jueves, 17 de noviembre de 2016

¿Qué aprendimos hoy? ¿Aprendimos a creer? ¿O aprendimos a pensar?

Sin red protectora.
¿Qué aprendimos hoy? ¿Aprendimos a creer? ¿O aprendimos a pensar?
Las corporaciones planean nuestro futuro desde el momento en que despertamos hasta que nos retiramos a dormir y aún mientras dormimos.
Desde la marca de la pasta de dientes que compramos hasta el producto para la disfunción eréctil que usaremos.
Pienso del elefante… el gentil gigante. Cuando el elefante arriba por vez primera al circo, debe ser “quebrantado” por sus entrenadores. Encadenado por sus patas, el pobre bebé elefante es sometido a golpeo y tortura rutinarios para quebrantar su espíritu. Este brutal método somete la voluntad del elefante a la de su entrenador. Este proceso pudiera durar un mes o más.
El entrenador usará varas eléctricas, palos y cadenas para golpear y someter al elefante. Estos gentiles gigantes pudieran liberarse fácilmente del cable o cadena que rodea su pata al piso de concreto… pero no lo hacen.
Los humanos no somos realmente diferentes. Somos desanimados temprano por las condiciones económicas, limitaciones, padres opuestos, presión de grupo, maestros y otros. La sociedad en general y los medios quebrantan nuestros espíritus. Con el tiempo vemos esto.
Miremos a nuestro alrededor: la mayoría somos tan sumisos como aquel elefante. ¿Por qué? Lo económico; casi todo en este mundo se basa en aquello. Todo lo que hacemos en su mayoría es obtener empleos, crear nuevos empleos, para cosas materiales. Se crea el temor.
Lo animales del circo gastan la mayor parte de sus vidas enjaulados en la parte trasera de camiones, siendo transportados de espectáculo a espectáculo. Con poquísimo espacio, duermen, comen y defecan en el mismo espacio confinado, todos los días. Con poca estimulación mental o ejercicio físico, ellos suelen enloquecer por el aburrimiento y el confinamiento. A menudo se enferman por la falta de ejercicio por estar aprisionados en una jaula metálica.
Los humanos somos similares. En cubículos; sintiendo como si también estuviésemos en jaulas metálicas. Tras las rejas; queriendo salir a los bares. O nos quedamos en casa donde nos alcanza el aburrimiento. Demasiado cansados para ejercitarnos, pensamos. Aprisionados en nuestros propios cuerpos, también enfermamos.
El viernes 17 de junio de 1994 los medios transmitieron el primer programa de realidad: la persecución de una camioneta Bronco blanca (O. J. Simpson). La gente sintonizó por millones. Los ejecutivos de la televisión respondieron rápido; y estaríamos absortos en las secuelas, el drama que vemos en la tarima del mundo.
Frente a nosotros observamos programas de televisión sin sentido. El opio de las masas. Programas de realidad diseñados para entontecer a las masas, en realidad una distracción, para que se olviden de los asuntos reales. Estos programas nos hacen sentir, de alguna manera, un poco mejor. “¿Pueden creer que se comporten de esa manera? Miren a esos tontos…” Pero la realidad es que aquello que juzgamos exteriormente es básicamente una proyección de lo que ocultamos sobre nuestro yo por dentro.
A menudo nuestro gozo viene al comprar un artículo: una cura rápida. Los publicistas intentan hacernos sentir mejor al comprar un cierto producto, o convencernos de que les agradaremos más a los demás si lo hacemos. Poco después de la compra, la tristeza regresa, el vacío. Intentamos llenar huecos que cosas externas, superficiales y materiales nunca podrán llenar.
O tenemos una noche haciendo lo que aquella cuña sin sentido de cerveza intenta vendernos. Aquella noche divertida fuera del pueblo. Llegamos al club hermosos y para finales de la noche tantos de nosotros estamos lejos de vernos hermosos. Escandalosos, borrachos, con todos nuestros problemas internos ahora exhibidos en la tarima pública.
Nuestra identidad no es nuestra; es creada por las cuñas comerciales. Los publicistas nos venden una idea. Una de las ideas con que se nos alimenta fuertemente es en las telecomunicaciones. Las empresas de comunicación son de muchas maneras, los nuevos traficantes de drogas de nuestra juventud y sociedad. Lo que ha pasado es que a través de la competencia, estas empresas son forzadas a bajar sus costos de larga distancia, perdiendo ingresos.
Los mensajes de texto se convirtieron en la nueva “droga” para reemplazar esta pérdida. Nuevamente, aprovechándose de nuestra juventud. La autoestima y las habilidades de comunicación han sido impactadas adversamente por esto. Estos chicos son nuestro futuro. Algún día cuidarán de nosotros, nuestros futuros líderes. Algo para pensar; nos convertimos en esclavos de los publicistas.
Pensemos en esto: ¿cuánto tiempo invertimos con nuestra cabeza metida en nuestro teléfono inteligente enviando tontos mensajes de texto? Alarmante, ¿no es cierto? ¿Valoramos tan poco nuestro tiempo personal? Los publicistas ganan; nos vencen con sus cuñas de felicidad.
Nos enseñan cómo creer en la gran vida que tendremos enviando mensajes de texto día y noche. Cuánto tiempo nos ahorraremos y cuánto más podremos hacer. En un momento (no hace mucho), conversábamos con otros por esos teléfonos. Pero ahora raramente lo hacemos. ¿Por qué? En parte porque nos asusta hablar o involucrarnos con alguien en pensamiento y conversación. Es más seguro, parece; menos personal. Una vez más, esclavos como el elefante quebrantado.
Recientemente, los publicistas hicieron un trabajo excepcional llevándonos a comprar enormes televisores, con pantallas de 60” ó 70″ o mayores. Ahora se supone que veamos los programas en nuestros teléfonos inteligentes. ¿Se me escapa algo aquí? ¿A usted, a la sociedad? Ahora estamos supuestos a ver un evento deportivo en nuestros teléfonos inteligentes… no puedo distinguir el balón de fútbol o béisbol o el disco de hockey.
Y hablamos de productos para la disfunción eréctil. Qué triste, ¿verdad? Triste que veamos tanto tiempo y dinero gastados pensando en la vida privada de los hombres y lo que les funciona o no. ¿Hubo algún problema fuera de serie antes de diciembre de 1997? De todos los problemas y asuntos en este mundo, aquí estamos más preocupados por nuestros genitales. ¿Qué nos está pasando?
El mercadeo. El poder corporativo y los publicistas nos dan un mensaje. Entonces nos lo venden con ganancia. Crean el mercado, inundan el mercado, le sacan provecho. Un concepto sencillo y sin embargo, poderoso.
¿Saben quién también tenía un mensaje? Adolfo Hitler. Suena loco, ¿verdad? Sin embargo, él también vendió un mensaje y la gente lo compró. Se aprovechó de sus debilidades, hambre, falta de empleo y desesperanza. En 1938, la revista estadounidense Time nombró a Adolfo Hitler “El Hombre del Año”.
La próxima vez que hagamos algo, preguntémonos por qué. ¿No creemos que será tiempo de que recobremos nuestro propia ADN? Reclamemos nuestra propia identidad. Viviendo como en un circo con otros diciéndonos qué creer es una tontería. Es tiempo de aprender, de pensar, es tiempo de no estar amedrentados por aquella evidencia que parece real pero que es falsa. Salgamos del velo de la ilusión; vivamos la vida como debe ser vivida, como un gran artista del trapecio. En algún momento, podremos actuar sin una red y simplemente confiar que nuestras propias habilidades y juicio nos serán más útiles que las grandes corporaciones.

