jueves, 28 de mayo de 2015

Sermones de San Bernardo

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA, SERMÓN SEGUNDO



LAS DOS MESAS



Hermanos, estos trabajos nos recuerdan nuestro destierro, nuestra pobreza, nuestro pecado. ¿Por qué nos matamos día, tras día, con frecuentes ayunos y largas vigilias, con trabajos y fatigas? ¿Fuimos creados para esto? En absoluto. El hombre nace condenado a trabajar, pero no fue creado para el trabajo. Su nacimiento está manchado por la culpa, y por eso merece pena. Todos debemos gemir con el Profeta: En la culpa nací, pecador me concibió mi madre. La primera creación fue muy distinta, porque Dios no creó la culpa ni la pena. De la muerte, que es la mayor de todas, dice explícitamente la Escritura: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo. Y en otro lugar: Dios no hizo la muerte, etc.
 Así como cuando trabajan las manos no se cierran los ojos ni los oídos, del mismo modo, y con mayor razón, mientras trabaja el cuerpo, el espíritu debe estar atento a su labor y no perder el tiempo. Piense durante el trabajo el motivo del trabajo, para que la pena que sufre le recuerde la culpa que la mereció. Y al ver la herida vendada, piense en la herida que está debajo de las vendas. Con este pensamiento somos más humildes bajo la mano poderosa de Dios, el espíritu se satura de dulce piedad y se presenta como un pobre ante su presencia. La Escritura no cesa de advertirnos: Compadécete de tu alma agradando a Dios. Y no hay duda de que la miseria que agrada a Dios alcanza fácilmente misericordia. No digamos que no tenemos de qué compadecernos de nuestras almas. Si somos sinceros, encontraremos en ella muchas cosas dignas de compasión. 
 Voy a fijarme solamente en una, y de este modo vosotros podréis examinar las demás. ¿No os parece que nos hallamos en medio de dos mesas, y que contemplamos muertos de hambre a los que comen aquí y allá? Eso somos, sin duda alguna. ¿Cuándo podremos nosotros reírnos, regocijarnos, aliviarnos y vivir orgullosos y satisfechos? ¿No conocemos las mesas, no apreciamos los banquetes, no vemos los manjares? Aquí veo a los que estrujan los placeres de los bienes sensibles de este mundo; allí contemplo a los que Cristo confirió la realiza, para que coman y beban a su mesa en el reino de su Padre.
 En cualquiera de los casos veo que son hombres semejantes a mí, que son mis hermanos. Pero, ay de mí, a ninguna mesa puedo extender la mano. Las dos me están prohibidas: ésa por la profesión, aquella por vivir en el cuerpo. No me atreve a acercarme a la de abajo, ni puedo llegar a la de arriba. La única solución es comer el pan del dolor, que las lágrimas sean mi pan noche y día, y esperar que algún convidado celestial -movido a compasión-arroje unas migajas de felicidad a la boca del cachorrillo que ladra bajo la mesa. 
 La envidia que sentimos al ver a los que están saturados de los goces de este mundo, revela un alma enferma, y ese afecto no me parece propio de un alma espiritual. Y todavía está más lejos de la verdad quien tiene por dichosos a los que debería compadecer como miserables: los que pecan y no se arrepienten. Ese se cree desgraciado, no por el juicio de la razón, sino por el sentimiento de no ser como ellos. En realidad debería desear que todos fueran como él.
 Quien así piensa sólo merece alabanza, si lo que él cree que es una desgracia, se decide a soportarlo pacientemente por amor o temor de Dios, y dice con sinceridad al Señor: Por ser fiel a tus palabras he seguido caminos duros. Esta manera de pensar es propia de principiantes, como la leche para los niños. Cuando el alma progresa y decide seguir el dictamen de la razón, todo lo tiene por pérdida y basura, y se lamenta con el profeta de los que se revuelcan en el estiércol.
 Desprecia todo esto, con una especie de santa y humilde soberbia, y con su grandeza de espíritu, en vez de ensalzar a la gente que tiene todo eso, la tiene por desgraciada, proclama dichoso a aquél cuyo Dios es el Señor. Es decir, se compadece de unos al compararlos consigo mismo, y verá a otros que le hacen compadecerse de sí mismo, porque contempla las riquezas celestiales y sus alerías perpetuas a la derecha del Señor. Y así, el que se lamentaba de no participar en la abundancia de aquí abajo, porque por tu causa nos degüellan cada día, ahora suspira con más anhelo por la opulencia de arriba y dice: Ay de mí, cuánto se prolonga mi destierro.
RESUMEN
Somos dignos de compasión y debemos mirar no sólo las vendas que tapan nuestras heridas, sino imaginar la herida tapada por el apósito.
 Como ejemplo, fijémonos que vivimos entre dos mesas: la celestial (inalcalzable) y la los sentidos que nunca será suficiente para satisfacernos. Mientras tanto vivimos del pan del dolor y de las escasas migajas que caen de la mesa celestial. Para algunos sólo existe la mesa corporal y ni siquiera tienen sentimiento de pecado o de culpa.
 Al principio nos quejamos de los inconvenientes sufridos por intentar obrar con rectitud. Luego, superado ese estado de lactante, pensamos en las bondades celestiales. Nos lamentamos de nuestro destierro de aquella otra mesa, la verdaderamente interesante para el creyente contemplativo.


