jueves, 1 de diciembre de 2016

Beato Carlos de Foucauld

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Carlos de Foucauld es el gran explorador francés que se hizo testigo del Evangelio entre los tuaregs del Sahara. Nace en Strassbourg (Francia) el 15 de setiembre de 1858 en el seno de una familia noble. Su familia le ofrece un ambiente religioso, pero en los centros de estudio encuentra un ambiente neutro, lo que unido a su temperamento inquieto y fogoso y a la falta de una adecuada orientación educativa, determina que viva una juventud extremadamente disoluta. Pierde la fe a los dieciséis años y permanece en estado de indiferencia durante más de doce años. Al llegar la mayoría de edad, entra en posesión de una rica herencia, que dilapida con su vida licenciosa.

En 1878 ingresa en el ejército y marcha como subteniente a África, en la época en que Francia colonizaba Argelia. Se licencia en 1883 para dedicarse a explorar Marruecos, donde realiza un viaje de tres mil kilómetros, disfrazado de rabino judío, fruto del cual resulta un importante estudio geográfico que le vale la medalla de oro de la Sociedad Geográfica.

Su conversión religiosa se produce en 1886. Descubre que la voluntad de Dios es su ingreso en la vida religiosa, y elige la Trapa (cistercienses), orden religiosa de vida austera, por lo que ingresa en 1890 en la trapa de Nuestra Señora de las Nieves en Francia. Allí conoce la existencia de otra casa de la orden en Akbés, Siria, donde es mayor la pobreza, y pide su traslado, pasando allí seis años. No está satisfecho del todo. A pesar de la vida austera de los monjes, tienen a su servicio labradores pobres de la región, que viven en situación precaria.

En octubre de 1896 sus superiores lo envían a Roma donde estudia teología y, ya a punto de hacer la profesión perpetua, decide dejar la orden. Insatisfecho, busca una vida más auténtica en Nazareth, imitando a Jesús, que pasó allí la mayor parte de su vida con una existencia de obrero, oscura pero redentora. Abandona la orden y se instala en Nazaret como criado de las hermanas clarisas, viviendo en una caseta del huerto y entregándose completamente a la contemplación y a la pobreza. Sueña con compañeros que compartan su vida y redacta la regla de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús.

La larga estadía en Nazareth lo empuja a buscar otro sitio más pobre, donde continuar el mismo estilo de vida y donde hacer presente a Jesús por medio de su vida oculta. Para ello en 1901 viaja a Francia para ordenarse sacerdote y decide establecerse en Marruecos, pero ante la imposibilidad de hacerlo, se instala en en Beni-Abbés, Argelia, cerca de la frontera con Marruecos. Allí vive su vocación de vida de Nazareth, oculta y pobre, al servicio de los hombres, especialmente de los más necesitados. Pasa largas horas en adoración de la Eucaristía, vive como hermano de todos, acogiendo a pobres y enfermos sin distinción de raza o religión. Desde allí realiza varios viajes por Argelia, siempre en busca de los más pobres.

«Vivió en la pobreza, en la contemplación, en la humildad, testimoniando fraternalmente el amor de Dios entre los cristianos, los judíos y los musulmanes», recuerda el cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, durante la ceremonia de promulgación del decreto de reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión. Este aspecto de «hermano universal» es importante dentro de su espiritualidad: una llamada a encarnar el amor y el servicio entre los más humildes y abandonados a través de la amistad y el testimonio silencioso. Este amor, llevado a sus últimas consecuencias, exige compartir la condición social de los más pobres, el trabajo manual, el servicio incondicional. Atraído por el deseo de ponerse en contacto con las tribus tuareg, se establece en 1905 en Tamanrasset, (Hoggar), en pleno corazón del Sahara, como el hermano Marie-Albéric. Los bereberes lo llaman «marabut». Allí lleva una vida semejante a la de Beni-Abbés. Para preparar el camino a futuros misioneros lleva a cabo una serie de estudios lingüísticos de gran calidad científica. Escribe varios libros sobre los tuaregs, en particular una gramática y un diccionario bilingüe francés-tuareg. Surge en torno a él la comunidad de los Hermanitos de Jesús, empeñados en la evangelización de los tuaregs del Sahara.

El 1 de diciembre de 1916, a la edad de 58 años, Carlos muere por un disparo de fusil en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Apresado y maniatado por una banda rebelde, un muchacho lo vigila, mientras los demás se dedican al saqueo de su residencia. El vigilante, nervioso al creer que llegan soldados, lo mata de un disparo en la cabeza.

El hermano Charles quería crear una congregación que compartiera su carisma, para lo que escribió diversas reglas, pero no lo logró en vida, excepto una pequeña «Unión de laicos» que contaba con unas decenas de adscritos en el momento de su muerte. Más adelante, a partir de 1933, comienzan a constituirse grupos que desean vivir las diversas facetas del carisma del hermano Charles, adoptando diversas formas: congregación religiosa, instituto secular, asociaciones de laicos, asociación de sacerdotes, etc., y subrayando cada uno tal o cual aspecto del carisma. Diez congregaciones religiosas y ocho asociaciones de vida espiritual han surgido de su testimonio. Surgen así los Hermanitos de Jesús, Hermanitas de Jesús, Hermanitos del Evangelio, Hermanitas del Sagrado Corazón, Hermanitas del Evangelio, Hermanitas de Nazareth, etc; como instituto secular la Fraternidad Jesús Caritas, como laicas consagradas la Fraternidad Charles de Foucauld, como asociación de fieles la Fraternidad Secular Charles de Foucauld, como asociación de sacerdotes diocesanos la Fraternidad Sacerdotal Jesús Caritas, etc.

«La forma en que el hermano Charles de Foucauld imitó a Jesús de Nazareth nos ha seducido», dicen quienes integran la amplia y variada familia espiritual de este pequeño gran hombre del desierto. Hoy son ya once congregaciones religiosas y ocho asociaciones de vida espiritual extendidas por todo el mundo. Fue beatificado el domingo 13 de noviembre de 2005 en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

Padre mío, me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.
Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo
con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.
El Beato Carlos de Foucauld
El Beato Carlos de Foucauld