Lectura espiritual
El gran amor que nos tiene nuestra
madre
1. María,
madre de amor
Si María es
nuestra madre, bien está que consideremos cuánto nos ama.
El amor hacia
los hijos es un amor necesario; por eso –como reflexiona santo Tomás- Dios ha
puesto en la divina ley, a los hijos, el precepto de amar a los padres; mas, por
el contrario, no hay precepto expreso de que los padres amen a sus hijos, porque
el amor hacia ellos está impreso en la naturaleza con tal fuerza que las mismas
fieras, como dice san Ambrosio, no pueden dejar de amar a sus crías. Y así,
cuentan los naturalistas, que los tigres, al oír los gritos de sus cachorros,
presos por los cazadores, hasta se arrojan al agua en persecución de los barcos
que los llevan cautivos. Pues si hasta los tigres, parece decirnos nuestra
amadísima madre María, no pueden olvidarse de sus cachorros, ¿cómo podré
olvidarme de amaros, hijos míos? “¿Acaso puede olvidarse la mujer de su niño sin
compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo nunca me
olvidaré de ti” (Is 49, 15). Si por un imposible una madre se olvidara de su
hijo, es imposible, nos dice María, que yo pueda olvidarme de un hijo
mío.
María es
nuestra madre, no ya según la carne, como queda dicho, sino por el amor. “Yo soy
la madre del amor hermoso” (Pr 24, 24). El amor que nos tiene es el que la ha
hecho madre nuestra, y por eso se gloría, dice un autor, en ser madre de amor,
porque habiéndonos tomado a todos por hijos es todo amor para con
nosotros.
¿Quién podrá
explicar el amor que nos tiene a nosotros miserables pecadores? Dice Arnoldo de
Chartes que ella, al morir Jesucristo, deseaba con inmenso ardor morir junto al
hijo por nuestro amor. Y así, cuando el Hijo –dice san Ambrosio- colgaba
moribundo en la cruz, María hubiera querido ofrecerse a los verdugos para dar la
vida por nosotros.
Pero
consideremos los motivos de este amor para que entendamos cuánto nos ama esta
buena madre.
2. María,
porque ama a Dios, ama a los hombres
La primera
razón del amor tan grande que María tiene a los hombres es el gran amor que ella
le tiene a Dios. El amor a Dios y al prójimo, como escribe san Juan, se incluyen
en el mismo precepto. “Tenemos este mandamiento del Señor, que quien ama a Dios,
ame también a su hermano” (1 Jn 4, 21). De modo que, cuando crece el uno, crece
el otro también. Por eso vemos que los santos, que tanto amaban a Dios, han
hecho tanto por el amor de sus prójimos. Han llegado a exponer la libertad y
hasta la vida por su salvación. Léase lo que hizo san Francisco Javier en la
India, donde para ayudar a las almas de aquellas gentes escalaba las montañas,
exponiéndose a mil peligros para encontrar a los paganos en sus chozas y
atraerlos a Dios. Un san Francisco de Sales que para convertir a los herejes de
la región de Chablais se aventuró durante un año a pasar todos los días un
torrente impetuoso, andando sobre un madero, a veces helado, para llegar a la
otra ribera y poder predicar a los obstinados herejes. Un san Paulino que se
entregó como esclavo para librar al hijo de una pobre viuda. Un san Fidel que
por atraer a la fe a unos herejes, predicando perdió la vida. Los santos, porque
así amaban a Dios, se lanzaron a hacer cosas tan heroicas por sus
prójimos.
Pero ¿quién ha
amado a Dios más que María? Ella lo amó desde el primer instante de su
existencia más de lo que lo han amado todos los ángeles y santos juntos en el
curso de su existencia, como luego veremos considerando las virtudes de María.
Reveló la Virgen a sor María del Crucificado que era tal el fuego de amor que
ardía en su corazón hacia Dios, que podría abrasar en un instante todo el
universo si lo pudieran sentir. Que en su comparación eran como suave brisa los
ardores de los serafines. Por tanto, como no hay entre los espíritus
bienaventurados quien ame a Dios más que María, así no puede haber, después de
Dios, quien nos ame más que esta amorosísima Madre. Y si se pudiera unir el amor
que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos
los ángeles y santos a sus devotos, no alcanzaría el amor que María tiene a una
sola alma. Dice el P. Nierembergh que el amor que todas las madres tienen por
sus hijos es pura sombra en comparación con el amor que María tiene por cada uno
de nosotros. Más nos ama ella sola –añade- que lo que nos aman todos los ángeles
y santos.
