martes, 3 de enero de 2012

Tomás


Para los que leen poco: he aquí la vida de quien pudo haber conquistado el mando de una abadía, el anillo del arzobispado o la espada de un reino
Tomás
Tomás

Soplaban los vientos del emperador Barbarroja por los dominios del Conde Landolfo. Doña Teodora, la joven esposa, estaba a punto de dar a luz. Afuera el viento azota despiadadamente las almenas. Dentro, en la mejor stanza de un novelesco castillo medieval -de esos legendarios repletos de escudos y torreones, fosas, dragones y princesas-, los chasquidos de una hoguera calientan las vidas de los nobles.

1225. ¡Les ha nacido otro vástago! La familia crece, la nobleza se estira. Y así, estirándose los días y las semanas, transcurren los primeros años con la normalidad de cualquier infancia.

Ha llegado el momento de pensar en la educación del pequeño Tomás. Lo mejor es que sea educado por la Iglesia. Así lo ha decidido el señor Conde. Tomás irá a Nápoles.

Emprenden el trayecto, talega en mano. A lo lejos ya se divisa Cassino. Un monasterio enclavado en el corazón rocoso de la provincia napolitana. Allí los buenos benedictinos miman al hijo de tan elevada alcurnia. Entre celda y celda, por los corredores se escucha: "El niño promete y tiene futuro". "Siendo el hijo del Conde, ¡qué cantidad de beneficios aportará!" "Y cuando llegue a abad..."

¡No!¡Imposible! ¡Soñador! Sus hermanos se oponen rotundamente a la idea. Sobre las almenas del castillo no pueden ondear los harapos de un fraile mendicante. Alrededor, los reproches le hieren el alma, como aguijones: "Eres de alta alcurnia". "Recuerda tu noble cuna". "Con los benedictinos llegarás a Abad"."La familia quiere que..."

Pero al bueno de Tomás no le cabe el corazón en el pecho. No quiere un futuro fácil y regalado. Sueña con... El hábito de los Dominicos le había encandilado desde inicios del 1244.

Tomás calla. Es el silencio contemplativo del "buey mudo, cuyo mugido estremecerá el mundo", como dirá san Alberto Magno, su maestro. Tomás sufre. Tomás ora. Tomás es encarcelado.

De 1248 a 1251, estrenando sus 22 años, viaja a Colonia. Allí conoce y se permea de las más tiernas fragancias de la cristiandad. Alberto Magno le introduce por los profundos y nuevos senderos de la filosofía. Son los años de preparación para el sacerdocio, quizás los más llenos de su vida. Tomás no cabe de la emoción.

Entre 1252 y 1259 lo encontramos en París, epicentro de todos los movimientos culturales de la época. Tomás se mueve en el turbulento mar de las revueltas intelectuales entre frailes y doctores.

Casi una década suman los años vividos en la península itálica. Peregrino, se traslada de un lugar a otro. Orvieto, Roma. Roma, Viterbo. Viterbo,... Sólo Dios sabe dónde fue a parar.

Como en el Quijote, sus años parisinos tendrán una segunda parte. París nuevamente lo requiere. Su segunda estancia resultará no menos oscura y turbulenta que la anterior. Tomás lo sabe y acepta.

Los últimos años los pasa en Nápoles. ¡No puede más! Ha llegado el momento de partir y él lo sabe. Dejará para las bibliotecas y los estudiosos la friolera de unos diez millones de palabras. Y todo lo consideraba paja. Aquel día de 1274, camino del Concilio de Lyon, sonrió al cielo.

Para los que leen poco: he aquí la vida de quien pudo haber conquistado el mando de una abadía, el anillo del arzobispado o la espada de un reino. Una existencia que descubrió en su horizonte dos estrellas fulgurantes: la del estudio y la de la enseñanza.

Y es que en la vida hay cosas más nobles, profundas y buenas que la ambición, el dinero o el poder. Es la sana pasión por la verdad, que se oculta en lo más ordinario de cada día: en el estudio, el trabajo, el amor y la vida.

Levanta cualquier hoja del calendario. Allí encontrarás un ser plenamente feliz. Como Tomás, el fraile, el santo, esa persona -como tú y que como yo- que se festeja todos los 28 de enero.

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