CONTRA EL PÉSIMO VICIO DE LA INGRATITUD


¡Qué grande es, amadísimos, qué inmensa la misericordia de Dios para con nosotros! Con la fuerza inefable de su Espíritu y el don incomparable de su gracia nos arrancó de nuestra vida superficial y mundana; vivíamos totalmente ajenos a Dios, o incluso -y es lo más terrible- como enemigos de Dios. No lo desconocíamos, lo despreciábamos. ¡Ojalá tengamos siempre ante los ojos de nuestro corazón la imagen de esta vida -o de esta muerte, pues el alma que peca está muerta- y contemplemos nuestra ceguera y perversidad! Al meditar abiertamente en el peso de nuestra miseria, comprendemos de algún modo qué grande es la misericordia que nos da la libertad. Pero quien considera diligentemente de dónde le han sacado y dónde le han puesto, qué evitó y qué recibe, de dónde le han llamado y adónde le convocan, se convencerá de que el cúmulo de esta misericordia supera infinitamente las dimensiones de la anterior. 
 Lo que hizo con nosotros no lo hizo con ningún otro pueblo: darnos a conocer sus mandatos y sus consejos. Y además de eso, ha sido tan grande con nosotros que no contento con recibirnos como siervos nos ha hecho amigos suyos. No le elegimos nosotros a él; es él quien nos ha elegido y quiere que actuemos y demos fruto. No un fruto mortal destinado al juicio y que también deben evitar los siervos, sino aquel otro inmortal que lo engendra el consejo y lo conocen únicamente los amigos.
 Para eso estamos aquí, para no ser esclavos del pecado -fruto destinado a la muerte-ni del mundo. No seamos como esos que vemos absortos en los negocios terrenos, aunque estén libres de pecado; o implicados en las necesidades corporales, aunque no caigan en los vicios; trabajan en el fugaz escenadio de este mundo para subvenir a su vida presente y la de los suyos. Es cierto que ese trabajo no merece la condenación, pero tampoco vale para la salvación. Por eso, aunque conserven el cimiento, perderán todo lo que construyeron sobre él; se salvarán, pero como quien escapa de un incendio.
 ¿Y qué se nos dice de nosotros? ¿Qué consejo se da a los amigos? No trabajéis por el alimento que se acaba, sino por el alimento que dura dando una vida sin término. Aunque nos entregamos a los trabajos materiales, en espíritu de obediencia o caridad fraterna, no dejemos de trabajar por este alimento, porque nuestra intención es distinta de aquellos que se afanan en trabajos perecederos. El trabajo es idéntico, pero se alimenta de otra raíz; y no está llamado a perecer porque está enrizado en la eternidad, que es inmortal.
 Tal vez nuestra vida está limpia de pecados y vacía de méritos; o hemos abandonado la fornicación y nos hemos mantenido fielmente en la castidad conyugal sin aceptar el consejo que se nos ha dado de llevar una vida célibe; o evitamos el robo y el engaño, pero usamos libremente de los bienes propios, sin aspirar a la perfección evangélica de que habla la Escritura: Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes, etcétera.
 ¿No sería un gesto sublime de misericordia, si a cambio de tantas faltas que nos oprimen a algunos de nosotros, y por las cuales sólo merecíamos la muerte y un juicio implacable de condenación, se nos concediera vivir en uno de los últimos lugares? El hijo pródigo no osaba aspirar al rango de los hijos, y se consideraba muy feliz si se le recibía entre los obreros. Pero el amor del padre no quedó satisfecho: le mostró una misericordia tan inmensa que suscitó la envidia del hermano mayor, que nunca se había alejado del padre.
 Lo mismo podemos decir nosotros: la misericordia de nuestro Dios se ha volcado a raudales sobre nosotros, y aunque éramos rebeldes e incrédulos, nos recibió entre sus elegidos y nos llamó a la asamblea de los perfectos. Si algunos, por negligencia, no llegan a la perfección, ellos verán qué van a responder. Porque todos nosotros hemos hecho profesión de vida apostólica y nos comprometimos personalmente a la perfección de los apóstoles. No me refiereo a esa gloria de santidad que merecieron recibir para ellos y para todo el mundo, según aquel texto sagrado:Montañas, recibid la paz para el pueblo; y vosotras, colinas, la justicia. Me refiero a aquel compromiso que hizo Pedro en nombre de todos: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.
 Lo que me inquieta, hermanos, es que la misericordia divina parece ser ahora menos generosa con nosotros. Cuando no se lo pedíamos ni lo deseábamos, o incluso lo rechazábamos, se volcó sobre nosotros; y ahora oramos, ragamos y suplicamos muchas veces o sin cesar, y parece que nos niega cosas mucho menores. ¿Cómo se explica esto, queridos hermanos? ¿Tan corta es la mano del Señor o están tan exhaustos los restos de su gracia? ¿A qué se debe? ¿Ha cambiado su voluntad o se han agotado sus riquezas? En Dios esto es impensable; imposible creer tal cosa d quien es la majestad omnipotente e inmutable.
 Entonces, ¿por qué a pesar de orar, pedir e insistirle tanto, Dios no nos escucha, si antes fue tan misericordioso y liberal con nosotros? Y si alguno me responde que nos basta la gracia de Dios, como le dijo al apóstol Pablo, se engaña por completo. Nuestras oraciones, súplicas y peticiones se dirigen principalmente a eso; no aspiramos a cosas grandes o sublimes: suplicamos la humildad propia de unos monjes pecadores, y no la de los santos. Tampoco pedimos la paciencia heroica de los mártires, sino la que necesitamos para nuestra profesión; ni imploramos la caridad de los ángeles, sino la que recibieron nuestros padres; fueron tan débiles como nosotros, e incluso pecadores, pero la Escritura nos dice que el Señor les concedió ese don. 
 ¡Ay de esta generación tan miserable y mediocre, que se contenta con semejante penuria y miseria! ¿Quién aspira hoy a esa perfección que propone la Escritura? Así se explica que a pesar de abrazar la misma conversión que nuestros padres, adelantemos tan poco en ese estado de vida. De ellos se nos dice que progresaban de día en día y alcanzaron la meta; y a nosotros nos parece extraordinario el que permanece fiel a los rudimentos de la conversión, es decir, el que a la mitad de la vida se mantiene tan humilde y temeroso de Dios, tan fervoroso, paciente y manso como en sus primeros años. ¿No vemos a muchos olvidados de sí mismos y de sus pecados, y despreocupados de Dios y de sus beneficios? En vez de recuperar el tiempo lo pierden, y apenas se fijan en sus costumbres y afectos.
 ¿No hacen eso los que no reparan en las chanzas, calumnias, vanidad e impaciencia, contristan fácilmente al prójimo e incluso al Espíritu de Dios que vive en ellos? No les importa escandalizar a los pequeños y cuando se corrige a los demás les invade el sopor de la negligencia o se inflaman en cólera. A pesar de ello, como un pueblo que practicara la justicia, van tranquilamente a la iglesia y salmodian con ellos, aunque sin espíritu ni inteligencia; pasan el tiempo de la oración pensando en bagatelas y no temen participar en el sacramento del Cuerpo del Señor, que hace temblar a los mismos ángeles.
 ¿Cómo puedo definir esta actitud? A mi juicio están tan seguros de la gracia de su Señor, que abusan de la confianza que creen haber comprado con largos años de servicio. Hay un refrán que lo dice perfectamente: A patrono condescendiente, obrero impertinente. ¿Dónde queda, carísimos, aquello que cantáis tantas veces: Yo soy huesped tuyo, forastero como todos mis padres? Por desgracia, el único que vuelve para agradecérselo a Dios es un extranjero. ¿No han quedado limpios los diez?¿Dónde están los otros nueve? Conocéis, así lo creo, estas palabras del Salvador quejándose de la ingratitud de aquellos nueve. Por el texto vemos que habían orado, pedido y suplicado muy bien, pues dijeron a gritos: Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros. Pero les faltó la cuarta forma de plagaria que enumera el Apóstol, la acción de gracias: se olvidaron de dar gracias a Dios. 
 También hoy vemos cuántos piden con insistencia lo que necesitan y qué pocos agradecen las gracias recibidas. No tiene nada de reprensible pedir de manera insistente; pero con la ingratitud hacemos estériles nuestras peticiones y tal vez sea una señal de misericordia no acceder a las súplicas de los ingratos, para no ser juzgados con más rigor por nuestra ingratitud si resulta evidente que somos ingratos a tal cúmulo de beneficios. Si, en este caso concreto negar la misericordia es la mayor misericordia; y al contrario, conceder misericordia puede ser un gesto de cólera e indignación. Así lo dice el mismo Padre de la misericordia por boca del Profeta: Si trato con misericordia al malvado no aprende la justicia.
 ¡Qué triste es, hermanos, ver a tantos que se conforman con llevar el hábito y la tonsura, y creen que eso basta. Son tan miserables que no comprenden que el gusano de la ingratitud les roe su interior. Este es tan sagaz que procura dejar intacta la corteza, y así ellos no lo sienten ni se sonrojan. ni les espolea el pundonor. Mas cuando ya ha corrodído completamente el interior de algunos, no teme asomar su cabeza venenosa al exterior. No pensemos que quienes reniegan públicamente de Dios han caído de repente en el mal; han ido decayendo poco a poco: los extranjeros le han comido sus fuerzas, y él sin enterarse.
 Está, pues, claro que no todos sacan provecho de haber sido purificados de esa lepra de la vida del mundo, es decir, de los pecados públicos. A muchos les ataca internamente la úlcera de la ingratitud, la cual es tanto más peligrosa cuanto más oculta. Por eso pregunta el Señor en el Evangelio dónde están aquellos nueve, pues la salvación está lejos de los malvados. Cuando pecó el primer hombre tambiénle preguntó dónde estaba, y el juicio dirá que no conoce a los que practican la injusticia. Escuchemos al salmisma: El Señor cuida del camino de los justos, pero el camino de los malvados acaba mal. 
 El detalle de ser nueve los que no vuelven a dar gracias al Salvador es también interesante: es un número compuesto de cuatro más cinco, y nunca han hecho una buena mezcla los sentidos corporales con la transmisión del Evangelio. Es muy difícil obedecer a los cuatro Evangelios y regalar al mismo tiempo los cinco sentidos corporales. 
 Dichosos, en cambio, aquel samaritano que reconoció haber tecibido todo cuanto tenía, y por eso conservó lo que se le había confiado y se lo devolvió al Señor con acción de gracias. Dichoso el que por cada don que recibe se dirige al que es la plenitud de todas las gracias. Al no ser ingratos por lo que recibimos, nos hacemos más capaces de la gracia y dignos de mayores dones. Lo único que nos impide progresar en la perfección es la ingratitud: el donante tiene por perdido lo que recibe el ingrato, y en lo sucesivo se cuida de no dar más para no perderlo. 
 Dichoso, en consecuencia, el que se cree extranjero y se vuelca en gratitud por el más pequeño beneficio, sin dudar ni ocultar que es puro don lo que se da al extraño y desconocido. Nosotros, pobres miserables, al principio nos consideramos extranjeros y nos solemos guiar por el temor, el fervor y la humildad; pero olvidamos fácilmente el carácter gratuito de Dios, sin darnos cuenta de que merecemos se nos diga que los enemigos del Señor son los de su propia casa. Sí, nuestra ofensa es mayor porque sabemos que nuestra manera de actuar será juzgada con más severidad, como leemos en el salmo: Si mi enemigo me injuriase lo aguantaría.
 Os ruego, por tanto, hermanos míos, que nos humillemos más y más bajo la mano poderosa del Dios altísimo, y procuremos estar lo más lejos posible de este vicio tan horrible de la ingratitud. Entreguémonos con todo fervor a la acción de gracias para atraernos la gracia de nuestro Dios, que es la única capaz de salvarnos. Y no seamos únicamente agradecidos de palabra y con la lengua, sino con las obras y en verdad. Porque el Señor nuestro Dios no nos pide palabras, sino obras. El es bendito por siempre. Amén. 
RESUMEN
La misericordia de Dios es inmensa y nos permite retomar el camino correcto como amigos y no como siervos. No basta con no pecar sino que es necesario trabajar para lo que no es perecedero, en lugar de hacerlo por las necesidades diarias de cada uno y sus familiares. Ante la misericordia de Dios derramada a raudales, debemos responder con la búsqueda de la perfección. La misericordia divina parece ser ahora menos generosa con nosotros y es difícil entenderlo. Muchos no se entregan de verdad y se duermen en la rutina, confiando en los muchos años de servicio. La misericordia se niega a los desagradecidos porque, quizás, sea esa la única forma en que comprendan su infinita grandeza. El camino de los malvados acaba mal. Hay nueve desagradecidos. Nunca hicieron buena mezcla los sentidos corporales con los cuatro evangelios. Debemos alejarnos de la ingratitud y demostrar nuestra gratitud con palabra y con obras. Para alejarnos de la ingratitud, la humildad es el instrumento adecuado.