3. María
recibió de Jesús el encargo de amarnos
Además,
nuestra Madre nos ama tanto porque Jesús nos ha recomendado a ella como hijos
cuando le dijo antes de expirar: “Mujer, he ahí a tu hijo”, entregándole en la
persona de Juan a todos los hombres, como ya lo hemos considerado. Estas fueron
las últimas palabras que le dijo su Hijo. Los últimos encargos de la persona
amada en la hora de la muerte son los que más se estiman, y no se pueden borrar
de la memoria.
4. María
nos ama por ser fruto de su dolor
También somos
hijos muy queridos de María porque le hemos costado excesivos dolores. Las
madres aman más a los hijos por los que más cuidados y sufrimientos ha tenido
para conservarles la vida. Nosotros somos esos hijos por los cuales María, para
obtenernos la vida de la gracia, ha tenido que sufrir el martirio de ofrecer la
vida de su amado Jesús, aceptando, por nuestro amor, el verlo morir a fuerza de
tormentos. Por esta sublime inmolación de María, nosotros hemos nacido a la vida
de la gracia de Dios. Por eso somos los hijos muy queridos de su corazón, porque
le hemos costado excesivos dolores. Así como del amor del eterno Padre hacia los
hombres, al entregar a la muerte por nosotros a su mismo Hijo, está escrito:
“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su propio Hijo” (Jn 3, 16), así ahora
–dice san Buenaventura- se puede decir de María. “Así nos amó María, que nos
entregó a su propio Hijo”.
¿Cuándo nos lo
dio? Nos lo dio, dice el P. Nierembergh, cuando le otorgó licencia para ir a la
muerte. Nos lo dio cuando, abandonado por todos, por odio o por temor, podía
ella sola defender muy bien ante los jueces la vida de su Hijo. Bien se puede
pensar que las palabras de una madre tan sabia y tan amante de su hijo hubieran
podido impresionar grandemente, al menos a Pilato, disuadiéndole de condenar a
muerte a un hombre que conocía, y declaró que era inocente.
Pero no; María
no quiso decir una palabra a favor de su Hijo para no impedir la muerte, de la
que dependía nuestra salvación. Nos lo dio mil y mil veces al pie de la cruz
durante aquellas tres horas en que asistió a la muerte de su Hijo, ya que
entonces, a cada instante, no hacía otra cosa que ofrecer el sacrificio de la
vida de su Hijo con sumo dolor y sumo amor hacia nosotros, y con tanta
constancia que, al decir de san Anselmo y san Antonino, que si hubieran faltado
verdugos ella misma hubiera obedecido a la voluntad del Padre (si se lo exigía)
para ofrecerlo al sacrificio exigido para nuestra salvación. Si Abrahán tuvo la
fuerza de Dios para sacrificar a su hijo (cuando Él se lo ordenó), podemos
pensar que, con mayor entereza, ciertamente, lo hubiera ofrecido al sacrificio
María, siendo más santa y obediente que Abrahán.
Pero volviendo
a nuestro tema, ¡qué agradecidos debemos vivir para con María por tanto amor!
¡Cuán reconocidos por el sacrificio de la vida de su Hijo que ella ofreció con
tanto dolor suyo para conseguir a todos la salvación! ¡Qué espléndidamente
recompensó el Señor a Abrahán el sacrificio que estuvo dispuesto a hacer de su
hijo Isaac! Y nosotros, ¿cómo podemos agradecer a María por la vida que nos ha
dado de su Jesús, hijo infinitamente más noble y más amado que el hijo de
Abrahán? Este amor de María –al decir de san Buenaventura- nos obliga a quererla
muchísimo, viendo que ella nos ha amado más que nadie al darnos a su Hijo único
al que amaba más que a sí misma.
