
Ha pasado a la historia como apóstol de la oración y formador de orantes. Fue nombrado confesor de los Infantes. Y cuando Felipe IV sucedió en el trono a su padre, pidió al padre Rojas que aceptara ser el confesor de la reina doña Isabel de Borbón. El «padre Rojas» –que así era conocido popularmente en Madrid– pasó en la Corte más de 20 años, que fueron los más fecundos de su vida apostólica y sacerdotal.
Desarrolló una actividad extraordinaria, no tanto entre la gente acomodada como en los barrios bajos y en los pueblos adyacentes a Madrid: predicaba, confesaba, visitaba enfermos, asistía a los más desgraciados, promovía colectas para la redención de cautivos, fundó el comedor del “AVE MARIA”, se interesaba en las redenciones...
No resulta fácil explicarse cómo podía llegar a tanto. Por todos los medios a su alcance difundió el saludo «Ave María» y la devoción a nuestra Señora: edición de estampas, rosarios, sermones, etc. La edad, las interminables caminatas y las duras mortificaciones a que se sometía, fueron minando sus fuerzas. Murió el día 29 de septiembre de 1624. La noticia se propagó rápidamente por Madrid y sus alrededores. El convento fue meta de gentes de todas las categorías y clases sociales que querían verle por última vez. El padre Rojas fue beatificado por el papa Clemente XIII el 13 de mayo de 1766. Y la canonización, por Juan Pablo II, tuvo lugar el 3 de julio de 1988.
En la vida y en los escritos del padre Rojas destacan algunos aspectos que bien podemos calificar de especialmente importantes y actuales: El amor a Dios Trinidad y a la Virgen Maria, su vida de oración y su predilección por los cautivos y pobres.
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