EN LAS FAENAS DE LA COSECHA SERMÓN PRIMERO


DOS MALES QUE COOPERAN A NUESTRO BIEN


Parecemos pobres y lo somos. Con tal que recibamos el Espíritu que viene de Dios y conozcamos a fondo los dones que Dios nos ha hecho. Sí, Dios nos ha concedido una gloria y un poder inmensos. A los que le recibieron los hizo capaces de ser hijos de Dios. ¿No es acaso un privilegio de los hijos de Dios el que todas las criaturas estén a nuestro servicio? El Apóstol estaba convencido de que todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios.
 Pero tal vez alguno de vosotros esté pensando: "¿Qué me dices a mi con eso?" Y llevado de su espíritu pusilánime se hará estas o parecidas reflexiones: "Que se gloríen de poder ser hijos de Dios los que se abrasan en amor filial y sienten un profundo afecto hacia él. Alégrense de que todo les aprovecha a los que aman a Dios de verdad. Pero yo soy pobre y desgraciado, estoy vacío de amor filial y no tengo experiencia de una verdadera devoción". Escucha por favor lo que sigue, pues Dios en la Escritura jamás da pie a la desesperación: Entre nuestra constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza. Este afecto que buscas es la paz, no la paciencia; y eso se halla en la patria, no en el camino. Los que ya están allí no necesitan el consuelo de la Escritura.  
 Así pues, mantengamos la esperanza en la constancia y el consuelo de las Escrituras, aunque no podamos conseguir todavía la paz. Por eso, al decir que cooperan todas las cosas para el bien de los que aman a Dios, añade con mucho acierto:Con los que él ha llamado santos. No te asustes al oír la palabra santos, pues no los llama santos por sus méritos, sino por un designio; ni por sus afectos sino por su intención. 
 En este mismo sentido decía el Profeta: Protege mi vida que soy santo. Aquella santidad que tu te imaginas, ni el mismo Pablo, oprimido todavía por el cuerpo corruptible, creía haberla conseguido. Sólo una cosa me interesa, olvidándome lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, correr hacia la palma de la vocación celestial. Todavía no ha alcanzado la corona, pero ya posee el propósito de la santidad. Eso mismo eres tu si estás decidido a rechazar el mal y obrar el bien, a perseverar en lo que has comenzad y ser cada día un poco mejor; y si alguna vez, por fragilidad humana, no obras con toda rectitud, no te obstines, sino arrepiéntete y corrígete todo cuanto puedas. Sí, tú también eres santo, aunque por ahora necesites gritar a Dios: Protege mi vida que soy santo.
 ¿Quieres saber cómo todas las cosas cooperan al bien de los santos? No puedo detenerme en cada una, pues el tiempo no permite prolongar la plática. Debemos marcar a la oración de la tarde. Os voy a decir en dos palabras, cómo todas las cosas son provechosas y cooperan a nuestro bien. Nuestros mismos enemigos pueden juzgarlo. Si ellos están a nuestro favor, ¿ quién estará contra nosotros? Si nuestros enemigos nos favorecen, ¿cuánto más todas las criaturas con ellos?
 Sabemos muy bien que tenemos dos clases de enemigos, o que nos aqueja un doble mal: lo que hacemos y lo que sufrimos. Para decirlo con otras palabras: la culpa y la pena. Pues aunque ambas cosas nos son contrarias, pueden convertirse en provechosas: ésa puede librarnos de aquella, y la primera puede ayudar mucho a la segunda. 
 Si lloramos de corazón y en lo íntimo de nuestra conciencia por nuestros pecados, esta penitencia y esta pena voluntaria que sufrimos suaviza nuestra conciencia, rompe los dientes de los pecados que nos corroen, y nos devuelve la esperanza del perdón. No sólo rechaza los pecados pasados, sino también los futuros, porque expulsa los vicios seductores, y algunos quedan tan aniquilados que ya casi no vuelven jamás a levantar su cabeza venenosa. Así actúa la pena en nuestro favor contra la culpa: la hace desaparecer o la debilita. Y de la culpa depende que sea pena o que sea más leve. No en el sentido de ue no exista en absoluto, o se rebaje su cantidad, lo cual no conviene, sino en que no sea pena o sea más llevadera, que sea poco onerosa o nada en absoluto.
 El que siente profundamente el peso del pecado y las heridas de su alma, sentirá muy poco o nada la pena corporal, y no le importará aceptar unos trabajos con los que sabe que borra los pecados pasados y evita los futuros. El santo rey David no dio importancia a las injurias del siervo que le insultaba, porque se acordaba del hijo que le perseguía.
RESUMEN
Hemos recibido inmensos dones de Dios. No debemos caer en la desesperación sino consolarnos en nuestra constancia y en las Escrituras. Nuestro objetivo final no es la paciencia sino la paz que está más allá de la vida terrenal.
La santidad no es un logro personal, sino una gracia divina y un deseo personal por conseguirla. En muchas ocasiones tendremos que acudir al arrepentimiento.
 La propia, e injustificada, enemistad acaba favoreciéndonos, depurando nuestro espíritu. Dios lo permite así. Si los sucesos desfavorables nos favorecen, el hermoso mundo creado, del que disfrutamos, es una ayuda en nuestra evolución espiritual. 
Lo que hacemos y lo que sufrimos se contraponen. El llanto nos purifica y nuestros hechos equívocos, cuando los aceptamos como tales, nos hacen tolerar mejor las injusticias que sufrimos.

SIETE ESCALONES PARA SUBIR

Perseverad en los caminos del Señor y preguntad cuáles son sus senderos. Se mantiene en el camino del Señor quien guarda las observancias corporales propias de una profesión. Pero los ejercicios corporales tienen poco valor, como afirma Pablo, y por eso añade: Y preguntad cuáles son sus eternos senderos. Es decir: "Enamoraos de las vidas de los santos Padres y encontraréis el camino; seguidlo".
 Encuentra el camino el que vuelve a su corazón; y avanza en ese camino el que decide elevarse sin cesar en su corazón. La primera subida de este género de vida es la contrición, la segunda la confesión, la tercera el impulso afectivo, la cuarta abandonar las posesiones, la quinta renunciar a la voluntad propia, la sexta humillarse en una sumisión voluntaria y la séptima perseverar. 

RESUMEN Y COMENTARIO
Superados los cuidados corporales, como cumplir nuestras obligaciones con los que de nosotros dependen (inspirados por la caridad), nuestro camino espiritual debe ser siempre un hallazgo, un sendero en un laberinto, pero de cualquier forman deberán darse las siguientes fases:
-Primera: Sentimiento de contrición.
-Segunda: Confesión.
-Tercera: Impulso afectivo (fijaos que estamos hablando de emociones).
-Cuarta: abandonar las posesiones. Es decir, vivir con desapego.
-Quinta: renunciar a la voluntad propia, pues no existirá otra voluntad que la de nuestro Señor.
-Sexta: humillarse en una sumisión voluntaria, ajena a la soberbia de considerarnos superiores y distintos.
-Séptima: perseverar en todo lo anterior.

LA POBREZA VOLUNTARIA


Entró Jesús en su castillo, y una mujer de nombre Marta lo recibió en su casa. El castillo donde entró Jesús es la pobreza voluntaria, la cual protege a sus moradores del doble peligro que amenaza a los enamorados de este mundo: la envidia propia y la ajena. Por una parte la pobreza tiene el aspecto de miseria y evita la envidia ajena; y por otra parte es voluntaria, y no envidia a nadie.
 Estas dos hermanas simbolizan las dos fuerzas de vida de los amantes de la pobreza. Unos como María, preparan dos platos con todo cariño al Señor Jesús: la corrección de sus obras en la salsa de la constricción, y los ejercicios de piedad con el caldo de la devoción. Otros viven sólo para Dios como María, y contemplan a Dios tal como aparece en el mundo, en los hombres, en los ángeles, en sí mismo y en los condenados. Contemplan a Dios que rige y gobierna el universo, que libera y socorre al hombre, que es gozo y encanto de los ángeles, principio y fin de todo, y espanto horroroso de los réprobos. O con otras palabras: admirable en sus criaturas, digno de amor en los hombres, deseo de los ángeles, misterio inaccesible en sí mismo, e intolerable para los condenados.

RESUMEN Y COMENTARIO
La pobreza es una gran virtud porque nos priva de la envidia y de ser envidiados. Podemos enfocarnos en las labores de cada día, en la pobreza y humildad de nuestras obligaciones, como hacía María, o en dejarnos llevar por una vida contemplativa entregados a la voluntad de Dios.

