martes, 25 de noviembre de 2014

¿Qué imagen tenemos de Dios? – Reflexión para pensar


escondido
Muchas veces buscamos entender el significado de Dios en nuestras vidas, dando vida a imágenes que han sido creadas en nuestra mente desde niños. Es importante tener en cuenta que la fe que profesamos, está determinada por la manera de concebir a Dios y crecemos creyendo que nuestra vida está determinada por situaciones que a veces no existen.
Para ello dejamos este relato buscando llegar a ti la reflexión, de identificar como está tu fe desde la imagen que tienes del creador y amor eterno.
Dios era un pariente de la familia, muy admirado por mamá y papá, que lo describían  como un ser amoroso, gran amigo de la familia, muy poderoso e interesado en todos nosotros. Con el tiempo nos llevaron a visitar al “buen tío Jorge”. Vivía en una mansión formidable, tenía barba, era rudo y amenazante. No podíamos compartir la admiración que profesaban nuestros padres a esta joya de la familia. Al final de la visita, el tío Jorge se dirigió a nosotros: “Ahora escuchen, queridos -empezó, con aspecto muy severo-,  deseo verlos aquí una vez por semana, y si dejan de venir, permítanme mostrarles lo que sucederá.” Entonces o guió al sótano de la mansión. Estaba oscuro, se volvía cada vez más caliente a medida que bajábamos, y empezamos a escuchar gritos sobrenaturales aterradores. En el sótano había puertas de acero. El tío Jorge abrió una. “Ahora vean en el interior, queridos”, dijo. Vimos una imagen de pesadilla, un grupo de hornos llameantes con pequeños demonios en espera, que lanzaban a las llamas a hombres, mujeres y niños que no visitaron al tío Jorge o que no actuaron de una manera que él aprobara. “Y si no me visitan, queridos, es ahí donde irán con toda seguridad”, dijo el tío Jorge. Después, nos llevó escaleras arriba con mamá y papá. Cuando fuimos a casa, tomamos fuertemente de una mano de papá y de la otra de mamá, ella se inclinó a nosotros y dijo: “Y ahora, ¿No aman al tío Jorge con todo su corazón, su alma, mente y fuerza? Y nosotros, aborreciendo al monstruo, dijimos: “Sí, lo amo”, porque decir cualquier otra cosa, sería unirnos a la fila que esperaba para entrar al horno. A una tierna edad se ha instalado la esquizofrenia religiosa y no dejamos de repetir al tío Jorge cuanto le amamos y cuan bueno es y que solo deseamos hacer aquello que le complazca. Obedecemos lo que se nos dice que se desea y o nos atrevemos a admitir, ni siquiera nosotros mismos que lo aborrecemos.

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