5. María
nos ama por ser fruto de la muerte de Jesús
De aquí brota
otro motivo por el que somos tan amados por María, y es porque sabe que nosotros
somos el precio de la muerte de su Jesús. Si una madre viera a uno de sus
siervos rescatado por su hijo querido, ¡cuánto amaría a este siervo por este
motivo! Bien sabe María que su Hijo ha venido a la tierra para salvarnos a los
miserables, como él mismo lo declaró: “He venido a salvar lo que estaba perdido”
(Lc 19, 10). Y por salvarnos aceptó entregar hasta la vida: “Hecho obediente
hasta la muerte” (Flp 2, 8). Por consiguiente, si María nos amase fríamente,
demostraría estimar poco la sangre de su Hijo, que es el precio de nuestra
salvación. Se le reveló a la monja santa Isabel que María, que estaba en el
templo, no hacía más que rezar por nosotros, rogando al Padre que mandara cuanto
antes a su Hijo para salvar al mundo. ¡Con cuánta ternura nos amará después que
ha visto que somos tan amados de su Hijo que no se ha desdeñado de comprarnos
con tanto sacrificio de su parte!
Y porque todos
los hombres han sido redimidos por Jesús, por eso María los ama a todos y los
colma de favores. San Juan la vio vestida de sol: “Apareció en el cielo una gran
señal, una mujer vestida de sol” (Ap 12, 1). Se dice que estaba vestida de sol
porque, así como en la tierra nadie se ve privado del calor del sol, “no hay
quien se esconda de su calor” (Sal 28, 7), así no hay quien se vea privado del
calor del amor de María, es decir, de su abrasado amor.
¿Y quién podrá
comprender jamás –dice san Antonino- los cuidados que esta madre tan amante se
toma por nosotros? ¡Cuántos cuidados los de esta Virgen madre por nosotros! ¡A
todos ofrece y brinda su misericordia! Para todos abre los senos de su
misericordia, dice el mismo santo. Es que nuestra madre ha deseado la salvación
de todos y ha cooperado en esta salvación. Es indiscutible –dice san Bernardo-
que ella vive solícita por todo el género humano.
Por eso es
utilísima la práctica de algunos devotos de María que, como refiere Cornelio a
Lápide, suelen pedir al Señor les conceda las gracias que para ellos pide la
santísima Virgen, diciendo: “Dame, Señor, lo que para mí pide la Virgen María”.
Y con razón, dice el mismo autor, pues nuestra Madre nos desea bienes
inmensamente mayores de los que nosotros mismos podemos desear. El devoto
Bernardino de Bustos dice que más desea María hacernos bien y dispensarnos las
gracias, de lo que nosotros deseamos recibirlas. Por eso san Alberto Magno
aplica a María las palabras de la Sabiduría: “Se anticipa a los que la codician
poniéndose delante ella misma” (Sb 6, 14). María sale al encuentro de los que a
ella recurren para hacerse encontradiza antes de que la busquen. Es tanto el
amor que nos tiene esta buena Madre –dice Ricardo de San Víctor-, que en cuanto
ve nuestras necesidades acude al punto a socorrernos antes de que le pidamos su
ayuda.
6. María
socorre en especial a quienes la aman
Ahora bien, si
María es tan buena con todos, aun con los ingratos y negligentes que la aman
poco y poco recurren a ella, ¿cómo será ella de amorosa con los que la aman y la
invocan con frecuencia? “Se deja ver fácilmente de los que la aman, y hallar de
los que la buscan” (Sb 6, 13). Exclama san Alberto Magno: “¡Qué fácil para los
que aman a María encontrarla toda llena de piedad y de amor!” “Yo amo a los que
me aman” (Pr 8, 17). Ella declara que no puede dejar de amar a los que la aman.
Estos felices amantes de María –afirma el Idiota- no sólo son amados por María,
sino hasta servidos por ella. “Habiendo encontrado a María se ha encontrado todo
bien; porque ella ama a los que la aman y, aún más, sirve a los que la
sirven”.
Estaba muy
grave fray Leonardo, dominico (como se narra en las Crónicas de la
Orden), el cual más de doscientas veces al día se encomendaba a esta Madre de
misericordia. De pronto vio junto a sí a una hermosísima reina que le dijo:
“Leonardo, ¿quieres morir y venir a estar con mi Hijo y conmigo?” “¿Y quién
eres, señora?”, le preguntó el religioso. “Yo soy –le dijo la Virgen- la Madre
de la Misericordia; tú me has invocado tatas veces y ya ves que ahora vengo a
buscarte. ¡Vámonos al paraíso!” Y ese mismo día murió Leonardo, siguiéndola,
como confiamos, al reino bienaventurado.
