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I. UNA CASA PATRICIA DE LA ROMA IMPERIAL
En un ángulo
del campo de Marte, cerca del mausoleo de Augusto y
tan próxima al Estadio, que en los grandes días se
oyen los gritos de la multitud, se yergue una casa
patricia de la roma imperial. Desde allí se ve el
Tíber. Detrás, se alza la fachada del Panteón, a la
derecha el jardín, y en el interior un patio alegre,
poblado de estatuas, pertenecientes a la nobilísima gens de los
Cecilios. Pero los mármoles rodaron y las y el recuerdo
se ha olvidado. Aquel palacio aristocrático de la Roma de
los Antoninos, es hoy la iglesia de Santa Cecilia, espejo
de la nueva Roma, restaurada por Cristo, la abeja industriosa
de los panales del Señor, como la llama el pontífice
Urbano. Una abeja libadora de flores de virtudes, que atesora
en silencio y en oración. En una habitación, en un
cofre de plata, se guarda el Evangelio que la joven
lee todos los días.
II. LA BODA DE CECILIA
El palacio de
los Cecilios se viste de fiesta. Esclavos y esclavas entran
y salen, llevando joyas brillantes, telas preciosas y cestillos de
flores. Están preparando la fiesta nupcial de la boda de
Cecilia. Una noche, en las catacumbas, el pontífice había puesto
sobre su cabeza el velo de las vírgenes; era la
esposa de Cristo, pero no ha podido vencer la voluntad
de su padre; y ahora se pone confiada en las
manos del Señor.
Avanza el cortejo. Van delante un niño
adornado con verbenas y una niña coronada de rosas. Describiendo
ligeros ritmos de danza, siguen cuatro adolescentes que acaban de
vestir la toga pretexta. Cecilia lleva el vestido prescrito por
el ritual: túnica blanca de lana con ceñidor también blanco
y un manto color de fuego, símbolos de inocencia y
amor. Cuando empezaba a brillar el lucero de la tarde,
la nueva esposa es conducida a la morada del esposo.
III.
EL CORTEJO HACIA LA MANSION DE VALERIANO
Situada al otro lado
del Tíber estaba la casa de Valeriano, donde hoy está
la iglesia de Santa Cecilia. Aunque Cecilia sonríe, una angustia
infinita le acongoja el corazón. Pronto estamos frente a la
casa de Valeriano, adornada de blancas colgaduras y guirnaldas de
hiedra, donde aguarda el esposo feliz y esperanzado.
--¿Quién eres
tú?, preguntó Valeriano.
Y respondió Cecilia:
--Donde tú Cayo, yo Caya.
Cecilia atraviesa el umbral. Una esclava le presenta en un
cáliz de plata el agua, que figura la limpieza; otra
le entrega una llave, símbolo de la administración que se
le confía; y otra le ofrece un puñado de lana
para recordarle las tareas del hogar. Entran en el triclinio,
donde se servirá el banquete nupcial. Brillan los candelabros, los
lirios de Aecio y de Tívoli derraman sus perfumes, caen
el chipre y el falerno en las copas de oro,
escanciadas por jóvenes efebos, resuena la melodía de las arpas
y los címbalos y los comensales aplauden al poeta que
canta el epitalamio.
IV. EN EL BANQUETE DE BODA
Cecilia parece
enajenada; su corazón está suspendido por una música celeste. "Durante
el banquete de bodas, mientras la música sonaba, ella entonaba
oraciones en la soledad de su corazón, pidiendo que su
cuerpo quedara inmaculado", rezan las Actas de santa Cecilia, del
año 500: "Que mi corazón y mi carne permanezcan puros".
Cecilia iba a dar el último paso hacia el peligro.
Dos matronas guiaron sus pasos temblorosos hacia la cámara nupcial.
Arden los candelabros, brillan los tapices y fulguran las joyas.
V. EN LA CAMARA NUPCIAL
Radiante llega Valeriano. Nervioso, se acerca
a su esposa de dicha; pero ella le detiene con
estas palabras:
-Joven y dulce amigo, tengo un secreto que confiarte;
júrame que lo sabrás respetar.
Valeriano lo jura sin dificultad,
y la virgen añade:
-Cecilia es tu hermana, es la esposa
de Cristo. Hay un ángel que me defiende, y que
cortaría en un instante tu juventud si intentases cualquier violencia.
El joven palidece, se irrita, grita desesperado; pero poco a
poco la gracia le domina, y con la gracia la
dulzura infinita de Cecilia.
