martes, 27 de septiembre de 2016

ALEGRÍA Y VIDA, EN LA EXPERIENCIA ANTONIANA



Alegría y Vida, en la experiencia Antoniana
El experimentar la bondad y misericordia de Dios torna a San Antonio en un hombre de misericordia frente a todos


La primera palabra que usaba San Antonio en su predicación no es cruz ni la última es muerte. La primera palabra es alegría y la última palabra es vida. Comienza siempre por anunciar la alegría de una buena noticia, la liberación plena del ser humano.

¿Por qué esta alegría? Porque los seculares ene­migos de la humanidad de Jesús fueron vencidos por la muerte y resurrección: las enfermedades, los pecados, la muerte. Jesús emerge como el más fuerte que vence al fuerte. Así San Antonio manifestará la alegría en la irrupción del Reino entre los que están más distantes de Dios, los pecadores, los pobres, los humillados.

San Antonio, imitando a Cristo, hace una experiencia profundamente pla­centera de Dios. Dios Padre de infinita bondad ama a los ingratos y a los malos y tiene predilección por los pequeños. Es el Dios de los pecadores, del hijo pródigo, de la oveja perdida, del publicano, del gentil, de la mujer adúltera. A éstos, San Antonio proclama la alegría y la vida nueva de reino: "Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de Dios".

Esta experiencia del Dios bondad y misericordia, torna a San Antonio en un hombre de bondad y de misericordia frente a todos, especialmente a los estigmatizados por el su­frimiento y la necesidad. La pasión por el Padre alimentaba cada día en la vida de San Antonio la pasión por los hombres: "¡Sed misericordiosos como el Padre es misericor­dioso!" ¡Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto!

Era una exigencia en San Antonio que sin un cambio en el modo de pensar y de obrar no se inaugura el Reino ni en nuestro corazón ni en el corazón del mundo. La misericordia y la bondad para con todos, particularmente para con los últimos, libera de las cruces de la vida y hace ligero el fardo de la vida.



San Antonio nos recuerda que el evangelio del Reino de Dios es buena noticia porque causa alegría. Y causa alegría porque, mediante la conversión, la realidad del ruin se hace buena; el hombre que odia se vuelve compasivo; de cerrado sobre sí mismo se abre amorosamente a los demás. Con esta actitud comienza a ser verdad histórica el hecho de que somos hermanos unos de otros y, realmente, hijos del Padre. Es así como comienza a ser realidad el Reino del Padre y a fermentar en nuestro medio.

El mensaje central de San Antonio no consiste en predi­car la cruz, ni en crear cruces, ni en legitimar las cruces que unos imponen sobre los hombros de los otros, sino en gestar una forma de vida que evite la creación de cruces para los demás, que libera a los crucificados y confiere un sentido humano y divino para las cruces inevitables de nuestra existencia fi­nita y mortal.

La condenación a muerte de Jesús fue conse­cuencia de su vida y de sus obras de misericordia. Estas escandalizaron a los piadosos del templo. Para ellos, Jesús había ido demasiado lejos. Intentaron encuadrarlo dentro de los cánones del tiempo; des­pués, procuraron reducirlo al silencio; enseguida lo enemistaron con el pueblo y con las autoridades romanas; lo expulsaron de la sinagoga, excomulgán­dolo; lo difamaron acusándolo de poseído del demo­nio, de hereje, samaritano, comilón y bebedor y amigo de gente de mala clase; lo amenazaron de muerte haciéndolo ir al exilio; finalmente, decidie­ron matarlo, aprisionándolo, torturándolo, some­tiéndolo a juicio y crucificándolo en el Calvario. La muerte de Jesús en la cruz no fue para ellos sino un crimen más.

Jesús decide no echar pie atrás, no desistir, ni huir sino ofrecer su vida y sacrificarse.

La muerte no se presentará entonces como castigo sino como expresión de libertad. Él tuvo que atravesar una profunda crisis. Tuvo que asimilar el trauma del rechazo y de la muerte hasta abrazarla con plena decisión de su libertad. A El también le parecía la cruz una ignominia y maldi­ción, pues era el castigo para los falsos profetas.

La muerte fue la consecuen­cia de la oposición que su vida y sus obras provocaron. La resurrección es el triunfo de la vida de Jesús; aquella vida de entera donación y servicio, aquella vida de intimidad con el Padre hasta el punto de identificarse con El, no podía acabar en la cruz.

Cada existencia humana viene estructurada por el dinamismo pasión. muerte y resurrección. Todo tiene su precio. La vida nunca aparece terminada. Es una tarea que debe realizarse cada día. Obstáculos que deben superarse, deseos frustrados, esperanzas fugaces. Cada uno tiene que aprender a renunciar y a aceptar lo cotidiano pero abriendo camino hacia ascensiones humanizadoras.

San Antonio, con su vida y doctrina, nos exhorta a afrontar las crisis que pertenecen a la estructura de la vida en continuo crecimiento.

“David tiró por tierra a Goliat con la honda y una piedra; así Cristo con la honda de la humanidad y la piedra de la Pasión venció al diablo.” (San Antonio de Padua)