viernes, 8 de junio de 2012

SAN MEDARDO

Velas

Obispo
(457-545)
San MedardoSan Medardo es un gran santo milagrero. Es uno de los primeros santos que produjo la Francia recién convertida por San Remigio, quien hizo bautizar al rey Clodoveo en Reims mientras le decía: "Inclina la frente, fiero sicambo, y de ahora en adelante quema lo que has adorado y adora lo que has quemado".
Cuando muere Clodeveo el 511, estaba mediando en su plena madurez. Había nacido en Salency en la segunda mitad del siglo V. Sus padres Néstor y Protagia, también ellos cristianos, educaron lo mejor que pudieron a su hijo. Este estaba llamado por la Divina Providencia para algo muy grande. Eran muchos los prodigios que desde muy pequeñín se realizaban sobre él para poder presagiar de este modo.
E1 famoso pintor galo, Gallot, ha inmortalizado la escena. Era todavía muy niño Medardo cuando un día paseaba por el campo y se levantó una terrible tormenta. Granizaba con fuerza y llovía torrencialmente. El niño ni se mojó ni recibió golpe alguno del granizo. Un águila muy grande extendió sus alas sobre la cabeza del niño Medardo y le hacía de maravilloso paraguas.
La vida de Medardo de ahora en adelante irá toda ella rodeada de toda clase de prodigios y de gracias sobrenaturales hasta el punto de llegar a ser uno de los Santos que han gozado y gozan de más fama de "milagreros".
Sus padres lo encomendaron a los monjes para que le dieran una digna educación. En las letras y en las artes progresó maravillosamente siendo la admiración de sus mismos maestros hasta tal punto que ya no sabían qué enseñarle porque sabía más que ellos.
Pero más aún que en las ciencias se le veía progresar en la santidad. Se le veía absorto en la oración. Pasaba largas horas en la Iglesia y entregado a obras de caridad. Más de una vez su padre hubo de reñirle porque había entregado a los pobres hasta su misma cabalgadura. Su padre intentó encaminarlo por la carrera militar, pero pronto se dio cuenta que la suya era la de clérigo. Estudió teología y en poco tiempo los superiores le vieron preparado para ser ordenado sacerdote.
Queremos redactar el hecho, quizás único en la historia de los Santos, que Medardo tuvo otro hermano que se llamó Gildardo y que fue idéntico a Medardo que parece eran como una sola persona. La divina Providencia los unió desde la cuna al sepulcro: Nacieron el mismo día; se ordenaron sacerdotes el mismo día: fueron ungidos obispos el mismo día; y el mismo día y a la misma hora, volaron al cielo a recibir el premio de sus muchas virtudes. Los dos son Santos, pero San Gildardo, no es tan conocido y por ello hoy se celebra sólo San Medardo. Quizá porque éste es al que más "milagros" le atribuye el pueblo.
La vida de Medardo está cuajada de sabrosas anécdotas que demuestran su gran caridad y cómo sabía siempre sacar bien del mal. A los ladroncillos que abundaban por aquellos parajes solía cogerlos in fraganti y en vez de llevarlos a la cárcel les hacía reconocer sus pecados y que se corrigieran de ellos.
Instituyó la famosa "Fiesta de la Rosa" que consistía en coronar de flores a la joven que a lo largo del año se había distinguido por su bondad y caridad... y le daban ricos regalos. ¡Este sí que era un buen concurso de belleza! El año 530 es elegido Obispo. Se entregó de lleno como padre al cuidado de su clero y los fieles. Por ellos estaba dispuesto a morir. Lleno de trabajos y milagros volaba al cielo el 545, el 8 de junio.

(†  560)
 
San Medardo es un santo merovingio. Un santo de aquella Francia recién convertida al catolicismo por obra del obispo San Remigio, que hizo bautizar en Reims a Clodoveo, bárbaro sicambro.