-Cecilia -dice al fin-, hazme ver ese
ángel, si quieres que crea en tus palabras. -Para ver
ese ángel de Dios se necesita antes creer, hacerse discípulo
de Cristo, bautizarse.
-Pues bien -responde Valeriano -; ahora mismo,
esta misma noche; mañana será tarde.: "Muéstramelo. Si es realmente
un ángel de Dios, haré lo que me pides." Cecilia
le dijo: "Si crees en el Dios vivo y verdadero
y recibes el agua del bautismo verás al ángel".
BAUTISMO
DE VALERIANO
Valeriano accedió y con el ímpetu de la juventud
y la duda en el alma, deja en la habitación
a su esposa y camina en busca del pontífice Urbano.
Poco a poco, una fuerza desconocida va serenando su alma.
Empieza a comprender. Urbano le acogió con gran gozo. Un
anciano con un documento que dice: "Un solo Señor, un
solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que
está por encima de todo y en nuestros corazones." Urbano
preguntó a Valeriano: "¿Crees esto?". Valeriano respondió que sí y
Urbano le confirió el bautismo. Cuando Valeriano llegó donde estaba
Cecilia, vio a un ángel de pie junto a ella.
El ángel colocó sobre la cabeza de ambos una guirnalda
de rosas y lirios. Después llegó Tiburcio, hermano de Valeriano
y los jóvenes esposos le ofrecieron una corona inmortal si
renunciaba a los falsos dioses. Tiburcio se mostró incrédulo al
principio y preguntó: " ¿Quién ha vuelto de la tumba
a hablarnos de esa otra vida?" Cecilia le habló de
Jesús. Tiburcio recibió el bautismo.
VI. DOS CORONAS DE ROSAS Y
LIRIOS
Unas horas más tarde volvía vestido con la túnica blanca
de los neófitos. Prosternada en tierra, Cecilia está absorta en
oración; una luz deslumbrante la rodea y un ángel de
inefable belleza flota sobre ella, sosteniendo dos coronas de rosas
y de lirios, con que adorna las sienes de los
dos esposos. Al bautismo de Valeriano siguió el de su
hermano Tiburcio y poco después, los dos esposos daban su
sangre por la fe. Reinaba entonces en Roma el emperador
Aurelio, hombre honrado, corazón bueno y compasivo, que se rebela
contra los juegos sangrientos del anfiteatro; pero cruel con los
cristianos. En su persecución sufrieron Tiburcio y después, la virgen
Cecilia.
LOS DOS HERMANOS ANTE EL PREFECTO
Y los dos hermanos
se consagraron a la práctica de las virtudes cristianas. Uno
y otro fueron arrestados por haber sepultado los cuerpos de
los mártires. El prefecto Almaquio, ante el cual comparecieron, empezó
a interrogarlos. Las respuestas de Tiburcio le parecieron, desvaríos de
loco. Y dirigiéndose a Valeriano, le dijo que esperaba que
le respondería con más sensatez. Valeriano replicó que tanto él
como su hermano estaban creían en Jesucristo, el Hijo de
Dios. Y comparó los gozos del cielo con los de
la tierra; pero Almaquio le ordenó que no dijera más
sandeces y dijese si estaba dispuesto a sacrificar a los
dioses para que lo soltara. Tiburcio y Valeriano replicaron: "No,
no sacrificaremos a los dioses sino al único Dios, al
que diariamente ofrecemos sacrificio." El prefecto les preguntó si su
Dios se llamaba Júpiter. Valeriano respondió: "No. Júpiter era un
libertino, un criminal y un asesino, como lo confiesan vuestros
propios escritores."
CASTIGADOS Y CONDENADOS A MUERTE
Valeriano se regocijó al ver
que el prefecto mandaba que los azotaran y ellos se
ddirigieron a los cristianos presentes: "¡Cristianos romanos, no permitáis que
mis sufrimientos os aparten de la verdad! ¡Permaneced fieles al
Dios único, y pisotead los ídolos de madera y de
piedra que Almaquio adora!" Almaquio pretendía dejarles reflexionar; pero Valeriano
le dijo que querrían distribuir sus posesiones entre los pobres,
para impedir que el Estado las confiscase. Fueron condenados a
muerte. La ejecución se llevó a cabo en Pagus Triopius,
a seis kilómetros de Roma. Con ellos murió un cortesano
llamado Máximo, quien, viendo la fortaleza de los mártires, se
declaró cristiano.
