jueves, 6 de octubre de 2016

Santa Brígida de Suecia (1303-1373) Viuda, mística, fundadora, copatrona de Europa y tersiaria franciscana.

A esta ilustre santa medieval cabe el honor de figurar entre los seis patrones de Europa. Curiosamente son tres hombres y tres mujeres. Los hombres son: San Benito de Nursia, padre del monacato occidental y los santos hermanos Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos. Las mujeres son: Santa Catalina de Siena, terciaria dominica, Santa Brígida de Suecia, terciaria franciscana, y la más reciente Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), carmelita descalza, mártir en Auschwitz.

relig_01La significación del nombre de Brígida encaja perfectamente en lo que fue: fuerte y brillante. Esta santa mujer tuvo la dicha de nacer en una familia que tenía como herencia de sus antepasados una profunda fe cristiana católica.

Sus abuelos y bisabuelos fueron en peregrinación a Jerusalén que, junto con Roma y Santiago de Compostela, era uno de los lugares de peregrinación en la Edad Media. Sus padres se confesaban y comulgaban todos los viernes, y como eran familia de los gobernadores de Suecia y tenían muchas posesiones, empleaban sus riquezas en construir iglesias y conventos y en ayudar a cuanto pobre encontraban. Su padre era gobernador de la principal provincia de Suecia. Brígida nació en el año 1303 en el castillo-granja de Finstad, cerca de Uppsala, en la Suecia meridional. Desde pequeña sentía un verdadero arrebato de amor hacia Dios y hacia Jesús crucificado, que se le aparecía pidiéndole que lo amara. Su mayor deleite era oír a su madre leer la vida de los santos.

Cuando apenas tenía seis años ya tuvo su primera revelación. Se le apareció la Santísima Virgen a invitarla a llevar una vida santa, entregada totalmente a Dios. En adelante, las apariciones celestiales serían tan frecuentes que llevó a pensar que se trataba de alucinaciones. Pero consultó con el sacerdote más sabio y famoso de Suecia, y él, después de estudiar detenidamente su caso, le dijo que podía seguir creyendo en esas revelaciones, pues eran mensajes celestiales.

Cuando tenía trece años asistió a un sermón de cuaresma, predicado por un santo sacerdote misionero. Este habló tan emocionadamente de la pasión y muerte de Cristo que Brígida quedó totalmente entusiasmada por el Salvador. Jesús crucificado sería en adelante su devoción preferida.

Un día rezando con todo fervor delante de un crucifijo muy chorreante de sangre, le dijo a Nuestro Señor: ¿Quién te puso así? Y oyó que Jesús le decía: “Los que desprecian mi amor. Los que no le dan importancia al amor que yo les he tenido”. Desde entonces, se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más a Jesucristo.

De acuerdo con la ideas de la época, con catorce años su padre la casó con Ulf Gudmarsson de dieciocho años, hijo de otro gobernante. Establecieron un feliz matrimonio que duró veintiocho años, del cual nacieron ocho hijos: cuatro varones y cuatro hembras. Una de sus hijas fue elevada a los altares: santa Catalina de Suecia. Tuvo un hijo religioso; y dos más fueron muy buenos; pero el otro, Carlos, la hizo sufrir mucho, debido a su mala conducta,  solo a la hora de morir logró la santa con sus oraciones que él se arrepintiera y pidiera a Dios perdón de todos sus pecados. En cuanto a sus otras hijas, dos también fueron religiosas, pero hubo una que resultó un martirio para su madre por sus aventuras paganas.

Brígida pasó los primeros años de su vida conyugal en la corte del rey de Suecia, Magnus II Eriksson, donde desempeñó el cargo de primera dama, y donde reunió en torno suyo a un conjunto de teólogos y de personas doctas que influyeron en la vida religiosa de la nación. También fundó con su esposo un hospital, adonde iba a servir a los enfermos con sus propias manos, fiel a su espíritu de terciaria franciscana.

Sintiendo pasión por las peregrinaciones, realizó una a Santiago de Compostela (Galicia); debido a esto cruzó toda Europa, gracias a lo cual adquirió un conocimiento de las personas y de los acontecimientos y una visión global de los problemas políticos de su tiempo, especialmente de las luchas entre el papado y el imperio.

En la peregrinación compostelana, Ulf cayó gravemente enfermo. Brígida oró por él y en un sueño se le apareció san Dionisio, quien le dijo que se le concedía la curación con tal de que se dedicara a una vida santa. El esposo curó, se hizo monje cisterciense y unos años después murió santamente en el monasterio.

La santa tuvo una visión en la cual oyó que Jesús crucificado le decía: “Yo en la vida sufrí pobreza y tú tienes demasiados lujos y comodidades”. Desde ese día Brígida dejó todos sus vestidos elegantes y empezó a vestir como gente pobre. Ya nunca más durmió en camas muy cómodas, sino siempre sobre duras tablas. Y fue repartiendo todos los bienes entre los pobres de manera que ella llegó a ser también muy pobre. Así que después de haber sido rica y elegante, pasó a ser una viuda pobre y limosnera.