El pensamiento de hoy, un tanto radical en su enfoque, no deja de dejar en evidencia el problema de la sociedad occidental—y cada vez más del mundo en general—un materialismo asfixiante que no sólo nos roba nuestra identidad sino también socava nuestra autoestima de manera gradual. Y es que el materialismo nos “cosifica” y nos hace pensar que valemos en base a lo que tenemos—y ya no se trata de tener fortunas enormes, sino algo más asequible a la población en general: un auto de cierta marca, un teléfono inteligente de última generación o, como plantea el autor, el poder mantener comunicación incesante, si bien con poca relevancia, con muchos conocidos y amigos al mismo tiempo.
El problema es que todo aquello atenta, si bien de manera muy sutil, contra el plan de Dios para nosotros, en el que necesitamos rescatar nuestra unicidad—el diseño divino—de la estandarización (si bien en función de niveles socioeconómicos) a que somos sometidos por una cultura de consumo.
¿Por qué no aprovechar estos días para permitir al Espíritu Santo hablarnos a través de Su palabra, en medio de la adoración corporativa y rescatar nuestra individualidad para la gloria de Dios? Atrevámonos a buscar lo de Dios por encima de todo el bombardeo del mundo y que el Señor haga brillar Su rostro sobre cada uno de ustedes.
red