CECILIA SEPULTÓ LOS TRES CADÁVERES.
Cecilia fue llamada para que
abjurase de la fe. En vez de abjurar, convirtió a
los que la inducían a ofrecer sacrificios. El Papa Urbano
la visitó en su casa y bautizó a 400 personas,
entre las cuales se contaba Gordiano, un patricio, que estableció
después en la casa de Cecilia una iglesia que Urbano
consagró a la santa. El prefecto Almaquio discutió con Cecilia.
La actitud de la santa le enfureció, porque le atrapó
con sus propios argumentos. Almaquio la condenó a morir sofocada
en el baño de su casa. Pero, por más que
los guardias pusieron en el horno una cantidad mayor de
leña,en atención a su alcurnia Cecilia pasó en el
baño un día y una noche sin morir. Los cristianos
acudieron a visitarla en gran número. La santa legó su
casa a Urbano y le confió el cuidado de sus
servidores.
VII. EL MARTIRIO CRUEL
Tras los intentos de ahogarle en
el hipocausto, el líctor blandió la espada y la dejó
caer tres veces sobre el cuello de Cecilia, con tan
mala suerte, que quedó envuelta en su propia sangre luchando
agónica con la muerte. Tres días después iba a recibir
el galardón de su heroísmo. Los cristianos recogieron el cuerpo
de la mártir y respetuosamente lo encerraron en un arca
de ciprés, sin cambiar la actitud que tenía al morir.
Así se encontró catorce siglos más tarde, en 1599, sepultada
junto a la cripta pontificia, en la catacumba de San
Calixto, según el testimonio del mismo Cardenal Baronio.
VIII. TESTIMONIO
DE CARDENAL BARONIO
"Yo vi el arca, que se encerró en
el sarcófago de mármol -dice el cardenal Baronio- y dentro,
el cuerpo venerable de Cecilia. A sus pies estaban los
paños empapados en sangre, y aún podía distinguirse el color
verde del vestido, tejido en seda y oro, a pesar
de los destrozos que el tiempo había hecho en él.
Podía verse, con admiración, que este cuerpo no estaba extendido
como los de los muertos en sus tumbas. Estaba la
castísima virgen recostada sobre el lado derecho, unidas sus rodillas
con modestia, ofreciendo el aspecto de alguien que duerme, e
inspirando tal respeto, que nadie se atrevió a levantar la
túnica que cubría el cuerpo virginal. Sus brazos estaban extendidos
en la dirección del cuerpo, y el rostro un poco
inclinado hacia la tierra, como si quisiese guardar el secreto
del último suspiro. Sentíamonos todos poseídos de una veneración inefable,
y nos parecía como si el esposo vigilase el sueño
de su esposa, repitiendo las palabras del Cantar: “No despertéis
a la amada hasta que ella quiera". Aunque la relación
parece fruto de la fantasía, los mártires Valeriano y Tiburcio,
sepultados en las catacumbas de Pretextato, son históricamente ciertos. Después
del proceso, referido por el autor de la Passio, Cecilia,
condenada a ser decapitada, recibió tres poderosos tajos del verdugo,
sin que su cabeza cayese cortada: Había pedido y obtenido
la gracia de volver a ver al papa Urbano antes
de morir. En la espera de esta visita ella continuó
durante tres días profesando la fe. No pudiendo hablar, expresó
con los dedos el credo en Dios uno y trino.
Y con este gesto la esculpió Maderno en su célebre,
bellísima e impresionante imagen de mármol.
IX. PATRONA DE LA
MÚSICA
Cecilia, virgen clarísima, Lirio del cielo llega escoltada por la
gloria divina con música y cantos, al banquete nupcial, en
palabras de la narración de la Passio: Cantantibus organis, Caecilia,
in corde suo, soli Domino decantabat, dicens:
Fiat cor et
corpus meum immaculatum ut non confundar -, "Mientras tocaba el
órgano, Cecilia cantaba salmos al Señor". A su Señor, a
su Esposo: "Que mi corazón y mi cuerpo permanezcan inmaculados,
para ue no quede confundida". Sus oraciones fueron escuchadas y
fue martirizada. Este relato escrito de las Actas de la
mártir se grabó en mosaicos, y se decoró en frescos
y miniaturas.
