viernes, 29 de mayo de 2015

El Dios-hombre


Olivier Clément



Hay un solo Dios
manifestado por Jesús, su Hijo,
que es su Verbo surgido del silencio. [1]

Dios, en Cristo, busca a la humanidad, la “oveja perdida” de la parábola evangélica, hasta en las “profundidades de la tierra”, expresión de una finitud que se convierte en opaca y rebelde, sepultada en la nada.

El Señor nos ha dado un signo en la profundidad y en la altura (cf. Is 7, 14.11), sin que el hombre osase esperarlo. ¿Cómo habría podido esperar ver a una virgen dar a luz a un hijo, ver en este Hijo a un “Dios con nosotros” que desciende a la profundidad de la tierra para buscar a la oveja perdida, es decir a la creatura que él había plasmado, y subir luego a lo alto para presentar a su Padre este “hombre-[humanidad]” así reencontrado?

Un texto judío-cristiano del siglo II, atribuido a Salomón según una praxis entonces difundida en el mundo hebreo, expresa admirablemente la kénosis del Dios encarnado y crucificado. La palabra kénosis deriva del verbo ekénosen, usado por Pablo en la Carta a los Filipenses: “Cristo Jesús heautòn ekénosen- se ha despojado, humillado, vaciado- tomando la condición de esclavo y volviéndose semejante a los hombres” (Fil 2,7). Jesús nos revela el rostro humano de Dios, un Dios que “se vacía” por locura de amor para que yo lo acepte con plena libertad y encuentre en él el espacio de mi libertad.

Su amor por mí ha humillado su grandeza.
Se ha hecho semejante a mí para que yo lo reciba,
Se ha hecho semejante a mí para que yo me revista de Él.
No he tenido temor en verlo
porque Él es por mí misericordia.
Ha asumido mi naturaleza para que yo lo comprenda,
mi rostro, para que yo no me aparte de Él. [2]

El fin de la encarnación es establecer una comunión plena entre Dios y el hombre, a fin de que el hombre encuentre en Cristo la adopción y la inmortalidad, lo que los padres llaman a menudo la “deificación”: no el despojamiento de lo humano, sino su plenitud en la vida divina, porque sólo en Dios el hombre es verdaderamente hombre.

¿Cómo podría el hombre ir a Dios, si Dios no hubiera venido al hombre? ¿Cómo se liberaría el hombre de su nacimiento de muerte si no hubiese sido regenerado en la fe con un nuevo nacimiento, dado generosamente por Dios mediante aquel que sucedió en el seno de la Virgen? [3]

Es esta la razón por la que el Verbo de Dios se hizo carne, y el Hijo de Dios  Hijo del hombre, para que el hombre entre en comunión con el Verbo de Dios y, recibiendo la adopción, se volviese Hijo de Dios. Nosotros no podremos en efecto ser partícipes de la inmortalidad sin una estrecha unión con el Inmortal.  ¿Cómo habríamos podido unirnos en la inmortalidad, si esta no se hubiese hecho lo que nosotros somos, para que el ser mortal fuese absorbido por la inmortalidad y nosotros fuéramos adoptados y vueltos así hijos de Dios? [4]

En Jesús, sin embargo, el misterio es al mismo tiempo revelado y ocultado. Si bien se revela en el Crucificado, el Dios inaccesible es allí mismo un Dios escondido, incomprensible, que desbarata nuestras definiciones y nuestras expectativas. La verdadera aproximación “apofática” (la apófasis indica la “subida” hacia el misterio) no consiste solo, como a menudo se imagina, en la teología negativa: ésta tiene el único objetivo de abrirse a un encuentro, a una revelación, y es esta misma revelación, donde la gloria es inseparable de la kénosis, para ser propiamente impensable. La apófasis está pues en la antinomia, en la desgarrada identidad del abismo y de la cruz, del Dios inaccesible y del hombre de los dolores, manifestación casi “loca” del amor de Dios por el hombre, pedido humilde y discreto de nuestro amor…

