miércoles, 12 de junio de 2013

Avito, Santo


Abad, Junio 17
 
Avito, Santo
Avito, Santo

Abad

La lejana historia de Avito la conoce plenamente sólo Dios; los documentos que tenemos hoy muestran el núcleo histórico de su existencia santa, pero a falta de otros datos, los relatos posteriores hablan de él con los adornos añadidos por la fábula y la devoción popular menos exigente con la verdad histórica y más condescendiente con los efluvios de la piedad.

Se dice de él que nació en la zona de Orleáns, teniendo por padres a unos cristianos pobres y que, cuando era pequeño conoció a los monjes de la abadía de Micy que está próxima a la ciudad; llevado de la curiosidad propia de los niños, les preguntó, quienes eran, qué hacían, por qué vivían lejos de la gente y para qué servían. Esas preguntas, contestadas con simpatía y desparpajo por alguno de aquellos frailes que tenía gracejo y estaba lleno de sentido sobrenatural, dichas al alcance de una cabecita pequeña dieron fruto con el paso de los años. Un buen día, aquella curiosidad se convirtió en deseo de imitarlos, pero con tal gana y empeño que el joven Avito ruega al abad Maximino o Mesmino que le admita en el monasterio y que si no puede ser como monje, que lo admita como criado. Está dispuesto a no dejar la puerta del convento y a morir de frío y de hambre hasta conseguir lo que pide.

Cuentan de él que la primera época de fraile la vivió tan amable, servicial y obediente que su sencillez y deseos de agradar a la comunidad a veces fue considerado por algunos como una actitud que rayaba con lo estúpido.

De todos modos, el abad experimentado descubre el regalo que les ha llegado del cielo; el abad le encomienda muy pronto el oficio de ecónomo y pasa a ser el responsable de preparar las cosas que atañen en el convento al alimento de los frailes; debe cuidar de que no les falte el alimento necesario, ha de disponer el orden de las comidas, cuidar del pobre almacén, reponer alimentos y reservar una parte para los pobres cosa en la que siempre se mostró lleno de generosidad. Que lo hiciera bien o mal en preparar la intendencia sólo Dios lo sabe, pero el resultado fue la continua crítica y murmuración que provocó en los compañeros de salmos.

La situación de aparente fracaso le llevó a replantearse con mayor seriedad sus deseos de soledad. Resuelve el asunto, después de haberlo rezado y pensando Dios le pedía un cambio; organiza una trama nocturna consistente en introducirse en la celda del abad, esperar a que lo rinda el sueño y meter bajo su almohada las llaves de ecónomo, simbolizando con ello su renuncia al cargo. Se marcha del monasterio. Ahora sí que podrá en el bosque cercano dedicarse a la oración y penitencia a sus anchas sin necesidad de escuchar las protestas de sus hermanos y dando cuenta al abad de su vida de vez en cuando. Intentará imitar a los ermitaños comiendo la yerba, raíces y frutas que encuentre por el campo.

Hizo falta el ruego de los frailes y la intervención del obispo de Orleáns para sacarlo del retiro de Solaña y conseguir que aceptara el gobierno de la abadía, en el año 520, después de la muerte de Maximiano. El nuevo abad hace más con humildad y ejemplo que con mandatos; pero por su medio se restablece la primera disciplina y se eleva el tono sobrenatural del monasterio. Las cosas marchan bien, pero a él le sigue hormigueando en el alma el run-run de la soledad.

Ahora será Percha, más distante y menos accesible el nuevo lugar donde plantará su residencia entre cuevas o chozas de ramas de árboles. Allí no será fácil que le encuentren los monjes en caso de que le busquen; ha llevado con él a otro fraile que también tenía las mismas ansias de soledad. Vivirán como en la primera época en la contemplación y penitencia, metidos en el alejamiento y el silencio. Sólo que no pudo ser por mucho tiempo porque lo descubrió el milagro de Avito: un porquero mudo desde niño, por mandato del santo ha comenzado a hablar, y ya es imposible hacerlo callar. Y la gente se entera ¡Adiós soledad! La noticia del hecho se transmite y la gente acude a ver y a tocar; él catequiza, enseña, reza y hace rezar. Vienen discípulos y, sin quererlo, no hay más remedio que fundar el monasterio que con el tiempo llevará su nombre.