María,
¡dichoso mil veces quien te ama! “Si yo amo a María –decía san Juan Berchmans,
estoy seguro de perseverar y conseguiré de Dios lo que desee”. Por eso el
bienaventurado joven no se saciaba de renovarle su consagración y de repetir
dentro de sí: “¡Quiero amar a María! ¡Quiero amar a María!”
7. María
aventaja en amor aun a los santos que fueron modelo de amor a
ella
¡Y cómo
aventaja esta buena madre en el amor a todos sus hijos! Ámenla cuanto puedan
–dice san Ignacio mártir-, que siempre María les amará más a los que la aman.
Ámenla como un san Estanislao Kostka, que amaba tan tiernamente a ésta su
querida madre, que hablando de ella hacía sentir deseos de amarla a cuantos le
oían. Él se había inventado nuevas palabras y títulos para celebrarla. No
comenzaba acción alguna sin que, volviéndose a alguna de sus imágenes, le
pidiera su bendición. Cuando él recitaba el Oficio, el rosario u otras
oraciones, las decía con tal afecto y tales expresiones como si hablara cara a
cara con María. Cuando oía cantar la Salve se le inflamaba el alma y el
rostro. Preguntándole un padre de la Compañía, una vez en que iban a visitar una
imagen de la Virgen santísima, cuánto la amaba, le respondió: “Padre ¿qué más
puedo decirle? ¡Si ella es mi madre!” Y el padre dijo después que el santo joven
profirió esas palabras con tal ternura de voz, de semblante y de corazón, que ya
no parecía un joven, sino un ángel que hablase del amor a María. Ámenla como B.
Herman, que la llamaba esposa de sus amores porque con ese nombre le había
honrado a María. Ámenla como un san Felipe Neri, quien con solo pensar en María
se derretía en tan celestiales consuelos que por eso la llamaba sus delicias.
Ámenla como un san Buenaventura, que la llamaba no sólo su señora y madre, sino
que para demostrar la ternura del afecto que le tenía llegaba a llamarla su
corazón y su alma. Ámenla como aquel gran amante de María, san Bernardo, que
amaba tanto a esta dulce madre que la llamaba robadora de corazones, por lo que
el santo, para expresar el ardiente amor que le profesaba, le decía: “¿Acaso no
me has robado el corazón?” Llámenla “su inmaculada”, como la llamaba san
Bernardino de Siena, que todos los días iba a visitar una devota imagen para
declararle su amor con tiernos coloquios que mantenía con su reina; y por eso, a
quien le preguntaba a dónde iba todos los días, le respondía que iba a buscar a
su enamorada.
Ámenla cuanto
un san Luis Gonzaga, que ardía tanto y siempre en amor a María, que sólo con oír
el dulce nombre de su querida madre al instante se le inflamaba el corazón y se
le encendía el rostro a la vista de todos. Ámenla cuanto un san Francisco
Solano, quien como enloquecido con santa locura en amor a María, acompañándose
con una vihuela, se ponía a cantar coplas de amor delante de la santa imagen,
diciendo que así como los enamorados del mundo, él le daba la serenata a su
amada reina.
Ámenla cuanto
la han amado tantos siervos suyos que no sabían qué hacer para manifestarle su
amor. El padre Juan de Trejo, jesuita, se preciaba de llamarse esclavo de María,
y en señal de esclavitud iba con frecuencia a visitarla en una ermita; y allí,
¿qué hacía? Al llegar derramaba tiernas lágrimas por el amor que sentía a María;
después besaba aquel pavimento pensando que era la casa de su amada señora. El
P. Diego Martínez, de la misma Compañía, en sus fiestas, se sentía como
transportado al cielo a contemplar cómo allí la celebraban, y decía: “Quisiera
tener todos los corazones de los ángeles y de los santos para amar a María como
ellos la aman. Quisiera tener la vida de todos los hombres para darla por amor a
María”.
Trabajen otros
por amarla cuanto la amaba Carlos, hijo de santa Brígida, que decía no haber
cosa que le consolara en el mundo como saber que María era tan amada de Dios. Y
añadía que con mucho gusto hubiera aceptado todos los sufrimientos imaginables
con tal de que María no hubiera perdido ni pudiera perder un punto de su
grandeza; y que si la grandeza de María hubiera sido suya, con gusto hubiera
renunciado a ella en su favor por ser María la más digna. Deseen hasta dar la
vida como prueba de amor a María, como lo deseaba san Alonso Rodríguez. Lleguen
finalmente a grabar su nombre en el pecho con agudos hierros, como lo hicieron
el religioso Francisco Binancio y Radagunda, esposa del rey Clotario. Y hasta
impriman con hierros candentes sobre la carne el amado nombre para que quede
mucho más visible y duradero, como lo hicieron en sus transportes de amor sus
devotos Bautista Archinto y Agustín de Espinosa, jesuitas.