Después de morir su marido, Brígida se retiró a la abadía cisterciense de Alvastra, donde se dedicó a una oración más íntima y se puso, plenamente, a disposición de Dios. Inundada de visiones y de “revelaciones” innumerables, se dedicó a escribirlas en lengua sueca para que su director espiritual las tradujera al latín, con el propósito de que fueran útiles para toda la Iglesia. Dios le decía que la había escogido como embajadora suya para enviarla a las cortes europeas y a la pontificia de Aviñón (donde, en verdad, no brillaba la pobreza evangélica), y allí manifestarles la bendición del Señor.

Con la ayuda del rey Magnus II, fundó la Orden de San Salvador, compuesta por ochenta y cinco personas, cifra correspondiente a la suma de los doce apóstoles, los setenta y dos discípulos y el apóstol san Pablo.

La comunidad, que estaba compuesta por sesenta hermanas, trece monjes ordenados, cuatro diáconos y ocho hermanos legos, llegó a tener setenta conventos en Europa, pero fue suprimida en la Revolución Francesa (finales del siglo XVIII).

Su Regula Salvatoris (Regla del Salvador) fue aprobada por el papa Urbano V en 1370 tras muchas correcciones (sobre la pobreza común del monasterio), mientras que la aprobación definitiva con el doble monasterio, masculino y femenino, solo se produjo en 1378, después de su muerte, cuando era abadesa su hija Santa Catalina de Suecia.

(La refundación ocurrió el 8 de septiembre de 1911; se les conoce con el nombre de brigidinas. La realizó una monja sueca, Isabel Hesselblab. La llevó de nuevo a Vadstena y fundó un monasterio junto a la “iglesia azul” de Santa Brígida. Desde entonces, la orden aparece como un signo esperan-zador de unidad cristiana –recuérdese que en Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, predomina el luteranismo– que destaca especialmente en los países nórdicos. El 5 de octubre de 1991, dos años y medio después de la visita de Juan Pablo II a los países escandinavos, con motivo de la conmemoración del sexto centenario de la canonización de Santa Brígida, a quien veneran católicos y luteranos, tuvo lugar en la basílica de San Pedro en Roma un acto ecuménico estupendo. En el canto de vísperas participaron el papa y los arzobispos primados luteranos de Suecia y Finlandia junto con los obispos católicos de Estocolmo y Helsinski, así como los reyes de Suecia. La reina leyó un texto bíblico. Un grupo de monjes de la Orden del Salvador colocaron cirios encendidos en torno a las gradas del descenso a la tumba de San Pedro. Un hálito de fraternidad y esperanza se cernía sobre la asamblea. Las brigidinas residen en La Habana desde el año 2003).

En 1350 Brígida fue a Roma a participar en el jubileo y transcurrió aquí los otros veinticuatro años de su vida monástica en el palacio Farnesa.

A edad avanzada, emprendió una última y fatigosa peregrinación a Tierra Santa, donde recibió la gracia de volver a experimentar en vivo, los misterios de Cristo y de la Santísima Virgen.

Brígida murió en Roma el 23 de julio de 1373, a los setenta y un años, tendida sobre una dura mesa en la casa que hoy ocupa la iglesia de Santa Brígida en la plaza Farnesa. Más tarde su cuerpo fue llevado al monasterio de Vadstena (Suecia).

Fue canonizada en 1391 e inscrita en el calendario romano en 1623. Su fiesta se celebra el día de su muerte, 23 de julio.

Santa Brígida es un caso sin igual de una escandinava que vivió muchos años en la corte real, y al mismo tiempo fundadora de una orden peculiar con monasterios dobles de hombres y mujeres, aunque, como dijimos, separados, con una iglesia única.

En 1999 el Papa Juan Pablo II la proclamó copatrona de Europa.

Esta mujer excepcional, que les parecía a los romanos –azotados por las luchas entre familias nobles y por las revoluciones del pueblo– severa y exigente, hasta el punto de ser denominada la “bruja nórdicala”, tenía la humildad de ir a mendigar a las puertas de las iglesias, mortificando así su orgullo.

Las iglesias no han supeditado nunca la fe de sus fieles a las revelaciones privadas de sus hijos. Pero las revelaciones de santa Brígida reflejan la fuerte personalidad de una santa que por su carácter dinámico y práctico supo unir la contemplación con la acción, y por su devoción afectiva a la pasión de Cristo y a la Virgen es un modelo para todas las generaciones.

Santa Brígida luchó, como santa Catalina de Siena, para que el Papa, quien estaba residiendo en Aviñón, volviera a Roma, su sede natural. Pero eso ocurrió después de su muerte, cuando en 1377 Gregorio XI regresó a Roma. Después ocurriría el triste período conocido como cisma de Occidente (1378-1417) con dos y hasta tres papas, sin saberse cuál era el verdadero.

El breviario romano nos trae en su memoria una preciosa oración atribuida a la santa.

“Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.

”Honor a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu caridad para con el género humano.

”Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y tú, que eres el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilatos para ser juzgado por él.

”Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.

”Alabanza a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilatos cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como el Cordero inocente.

”Honor a ti, Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio, despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.

”Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que, en medio de tales angustias, te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que cuidara de ella con toda fidelidad.

”Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que, cuando estabas agonizando, diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.

”Alabanza eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban intensamente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado, hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios, a tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de la muerte.

”Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la vida eterna.

”Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que, por nuestra salvación, permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos, hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.

”Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por tus amigos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, y que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran guardia.

”Honor por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.

”Bendito seas tú, glorificado y alabado por los siglos, mi Señor Jesús, que estás sentado sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así has de venir el día del Juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos; tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén”.