 |
| Grimoaldo de la Purificación (Fernando Santamaría), Beato |
EL CONFECCIONADOR DE SOGAS FALLIDO
Martirologio Romano: En Ceccano, junto a
Frosinone, en Italia, beato Grimoaldo de la Purificación (Fernando) Santamaría,
religioso de la Congregación de Pasionistas, que cuando se preparaba
con fervor y alegría al sacerdocio, consumido por la enfermedad
murió santamente (1902).
No es posible no querer a Grimoaldo. Es
imposible no ser capturados de su poderosa fascinación, de su
transparencia angelical y de su juvenil franqueza. Al encontrarlo rápidamente
se le tiene devoción.
La vida fluye como el agua. ¿Y
después…?
Entre los pasionistas escoge el nombre de Grimoaldo (y con
éste parará a la historia); pero en el bautismo, recibido
el día después del nacimiento, lo llamaron Fernando. El papá
Pedro Pablo Santamaría y la mamá Cecilia Ruscio, los dos
cristianos fervientes, trabajan haciendo sogas en Pontecorvo (Frosinone).
A ellos llega
cáñamo tosco que con manos expertas transforman en sogas de
varias dimensiones para revenderlas después en mercados de los
pueblos vecinos. En Pontecorvo Fernando, primogénito de 5 hijos, nace
el 4 de mayo de 1883.
En 1890 inicia la escuela
primaria, recibe la primera comunión a los 8 años. Es
tan bueno, piensa el párroco, ¿por qué hacerlo esperar como
a sus compañeros que solo se admiten sobre los 10/12
años? La Iglesia es su lugar preferido, frecuentado con asiduidad.
Sirve al altar como monaguillo con diligencia y concentración. Si
no puede ir, porque debe trabajar, no logra contener el
llanto.
Pero cuando está en la Iglesia no es posible que
se distraiga. De rodillas delante de la estatua de la
Inmaculada parece también él una pequeña estatua: inmóvil con las
manos juntas pase lo que pase. El viejo sacristán tiene
lágrimas en los ojos y le encanta mirarlo.
Al párroco se
le ensancha el corazón cuando piensa en el futuro de
aquel joven. Es verdad que el papá Pedro Pablo lo
quiere como hacedor de sogas, pero el párroco don Vicente
Romano intuye que no podrá ser así: Fernando que está
siempre en la Iglesia como si fuese atraído por un
imán, que tiene una gran pasión por ayudar en la
misa, que está siempre presente en el coro parroquial para
cantar con su bella voz, no será nunca un hacedor
de sogas; aquel niño tiene otra vocación.
Y don Vicente
ve bien las cosas. Desde hace tiempo se ha dado
cuenta que el muchacho se queda mucho tiempo en una
silenciosa y absorta contemplación.
Por eso no se maravilla tanto cuando
un día corren jadeantes a decirle que han visto a
Fernando, hijo del hacedor de sogas arrebatado en éxtasis delante
de la Virgen.
Es un muchacho reservado sí, pero no aislado.
Dócil pero no sin iniciativa.
Bueno, pero quiere que también lo
sean los demás. A la mamá le confía que reza
por los muchachos malos “para que se hagan buenos”. Con
frecuencia enseña catecismo a los compañeros.
Con la familia Santamaría vive
también la anciana tía Checca, ciertamente devota de la Iglesia
pero poco. El sobrino de vez en cuando le recuerda
que “está bien trabajar y orar en casa, pero se
necesita ir a la Iglesia y escuchar misa”. Y después
la penitencia. Fernando tiene un deseo sorprendente: ora con semillas
de maíz o con pequeñas piedras bajo las rodillas, escoge
la comida menos sabrosa, con frecuencia ayuna del todo, busca
mortificaciones dignas de un ermitaño.
Repite continuamente que él ha nacido
para hacer penitencia. En la familia saben que a veces
pasa parte de la noche en vela haciendo oración. Dirá
un testigo: “Deseaba seguir a Jesús en sus sufrimientos”. La
vida austera de los Pasionistas del cercano santuario de la
Virgen de las Gracias, que frecuenta siempre, parece hecha propiamente
para él. Y lo dice abiertamente. Pero el papá lo
empuja hacia el oficio de las sogas.
Fernando es el primogénito
y debe continuar el trabajo que hoy es de su
padre y que ayer ha sido de su abuelo. Trata
de quitarlo, con severos castigos, de aquello que, según él,
es un capricho de adolescente.