Hagan por
María e imaginen cuanto puede hacer el más fino amante para expresar su amor a
la persona amada, que no llegarán a amarla como ella los ama. “Señora mía –dice
san Pedro Damiano-, ya sé que eres amabilísima y nos amas con amor insuperable”.
Sé, señora mía, venía a decir, que nos amas con tal amor que no se deja vencer
por ningún otro amor. Estaba una vez san Alonso Rodríguez a los pies de una
imagen de María y sintiéndose inflamado de amor hacia la santísima Virgen,
rompió a decir: “Madre mía amantísima, ya sé que me amas, pero no me amas tanto
como yo a ti”. Pero María, como sintiéndose herida en punto de amor, le
respondió desde la imagen: “¿Qué dices, Alonso, qué dices? ¡Cuánto más grande es
el amor que te tengo que el que tú me tienes!. No hay tanta distancia del cielo
a la tierra como de mi amor al tuyo”.
Razón tiene
san Buenaventura al exclamar: “¡Bienaventurados los corazones que aman a María!
¡Bienaventurados los que la sirven fielmente!” ¡Dichosos los que tienen la
fortuna de ser fieles servidores y amantes de esta Madre llena de amor! Sí,
porque la reina, agradecida más que nadie, no se deja superar por el amor de sus
devotos. María, imitando en esto a nuestro amorosísimo redentor Jesucristo, con
sus beneficios y favores, devuelve centuplicado su amor a quien la
ama.
Exclamaré con
el enamorado san Anselmo: “¡Que desfallezca mi corazón en constante amor a ti!
¡Que se derrita mi alma!” Arda siempre por ti mi corazón y se consuma del todo
en tu amor el alma mía, mi amado salvador Jesús y mi amada madre María. Y ya que
sin vuestra gracia no puedo amaros, concededme, Jesús y María, por vuestros
méritos, que no por los míos, que s ame cuanto merecéis. Dios mío, enamorado de
los hombres, has podido morir por tus enemigos, ¿y vas a negar a quien te lo
pide la gracia de amarte y amar a tu Madre santísima?
EJEMPLO
Muerte santa de una pastorcilla
Narra el P.
Auriema que una pobra pastorcilla que guardaba su rebaño amaba tanto a María,
que toda su delicia consistía en ir a la ermita de nuestra Señora que había en
el monte y estarse allí, mientras pastaba el rebaño, hablando y haciendo
homenajes a su amada Madre. Como la imagen, que era de talla, estaba desprovista
de adornos, como pudo le hizo un manto. Otro día, con flores del campo hizo una
guirnalda y subiendo sobre el altar puso la corona a la Virgen, diciendo: “Madre
mía, bien quisiera ponerte corona de oro y piedras preciosas, pero como soy
pobre recibe de mí esta corona de flores y acéptala en señal del amor que te
tengo”. Con éstos y otros obsequios procuraba siempre esta devota jovencita
servir y honrar a su amada Señora.
Pero veamos
cómo recompensó esta buena Madre las visitas y el amor de esta hija
suya.
Cayó la joven
pastorcita gravemente enferma, y sucedió que dos religiosos pasaban por aquellos
parajes. Cansados del viaje, se pusieron a descansar bajo un árbol. Uno de ellos
dormía, pero ambos tuvieron la misma visión. Vieron una comitiva de hermosísimas
doncellas, entre las que descollaba una en belleza y majestad. “¿Quién eres,
señora, y dónde vas por estos caminos?”, le preguntó uno de los religiosos
a la doncella de sin igual majestad. “Soy la Madre de Dios –le respondió- que
voy con estas santas vírgenes a visitar a una pastorcilla que en la próxima
aldea se halla moribunda y que tantas veces me ha visitado”. Dicho esto,
desapareció la visión. Los dos buenos siervos de Dios se dijeron: “Vamos
nosotros también a visitarla”. Se pusieron en camino y pronto encontraron la
casita y a la pastorcita en su lecho de paja. La saludaron y ella les dijo:
“Hermanos, rogad a Dios que os haga ver la compañía que me asiste”. Se
arrodillaron y vieron a María que estaba junto a la moribunda con una corona en
la mano y la consolaba. Luego las santas vírgenes de la comitiva iniciaron un
canto dulcísimo. En los transportes de tan celestial armonía y mientras María
hacía ademán de colocarle la corona, la bendita alma de la pastorcita abandonó
su cuerpo yendo con María al paraíso.