X. LOS PINTORES Y POETAS
En el siglo XVI
y siguientes su posición como patrona de la música fue
creciendo. Y los artistas la representaron tocando el órgano, o
junto a él, en numerosas pinturas, destacando las de Rafael,
Rubens y Pousin. Así la celebraron los pintores, los músicos
y los poetas, Dryden, Pope, Purcell y Händel. El Movimiento
Ceciliano alemán del siglo XIX la tomó como Patrona para
la reforma de la música litúrgica, que culminó en el
Motu Proprio de San Pío X, en 1903.
XI. CECILIA
CANTA EN EL CIELO
Podemos imaginarnos a Cecilia cantando gozosa en
el cielo, pidiendo al Señor que nosotros seamos dignos de
cantar las alabanzas de Dios por las maravillas que obra
en el mundo, unidos a su alma, limpia y enamorada.
Dice santo Tomás en la 2a-2ae q. 91 a. 1
resp sobre el Canto Litúrgico, que tanto cuanto asciende el
hombre a Dios por la divina alabanza, se aleja de
lo que va contra Dios. El hombre asciende a Dios
por medio de la divina alabanza, que le eleva alejándolo
de lo que se opone a Dios, el egoísmo y
la soberbia, y lo convierte en hombre interior. La alabanza
exterior de la boca ayuda a motivar el amor interior
del que alaba. La alabanza exterior de los labios contribuye
a aumentar el amor del que alaba, como lo había
experimentado muy bien San Agustín viviendo la experiencia de la
Iglesia que canta. La melodía divina con su fuerza transformante,
lo había conducido al camino de su conversión. Confiesa el
Santo que cuando oía los himnos, de los salmos y
de los cánticos en Milán, se sentía vivamente conmovido a
la voz de tu Iglesia, que le impulsaba suavemente. Aquellas
voces se mantenían en mis oídos y destilaban la verdad
en mi corazón; encendían en mí sentimientos de piedad; entretanto
derramaba lágrimas que me hacían bien (Conf. IX 6-14). En
la Iglesia de Cristo, que es hogar de gozo, el
canto es esperanza en acto porque es plegaria. Por lo
tanto dedicarse a cantar a Dios y a escuchar la
música sagrada es prepararse para orar con mayor esperanza y
a vivir la vida de Dios en nuestro santuario interior
que desborda en la sociedad como anuncio del Reino de
Cristo.
XII. LAS IMAGENES DE LA PATRONA DE LA MUSICA
A
partir del Siglo XVI, la iconografía la representa llena de
alegría por la presencia del Señor tocando instrumentos musicales, la
lira, la cítara, el órgano, el clavicordio, el arpa, el
violín, el violoncelo, y rodeada de ángeles cantando. Así la
representan en el Louvre, Domenichino, Guido Reni, Rubens y Pierre
Mignard. Desde la Catedral de Palermo a la Pinacoteca de
Dresde, la figura de la mártir romana, personifica el espíritu
del canto y de la música sacra, y sale de
los límites de la música italiana para inspirar la música
y la pintura europeas y el arte internacional ya que
el arte no tiene fronteras, como no lo tiene el
bien, ni la verdad ni la belleza, que viven en
Dios y son participados por los hombres, que habiendo saboreado
un retazo de hermosura, se enamoran de la plenitud de
la belleza de Cristo Pantocrator. Porque la belleza, la verdad
y el bien convergen y conducen a los hombres a
reencontrarse con Dios.
XIII. LA PEDAGOGIA DEL ARTE
En la Pinacoteca de
Bolonia se puede admirar un cuadro de Rafael que representa
a Cecilia, junto a instrumentos musicales, absorta en las armonías
celestes. La Vida divina trinitaria, el Paraíso, la Comunión de
los Santos son luz, armonía y color, santidad, que es
belleza, magnificencia y esplendor. Ese es el ministerio de la
liturgia y el magisterio del arte, ayudarnos a comprender mejor,
a orar y a elevar nuestra mente a la armonía
del Paraíso, al que estamos llamados. Los templos no son
museos refinados, sino auxilios para afianzar nuestra fe y caminos
de conversión interior. La música y el canto sagrado, las
expresiones artísticas de la arquitectura, las pinturas, las imágenes, vienen
a ser como sacramentales, para que los hombres, dotados de
sentidos, se abran a su vocación de santidad, atraídos y
fascinados por el aroma de los nardos de los santos,
y por la blancura lilial de la Patrona de la
Música CECILIA, Coeli-lilia, que en castellano significa Lirio del Cielo.
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