 San Remigio conocía bien a su regio catecúmeno, y, después de prepararle concienzudamente cuanto daba de si la rudeza del belicoso monarca, organizó toda una fiesta en la catedral de Reims. La oportunidad lo demandaba. Tapices, colgaduras, cruces gemadas, lámparas en los intercolumnios, reflejos dorados de los mosaicos, melodías de clérigos y chantres, aclamaciones de los fieles.
 Clodoveo se sintió conmovido, transportado. Hombre de guerras y torneos, no conocía las bellezas del culto cristiano.
 —Padre —exclamó al penetrar en la basílica deslumbrante—, ¿es esto el cielo de que me tenéis hablado?
 —No, hijo —respondió el obispo—, esto es solamente la antesala del cielo.
 Esta anécdota nos sirve muy bien para introducirnos en la vida de un santo merovingio. Con aquellos pueblos francos, regidos por Meroveo, que habían estado al servicio de la Roma imperial, a la cual prestaron buena ayuda en la derrota de Atila el año 451, había que proceder así, con suavidad y energía, como con niños grandes, deslumbrándoles con algo que ellos no poseían: tradición y cultura.
 Al desaparecer el Imperio de Occidente el rey Childerico comienza a construir el reino franco, aunque el verdadero creador de aquella nacionalidad es Clodoveo, que da a su pueblo la unidad de territorio y de religión.
 Por la batalla de Tolbiac (496) vence a los francos ripuarios y a los alamanos, y posteriormente abraza la religión católica por influencia de su esposa, la princesa borgoñona Clotilde, y del obispo San Remigio.
 Por otra batalla, la de Vouillé (507), se apodera de los dominios visigóticos, eficazmente apoyado por el clero, que veía con agrado la expulsión de los arrianos de las Galias. Posteriormente, y aplicando toda clase de procedimientos, logró adueñarse de todos los dominios de los demás pueblos francos del Rhin y Cambray.
 Clodoveo era un gran político y un gran militar, que recurría a todos los medios para consolidar su poder. La frase que San Remigio pronunciara, al tiempo de administrarle el bautismo: "Adora, sicambro, lo que has quemado, y quema lo que hasta ahora has adorado", la entendió siempre a medias, o, mejor, según le convenía. Su talento político iba por encima de su conciencia, y por eso su reinado, abundante en aciertos de primer orden, lo es también en violencias y desmanes.
 Pues en este clima crece San Medardo. Sería ya un adolescente cuando ocurrió la muerte de Clodoveo el año 511, en que su reino fue dividido entre sus cuatro hijos: Tbierry, Clodomiro, Childeberto y Clotario, reino que no volvería a reunirse hasta muchos años después, en 558, en manos de Clotario, cuando a San Medardo sólo le restaban dos años de vida.
 Los reyes francos tenían, como los restantes monarcas bárbaros, psicología de ricos nuevos. Todo les venía ancho, en especial el derecho y el respeto hacia los otros. Aquella mesura de los romanos, que con las legiones llevaban las formas jurídicas y la ordenación social, no la poseían los bárbaros pueblos de la selva, gentes en estado tribal. Fueron los monjes y los obispos quienes penosamente hubieron de educarlos en la moderación y el uso ponderado de la fuerza. Y —¡oh maravilla!— el caballero, el hombre que pone su espada al servicio de las más nobles empresas teniendo por norma el honor, es un producto del feudalismo cristianizado. La Edad Media sería el equilibrio entre religión y poder.
 San Medardo nació en Salency. Su padre, Néctor, pertenecía a una gran familia franca, y su madre, Protagia, era galorromana. Buena fusión para un santo que habría de influir poderosamente en su pueblo.
 De su padre heredaría la fortaleza, la decisión e incluso el prestigio para que nadie le tornara por sospechoso. De su madre mamaría la delicadeza, las finas maneras, el gusto depurado.
