viernes, 23 de septiembre de 2011

La fuerza del perdón



Hace unos años conocí a una mujer que había sido engañada por su marido. Ella se dio cuenta sin que él lo imaginara. Al inicio se sintió muy dolida y humillada, y un tanto confundida. No podía creer que todo su proyecto de vida se viniera abajo en un segundo por la infidelidad de su esposo. Su familia, sus hijos, ¿qué pasaría con todo? Ella, al casarse había dado su sí para siempre, y ahora se le presentaba esa situación que no la dejaba en paz. No se sintió con fuerzas para enfrentar a su esposo en un inicio. Dejó de dormir, y hasta de comer. Su relación con sus hijos también se vio afectada. Ya no tenía ilusión por nada. Era más bien el coraje y hasta un cierto odio el que empezaba a surgir en su interior. Se podía decir que estaba empezando a caer en depresión. Pasaron unas semanas y empezó a notar el gran daño que esta situación le estaba causando. No sabía desde cuándo había iniciado la infidelidad. Veía a su esposo cada día y no podía menos que preguntarse el porqué. Él le había fallado. No había sido fiel a su promesa, y sin embargo, la que estaba sufriendo las consecuencias era ella. Si tan sólo no se hubiera enterado… podría vivir como hasta ahora, en la ingenua mentira de pensarse amada… pero no, lo sabía… No sabía qué hacer.

Un buen día, en medio de estos sentimientos negativos, se dio cuenta de que se estaba destruyendo a sí misma sin hacer nada para mejorar su situación. No había terminado su relación con su esposo, pero tampoco la había mejorado, de hecho, empeoraba, y a los ojos de los demás, ahora era ella la culpable con su alejamiento y su falta de ganas por vivir. Sus hijos también empezaban a sufrir las consecuencias. Se encontró ante la necesidad de hacer algo.

Había que construir el futuro


Decidió primeramente no hablar de esto con sus hijos. La ignorancia servía de defensa contra los efectos del odio y la decepción que la estaban carcomiendo a ella por dentro. Se dio cuenta que mientras continuara con estos dos sentimientos, no lograría nada constructivo en su vida. Ya fuera que se quedara con su marido o que lo abandonara pagándole con la misma moneda, mientras el rencor estuviera en su interior, no encontraría la paz anhelada. Era cuestión de supervivencia, lo primero que necesitaba era encontrar, a como diera lugar, esa paz que había perdido. Pensó en vengarse, pero el simple imaginárselo le ocasionaba un mayor malestar interior. Pasó momentos muy difíciles, y no dejaba de suspirar… ¡si tan sólo su esposo no le hubiera sido infiel! ¡Cómo regresar el tiempo y borrar lo pasado!

De repente se le iluminó el panorama. Si bien, no podía cambiar el pasado, sí estaba en sus manos construir el futuro. No se resignaba a perder a su familia. Algo se podría hacer… En ese momento empezó a aceptar su situación. Era cierto, no lo podía negar. Su esposo había buscado el amor de otra mujer. Pero también lo era que ella seguía siendo la esposa. Se dio cuenta que con los años se había enfriado un poco la relación, sin haber puesto un remedio. ¡Si tan sólo hubiera actuado a tiempo! Pero ya de nada servía el lamentarse. ¿Qué pasaría si ponía la solución ahora? ¿Si intentaba reconquistarlo? En un momento determinado se decidió a hacerlo.

Lo que parecía increíble


Requirió mucha valentía, primeramente para perdonarlo. Pero ese perdón le hizo más bien a ella que a él. Ya no podía seguir viviendo con el rencor y el odio dentro de sí. El perdón le regresó la paz interior que tanto anhelaba y necesitaba. Después empezó a ganarse nuevamente a su marido, siendo especialmente solícita con él. Poco a poco, él se fue volviendo cada vez más cercano y cariñoso, como en los primeros años, hasta que dejó por completo a la otra mujer.

Entonces, fue cuando ella decidió hablar sobre el asunto. El susto que se llevó él cuando se enteró que ella había estado al tanto de su aventura. Inmediatamente le pidió perdón. No podía creer la suerte que había tenido para no haber sido abandonado por ella. Gracias a su esposa seguía teniendo una hermosa familia, y se encontraba ahora cada día más enamorado de ella. El intuir el sufrimiento y el sacrificio por el que tuvo que pasar ella para sacar adelante su relación, le hizo valorarla y admirarla todavía más.

Puestas las cartas sobre la mesa, ella comentó que ella había cumplido con su parte, pero que él no. Ahora le correspondía a él reparar y reconquistarla de nuevo. Él se dedicó a ganarse de nuevo su amor y su confianza. Y hoy son una pareja envidiable. Sus hijos y sus amigos nunca se enteraron de esto, pensando que siempre habían sido una pareja modelo.

El perdón imprescindible y suficiente


No cabe duda de que este tipo de historias no siempre terminan con un final feliz, como en este caso. Esto se debió a la heroicidad de una mujer que supo darse su lugar y luchar por su esposo y por su familia. Platicando con ella, se puede ver que la capacidad que tuvo para perdonar a su marido fue la clave para salir adelante. Si no lo hubiera hecho, se habría destruido internamente a sí misma y a sus hijos. Fue precisamente el perdón lo que la ayudó a aceptar una situación extremadamente dolorosa, para buscar una solución viable. Esto le dio fuerza para luchar y para conseguir su objetivo.

En cada historia personal encontramos siempre momentos de grande sufrimiento ocasionado muchas veces por quienes más queremos. Esas heridas pueden infectarse generando una serie de rencores y resentimientos que sólo causan mayor daño a la persona. La única medicina capaz de curar y prevenir esa gangrena interior es el perdón. Un perdón que no es señal de debilidad sino de fortaleza. Que no es resignación, sino aceptación de una realidad para poder superarla. Un perdón que es el único remedio para mantener sanos la mente y el corazón.

Muchas veces no está en nuestras manos el evitar que se nos hiera. Pero sí lo está el dejar que esa herida nos amargue la vida entera o perdonar y seguir adelante.

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