en relación con el
empeoramiento de la enfermedad de la Santa: al tener noticia
de ello, Inés se habría puesto de viaje apresuradamente con
algunas de las hermanas externas de Monticelli, destinadas a recoger
y a conservar las últimas palabras de la Madre de
la Orden, para llevar su recuerdo a la fundación florentina.
Siguiendo la misma narración, Clara habría entregado a estas hermanas
que acompañaban a Inés su velo; sería el que se
conserva como reliquia en el monasterio de clarisas de Firenze-
Castello.
Cualquiera que sea la fecha en que haya de fijarse
el regreso de Inés a San Damián, es indudable su
presencia a la cabecera de Clara moribunda. Para Inés que,
oprimida por el dolor, no halla manera de contener las
lágrimas abundantes y amargas, y suplica a su hermana que
no se marche ni la abandone, Clara tiene palabras de
ternura infinita, que hacen florecer una esperanza maravillosa en el
corazón de Inés: «Hermana carísima, es del agrado de Dios
que yo me vaya; mas tú cesa de llorar, porque
llegarás pronto ante el Señor, enseguida después de mí, y
Él te concederá un gran consuelo antes que me aparte
de ti» (Leyenda 43).
La tarde del 11 de agosto de
1253, en el desgarramiento de la separación, Inés habrá recordado
a la hermana, bienaventurada por siempre en el abrazo del
Esposo, la promesa que le hiciera pocos días antes. Y
cuando al día siguiente, entre alabanzas y gozo universal, el
cuerpo de Clara, ya invocada como santa, bendecido por el
Papa, subió por la pendiente de Asís para ser depositado
en el mismo sepulcro que un día recibió los despojos
mortales de Francisco, seguramente reconocería Inés, en este preludio tan
solemne de la canonización, el gran consuelo profetizado por Clara.
También
tuvo bien pronto realización la promesa que le había hecho,
pues «al cabo de pocos días, Inés, llamada a las
bodas del Cordero, siguió a su hermana Clara a las
eternas delicias; allí entrambas hijas de Sión, hermanas por naturaleza,
por gracia y por reinado, exultan en Dios con júbilo
sin fin. Y por cierto que antes de morir recibió
Inés aquella consolación que Clara le había prometido. En efecto,
como había pasado del mundo a la cruz precedida por
su hermana, así mismo, ahora que Clara comenzaba ya a
brillar con prodigios y milagros, Inés pasó ya madura, en
pos de ella, de esta luz languideciente, a resplandecer por
siempre ante Dios» (Leyenda 48).
La noticia de la muerte de
Inés, difundida por Asís, atrajo –como la de Clara– multitud
de gentes, que le profesaban gran devoción y esperaban poder
contemplar sus despojos mortales y ser así consoladas espiritualmente. Todo
este gentío subió la escalera de madera que daba acceso
al monasterio de San Damián. Pero de pronto, las cadenas
de hierro que sostenían esta escalera, cedieron bajo peso tan
desacostumbrado, y se derrumbó con gran estrépito sobre la multitud
que estaba debajo, arrastrando en su derrumbamiento a cuantos allí
se agolpaban.
De la imprevista catástrofe se podían esperar consecuencias desastrosas,
puesto que el gentío quedó como aplastado bajo el enorme
peso de la escalera sobrecargada de gente. Pero en los
corazones se abrió paso la esperanza en el nombre de
Inés. Invocando inmediatamente su nombre y sus méritos, heridos y
magullados se levantaron riendo, como si nada hubieran sufrido.
Esta fue
la primera de las numerosísimas intervenciones milagrosas de Inés, que,
ya reunida con Clara en la gloria, será para siempre,
como su hermana, muy pródiga en su intercesión a favor
de cuantos, en su nombre, supliquen para verse librados de
enfermedades incurables, de la ceguera, o de posesión diabólica. La
serie de estas intervenciones continúa ampliamente durante todo el siglo
XIV, hasta establecerse su culto, ratificado por la Iglesia. Su
nombre aparece en el Martirologio Romano entre los santos del
día 16 de noviembre, y sus restos reposan en la
Basílica de Asís, que también encierra el cuerpo de su
«madre y señora» Clara.
|
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario