viernes, 7 de octubre de 2011

SI HOY ESCUCHÁIS SU VOZ


"Así dice la Escritura, si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazón. En efecto, Dios nos habla en el hoy de cada día, en medio de tus tareas y ocupaciones. Nos habla a través de los acontecimientos cotidianos, de las personas, de tu propia historia. Dios habla, ¿pero somos capaces de escuchar su voz? Quizás el ruido que nos rodea exteriormente, pero también el que nos invade el espíritu y la mente, hacen imposible que oigamos al Señor. Necesitamos hacer silencio fuera, pero también dentro de nosotros mismos. Y necesitamos también abrir el oído del alma a la voz del Señor. ¡Effetá! ¡Abrete! Le dijo un día Cristo al sordomudo del evangelio y éste recobró el oído y se le soltó la lengua. ¡Effetá! Le dice también el sacerdote en el rito del bautismo al recién regenerado en las aguas de la vida para que se le abra el oído y se le suelta la lengua. ¿Qué significa este signo? El sacerdote pide para el nuevo cristiano que se le abra el oído a la Palabra de Dios, que no haga oídos sordos a su voz, y que, también se le suelte la lengua para proclamar con valentía la buena nueva del Evangelio de Cristo. Que no tenga miedo ni vergüenza de profesar su fe en el Hijo de Dios. ¡Cuántos tristemente son sordomudos en la fe! ¡Cuántos hombres y mujeres de hoy hacen oidos sordos a la voz de Dios y endurecen su corazón! Quien no escucha a Dios no puede hablar de El. Un buen discípulo es aquel que escucha con atención a su maestro, que guarda silencio para que sea el maestro quien enseñe, quien pueda transmitir la sabiduría que posee. El problema de hoy día es que no dejamos que Dios sea Dios, no le dejamos hablar a El porque todos nos creemos maestros de todo y de todos. El ser humano en su autosuficiencia no necesita que nadie le diga nada, le enseñe nada, se basta así mismo. ¿Qué me va a decir Dios? Pero sigue resonando las palabras de la Escritura Santa, ¡ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón! El apóstol Pablo nos exhorta a tener cuidado de esta sordera a pesar de las obras de Dios en nuestras vidas, de sus dones y de su presencia. Que ninguno tenga un corazón tan endurecido por el pecado y tan incrédulo que lo haga desertar del Dios vivo, de Aquel que nos da el ser y nos mantiene en la existencia. ¡Animáos unos a otros! ¡Conservad firmemente el temple primitivo de la fe! Cada día nos volvemos de nuevo al Señor, al amanecer me saciaré de tu semblante Dios mío. Cada mañana abrimos el oído a la voz de Dios, nos queremos dejar sorprender por El. Vivimos con el corazón despierto para verlo presente en nosotros y en todas partes. Queremos gustar de la dulzura del Señor contemplando su templo santo y escuchar su llamada para decirle como Samuel, ¡aquí estoy Señor para hacer tu voluntad!