SERMONES DOMINGO SEXTO DE PENTECOSTES. LAS MISERICORDIAS

SERMONES DOMINGO SEXTO DE PENTECOSTES
LAS MISERICORDIAS
1.     Cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¿Por qué me insiste, necio de mí, ese vario pensamiento del peso de esta penitencia, haciéndolo aún más pesado sobre mi cerviz? También siento otro peso, mucho más suave y mayor. Dios se vuelca de tal modo en mí con sus misericordias, me envuelve y abruma con tantos beneficios que no siento las otras cargas. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Después de tantos favores regalos, ¿me vienes a hablar de obligaciones? Me siento desfallecer, pero es ante la consideración de tantos beneficios.
No seré capaz de agradecérsele cual se merece, pero aborrezco la ingratitud. La ingratitud es de lo más grave, adversaria de la gracia, enemiga de la salvación. A mi juicio, es lo que más desagrada a Dios, sobre todo si procede de los hijos de la gracia y de hombres que profesan la conversión. Corta los caminos de la Tracia, y donde ella impera, la gracia no tiene acceso ni posibilidad de actuar. De aquí, hermanos, la gran tristeza y angustia continua de mi corazón, al ver que algunos son tan superficiales y tan fáciles a la risa y a las chanzas. Mucho me temo que no vivan excesivamente olvidados de la misericordia divina e ingratos a tantos beneficios, se priven para siempre de esa gracia que no han apreciado.
2.     ¿Qué puedo decir del que persiste obstinado en la murmuración o en la impaciencia, o le pesa haberse entregado a Dios? ¿Qué del que, en contra de la costumbre y de la razón, se arrepiente de hacer el bien? No sólo no agradece las misericordias de Dios, sino que responde con una afrenta. ¡Qué poco honra a aquel que le llamó quien le sirve con tristeza y amargura! Me refiero a esa tristeza carnal que procura la muerte. ¿Crees que se le va a conceder más gracia? ¿No se le quitará la poca que tiene? ¿No tenemos por perdido lo que se da a un ingrato? ¿No ríos duele haber dado lo que se ha dejado perder?
El hombre debe ser agradecido y atento si quiere que se conserven y aumenten en él las gracias recibidas. Si queremos, nos es muy fácil a todos encontrar motivos para sentirnos agraviados con Dios, pues no hay quien se esconda de su calor. Pero nosotros tenemos muchas más razones para vivir en continua acción de gracias. Nos acogió para sí, y nos eligió para servirle sólo a él. Ojalá recibamos como el Apóstol, no el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para poder reconocer los dones que Dios nos hace. ¿Quién de nosotros no puede decir, tu misericordia ha sido inmensa conmigo?Por eso quiero deciros cuatro palabras sobre estas incontables misericordias del Señor, para que el sabio aproveche la ocasión y crezca en sabiduría.
3.     Yo hallo en mí siete misericordias del Señor, y creo que también vosotros las experimentaréis. La primera es haberme librado de muchos pecados cuando vivía en el mundo. No es la primera de todas las que me concedió, sino de esas siete. Después de caer en tantos pecados, ¿cómo no hubiera caído en otros muchos, si la bondad del Omnipotente no me preservara? Lo confieso y lo confesaré sin cesar: si el Señor no me hubiera auxiliado, mi alma se habría hundido en el pecado. ¡Qué misericordia ésta tan inmensa! Conservar la gracia a un hombre tan ingrato y despreocupado y proteger bondadosamente de mil pecados al que tanto le ofendía y despreciaba!
Pero ¿con qué palabras podré explicar, Señor, la ternura, generosidad y gratuidad de tu segunda misericordia para conmigo? Yo pecaba y tú disimulabas. Yo aumentaba los crímenes y tú olvidabas el castigo. Yo acumulaba años y años de maldad, y tú de compasión. ¿Qué vale tanta paciencia si no consigue la conversión? Merecería aquella terrible condena del Señor: Esto hiciste y callé.
4.     La tercera misericordia consistió en que visitó mi corazón y lo cambió. Lo que antes me sabía dulce se me hizo amargo; y en vez de complacerme en hacer el mal y regocijarme en el fango, comencé a examinar mi vida con espíritu de razón y la agrietaste; repara sus grietas que se desmorona. Hay muchos que se han arrepentido inútilmente, porque su arrepentimiento fue rechazado, como antes lo había sido su culpa. Aquí está la cuarta misericordia: me acogiste piadosamente cuando me arrepentí, y me encuentro entre aquellos de quienes dice el salmista: Dichosos los que están absueltos de sus culpas.
5.     A esto sigue la misericordia quinta, con la que me diste la virtud de contenerme en lo sucesivo y de vivir más honestamente. De este modo evitaría la recaída y que el último error fuera peor que el primero. No hay duda, Señor, que es fruto patente de tu virtud y no del esfuerzo humano, sacudir de la cerviz el yugo del pecado una vez admitido. Quien comete el pecado es esclavo del pecado, y sólo puede librarlo de él otra mano más fuerte.Después de librarnos del mal con estas cinco misericordias, nos concedes, Señor, obrar el bien por medio de otras dos. Así se cumple lo que dice la Escritura: Apártate del mal y haz el bien. Estas son: la gracia de merecer o el don de una buena conducta, y la esperanza de alcanzar, por la que el hombre indigno y pecador, apoyándose en la continua experiencia de tu amor, se atreve a esperar los bienes celestes.

RESUMEN:

Debemos agradecer la infinita misericordia de Dios.

Debemos evitar la ingratitud, la murmuración y la impaciencia.

 Hay que resaltar siete misericordias:

1.  Haberme librado de muchos pecados cuando vivía                           en       el mundo.

2.   Responder a la maldad humana con compasión.


3.    Visitó mi corazón y lo cambió.

4.    Me acogiste piadosamente cuando me arrepentí.

5.    La virtud de contenerme en lo sucesivo y vivir más

       honestamente.

6.    El don de una buena conducta.


7.     La esperanza de alcanzar los bienes celestes.

DOMINGO SEXTO DE PENTECOSTÉS SERMÓN PRIMERO


DOMINGO SEXTO DE PENTECOSTÉS

SERMÓN PRIMERO

Sobre la lectura del Evangelio: El Señor da de comer con siete panes a la muchedumbre que llevaba tres días sin comer


1.Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Hermanos, el Evangelio se escribió para que lo leamos; y lo leemos para recibir de él el consuelo o el pesar auténticos. Los del mundo tienen los vanos consuelos de la abundancia de bienes terrenos, y el no menos inútil pesar de no poseerlos. Pero el Evangelio es el espejo por excelencia, que a nadie adula ni engaña. Cada uno se ve en él tal y como es: Nadie tendrá que temblar sin motivo, ni se gozará haciendo el mal. Lo dice abiertamente la misma Escritura: Quien escucha el mensaje y no lo pone en práctica, se parece a aquel que se miraba en el espejo la cara que Dios le dio y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era.
No hagamos eso nosotros. Apliquémonos este pasaje evangélico que hemos escuchado, para aprovecharnos y corregirnos, si en algo debemos hacerlo. El Profeta desea encauzar su camino hacia el cumplimiento de las consignas del Señor. Y exclama: Entonces no sentiré vergüenza al mirar tus mandatos. Tampoco yo me avergüenzo de vosotros, hermanos míos; al contrario, me siento orgulloso de vosotros, porque habéis seguido al Salvador hasta el desierto, y habéis salido a encontrarle fuera del campamento. Temo, en cambio, que alguno se canse y se sienta débil en este caminar, o incluso con el cuerpo. Tiene razón la Escritura cuando nos advierte: Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en en Señor. ¿Hasta cuándo hay que esperar? Hasta que se apiade de ti. Y si preguntas cuándo será eso, escucha: Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo.
2.Te es preciso caminar tres días por el desierto, si quieres ofrecer a tu Dios un sacrificio agradable. Y debes permanecer tres días con el Salvador, si deseas saciarte de los panes milagrosos. El primer día es el del temor: este día pone de manifiesto y alumbra tus tinieblas interiores, y pone ante tus ojos los terribles suplicios del infierno o tinieblas exteriores. Esta reflexión, como sabéis muy bien, suele ocuparnos en los principios de nuestra conversión. El segundo día es el de la piedad, en el cual respiramos contemplando la misericordia de Dios. El tercero es el de la razón: en él comprendemos que, por deber natural de nuestra justicia, la criatura debe someterse al Creador, y el siervo debe servir a su Redentor. 
Al llegar aquí nos mandan sentar, para ordenar en nosotros la caridad. El Señor abre la mano y sacia de favores a todo viviente. Pero antes dice a los apóstoles: Decidle a la gente que se eche en el suelo. Por eso nosotros, como humildes es indignos representantes suyos, os aconsejamos, hermanos carísimos, que os sentéis para que comáis de este pan bendito y sigáis caminando sin desfallecer. De lo contrario, cuando os veáis agotados caeréis en la tentación de volver a Egipto y se mofarán de vosotros los que no siguieron al Salvador al desierto. Desgraciados, es cierto, los que no acompañaron a los que salían; pero los que marcharon al desierto y no se alimentaron como todos los demás, son los más desgraciados de los hombres.
3.Y si hubo algunos que se escondieron entre matorrales o en cualquier otro lugar, mientras los demás estaban sentados, es indudable que se quedaron sin comer. Y lo mismo ocurría a los curiosos e inconstantes que iban de un sitio a otro y no se sentaron. O si se sentaron no lo hacían según el orden establecido y en compañía de los demás. Os pedimos, pues, hermanos, y os advertimos pastoralmente que no andéis buscando los rincones, la oscuridad o lugares escondidos. Recordad que el que practica el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz para que no se reprendan sus acciones. Tampoco haya entre vosotros quien camine a la deriva por cualquier ventolera de doctrina; son personas turbulentas e inconstantes, inestables e inmaduras: Como la paja que arrebata el viento.
¿Y qué diremos de esos que van contra todos y todos contra ellos? Esos son los que se constituyen en casta, siendo hombres de instintos y sin espíritu, pues nadie puede decir: ¡Fuera Jesús!, si habla impulsado por el Espíritu de Dios. Es una peste terrible y fatal: porque un solo obstinado basta para turbar a todos, convertirse en manzana de discordia y motivo de escándalo. Lo dice el Profeta, al hablar de la viña del Señor: Es pasto de las alimañas. Por eso os pido y os ruego, hermanos míos, que evitéis toda especie de falsedad y los recovecos de la propia voluntad. Huid de la ansiedad y la ligereza. Esquivad la intransigencia y el vicio detestable de la singularidad. Y de este modo no privaréis a vuestras almas de comer el pan bendito.
4.Y para no molestaros por más tiempo, he aquí los siete panes con que nos alimentamos. El primero es la Palabra de Dios, en la cual, como él mismo afirma, está la vida del hombre. El segundo, la obediencia, pues mi alimento es cumplir el designio del que me envió. El tercero, la santa meditación, de la que se dice: La reflexión te protegerá. Y en otro lugar se la llama pan de vida y de sensatez. El cuarto , las lágrimas de los que oran. El quinto, el trabajo de la penitencia. Y si te extraña que llame pan al trabajo y a las lágrimas, recuerda lo que dice el Profeta: Nos darás a comer llanto, y en otro salmo añade: Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. El sexto pan es la gozosa y sociable unanimidad. Un pan amasado con muchos granos y fermentado con la sabiduría de Dios. Y el séptimo pan es la Eucaristía, pues el pan que voy a dar es mi carne, para que el mundo viva.

