jueves, 20 de octubre de 2016

La pureza.

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En la juventud es generalmente cuando más cuesta guardar la virtud de la pureza, porque el cuerpo está en su plenitud y la sangre corre veloz por las venas.
Si a esto le sumamos que en el mundo de hoy se exalta la impureza por todos los medios de comunicación, entonces podemos comprender la situación difícil en que se encuentran los jóvenes de hoy.
Por eso es tiempo de combatir. Si caemos, no hay que quedarse en el suelo, sino volver a levantarse con una sincera confesión y acostumbrarse a hacer pequeños sacrificios, pequeñas renuncias, para ir habituándose a renunciar a sí mismo.
El tiempo de la juventud es tiempo de heroísmos, y el mayor heroísmo está en el combate que debemos entablar contra nosotros mismos, contra nuestras pasiones, y contra el demonio que excita esas pasiones.
Y lo primero que debemos controlar son los ojos, las miradas. Si no nos acostumbramos a dominar y refrenar nuestras miradas, entonces seremos fácilmente abatidos. Hay que dejar de mirar televisión, hay que andar con mucha prudencia por Internet, hay que apartar los ojos de las personas vestidas indecentemente o provocativas. Al principio será casi imposible hacerlo, pero con la práctica y la perseverancia, más la ayuda de la gracia y siendo perseverantes en la oración, lograremos un control sobre nuestras miradas, y conservaremos la pureza, ya que la tentación entra por los ojos.