Dicen que a ruegos de Avito, llegaron a soltar en Orleáns a los presos de la cárcel. Y además hablan del ciego curado milagrosamente; y el mismo Lubin, el obispo de Chartres, relata la resurrección de un monje. Y con el rey Clodomiro, el hijo de Clodoveo y Clotilde, tiene palabras de paz intercediendo por el preso rey de Borgoña, Segismundo y su familia.

Después de muerto, refieren de él muchos milagros y le atribuyen bastantes victorias guerreras logradas por su intercesión.

Avito terminó sus días el 17 de junio del año 530. Chateaudrum y Orleáns se distribuirán posteriormente sus preciosas reliquias.


San Avito de Orleans, abad
fecha: 17 de junio
†: c. 530 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Orleans, en la Galia, san Avito, abad.
refieren a este santo: San Leobino de Chartres

Al fin de un artículo de estudio sobre san Avito y los santos de Micy, en la Analecta Bollandiana, el padre Albert Poncelet S.J. explica a sus lectores que existe una amplia diferencia entre las «pruebas del culto» y las narraciones biográficas: «La primera, es decir, la prueba del culto, atestigua la existencia real del santo y el hecho de que se le rinde devoción desde hace tiempo. Pero hacemos frente a un asunto enteramente distinto, al tratar con biografías recopiladas dos o tres siglos después de la muerte del héroe, que a menudo contienen una colección de tradiciones no muy dignas de confianza. Por el honor del santo y en el interés de una buena y auténtica biografía, hay que ir con extremo cuidado para no dejarse arrastrar por aquéllos que, no contentos con venerar a los santos, imaginan que el respeto por ellos incluye una especie de canonización de las fábulas con que la posteridad ha pretendido enaltecer su gloria; desgraciadamente, no siempre corresponde la recopilación de los hechos con la piedad del autor.»

Es indudable que San Avito fue un personaje real: san Gregorio de Tours nos informa que era un abad en la región de Francia que formaba la antigua provincia de Perché, que suplicó en vano al rey Clodomiro para que perdonara la vida a san Segismundo de Burgundia, a su esposa y a sus hijos, a quienes el monarca tenía presos, y que fue enterrado cerca de Orléans, donde se le veneraba grandemente. San Gregorio visitó la Iglesia que se había erigido en su honor; él mismo indica, al hablar de los milagrosos poderes atribuidos al santo, que un ciudadano de Orléans, al negarse a observar la fiesta de Avito porque necesitaba trabajar en su huerto, fue castigado con una penosa enfermedad de la que no sanó hasta que hubo visitado la iglesia del santo para rendirle el homenaje que le debía.

Esto es todo lo que sabemos sobre San Avito, a pesar de sus numerosas biografías, ninguna de las cuales es anterior al siglo noveno. Todas ellas forman parte de una tentativa que se hizo cuando la abadía de Micy recuperó su prestigio bajo el gobierno de los benedictinos, para dar lustre y esplendor a una poco gloriosa época de su historia pasada, por el procedimiento de incluir en la lista de sus antiguos abades a varios santos venerados en las regiones de Orléans y Le Mans, pero de quienes apenas si se sabía algo. La leyenda de san Avito aparece con muchas variaciones en las supuestas biografías y afirma que ingresó a la abadía de Micy como hermano lego. Su ignorancia, rayana en la simpleza, fue el motivo de que todos le despreciaran, a excepción del abad, san Maximino, que reconoció la santidad de Avito y le nombró celador. Pero éste prefirió abandonar la abadía y buscar la soledad. A la muerte de Maximino, los monjes de Micy buscaron a Avito y le eligieron abad. Pero tras una breve estancia en la abadía, escapó de nuevo y se llevó consigo a san Calais (Carilefus), para vivir en la reclusión en los límites del Perché. Cuando llegaron otros monjes para imitarlos, san Calais se retiró a los bosques de Maine; pero el rey Clotario construyó una iglesia y una abadía para San Avito y sus compañeros, en el lugar que ahora se conoce como Châteaudun. Ahí murió en el año 530 (?).

Para el texto sobre la vida de San Avito, véase el Acta Sanctorum, junio, vol. IV; los bolandistas imprimieron otro texto completo en su catálogo de manuscritos hagiográficos de la Biblioteca de Bruselas, vol. I, pp. 57-63. El artículo de Albert Poncelet al que nos referimos arriba, se halla en la Analecta Bollandiana, vol. XXIV (1905), pp. 5-97.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
 

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