Para alcanzar la perseverancia final en el bien obrar, no debemos fiarnos, ni de nuestros propósitos ni de las promesas que hemos hecho a Dios, porque si nos apoyamos en nuestras propias fuerzas, estamos perdidos. La esperanza que abrigamos de conservar la gracia de Dios en nuestro corazón debe estribar en los méritos de Jesucristo; apoyados en su favor y ayuda, perseveremos hasta la muerte, aunque por todas partes nos veamos combatidos por los enemigos de la tierra y del infierno. A las veces nos sentiremos tan asaltados y abatidos por la tentación, que nos daremos ya por perdidos; procuremos no desalentarnos en tan ruda lucha, ni demos entrada a la desconfianza; acudamos a Jesús crucificado, y nos sostendrá para que no caigamos.El Señor permite que hasta los santos tengan que sufrir tan deshechas tempestades y temores. San Pablo tuvo que padecer en Asia tan grandes aflicciones y angustias, que llegó a decir : "los males eran tan excesivos y tan superiores a nuestra fuerza, que nos hacían pesada la misma vida". Al declararnos con esto el Apóstol hasta dónde llegaban sus propias fuerzas, nos insinuó de paso que Dios, a veces, nos deja caer en la desolación, a fin de que tanteemos nuestra natural flaqueza y, desconfiando de nuestras fuerzas acudamos con humildad a implorar la gracia y asistencia divinas para no sucumbir.

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