ORACIÓN PARA
ALCANZAR EL AMOR DE MARÍA
¡María, tú
robas los corazones!
Señora, que con tu amor y tus beneficios
robas los corazones de tus siervos,
roba también mi pobre corazón
que tanto desea amarte.
Con tu belleza has enamorado a Dios
y lo has atraído del cielo a tu seno.
¿Viviré sin amarte, madre mía?
No quiero descansar hasta estar cierto
de haber conseguido tu amor,
pero un amor constante y tierno
hacia ti, madre mía,
que tan tiernamente me has amado
aun cuando yo era tan ingrato.
¿Qué sería de mí, María,
si tú no me hubieras amado
e impetrado tantas misericordias?
Si tanto me has amado cuando no te amaba,
cuánto confío en tu bondad ahora que te amo.
Señora, que con tu amor y tus beneficios
robas los corazones de tus siervos,
roba también mi pobre corazón
que tanto desea amarte.
Con tu belleza has enamorado a Dios
y lo has atraído del cielo a tu seno.
¿Viviré sin amarte, madre mía?
No quiero descansar hasta estar cierto
de haber conseguido tu amor,
pero un amor constante y tierno
hacia ti, madre mía,
que tan tiernamente me has amado
aun cuando yo era tan ingrato.
¿Qué sería de mí, María,
si tú no me hubieras amado
e impetrado tantas misericordias?
Si tanto me has amado cuando no te amaba,
cuánto confío en tu bondad ahora que te amo.
Te amo, madre
mía,
y quisiera un gran corazón que te amara
por todos los infelices que no te aman.
Quisiera una lengua
que pudiera alabarte por mil,
y dar a conocer a todos tu grandeza,
tu santidad, tu misericordia
y el amor con que amas a los que te quieren.
Si tuviera riquezas,
todas quisiera gastarlas en honrarte.
Si tuviera vasallos,
a todos los haría tus amantes.
Quisiera, en fin, si falta hiciera,
dar por ti y por tu gloria hasta la vida.
y quisiera un gran corazón que te amara
por todos los infelices que no te aman.
Quisiera una lengua
que pudiera alabarte por mil,
y dar a conocer a todos tu grandeza,
tu santidad, tu misericordia
y el amor con que amas a los que te quieren.
Si tuviera riquezas,
todas quisiera gastarlas en honrarte.
Si tuviera vasallos,
a todos los haría tus amantes.
Quisiera, en fin, si falta hiciera,
dar por ti y por tu gloria hasta la vida.
Te amo, madre
mía, pero al tiempo
temo no amarte cual debiera
porque oigo decir que el amor
hace, a los que se aman, semejantes.
Y si yo soy de ti tan diferente,
triste señal será de que no te amo.
¡Tú tan pura y yo tan sucio!
¡Tú tan humilde y yo tan soberbio!
¡Tú tan santa y yo tan pecador!
Pero esto tú lo puedes remediar, María.
Hazme semejante a ti pues que me amas.
Tú eres poderosa para cambiar corazones;
toma el mío y transfórmalo.
Que vea el mundo lo poderosa que eres
a favor de aquellos que te aman.
Hazme digno de tu Hijo, hazme santo.
Así lo espero, así sea.
temo no amarte cual debiera
porque oigo decir que el amor
hace, a los que se aman, semejantes.
Y si yo soy de ti tan diferente,
triste señal será de que no te amo.
¡Tú tan pura y yo tan sucio!
¡Tú tan humilde y yo tan soberbio!
¡Tú tan santa y yo tan pecador!
Pero esto tú lo puedes remediar, María.
Hazme semejante a ti pues que me amas.
Tú eres poderosa para cambiar corazones;
toma el mío y transfórmalo.
Que vea el mundo lo poderosa que eres
a favor de aquellos que te aman.
Hazme digno de tu Hijo, hazme santo.
Así lo espero, así sea.
(“Las Glorias de María” – San Alfonso María de
Ligorio)
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