RESUMEN 
Primero tenemos que salir al desierto y esperar que Dios se apiade de nuestra hambre de salud espiritual. Caminaremos durante tres días.  El primer día es el temor, el segundo es la piedad y el tercero es la razón. Luego debemos sentarnos. No vale volver a Egipto o escondernos entre los matorrales. Allí recibiremos los siete panes: la Palabra de Dios, la obediencia, la santa meditación, las lágrimas de los que oran, el trabajo de la penitencia, la unanimidad y la Eucaristía. 

EN LA SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO: SERMÓN TERCERO


Sobre la lectura del libro de la Sabiduría: Éstos son los hombres misericordiosos.

 Con mucha razón, hermanos, la madre Iglesia aplica a los Apóstoles lo que dice el libro de la Sabiduría: Éstos son los hombres misericordiosos, etc. Hombres misericordiosos, sin duda alguna, tanto por haber alcanzado misericordia, como por estar llenos de misericordia, o porque nos han sido dados misericordiosamente por Dios. Observa, en primer lugar, qué misericordia han conseguido. Pregúntale a Pablo; escucha lo que él confiesa espontáneamente de sí mismo: Antes fui un blasfemo, perseguidor e insolente; a pesar de esto, Dios tuvo misericordia de mí.
 ¿Quién no conoce el daño que hizo a los fieles de Jerusalén? Y no sólo en Jerusalén y Judea, sino en todo Israel, descargaba su furor, para pisotear a los miembros de Cristo. Caminaba loco de furia, y se le adelantó la gracia. Respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, quedó convertido en discípulo del Señor; consciente, además, de cuanto tendría que sufrir por él. Chorreaba veneno mortal por todos sus poros, y se transformó en un instrumento tan maravilloso que de su corazón brotaban frases tan bellas y santas como ésta: Señor, ¿qué quieres que haga? Estamos ante un cambio realizado por la diestro del Altísimo.
 Con razón diría más tarde: mucha verdad es este dicho y digno de que todos lo hagan suyo: que el Mesías Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores; y nadie es más pecador que yo.Que el ejemplo de San Pablo os infunda consuelo y confianza. Si os habéis convertido ya al Señor, no os atormentéis con el recuerdo de vuestros pecados, sino humillaos y decid como él:soy el menor de los Apóstoles, y no merezco el nombre de apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios. Seamos humildes bajo la mano poderosa de Dios, y confiemos: también nosotros hemos alcanzado misericordia, estamos lavados y santificados. Todos, sin excepción, porque todos pecamos y estamos privados de esta gloria de Dios.
 De San Pedro quisiera deciros otra cosa, que tiene mucho valor por ser muy rara, y que es sublime por ser única. Pablo pecó, pero lo hizo con la ignorancia del que no cree. Pedro, en cambio, cayó con los ojos bien abiertos. Aquí sí que donde abundó el pasado sobreabundó la gracia. Los que pecan antes de conocer a Dios, de experimenar su misericordia, de llevar su yugo suave y ligero, o de recibir la gracia de la devoción y el consuelo del Espíritu Santo, cuentan con un generoso perdón. Y esto fuimos todos nosotros.
 Pero hay otros que, una vez convertidos, vuelven a recaer en el pecado y en el vicio, son ingratos a la gracia recibida, y con la mano al arado siguen mirando atrás. Se vuelven tibios y carnales, o retroceenante la verdad como verdaderos apóstatas. ¡Qué pocos son los que vuelven a su antiguo estado! Al contrario: siguen manchándose sin cesar. El Profeta los contempla y se queja porque el oro se ha vuelto pálido, perdió su  brillo puro. Y los que comían manjares exquisitos, se revuelcan en la basura.
 Aunque hubiera entre nosotros alguno de éstos, no desesperemos: basa que quiera levantarse ahora mismo. Cuanto más tarde lo haga más le costará. Dichoso el que agarra y estrella los niños de Babilonia contra las piedras. Porque si les deja crecer no hay quien les domine. Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis; pero en caso de que uno peque, tenemos un defensor ante el Padre, que puede lo que nosotros no podemos. El que ha caído no se empeñe en hundirse cada vez más en el mal, sino intente levantarse confíe que no le será negado el perdón, si reconoce humildemente el pecado. 
 Esto hizo Pedro: después de una caída tan grave se elevó a un grado eminente de santidad, porque salió afuera y lloró amargamente. En la salida puedes ver la confesión de la boca, y en las lágrimas amargas la compunción del corazón. Y fíjate, que entonces fue cuando se acordó por vez primera de lo que Jesús le había dicho. Cuando se desvaneció su orgullosa temeridad, comprendió las palabras con que le había predicha su caída. ¡Ay de ti, si después de caer te muestras más valiente que nosotros! ¿Por qué te empeñas en destruirte a ti mismo? Humíllate y serás exaltado; déjate romper lo que está retorcido, y quedará perfectamente soldado. ¿Por qué te indignas de que cante el gallo? Enójate más bien contigo mismo. Oh Dios, canta el salmismta, derramaste en tu heredad una lluvia generosa, y quedó extenuada. Dichoso agotamiente éste que invade la herencia, y no rechaza al médico. Porque a los que se endurecen los quebrará como jarro de loza con su cetro de hierro. La herencia quedó extenuada, pero tú la reanimaste. 
 Habéis oído la misericordia que alcanzaron nuestros apóstoles, para que ninguna se abata excesivamente por sus pecados pasados, a impulsos de su compunción interior. ¿Pecaste acaso en el mundo? ¿Más que Pablo? ¿Más que Pedro? Pues mira: ellos se arrepintieron de todo corazón y consiguieron la salvación y la santidad. Se les confió el ministerio de la salvación y el magisterio de la santificación. Anda, haz tú lo mismo, porque es a ti a quien te está diciendo la Escritura que ésos son hombres misericordiosos; y eso por la mucha misericordia que merecieron conseguir.
 También puedes interpretar la frase de que los apóstoles son hombres misericordiosos, en cuanto que estaban llenos de misericordia, o que eran los hombres concedidos misericordiosamente a toda la Iglesia. Todos sabemos que estos hombres no vivieron ni murieron para sí mismos, sino para el que murió por ellos; o mejor dicho, todo lo hicieron en beneficio nuestro por su amor. Si sus pecados nos han sido tan provechosos, como hemos indicado, ¿cuánto nos aprovechará su santidad?
 Todo lo suyo actúa en favor nuestro: su vida, su mensaje y su muerte. En su conversión los apóstoles nos comunican continencia, en su predicación sabiduría, en el martirio paciencia. También nos proporcionan continuamente otra gracia: el fruto de sus santas oraciones. Y si seguimos examinando su vida, encontramos muchas cosas más, como la confianza que nos inspiran sus milagros. Pero es imposible enumerar todos los favores que recibimos de ellos. Por eso dice con razón la Escritura: son hombres misericordiosos; y añade: jamás nos olvidaderemos de sus virtudes.

 ¿Quieres que tu vida no caiga tampoco en el olvido? Evita estos tres peligros y florecerá eternamente ante el Señor. Medita este consejo de la Escritura: Como estás tibio, voy a escupirte de mi boca. Si el justo se aparta de su justicia...no se tendrá en cuenta la justicia que hizo. Y ya sabes lo que se dirá en el juicio final a los que ya han recibido aquí su paga: no os conozco. Así, pues, Dios no tiene en cuenta la virtud tibia, momentánea o aparente. 

 La virtud de los apóstoles fue muy distinta, como lo atestigua lo que se dice a continuación: Sus bienes perduran en su descencencia. Conservamos intactas las huellas de los apóstoles y su religión: es cosa de Dios y es imposible suprimirlas. Si los vestidos de los israelitas no se gastaron durante los cuarenta años del desierto, mucho menos los mantos que los apóstoles pusieron sobre el asno en que montó el Salvador. El texto sagrado dice: en su descendencia. ¿Cuál es su descendencia? Porque a continuación añade: su herencia pasa de hijos a nietos. Son la descendencia y los nietos.

 Recordad lo que ordena la ley -y hablo a gente entendida en leyes- el hermano que sobreviva a su hermano que murió sin hijos, debe suscitarle descendencia. ¿Y quién es el que no deja posteridad? Cristo dice: yo voy caminando solo. Y cuando resucitó añadió: ve y di a mis hermanos. Como queriendo decir: son hermanos, que hagan lo que corresponde a los hermanos. Ellos nos engendraron con el Evangelio, más no para sí, sino para Cristo, porque nos engendraron con el Evangelio de Cristo. Por eso a Pablo le molestaba que algunos tomaran el nombre, de quien los había engendrado con el Evangelio y dijeran: Yo soy de Pablo, yo de Pedro, yo de Apolo. Él sólo quería que todos fueran de Cristo y se llamasen cristianos. Somos, pues, descendencia de los apóstoles por la predicación, pero por la adopción y la herencia somos de Cristo, y posteridad de los apóstoles.