Ha sido enviado no sólo para ser conocido, sino también para permanecer escondido. [5]

Con el amor de Cristo por los hombres… El Suprasustancial ha renunciado a su misterio, se ha manifestado a nosotros asumiendo la humanidad. Con todo esto, no obstante esta manifestación –o más bien, para hablar un lenguaje más divino, en el corazón mismo de esta manifestación- mantiene todo su misterio. En efecto, el misterio de Jesús ha permanecido oculto. Como es en sí mismo, ninguna razón y ninguna inteligencia ha logrado explicarlo. De cualquier modo que se lo comprenda, permanece incognoscible. [6]

La encarnación es un misterio aún más inconcebible que cualquier otro. Dios no se hace comprender si no apareciendo todavía más incomprensible. “En esta misma manifestación… permanece escondido. Incluso manifestado, es siempre el desconocido”. [7]

Es necesario volver a ubicar a la encarnación en el dinamismo global de la creación. La transgresión del hombre, ciertamente, la ha transformado en “redención” trágica, pero la encarnación es ante todo la realización del designio originario de Dios, la gran síntesis, en Cristo, de lo divino, de lo humano y de lo cósmico: “En él todo ha sido creado en los cielos y sobre la tierra, las cosas visibles y las invisibles… Todo ha sido creado por medio de él y por él. El es ante todo y todo subsiste en él” (Col 1, 16-17).

[Cristo] es el gran misterio escondido, el fin bienaventurado, el objetivo por el cual todo fue creado… Fijando la mirada sobre este fin, Dios ha llamado a la existencia a todas las cosas. Es el límite hacia el que tiende la providencia y todas las cosas de esta tierra, y por el cual realizan su retorno a Dios (eis tòn Theòn, he… anakephalaíosis) todos los seres que él ha creado. Es el misterio que envuelve todas las épocas… En efecto, todas las épocas y todo lo que en ella está contenido existen por medio de Cristo, es decir, según el misterio de Cristo. En Cristo han tenido el principio y el fin. Tal síntesis estaba predeterminada desde el origen: síntesis de límites y de ilimitado, de medida y de inconmensurabilidad, de circunscrito y de ilimitado, del Creador y de la creatura, de quietud y movimiento. Cuando vino la plenitud de los tiempos, esta síntesis fue visible en Cristo, dando pleno cumplimiento a los designios de Dios. [8]

Todo, efectivamente, existe en un inmenso movimiento de encarnación que tiende a Cristo y se cumple en él.

Que Dios haya asumido nuestra naturaleza, es un hecho que no presenta nada de extraño y de insensato para las mentes que no se hacen una idea muy mezquina de la realidad. ¿Quién sería tan débil de mente para no creer, considerando el universo, que Dios está en todo: que se reviste del universo y al mismo tiempo lo contiene y en el permanece? Lo que existe depende de Aquel que es y nada puede existir que no tenga existencia en el seno de Aquel que es. Si por tanto todo está en él, y él está en todo, para qué sonrojarse por la fe que nos enseña que un día Dios nació en la condición humana, él que, aún hoy, no está fuera del hombre?

En efecto, si la presencia de Dios en nosotros no asume aquí la misma forma que allá, se está sin embargo de acuerdo en reconocer que, ahora como entonces, él está igualmente en nosotros. Hoy está mezclado con nosotros en cuanto que mantiene en la existencia a la creación. En el pasado, se unido a nuestro ser para deificarlo a su contacto después de haberlo arrancado de la muerte… en efecto, su resurrección se vuelve para el género mortal el principio del retorno a la vida inmortal. [9]