 Naturalmente, con una madre así había que pensar en una educación esmerada para el hijo; pero seguramente que también el padre apoyaría. Los padres quieren vengarse de su ignorancia dando carrera a sus hijos, sobre todo si ellos prosperaron simplemente por audacia y fortuna.
 San Medardo estudió en Augusta Veromanduorum. Esta población del norte de Francia, cerca ya de la actual Bélgica, corresponde hoy a una ciudad que tiene para los españoles recuerdos imperiales y nos valió El Escorial: Saint Quentin.
 Allí estudiaría en la escuela episcopal y adelantaría en los estudios; pero más en la virtud.
 Tratándose de un santo, y de un santo merovingio, esto es de todo punto imprescindible. No es que estuviera predestinado a la santidad; el joven escolar pondría grandes esfuerzos, derrocharía todo su empeño en los estudios, pero no menos en superarse en el bien.
 Desde luego, está probado por los biógrafos primitivos el sentido limosnero del joven Medardo. Compartía con los estudiantes más pobres su comida, socorría largamente a los menesterosos, y en una ocasión dio un caballo a un pobre peregrino a quien los ladrones habían dejado a pie, robándole su cabalgadura. Cuando su padre notó la falta en la caballeriza, se admiraría ante el suceso y presentiría que su hijo, si algún día alcanzaba fama, no sería como guerrero, sino como clérigo.
 Efectivamente, el obispo de su diócesis le promovió a las órdenes sagradas, y ascendiendo por los grados de la jerarquía llegó al sacerdocio.
 Por entonces debió volver a Salency para hacerse administrador de las propiedades paternas en beneficio de los pobres, aunque no de los ladrones.
 Una de las cosas que debían aprender los francos, acostumbrados a la ley de la selva, era el respeto a la propiedad.
 Parece que San Medardo tuvo en parte esta misión. Pero el Santo no necesitaba llevar a los rateros a los tribunales civiles. Resolvía él mismo, con milagros y caridad, los casos.
 Tres anécdotas, como de Flos sanctorum, han llegado hasta nosotros, y ungidas, además, con su propia moraleja, como los apólogos orientales.
 El Santo tenía una viña junto a su casa. Eran los comienzos del otoño cuando un sol en declive va dando toques de oro a los racimos de las cepas. Una noche los ladrones asaltaron la heredad. Llenaron sus capachos y pretendieron huir con el objeto de su depredación. Todo fue inútil; no encontraban la salida de la finca. A la mañana siguiente la aurora y San Medardo, que salía al predio para cantar Ios salmos de su oficio, encontraron a los rateros. El Santo no tuvo reproche alguno para los infelices. Tal vez, con un dejo de ironía, pudo decirles:
 —¿Veis? El pecado ciega. ¡Con lo fácil que era dar con la puerta! Podéis marchar, y que os aproveche vuestra vendimia.
 Otro día fue un ladrón goloso que asaltó las colmenas de la casa parroquial. Pero tan apurado se vio de las abejas que le picaban implacables, que tuvo que solicitar socorro del Santo.
 —Mira, lo mismo ocurre con el pecado. Sus comienzos son dulces, pero las consecuencias tienen veneno y picor de abejas.
 Por último, el caso más gracioso y educativo fue el de la vaca.
 San Medardo tenía una vaquita. Debía de ser preciosa, como cuidada por un Santo. Y daba mucha leche.
 El Santo soltaba su vaquita al prado, y para saber si se alejaba, para conocer sus correrías, San Medardo puso una esquila a su vaca.
 La becerra pacía aquí y allí, bajaba hasta la ribera del río, se metía entre los juncos y espadañas de la orilla. El Santo oía la cencerra, escuchaba su sonido, y sabía las andanzas de su vaca. Si alguna vez el animalito se extraviaba demasiado, San Medardo lanzaba un silbido profundo y la vaca volvía a la querencia del establo. El Santo la ordeñaba, la apiensaba, y hasta el día siguiente.