RESUMEN
El caso de San Pablo es particularmente grave. Atacó a los primeros cristianos. Alcanzó la gracia de la conversión y era consciente de que no era razonable el recuerdo constante de sus pecados, sino más bien la humillación de aceptar los errores cometidos. 
Muy especial es el caso de Pedro, pues él sí había recibido la gracia del espíritu y no fue consecuente con ella, en algún momento crítico  de su existencia: el oro recibido se volvió pálido.
Estos dos ejemplos nos muestras cómo podemos quedarnos extenuados y llenos de compunción por no aprovechar la gracia de Dios, pero la humildad y el llanto recompondrá los huesos fracturados. 
Es difícil pecar más que Pedro y que Pablo y vemos cómo ellos alcanzaron la santidad. Por tanto, no nos derrumbemos en nuestra propia ciénaga.
 Los Apóstoles fueron fuente y ejemplo de misericordia para todos los creyentes.
 El cristianismo no conoce tibiedades. Se es o no se es cristiano, sin transitoriedades o términos medios. Pedro y Pablo nos enseñaron que sólo existe un cristianismo: el de Cristo.

EN LA SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO. SERMÓN SEGUNDO


EN LA SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES PEDDRO Y PABLO. SERMÓN SEGUNDO

Estos santos, cuyo glorioso martirio celebramos, nos ofrecen muchos motivos y materia abundante de qué hablar. Aunque temo que con tanto repetir las palabras de salvación, pierdan su valor. La palabra humana es algo insignificante y etéreo, no pesa nada si se detiene jamás, carece de valor y conciencia. Azota el aire, y por eso se llama verbo. Vuela como la hoja en alas del viento, y nadie la ve. Hermanos, ninguno de vosotros reciba o desprecie de ese modo la Palabra de Dios. Os digo sinceramente que mejor le hubiera sido a ese tal no haberla oído. 
 Las palabras de Dios son frutos llenos de vida, no simples hojas, y si son hojas, lo son de oro. Por lo tanto, no las tengamos en poco ni pasen de largo, ni dejemos que se las lleve el viento. Recoged incluso los pedazos, que nada se desperdicie. Porque la tierra que ha sido favorecida con lluvias abundantes y no produce fruto, es tierra de desecho y a un paso de la maldición. Nos lo dice el Evangelio a propósito de la higuera estéril: si después que el viñador la cava y la echa estiércol sigue sin dar fruto, seguro que la cortará de un hachazo.
 Estoy convencido que si el Señor no encuentra en los seglares todo lo que espera, se mostrará con ellos más paciente que con nosotros. Porque a nosotros nos concede la lluvia abundante de los consuelos celestes, y nunca nos falta ni la azada de la disciplina, ni el estiércol de la humildad y de la pobreza. ¿No es acaso estiércol lo que abominan los egipcios y ofrecemos al Señor? Un estiércol repugnante pero muy fecundo. Quien desee la fecundidad no se asuste de su mal olor: porque de ese repugnante montón de estiércol que llevamos al campo, brota la hermosa gavilla de espigas que traemos al granero. 
 Así pues, no despreciéis esa inestimable vileza, sino apreciad el oprobio de Cristo mucho más que todos los tesoros de Egipto. Y además del estiércol terreno, contamos siempre con la lluvia celeste que son las fervorosas oraciones, la rumia gustosa de los salmos, la meditación sabrosa y el consuelo que dan las Escrituras. También es lluvia esto que recibís de mis labios, si cuando os hablo llegan hasta vosotros algunas gotas del río que alegra la ciudad de Dios, y bebéis del torrente de sus delicias.
 Pero a veces debo cavar vuestra tierra, porque me han puesto de guarda y viñador. ¡Pobre de mi! Nunca guardé ni cultivé la mía, y ahora mientras ocupo este lugar, tengo este deber de cavar y abonar. Es una tarea muy pesada, pero no puedo dejarla de hacer, porque el hacha es más temible que la azada, y el fuego más que el estiércol. Así, pues, a veces tengo que amonestar y reprender: la reprensión, la corrección y el reproche son como el estiércol; y si no fuera porque es necesario, desagrada mucho más aún al que tiene que usar de ello. ¿Y por qué algunos se ablandan con este estiércol, y otros se vuelven más duros que las piedras? Dice la Escritura que con el estiércol de los bueyes el perezoso se vuelve como una piedra. ¿No es cierto que se ablanda el que recibe humildemente la corrección, responde con mansedumbre e intenta corregirse? 
 Esta es la lluvia buena y fecunda: corregir al justo con misericordia, pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza. Porque de la grasa que produce el ungüento del pecador brotan muchos cardos y espinas, y retoñan a granel las raíces venenosas. Por eso al llamar misericordia la reprensión del justo, indica claramente cómo debe aceptarse: con sentimientos de humildad, con espíritu de devoción y con gratitud. Si a acogemos así será para nosotros una manteca exquisita, no el semillero de vicios como el ungüento del impío.Como dice el Apóstol, su fruto es una consagración que lleva a la vida eterna. 
 Mas ¿qué podemos hacer contigo, indolente, que ante semejante misericordia te irritas y enfureces? ¿No echamos buen estiércol en tu campo? ¿Por qué tiene piedras? Tú mismo eres el enemigo que hizo esto, porque quien ama la maldad se odia a sí mismo. Y lo haces al empeñarte en no abandonar sino en excusar tu desidia; el estiércol lo conviertes en piedras y en vez de manteca estás lleno de piedras. Os digo esto, hermanos, para ue comprendáis con qué humildad debemos oír, con qué docilidad debemos ecibir y con cuánta diligencia debemos conservar todo lo que pertenece a la salvación de las almas: no como palabra humana, sino como lo que es realmente, como palabra de Dios. Unas veces nos alienta, otras nos exhorta y otras nos reprende.
 Confieso humildemente que me he distraído y he olvidado por completo la fiesta. Pero para vosotros no será un despropósito si todo esto queda bien grabado en vuestra mente.
 Ahora intentemos decir unas breves palabras sobre esta solemnidad. Celebramos la fiesta de los apóstoles de Cristo, que merecen toda nuestra veneración. Y dudo que haya alguien capaz de expresarles dignamente tanta estima. Tus amigos, oh Dios, han sido colmados de honor, y su autoridad ha sido plenamente confirmada. Si cuando vivían en este mundo lo podían todo, no por sí mismo sino en Cristo, ¿qué no podrán ahora que viven con él en la felicidad eterna? Siendo aún mortales y destinados a la muerte parecían tener imperio sobre la vida y la muerte: con su palabra mataban a los vivos y resucitaban a los muertos. ¿No están ahora mucho más colmados de honor y su autoridad no está mucho más confirmada? 
 ¿Qué es lo que hoy celebramos en esta solemne memoria de los Apóstoles? ¿Su nacimiento, su conversión, o la gloria de su vida y milagros? Hoy, hermanos, no celebramos su nacimiento humano, como hicimos hace unos días en honor de San Juan. A éste se le honra cuando nace, porque nace ya santificado. Por otra parte, Juan es el único cuyo nacimiento es más famoso que su martirio, pues aunque murió por Cristo, también fue un testigo de la justicia y de la verdad. Es evidene que su nacimiento está orientado a Cristo, porque fue un hombre enviado por Dios. Nació y vino a ese mundo para dar testimonio de la verdad. Tampoco recordamos hoy la conversión y los milagros de los apóstoles, como hacemos en otros días, cuando la Iglesia recuerda con gozo la convesión de uno o cómo un ángel libró a otro de la cárcel. Hoy veneramos de manera especial su muerte, la realidad más horrorosa para la sensibilidad humana.
 Considerad, hermanos, el juicio de la santa Iglesia, que no se guía por apariencias, sino por la fe. La fiesta más grande la dedica a recordar la muerte de los apóstoles. Hoy fue crucificado Pedro, y Pablo degollado. Este es el motivo de la fiesta y la causa de tanta alegría. Al celebrar este día festivo y alegre, la Iglesia se rige, sin duda alguna por el Espíritu de su Esposo, el Espíritu del Señor, a quien, como dice el salmo, le agrada muchísimo la muerte de los santos.
 ¡Cuántos estarían presentes en el martirio de los apóstoles y ninguno envidiaría su santa muerte! La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia. Sí, los insensatos sólo veían su muerte; pero a juicio del Profeta: tus amigos son colmados de honores, su autoridad ha sido plenamente confirmada. Hermanos, la gente insensata cree que los amigos de Dios mueren. Los sensatos en cambio, están convencidos de que se duermen. Esto hacía su amigo Lázaro: dormir. Y Dios da la herencia a sus amigos mientras duermen.
 Procuremos vivir como los justos, pero, sobre todo, deseemos morir como ellos. La sabiduría da la preferencia a los últimos momentos de los justos, y nos juzga tal como entonces nos encuentra. Es absolutamente necesario que el final de esta vida esté en armonía con el comienzo de la futura, y no se permite la más mínima desemejanza.
 Pongamos un ejemplo:
si uno quiere coser o unir dos cintas, no se fija en todas las partes de la cinta, sino en que los extremos que va a unir sean lo más iguales posibles. Algo parecido es lo que quiero deciros: por muy santa que sea nuestra vida, si el final está envuelto en pecado, no está en armonía con la vida espiritual futura, porque la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios. Hijo, dice el Sabio acuérdate de tus novísimos y no pecarás. Este recuerdo infunda temor, el temor aparte del pecado y no admita la negligencia.
 Por eso dice Moisés de algunos: si fueran sensatos lo entenderían, comprenderían su destino. En estas palabras yo encuenro tres cosas que son  qué se nos recomienda: la sabiduría, la inteligencia y la providencia. Creo que se refieren a tres tiempos distintos: para renovar en nosotros la imagen de la eternidad usemos de lo presente con sabiduría, juzguemos lo pasado con la inteligencia y proveamos el futuro con precaución. Esta es la esencia de la vida espiritual y el ideal al que aspiran todos los esfuerzos: ordenar sabiamente lo que hacemos, examinar nuestra vida ante Dios con espíritu de contrición y disponer atentamente lo que nos queda.
 El Apóstol lo dice así: vivamos en este mundo con sobriedad, rectitud y piedad. Es decir: practiquemos la sobriedad en esta vida, demos una justa satisfacción de la pasada, redimiendo los tiempos vacíos de frutos de salvación y presentemos el escudo de la piedad a los peligros que nos amenazan en el futuro. Sólo la piedad, el culto humilde y ferviente a Dios es útil para todo. Por otra parte, si queremos estar preparados para la muerte, lo mejor que podemos hacer es examinar atentamente los peligros que nos amenazan y desconfiar por completo de nuestro ingenio, y más aún de nuestros méritos. Confiemos exclusivamente en la protección divina, con todo el fervor de nuestro espíritu, y avanzando con humildad hacia él, cuyo mejor regalo y el don más valioso es un fin dichoso y una muerte santa.
 El evangelio recomienda estas tres cosas con aquellas palabras del Señor: dichosos los pobres, los mansos y los que oran.Dichosos los que saben apreciar las cosas, si con un un paladar interior especial, nacido del deseo de las cosas de arriba, desechan lo presente. Dichosos los que se preparan para el más allá, aceptando docilmente el mensaje plantado en ellos, que es capaz de salvarlos, y caminando con fervor de corazón a la herencia futura. Dichosos los que reconocen sus errores pasados y riegan, continuamente, su lecho con lágrimas.
 ¿Comprende que desea el varón santo, qué quiee conseguir para aquellos por quien hora? Si fueran sensatos, dice él, lo entenderían y comprenderían su destino. Como si quisiera decir: ¡Ojalá tuvieran el espíritu de sabiduría, de inteligencia y de consejo! Hermanos, ¡Ojalá tuviéramos esto nosotos! Para disponer tranquilamente nuestros asuntos con sabiduría, rechazar con inteligencia los pecados de la vida pasada y proveer el futuro con espíritu de consejo. ¡Ojalá sepamos ser sobrios en esta vida, ojalá aceptemos a corregirnos de la vida anterior, y ojalá nos abandonemos con fe ciega a Dios, para tener, por su misericordia, un fin dichoso! Este es el triple cordel que nos lleva a la salvación: una conducta ordenada, un juicio recto y una fe ardiente.
RESUMEN
 La palabra de Dios tiene vida por si misma y hasta una sílaba posee un inmenso valor. Podemos compararla al abono que nutre la tierra. Nuestras vidas pueden resultar dolorosas, de la misma manera que el estiércol produce mal olor, pero luego propicia que nazcan y crezcan las espigas. La oración y las Escrituras son nuestro consuelo. Los seglares no disfrutan de estas ventajas. El estiércol puede ser asimilado a la corrección y a la advertencia. Aunque su olor sea desagradable, produce espigas frondosas. En cambio el perfume del impío ocasiona el crecimiento de espinas y cardos. 
 Pero el tema fundamental de esta conmemoración es la de los apóstoles Pedro y Pablo, muy cercana a la de San Juan. Tenían poder sobre los vivos y los muertos, pero hoy recordamos su muerte; ese trance fundamental para todo cristiano. 
 Para los no creyentes, algo insensatos, estamos hablando de su muerte. Para los creyentes, comentamos un sueño profundo que genera la verdadera vida. Este trance del mundo de los vivos, al de los aparentemente muertos, cuando está rodeado de virtud y santidad, es un ejemplo para todos.
 Es muy importante llegar a nuestros últimos días en un estado de paz y quietud espiritual, de conformidad con Dios, para que nuestra vida terrena sea una especie de puente con la eternidad prometida.
 Debemos buscar la justa satisfacción de los errores cometidos en el pasado, vivir con sobriedad y prepararnos, para el futuro, con el escudo de la piedad. Esa virtud no depende de nuestros méritos sino de la fe en Dios. Ese es el camino para una muerte limpia y digna.
 Hay un triple cordel que nos lleva a la salvación. Está compuesto por tres fibras: una conducta ordenada, un comportamiento justo y una fe ciega que nos hace abandonarnos en las manos de Dios. Aceptemos estos consejos y actuaremos con sabiduría.