Y es por esto que:

el misterio de la encarnación del Verbo contiene en sí todo el sentido de los enigmas y de los símbolos de la Escritura, todo el significado de las creaturas visibles e invisibles. Aquel que conoce el misterio de la cruz y del sepulcro conoce el sentido de las cosas. Aquel que es iniciado en el significado escondido de la resurrección conoce el fin por el cual Dios desde el principio creó todo. [10]

Por tanto, la encarnación es también el fruto de una larga historia, de una larga maduración carnal, terrestre. En esta perspectiva, Ireneo de Lyón, en el siglo II, ha elaborado una verdadera y propia teología de la historia, en el inmenso ritmo de las sucesivas alianzas (con Adán, Noé, Abraham, Moisés…) a través de las cuales el hombre pone a prueba su libertad, a través de las cuales un “resto” siempre más reducido interioriza y universaliza la propia espera, hasta que el sí indispensable de una mujer, María, permite finalmente la plenitud de la unión de lo divino y de lo humano. También hoy la historia continúa, la vida es ofrecida, no impuesta. También hoy el hombre, con los titanismos de la modernidad ha querido, “aún antes de ser adulto, ver desaparecer toda diferencia” entre Dios y él. Sólo mediante la paciencia de los santos, mediante la comunión de ellos lentamente entretejida, se realiza ahora el paso del Dios-hombre al Dios-humanidad.

Son, por tanto, del todo irracionales los que no esperan el tiempo del crecimiento… En su ignorancia con respecto a Dios y a sí mismos, estos insaciables y estos ingratos… Aún antes de ser adultos quisieron… ver desaparecer toda diferencia entre el Dios increado y el hombre apenas creado… Era necesario que primero apareciese la naturaleza creada y que sólo más tarde lo que es mortal fuese vencido y absorbido por la inmortalidad, y que el hombre se transformarse plenamente según la imagen y la semejanza de Dios, después libremente descubierto el bien y el mal. [11]

La natividad aparece entonces como una secreta re-creación. Retoma y restaura el origen, todo tiende ya al fin último, ya presente en el corazón de la historia como un germen de fuego. Cristo una vez revelado plenamente al hombre, el hombre encuentra plenamente en Cristo aquella “imagen de Dios” que lo funda, lo atrae como un imán, y que ahora le toca a él transformar en semejanza. El texto que sigue, de Gregorio de Nacianzo, termina con la evocación del pesebre donde los dos lados del Logos encarnado están los animales álogoi, es decir que no poseen el uso de la palabra, ni la inteligencia del sentido. Es todo el universo, decía Orígenes, un lógos álogos, un sentido no dicho, y encerrado así en el absurdo. La encarnación del Lógos, del Sentido, revela plenamente este último.

También yo proclamaré la grandeza de este día: el inmaterial se encarna, el Verbo se hace carne, el invisible se deja ver, al intangible se lo puede tocar, el intemporal tiene un inicio, el Hijo de Dios se vuelve Hijo del hombre: Jesucristo, siempre el mismo, ayer y hoy y por los siglos…
He aquí la solemnidad que hoy celebramos: la venida de Dios entre los hombres, para que nosotros vayamos hacia Dios, o más bien –es más exacto- para que nosotros volvamos a Él: para que, despojándonos del hombre viejo, nos revistamos del nuevo y, como hemos muerto en Adán, así vivamos en Cristo, renazcamos con él, resucitemos con él… Milagro no de la creación, sino de la re-creación…
Porque esta fiesta es mi perfeccionamiento, mi retorno al estado primero, al Adán de los orígenes…
Celebra la natividad que te libera de los lazos del mal. Honra este pequeño Belén que te restituye el paraíso. Venera este pesebre: gracias a él, tú, privado de sentido [de lógos] eres alimentado [por el Sentido divino], por el mismo Lógos divino.  [12]

La celebración del nacimiento del Verbo en la carne es inseparable de la glorificación de María, la “Madre de Dios”. La homilía siríaca que leeremos a continuación acumula las paradojas, según “la antinomia apofática” que hemos recién ilustrado: aquí se trata de la antinomia entre el Dios creador y un niño…

