miércoles, 16 de noviembre de 2016

SANTA INÉS DE ASÍS




Hoy, 19 de noviembre es Santa Inés de Asís, hermana de Santa Clara y patrona de nuestro Noviciado. Os dejamos unos retazos de su vida para que la conozcáis:

Inés de Favarone, hermana de Clara, nace alrededor de 1197. Es la segunda hija del matrimonio, y el nombre de Inés no le fue impuesto en el Bautismo, sino más tarde, después de la conversión. Probablemente su nombre de pila fue el de Catalina.
La infancia y la juventud de Inés corren parejas con las de su hermana Clara, tres o cuatro años mayor que aquella. Es intenso el afecto que las une recíprocamente, e iguales sus sentimientos. Sin embargo, la orientación inicial es distinta. Si Clara, siguiendo la voz interior que la llama a una vida completamente dedicada al Señor, no quiere ni oír hablar de boda, tal vez la serena vida familiar, que observa entre sus padres y con sus dos hermanas, despierta en Inés el deseo de una vida análoga iluminada por el gozo íntimo de un matrimonio y de una maternidad bendecidos por Dios.
El autor de la “Leyenda” presenta el llamamiento de Inés a la vida religiosa como uno de los primeros efectos de la poderosa oración de Clara en el silencio del claustro.
Es fácil adivinar lo interminables que fueron para Inés los días que siguieron a la fuga de Clara. Tiene sólo 14 ó 15 años y en la hermana menor, no encuentra el apoyo afectuoso que le proporcionaba la presencia de Clara. Cada día que pasa, mientras la memoria repasa los dulces recuerdos que le evocan a Clara, la mente y el corazón se detienen cada vez con mayor frecuencia a pensar en el camino escogido por Clara y descubren la profunda y escondida riqueza que encierra.
Dieciséis días después de la fuga de Clara de la casa paterna, Inés se reúne con ella. Su desaparición, refugiada junto a su hermana, provocó una nueva y aún más violenta reacción por parte de los familiares, que no estaban dispuestos a tolerar por 2ª vez una iniciativa que era para ellos una afrenta a la riqueza y al poder de la noble familia:
¡Caballeros, seguidme!. Vamos en busca de mi menor sobrina que ha tenido la osadía de fugarse del palacio paterno. Así habló Monaldo. Y montando a caballo al frente del grupo se dirigieron al Convento del Santo Angel con el fin de asaltarlo y arrebatar a Inés de aquel lugar.
Clara acude a defender a la niña, pero en vano, porque los asaltantes la han arrancado por la fuerza y la arrastran hacia el campo, sin que nadie pueda evitarlo. Clara ora desolada y el Señor acude con un milagro en su socorro; Inés queda fija en el suelo sin que la fuerza de aquellos doce aguerridos logre moverla lo más mínimo de aquel lugar.
¡Señores! –exclamó uno de ellos- Esta niña debe de haber comido plomo toda la noche.
Monaldo se dispone a descargar un golpe sobre su sobrina pero el brazo queda milagrosamente paralizado. Humillados por tan sorprendente derrota huyen los perseguidores mientras Inés recogida amorosamente por Clara, entona con ella su mejor himno de acción de gracias al Señor.
Dirigida por Francisco, juntamente con Clara, Inés progresó tan rápidamente en el camino de la santidad que su vida aparecía ante sus compañeras extraordinaria y sobrehumana. Caritativa y dulcísima de carácter, se inclinaba maternalmente sobre quien sufría por el motivo que fuera y se mostraba llena de piadosa solicitud hacia todos.
Después, Francisco la envió como abadesa a Florencia, donde condujo a Dios a muchas almas, tanto con el ejemplo de su santidad de vida, como con su palabra dulce y persuasiva, llena de amor de Dios. Ferviente en el desprecio del mundo, implantó en aquel monasterio la observancia de la pobreza evangélica.
Queda en la sombra lo que se refiere a la permanencia de Inés en Florencia, así como queda encubierto con el misterio el itinerario de su regreso a Asís. Es indudable su presencia a la cabecera de Clara moribunda. Para Inés que no halla manera de contener las lágrimas abundantes y amargas, y suplica se la permita quedar allí y no abandonarla, Clara tiene palabras de ternura infinita, que hacen florecer una esperanza en el corazón de Inés: “Hermana carísima, es del agrado de Dios que yo me vaya; mas tú cesa de llorar, porque llegarás pronto ante el Señor en seguida después de mí, y El te concederá un gran consuelo antes que me aparte de ti”.
La tarde del 11 de agosto de 1253, en el desgarramiento de la separación, Inés habrá recordado a la hermana, bienaventurada por siempre en el abrazo del Esposo, la promesa que le hiciera pocos días antes. Al día siguiente, el cuerpo de Clara, ya invocada como Santa y bendecido por el Papa, subió por la pendiente de Asís para ser depositado en el mismo sepulcro que un día recibió el cuerpo de Francisco. En este preludio tan solemne de la canonización, reconocería Inés el gran consuelo profetizado por Clara.
Al cabo de pocos días, Inés, llamada a las bodas del Cordero, siguió a su hermana a las eternas delicias; allí, entrambas hijas de Sión, hermanas por naturaleza, por gracia y por reinado, exultan en Dios con júbilo sin fin.