FESTIVIDAD DE PEDRO Y PABLO. SERMÓN PRIMERO


EN LA SOLEMNIDAD DE LOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

SERMÓN PRIMERO

Amaneció para nosotros la glorioso solemnidad consagrada con la muerte triunfal de los insignes mártires, y capitanes de todos los mártires, los príncipes de los Apóstoles. Son Pedro y Pablo, las dos grandes lumbreras que puso Dios en el cuerpo de la Iglesia como luz para sus ojos. Son mis maestros y mediadores, en quienes confío plenamente, porque me enseñaron el sendero de la vida, y por ellos puedo llegar hasta aquel Mediador que vino a reconciliar con su sangre lo terrestre y lo celeste. Él posee las dos naturalezas en toda su pureza, pues no cometió pecado ni encontraron mentira en sus labios.
¿Quién soy yo para acercarme a él? Soy un pecador empedernido, y mis pecados son más numerosos que las arenas del mar. Ni él puede ser más puro ni yo más impuro. Temo caer en las manos de Dios vivo si intento acercarme o llegar hasta él, de quien me siento tan distante como el mal del bien. Por eso me ha dado Dios estos hombres, hombres auténticos y grandes pecadores: saben muy bien, por su propia experiencia, cómo deben compadecerse de los demás. Como fueron reos de grandes delitos, perdonarán fácilmente toda clase de delitos, y usarán con nosotros la medida que usaron con ellos. 
El apóstol Pedro cometió un grave pecado, tal vez el mayor que se pueda cometer. Pero recibió el perdón rápida y fácilmente, y, sin perder el privilegio de su primado. Pablo, por su parte, se ensañó de una manera inaudita y cruel con la tierna Iglesia naciente, y fue conducido a la fe por la palabra del mismo Hijo de Dios. Recibió tantos bienes en pago de tantos males, que fue el medio elegido para dar a conocer su nombre a los paganos y a sus reyes, y además a los israelitas. Fue una bandeja admirable, llena de manjares divinos, que alimentan al que está sano y sanan al enfermo.
Así convenía que fuesen los guías y maestros de los hombres: mansos, poderosos y sabios. Mansos para que me acojan siempre con piedad y ternura. Poderosos para que me defiendan con valor. Y sabios, para que me enseñen el camino y me lleven por el sendero que va a la ciudad. Pedro es la mansedumbre en persona: llama dulcemente a todos los pecadores, como vemos en los Hechos de los Apóstoles y en sus Cartas.Pero también está lleno de valor; le obedece, la tierra, devolviéndole los muertos; el mar se ofreció a que pisara sobre él; derribó con la fuerza de su palabra a Simón Mago; y dispone de tal manera de las llaves del reino de Dios, que la sentencia de Pedro precede a la del cielo. Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. Y nadie le supera tampoco en sabiduría, porque no se inspira ni en la carne ni en la sangre.También sigo con mucho agrado a Pablo: en su extraordinaria compasión se pone de luto por los que fueron pecadores y no se han enmendado; es más fuerte que los príncipes y poderosos, y recibió una gran sabiduría y conocimiento de los misterios sagrados, no en el primero o segundo cielo sino en el tercero.
Estos son nuestros maestros: aprendieron a conciencia los caminos de la vida con el Maestro universal, y nos los enseñan hoy a nosotros. ¿Qué enseñaron siguen enseñándonos hoy los santos apóstoles? No el arte de pescar, ni el de tejer tiendas o cosa parecida; ni a comprender a Platón o manejar los silogismos de Aristóteles; ni a estar siempre aprendiendo y ser incapaces de llegar a conocer la verdad. Me enseñaron a vivir.
¿Consideras que es poca cosa saber vivir? No, es algo muy grande, lo más importante de todo. Vivir no consiste en hincharse de soberbia, ni revolcarse en la lujuria, ni contagiarse de todos los vicios. Eso no es vivir, sino destrozar la vida y acercarse a las puertas de la muerte. Yo concibo la buena vida en soportar el mal y hacer el bien, y perseverar así hasta la muerte. Suele decirse que quien se alimenta bien, vive bien. Pero la maldad se engaña a sí misma, porque el único que vive bien es el que obra bien.
 Tú, en concreto, que perteneces a esta comunidad, vives bien si vives ordenada, social y humildemente. Ordenadamente contigo mismo, socialmente con el prójimo y humildemente con Dios. Vives ordenadamente si en tu conducta cumples con fidelidad tus obligaciones con Dios y con el prójimo, y evitas el pecado y el escándalo. Socialmente, si te entregas a amar y ser amado, si te muestras siempre dulce y afable, si toleras con suma paciencia las debilidades físicas y morales de tus hermanos. Y humildemente, si después de hacer todo esto procuras ahogar el espíritu de vanidad que suele brotar, y aunque lo sientas no consientes en él.
 Para soportar el mal, que es triple, debes utilizar una triple táctica. El sufrimiento procede de ti mismo, del prójimo o de Dios. El primero consiste en el rigor de la penitencia, el segundo en las molestias de la malicia ajena, y el tercero en el azote de la corrección divina. Lo que tú mismo te haces sufrir, debes ofrecércelo generosamente. Lo que viene del prójimo toléralo con paciencia. Y lo que manda Dios, sopórtalo sin murmurar y dándole gracias.
 La mayoría de los hombres no actúan así. Andan extraviados por un desierto solitario. Están completamente extraviados y lejos del camino de la verdad, los que se refugian en la soledad de la soberbia y desprecian la vida común, porque su singularidad no les permite convivir con los demás. Y viven en el desierto porque nunca se ablandan con la lluvia de las lágrimas, y habitan en terrenos resecos y estériles. Por eso no encuentran el camino de ningún poblado: envejecen en tierra extranjera, se contaminan con los muertos y los cuentan con los habitantes del abismo.
 ¡Cuán distinto es aquel otro solitario del que dice Jeremías:Bueno es para el hombre cargar con el yugo desde joven. Se sentará solitario y silencioso, porque se superará a sí mismo!Aquellos caminan contrariados, éste permanece tranquilo. Ellos tienen el corazón extraviado, éste no está sentado, pero se sentará solitario cuando posea el privilegio extraordinario de juzgar. Es el premio que reciben los santos cuando llegan a la patria y poseen el gozo eterno. ¿Por qué esto? Porque se superó a sí mismo. Aunque era joven y sintió los ardores de la edad peligrosa, actuó como un anciano: olvidó lo que era y asumió lo que no era.
 Dice que se superó a si mismo, porque no se fijó en sí mismo, sino en el que está por encima de él. Y se sentará silencioso porque no hará caso al estrépito de las sugestiones diabólicas ni a los pensamientos carnales o del mundo. Dichosa el alma que no escucha estas lenguas, aunque las oiga. Y mucho más aún aquella -si existe alguna- que ni se entera de todo eso. En esto consiste la sabiduría que el Apóstol predica a los más perfectos, un misterio que ninguno de los grandes de la historia presente ha llegado a conocer. Así me han enseñado los apóstoles a vivir y a superarme.
 ¡Gracias, Señor Jesús, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla, a estos que te han seguido y han dejado todo por ti!