Feliz Aquella que ha recibido el Espíritu que la hace inmaculada.
Se ha convertido en templo donde habita el Hijo de las alturas celestiales…
Feliz Aquella por medio de la cual fue restaurada la estirpe de Adán,
fueron reconducidos aquellos que habían abandonado la casa del Padre…
Feliz Aquella que ha contenido en los límites de su cuerpo al Ilimitado
que llena los cielos sin que estos puedan contenerlo.
Feliz Aquella que, dando nuestra vida al Progenitor que engendró a Adán, renovó a las creaturas caídas.
Feliz Aquella que ofreció el seno a Aquel que desencadena las olas del mar.
Feliz Aquella que ha llevado al Fuerte de los siglos que sostiene al mundo,
lo ha abrazado y cubierto de caricias.
Feliz Aquella de la cual surge para los prisioneros un liberador que dominó a los carceleros.
Feliz Aquella que con sus labios ha tocado a Aquel que hace retroceder a los ángeles de fuego con su ardor.
Feliz Aquella que ha alimentado con su leche a Aquel que da vida a todo el mundo.
Feliz Aquella de cuyo Hijo todos los santos deben su felicidad.
Bendito el Santo de Dios que de ti ha germinado. [13]

La virginidad de la Madre de Dios no descalifica el erós, sino que lo rescata. Los hombres han sabido siempre –los más antiguos mitos lo atestiguan- que el amor es inseparable de la muerte. También Freud ponía al éros junto al thánatos. La maternidad virginal, la virginidad fecunda de María representa la intervención liberadora de la trascendencia para sacar al amor de la muerte y colmar así, en germen, la espera de la humanidad y del cosmos, provocando la transfiguración universal. Nosotros nacemos para morir. Jesús nace para vivir una vida sin sombras y sin límites, y para comunicar esta vida. Si sufre y muere, lo hace voluntariamente, para transformar la muerte y todas las formas de muerte en un pasaje hacia la vida. Gregorio de Nacianzo nos muestra al Dios hecho hombre que asume concretamente todas nuestras situaciones  de  cerrada finitud –la tentación, el hambre, la sed, el cansancio, la imploración, las lágrimas, el luto, la esclavitud que transforma al hombre en objeto, la cruz, el sepulcro, el infierno- no por algún masoquismo dolorista (nada más lejos a la sensibilidad de los padres) sino, cada vez, para enderezar y curar nuestra naturaleza, para liberar el deseo aprisionado por la multiplicidad de las necesidades, para vencer la separación y la muerte y, mediante la cruz, transformar en fuente de agua viva la laceración del ser creado.

El se ha encarnado, y el hombre se ha vuelto Dios, ya que se ha unido a Dios y ha formado una sola cosa con él. La más grande plenitud en efecto ha triunfado, para que yo me volviese Dios así como Dios se ha hecho hombre […] Fue envuelto en pañales, pero resurgiendo de la tumba deja el sudario… No tenía “ni belleza ni esplendor” (Is 53,2)… pero sobre el monte resplandece y se vuelve más radiante que el sol: iniciación de su gloria futura.
Como hombre, fue bautizado, pero como Dios ha borrado nuestros pecados. No tiene necesidad de purificación, pero quería santificar las aguas. Como hombre fue tentado, pero en cuanto Dios ha triunfado y nos exhorta a la confianza porque “ha vencido al mundo” (Jn 16, 33). Tuvo hambre, pero alimentó a un millar de personas, y es “el pan vivo, el pan celestial” (Jn 6, 41). Tuvo sed, pero exclamó: “Si uno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn 7, 37). Conoció el cansancio, pero Él es el reposo de “los que están cansados y muy cargados de angustia” (cf. Mt 11, 28). Ora, pero escucha las oraciones. Llora, pero enjuga el llanto. Pregunta dónde ha sido puesto Lázaro, porque él es hombre, pero lo resucita, porque es Dios. Es vendido, y a bajo precio: treinta monedas de plata, pero rescata al mundo, y a un alto precio: con su sangre… Ha sufrido y fue herido, pero ha curado toda enfermedad y todo sufrimiento. Ha sido elevado en un leño, y clavado sobre él, pero nos eleva con el árbol de la vida… Muere, pero da vida y con su muerte destruye a la muerte. Es sepultado, pero resucita. Desciende a los infiernos, pero saca hacia afuera a las almas. [14]