¿Los castigos rigurosos no sirven? Probemos
con otros sistemas, se dice su papá Pedro Pablo: le
compraré un caballo y una carreta, lo mandaré por ferias
y mercados a vender sogas, hará dinero y la idea
del convento se le quitará de la cabeza. La propuesta
es atrayente, pero cuando Fernando la oye, mira el río
que está a dos pasos y lo señala al papá
diciendo: “la vida fluye como el agua… y nuestros días
se van veloces… ¿y después?.
Cierto. ¿y después? Reflexiona Pedro Pablo.
Mirándose dentro, se da cuenta que alguna convicción acerca del
futuro del hijo se le está tambaleando. Pero no es
capaz de rendirse definitivamente. ¿Qué no ha hecho y que
debe hacer todavía para llevar adelante su proyecto? Aquel bendito
hijo apura y termina bien el trabajo de ayudante de
hacedor de sogas para dedicar más tiempo a la oración.
Las mañana para no despertar a los familiares desciende descalzo
hasta la salida de la casa y después corre velozmente
para escuchar misa. Ni siquiera en las frías y perezosas
mañanas de invierno cuando el frío encadena a todos en
la casa, Fernando falta a la cita con el Señor.
Una
noche el muchacho regresando a casa de la Iglesia, encuentra
la puerta de casa ya cerrada, y es obligado a
dormir en una casa vecina. Reflexionando en tanta severidad Pedro
Pablo siente un nudo en la garganta y tiene ganas
de llorar. También él comienza a entender aquello que la
mamá Cecilia ha intuido desde hace tiempo. Ella se sorprende
siempre más seguido considerando a su Fernando ya sacerdote y
misionero. Le parece soñar y por la emoción tiembla de
estupor.
El muchacho tiene 16 años: sabe lo que quiere. Ha
incluso anticipado el estudio del latín, gramática y retórica porque
está decidido más que nunca a seguir su camino. Ha
sido su maestro don Antonio Roscia que de joven había
intentado la vida conventual; por enfermedad fue obligado a regresar
a su familia, pero conservó la admiración y la simpatía
por los Pasionistas. Fernando también ha estudiado de noche a
la luz de las velas; y con un curso rápido
de pocos meses ha recuperado casi tres años de estudio.
Supera las infaltables ironías de sus compañeros que no pueden
entender su extraña decisión.
El papá termina por ceder pues en
el fondo es bueno como un pedazo de pan aunque
haya sido más severo de lo permitido. El mismo lo
acompañará hasta la estación de Aquino para darle su ultima
bendición y su ultimo beso.
Fernando se vuelve más alegre y
expresivo, la alegría ya incontenible se le ve en el
rostro. Dirá uno de sus mejores amigos: “Encontrándolo y viéndolo
todo transformado, le pregunté que tenía y me dijo que
quería hacerse pasionista”. Parte “con rostro alegre”, advierten los escépticos
en turno: “me voy y no regresaré más”. Deja detrás
de si el ejemplo de un muchacho silencioso, modesto e
irreprensible.
Como San Gabriel
El 15 de febrero de 1899 Gernando llega
a Paliano (Frosinone) para iniciar el año de noviciado, el
5 de marzo de 1899 viste el hábito y toma
un nuevo nombre: Grimoaldo por la devoción hacia el santo
protector de Pontecorvo. La vida de novicio que es toda
soledad, oración y mortificación le parece cortada a su medida:
una alegría tan cierta e intensa no la había experimentado
nunca antes. Los co hermanos más ancianos como los compañeros
notan en él un empeño constante por la perfección. Un
compañero suyo dice que “nunca noté en él defecto alguno”
y que “hacía todo en grado heroico porque deseaba ser
santo”.
Emitida la profesión religiosa es trasferido a Ceccano, siempre en
la provincia de Frosinone. Aquí retoma los estudios de las
materias clásicas; seguirá después el estudio de la filosofía y
de la teología para prepararse al sacerdocio. Con tenacidad se
inclina sobre los libros deseoso de aprender siempre más para
ser un digno sacerdote. En el estudio sus compañeros están
más adelantados y tienen una preparación de base más completa
y esmerada. Mientras la suya en Pontecorvo ha sido, desafortunadamente
rápida y llena de lagunas. Pero Grimoaldo no pierde el
ánimo. Acepta con gratitud la ayuda que le ofrece algún
compañero en el campo escolástico. Es loable su empeño tanto
que “los profesores lo ponen como ejemplo”. Él vive “siempre
jovial aún en las humillaciones, en la contrariedad y en
las dificultades del estudio”. Los estudiantes tienen poquísimo contacto con
el mundo exterior y viven en prácticas desconocidas a la
gente. Sin embargo la fama de Grimoaldo sobrepasa el recinto
de la casa religiosa: las personas que viven en torno
al convento han notado su bondad y se encomiendan confiados
a su oración. Y, dicen, lo hace con resultados positivos.