RESUMEN

San Pablo y San Pedro fuero dos grandes pecadores: la negación de Cristo y el ensañamiento con los creyentes. Hasta los mayores pecados pueden ser perdonados. Fueron sabios y poderosos, mansos en su vida. Nos enseñaron a vivir: a soportar el mal que provocamos nosotros, a tener paciencia con el mal ajeno y a dar gracias a Dios por los designios que impone en nuestras vidas. Sus enseñanzas no fueron oficios ni conocimientos filosóficos sino la humildad y la perseverancia que son la verdadera sabiduría. 

EN LA VIGILIA DE LOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO


LAS TRES AYUDAS QUE RECIBIMOS DE LOS SANTOS

1. El hombre espiritual debe velar en las vigilias de los santos, si quiere celebrar sus solemnidades en espíritu de verdad. Los primeros preparan unos festejos muy brillantes y unas mesas muy delicadas. Y con frecuencia, en estas vigilias, hacen cosas indignas: se gozan haciendo el mal y se alegran de la perversión. Pero a vosotros no fue esta intrucción que os dieron sobre Cristo. Le habéis seguido, lo habéis dejado todo y debéis hacer realidad las vigilias, estando bien despiertos.
 Para esto son las vigilias: para despertar si estamos dormidos en el pecado o en la tibieza, y permanecer en presencia de los santos con nuestras alabanzas. No así los malvados: son valientes para beber vino y atrevidos para embriagarse; pero acaban dormidos en sus crímenes y delitos. No olvidéis que los que duermen, duermen de noche, y los borrachos se emborrachan de noche. Para ellos eso de las vigilias santas es una tontería: prefieren dormir a estar en  vela. Vosotros, en cambio, no vivís en la noche ni en las tinieblas, sino en la luz y en pleno día: por eso tenéis en gran estima el día natalicio de los santos y deseáis prepararos.
2. Tres cosas debemos considerar atentamente en las fiestas de los santos: la ayuda que nos dan, su ejemplo y nuestra confusión. Su ayuda, porque si fueron poderosos en la tierra, mucho más lo serán en el cielo, ante el Señor su Dios. Si cuando vivían aquí se compadecían de los pecadores y oraban por ellos, ahora intercederán con más interés por nosotros ante el Padre: porque conocen mucho mejor nuestras miserias, y en aquella patria, la caridad, en vez de desaparecer, aumenta. Son incapaces de padecer, pero no de compadecerse. Rebosan ternura entrañable, porque viven en la fuente misma de la misericordia. 
 Existe otro motivo que obliga a los santos a estar solícitos de nosotros. Y es que, en frase del Apóstol, Dios preparó algo mejor para nosotros, y no quiso llevarlos a la meta sin nosotros. O como dice el salmista: los justos me esperan hasta que me devuelvas tu favor. 
 También debemos fijarnos en su ejemplo, porque mientrasestuvo y vivió entre los hombres no se desvió a la derecha ni a la izquierda, sino que siguió el camino más recto, hasta unirse con el que dijo: Yo  soy el camino, la verdad y la vida. Fijaos en la humildad de sus obras y en la autoridad de sus palabras, y veréis cómo brillaron ante los hombres por sus obras y palabras, y qué ejemplos nos dejaron para que les imitemos. Como dice el Profeta: la senda del justo es recta, es recto para caminar el sendero del justo. 
3. Afinemos aún más nuestra atención y sintámonos abochornados. Eran hombres débiles como nosotros, del mismo barro que nosotros. ¿Por qué, pues, nos parece difícil e imposible hacer lo que hicieron e imitar sus ejemplos? Llenémonos de confusión y temor ante esta realidad: tal vez la vergüenza nos reporte gloria y el temor sea fuente de gracia. Estos que nos precedieron eran hombres, y recorrieron tan admirablemente el camino de la vida, que casi dudamos de que fueran humanos.
 Por eso, la fiesta de los santos nos regocija y nos confunde. Nos regocija porque ya tenemos intercesores; y nos humilla porque nos vemos incapaces de imitarlos. Pero así es siempre nuestro gozo en este valle de lágrimas: es tan inseparable del pan de las lágrimas, que siempre, de principio a fin, está impregnado de llanto. Es cierto que tenemos grandes motivos para alegrarnos; pero son mayores aún los que nos hacen sufrir.Me acuerdo de Dios, grita el justo, y me regocijo. Pero añade inmediatamente: Me siento desfallecer, y la agitación no me deja hablar. 
4. Sí. Debemos considerar todo esto en las vigilias de cualquier santo, ¿Cuánto más en la solemnidad de los santos y preclaros apóstoles? Me refiero a Pedro y a Pablo. Bastaría la fiesta de uno de ellos para llenar de regocijo a toda la tierra. Pero se ha unido la de los dos para que el gozo sea ilimitado. Se amaron en vida y no se separaron en la muerte. Fueron los más poderosos en la tierra: a uno se le confiaron las llaves del reino de los cielos, y al otro el magisterio de los gentiles. Uno dio muerte a Ananías y Zafira con la fuerza de su palabra, y el otro da todo en nombre de Cristo, y cuando se siente débil entonces es fuerte.
 Si tan poderosos son en la tierra, ¿ cómo serán en el cielo? Nos han dejado ejemplos insuperables: sufrieron hambre y sed, frío y desnudez, y todo lo que nos cuenta Pablo. Y al final alcanzaron el reino de los cielos con un glorioso martirio. ¡Qué motivo de vergüenza, confusión para nosotros, que apenas nos atrevemos a mirarlos, y menos aún a imitarlos! Supliquémosles que nos hagan propicio a su amigo y a nuestro juez, el Dios bendito por siempre.

RESUMEN
Debemos vivir la vigilia de los santos y despertar de nuestra tibieza, en lugar de permanecer en el sueño de la ignorancia y el pecado.
En la vigilia de los santos debemos considerar tres cosas: su ejemplo, su ayuda y nuestra confusión. No se desviaron ni a la derecha ni a la izquierda, sino que siguieron un camino recto. No padecen, pero nos compadecen, puesto que sufrieron nuestras tribulaciones. Por último nos esperar para compartir el favor celestial.
 Sentimos confusión, porque el regocijo nos invade y lo comparamos con nuestras escasas fuerzas que nos llevan a desfallecer. Tomemos ejemplo de nuestros santos que eran hombres como nosotros.
 Esta celebración conjunta aumenta nuestra alegría. Uno abre el camino del más allá y el otro nos ilumina con sus enseñanzas. Pidamos a nuestro Cristo la capacidad para imitarlos y vivir en su amistad, superando nuestra confusión y vergüenza.

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