 Olivier Clément
Nuova Filocalia.
Ed. Qiqajon. Comunitá di Bose
2010. Magnano
Págs. 45-53


[1] Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios 8, 2 (PG 5, 969ª; SC 10 bis, p. 86)

[2] Odas de Salomón 7, 4-6 (Harris-Mingana II, pp. 240-241)

[3] Ireneo de Lyón, Contra las herejías IV, 33, 4 (SC 100/2, pp. 810-813)

[4] Ireneo de Lyón, Contra las herejías III, 19, 1 (SC 211, pp. 374-375)

[5] Orígenes, Contra Celso 2, 67 (PG 11, 901B; SC 132, p. 444)

[6] Dionisio Areopagita, Cartas 3 a Gayo (PG 3, 1069B)

[7] Máximo el Confesor, Problemas 5 (PG 91, 1049ª)

[8] Máximo el Confesor, A Talasio 60 (PG 90, 621A-C)

[9] Gregorio de Niza, Gran catequesis 25 (PG 45, 65C-68ª; SC 453, p. 258)

[10] Máximo el Confesor, Doscientos capítulos I, 66 (PG 90, 1108A-B)

[11] Ireneo de Lyón, Contra las herejías IV, 38, 4 (SC 100/2, pp. 956-961)

[12] Gregorio de Nacianzo, Discurso 38, por la Teofanía 2.3.16-17 (PG 36, 313B. 316A. 329C. 332A; SC 358, pp. 106, 108-110, 142-144.)

[13] Jaime de Sarug, Homilía sobre la feliz virgen María, Madre de Dios (Bedjan, pp. 638-639; Bickell I, p. 246)

[14] Gregorio de Nacianzo, Tercer discurso teológico: discurso 29, sobre el Hijo 19-20 (PG 36, 100A-101C; SC 250, pp. 216-222).

Catequesis 32. Antes de la natividad de Cristo


Teodoro Estudita



Sobre el nacimiento del Salvador y sobre el deber de perseverar con tenacidad en nuestra vida monástica


Hermanos y padres, ya se acerca la fiesta de la Teofanía [1], y ¡el día de la alegría está a la puerta! Es en efecto una gran alegría (cf. Lc 2,10), como nunca nos fue dada desde el inicio de los tiempos, que el Hijo de Dios haya venido a nosotros, no a través de figuras y símbolos, como cuando en un tiempo apareció a nuestros padres [2], sino visitándonos a través del nacimiento de una virgen y manifestándose a nosotros en persona. ¡En todas las generaciones no hubo evento más feliz que este, ni más admirable, entre todas las maravillas realizadas por Dios desde el inicio de los tiempos! Por esto los ángeles anuncian el misterio (cf. Lc 2, 13-14) y una estrella revela que el Celestial ha nacido en la tierra (cf. Mt 2, 2); por esto los pastores van a ver la salvación que les ha sido anunciada (cf. Lc 2, 15-17), y los magos llevan regalos (cf. Mt 2, 11); por esto es cantado un cántico nuevo, por la novedad de los eventos, puesto que el Dios glorificado en lo más alto de los cielos se ha manifestado en la tierra como paz (cf. Lc 2,14). De esto da testimonio el Apóstol diciendo: Porque Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba, y aboliendo en su propia carne la ley con sus mandamientos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. (Ef 2, 14-16). Los profetas y los justos, desde el inicio de los tiempos, han deseado ver estas cosas (cf. Mt 13, 17), pero no las vieron sino a través de la fe. Nosotros, en cambio, como está escrito, hemos visto y nuestras manos han tocado al Verbo de vida: porque la vida se ha hecho visible (1 Jn 1, 1-2) y nosotros hemos obtenido la adopción filial (cf. Gal 4, 5). Pero ¿qué daremos al Señor por todo lo que nos ha dado? (Sal 115,3) Anticipándonos, el santo David lo ha ya proclamado: Alzaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor (Sal 115, 4).