Las oraciones de Grimoaldo obtienen las gracias solicitadas.
El joven es
un “coloso de salud”, robusto, bien proporcionado, alto 1.75 m.
Ninguno puede sospechar lo que está por suceder. El 31
de octubre de 1902 durante un paseo de la tarde
en los contornos del convento, Grimoaldo advierte improvisos y lacerantes
dolores en la cabeza con vértigos y molestias visuales. Regresa
al convento y se mete en la cama. El día
siguiente, fiesta de todos los santos, participa en la celebración
de la misa y recibe devotamente la eucaristía. Pero continuando
el mal regresa a la cama y es llamado el
médico. El diagnóstico es cruel y sin esperanza: meningitis aguda
a la que se sumarán otras complicaciones. En los días
de la enfermedad deja ver más todavía su deseo de
santidad y su amor a Dios. Y la habitación del
enfermo se vuelve una escuela de virtudes.
Grimoaldo en efecto “brilla
en aquella paciencia de la cual ha dado siempre pruebas
admirables y continuamente repite que acepta la enfermedad como voluntad
de Dios, recomienda a los compañeros que lo ayuden con
la oración para no perder la paciencia y el ánimo
para abrazar la cruz. Con una alegría que le brilla
en el rostro” se declara “contentísimo de hacer la voluntad
de Dios”. “En los últimos instantes de su vida su
rostro se vuelve espléndido como el sol y sus ojos
están fijos en un punto de la habitación. Se apaga
al caer el sol “calmado, sereno y tranquilo, como niño
que dulcemente reposa entre los brazos de su madre”
Es el
19 de noviembre de 1902. Grimoaldo tiene solo 18 años,
6 meses y 14 días. Los religiosos se animan “en
la persuasión de que se pierde un co-hermano y
se adquiere un santo”.
Los padres no están presentes en su
muerte: Grimoaldo se les aparecerá confortándoles. Vivirán serenos; contentos de
haber tenido un hijo así. A él se dirigirán con
la oración en sus necesidades.
El joven estudiante “aquel que era
tan bueno”, es sepultado en el cementerio local. Pero no
se quedará allí siempre. En octubre de 1962 es exhumado
y los restos mortales son colocados en la Iglesia del
convento de Ceccano. Después de 60 años en la bolsa
de su hábito, reducido a jirones, encuentran un pedacito de
tela junto con una nota escrita: “hábito del venerable Gabriel
de la Dolorosa”; una reliquia que el joven había portado
devotamente consigo. Grimoaldo durante su vida miró con particular afecto
a Gabriel, se nutrió con su ejemplo.
Para quien pretende medir
todo con el metro del perfeccionismo, de la apariencia o
de lo ruidoso, Grimoaldo no ha hecho nada particularmente digno
de admiración. Pero para quien mira las cosas con la
óptica de la fe Grimoaldo ha cultivado lo esencial: vehemente
anhelo de santidad, sed ardiente de Dios. Empeñado con todo
su ser en las cosas de cada día celebra el
don de la vida y la gracia de la vocación
sobre el altar de la laboriosidad. Suave y sereno, admira
por el amor al recogimiento, el gusto por la oración
y también por la contemplación además de la penitencia, el
amor a Jesús crucificado, la filial devoción a María inmaculada.
Maravilla todo esto por la simplicidad de los pequeños y
la constancia de los fuertes. Parece poco. Por el contrario
es todo. Muchas y crecientes las gracias atribuidas a su
intercesión. Los enfermos de tumores parecen ser sus predilectos. En
Estados Unidos, donde viven algunos de sus parientes, Grimoaldo es
amado y venerado y hace sentir siempre su celeste protección.
Fue declarado venerable el 14 de mayo de 1991 y
beato el 29 de enero de 1995.
Grimoaldo: el nombre no
es de los más comunes. Y quizá ni siquiera de
los más bellos. Pero ahora es familiar y querido. Es
el nombre de un joven fuerte y generoso propuesto como
modelo. Es el hacedor de sogas fallido que quería ser
santo y que ya ha ligado a sí innumerables corazones.
|
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario