viernes, 7 de octubre de 2016

JUDAS, LA EVIDENCIA DEL PERDÓN NO RECIBIDO



Judas, la evidencia del perdón no recibido
El pecado siempre nos provoca dolor cuando lo reconocemos



Judas, el discípulo de Cristo que vivió junto a él durante tres años, el que escuchó su palabra y vio sus milagros, decidió entregar a Jesús a sus perseguidores. Dice el evangelio que incluso buscaba la ocasión para entregarlo, y una paga por ello. Vendió a su Maestro por unas monedas, lo traicionó (Mateo 26:14-16).

Todo el juicio que podamos hacer sobre su proceder es irrelevante. Cualquier pecado que cometamos, por muy atroz que sea, puede ser perdonado y lavado por la misericordia de Dios y mediante la sangre de Cristo. No hay pecado que no pueda ser perdonado, excepto, dijo Jesús, la blasfemia contra el Espíritu Santo (Mateo 12:31 y 32 / Marcos 3:28-30).
Al darse cuenta de su error, Judas cayó en un sentimiento de culpa que le provocó dolor, pues el pecado siempre nos provoca dolor cuando lo reconocemos. Sentir dolor está bien, pero sentir demasiado dolor no, pues esto sirve de herramienta para Satanás.

Cuando la culpabilidad nos separa de Dios, lo que debemos buscar es el inmediato perdón del Señor, pues si nos escondemos, nos aislamos, nos autocastigamos, no podemos recibir dicho perdón. Dice la Biblia que si confesamos nuestro pecado Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.

El perdón de nuestros pecados –pasados, presentes y futuros– fue comprado por precio. Y el precio fue la sangre de Jesucristo en la cruz. Su sacrificio, su vida, su cuerpo entregado fue el costo que se pagó para que nosotros pudiéramos y podamos ser perdonados. Ningún mérito propio, ninguno de nuestros esfuerzos, buenas obras, ofrendas o sacrificios puede añadir algo a su sacrificio, pues la muerte y resurrección de Cristo fueron suficientes. Toda buena obra es evidencia de nuestra fe, pero el perdón de los pecados es otorgado solamente mediante el sacrificio del Hijo de Dios en el Calvario.

Ahora bien, cuando nosotros nos rehusamos a recibir el perdón, Satanás utiliza dicha resistencia para torturarnos. La culpa ya no es un proceso natural de reconciliación sino una postura enfermiza, pecaminosa, entregada a la oscuridad. Cuando no nos perdonamos a nosotros mismos evidenciamos nuestra falta de fe en el Señor, nuestra falta de fe en su sacrificio, rechazamos y minimizamos lo que Él hizo por nosotros.

Si rechazamos el perdón, por no sentirnos merecedores del mismo, es porque no hemos entendido que Jesús murió por nosotros, de hecho, sin que lo mereciéramos. No hemos comprendido el valor de su sacrificio y el don de su gracia. Cuando cerramos nuestro corazón y nos amargamos dentro de nosotros mismos por una culpa, permitimos que el diablo nos torture, y creemos a sus mentiras. Nos entregamos a la destrucción en vez de correr a la fuente de perdón y salvación.


La congoja por nuestro pecado es necesaria para alcanzar la reconciliación con Dios; pero el autoflajelo nos enfila hacia la perdición. Jesús odiaba el pecado, pero amaba a los pecadores, así como a los justos. Él fue capaz de perdonar pecados, liberar a hombres y mujeres de los demonios que los atormentaban, y sanar todo tipo de enfermedad física y espiritual. Su compasión no tuvo límites.

Judas se desesperó, se acobardó, huyó y tomó la justicia en sus manos: se quitó la vida antes que buscar y recibir el perdón. Pedro, en cambio, se dolió por su pecado cuando negó tres veces a Jesús, clamó por el perdón y fue inmediatamente perdonado y puesto a cargo de los apóstoles. Jesucristo le confirmó que lo seguía amando a pesar de su error, y que podía tener una nueva oportunidad.

Así nosotros, promovamos en nuestra relación con Dios el dolor de arrepentimiento cada vez que pequemos, confesemos nuestra culpa y dejémoslo todo a los pies de Cristo, a los pies de la cruz. Recibamos el perdón con humildad y valoremos la nueva oportunidad de rechazar el pecado y vivir para el espíritu, honrando el sacrificio de nuestro Señor, quien siempre está listo para perdonar; de esa manera desarmaremos al enemigo, quien siempre está listo para acusar, engañar, atacar, robar, matar y destruir.