¡Por esto alegrémonos, hermanos, ya que también nosotros hemos sido considerados dignos de dar un don al Señor, en cambio de todo lo que él nos ha dado! Y ¿cuál es ese don? La vida “que lleva la cruz” [3] que nosotros hemos elegido, y la confesión de fe en la cual permanecemos firmes y nos gloriamos, en la esperanza de la gloria de Dios (Rm 5, 2): lo que a juicio de todos es un martirio. De este modo, nosotros podemos celebrar la fiesta no en un solo día, sino por toda la vida, mientras que los que son gobernados por la carne y prisioneros de sus pasiones, no pueden celebrar esta fiesta, incluso si dan la apariencia de hacerlo, ni obran como hombres libres, siendo esclavos de sus pasiones y vendidos al pecado (cf. Rm 7, 14). Y en efecto está escrito: Quien comete un pecado es esclavo del pecado; y el esclavo no permanece para siempre en la casa, sino el hijo es quien permanece para siempre (Jn 8, 34-35). Por esto, entonces, también nosotros, por gracia hemos sido juzgados dignos del nombre de hijos, permaneciendo para siempre en la casa, si mantenemos hasta el fin nuestra firmeza inicial (Heb 3, 14). Por esto, fortificados en el Espíritu Santo, perseveramos en nuestra vida monástica, y buscamos estimularnos unos a otros en la caridad y en las buenas obras (Heb 10, 24), en la obediencia, en la humildad, en la mansedumbre, y en toda otra tarea noble, sin desviar nuestro propósito, sino siempre más fortalecidos, y tanto más cuanto vemos que el día se acerca (Heb 10, 25). Se acerca, en efecto, el día del Señor, día grande y espléndido (Hechos 2, 20), en el cual el juez de todos se revelará y se mostrará en la gloria con la cual se mostró a los apóstoles en la divina transfiguración (cf. Lc 9, 28-36), poniendo delante de sí y juzgando a toda creatura, para dar a cada uno según sus acciones (Ap 22, 12). Y esperamos poderlo ver también nosotros, junto a todos los santos, mientras nos mira con rostro benigno y nos acoge en el reino de los cielos, por la gracia, la misericordia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, al cual se dan la gloria, el honor y la adoración, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Teodoro Estudita
Nelle Prove, la fiducia. Piccole catechesi
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 2006
Págs. 169-171


[1] El nombre de “Teofanía” ( theophánia) en oriente puede indicar tanto la fiesta de Navidad celebrada el 25 de diciembre, como la fiesta de la Epifanía, celebrada el 6 de enero. Sobre los dos nombres de la fiesta de Navidad, cf. Gregorio de Nacianzo, Orariones 38, 2: “Ahora, ¿es la fiesta de la Teofanía o de la Navidad? En efecto, se dice de un modo o de otro, ya que los dos modos hacen referencia a un único acontecimiento… El nombre de Teofanía se usa porque Él se ha mostrado, el de Navidad porque Él ha nacido”.

[2] Las teofanías del Antiguo Testamento son releídas por los padres como epifanías del Verbo. Cf. Ireneo de Lión, Contra las herejías IV, 20, 10-11; Eusebio de Cesarea, Historia de la Iglesia I, 2, 6-10.

[3] Es decir, la vida monástica.

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