 Pero un día la vaca se alejó. Al principio San Medardo oía el cencerro de su vaca. Después sólo muy lejanamente, por último, nada, ni un eco.
 San Medardo silbó a su vaca, esperando hallar la respuesta de su esquilita; pero la vaca no contestaba, porque un ladrón la había robado.
 San Medardo se acostó triste aquella noche, sin tomarse su cuenco habitual de leche espumante.
 Pero a la mañana siguiente se presentó el ladrón solo, por su voluntad, sin que nadie le obligara.
 Mejor dicho, venía obligado por la esquila de la vaca.
 Cuando la robó, para que no sonara, le quitó el cencerro, y lo escondió en sus alforjas; pero el cencerro sonaba, sonaba y sonaba.
 Después lo enterró en el suelo, y el cencerro seguía sonando.
 Por fin en su casa lo atascó con paja y lo escondió entre el heno. Mas el cencerro no dejaba de sonar. Aquella noche el hombre no pudo pegar el ojo, oyendo incesantemente la esquila de la vaca de San Medardo.
 Cuando a la mañana siguiente le explicó al Santo lo ocurrido, le respondió éste:
 —Hijo, eso es la esquila de tu conciencia. El remordimiento no te ha dejado dormir. Es la consecuencia de todo pecado.
 Estos hechos y aún otros más portentosos debieron hacer subir el crédito de santidad de Medardo. Y nada puede extrañar que fuera elegido obispo a la muerte de Alomer, que regía la sede de Vermandois. Parece ser que fue consagrado por el propio San Remigio, y para poder seguir atendiendo a sus posesiones familiares, y para enseñar costumbres cívicas a sus cristianos, recién salidos de la idolatría, o, como quieren otros biógrafos más dudosos, porque Noyon ofreciera mejores condiciones de defensa en aquellos tiempos calamitosos de invasiones y guerra, trasladó a esta ciudad la sede episcopal.
 Aquí comenzaría su lucha enérgica y suave centra los restos de paganismo que se resistía a cristianizarse, contra las supersticiones, contra las duras costumbres, contra la ignorancia, contra la rapiña y la haraganería, contra la intriga y el asesinato.
 Oscura tarea que llevaron a cabo aquellos obispos galos del siglo VI, que lograron cambiar la mentalidad de los francos recién convertidos.
 El prestigio de San Medardo aparece en todo su esplendor cuando vemos a la reina Radegunda postrada a sus pies pidiendo con humildad y energía el hábito de diaconisa.
 Radegunda era esposa de Clotario, que la había conseguido como botín el año 531, cuando las luchas intestinas de Turingia permitieron a los reyes francos apoderarse de aquel reino. Los hijos de Bertario, hijo del rey derrotado, Hermanfrido, cayeron prisioneros, y entre ellos venía Radegunda, princesa que había recibido una educación refinada en la corte de su tío. Clotario consiguió finalmente casarse con ella, dentro de la legalidad, aunque venciendo la repugnancia natural de la derrotada.
 Mucho debió de sufrir ésta al lado de su regio consorte, quien no sabía percibir del cristianismo nada más que el temor del infierno, y las noticias que la historia nos ha dejado de él nos lo presentan como príncipe violento y lujurioso, aunque capaz de arrepentirse de alguna mala decisión si se interponía el gesto enérgico de algún prelado. Así, después de haber decidido apoderarse del tercio de las rentas de las iglesias, renunció a su proyecto ante una simple protesta del obispo de Tours.
 Radegunda supo conducir la corte de Clotario dentro de una alta vida religiosa, sin descuidar un momento sus deberes de soberana.
 Mas, como dijimos, tenia ella un hermano que había sido hecho prisionero en 531, cuando la destrucción de la Turingia. En 555 esta región se sublevó contra Clotario, y éste hizo asesinar brutalmente al hermano de la reina.
 Radegunda pidió y obtuvo permiso de abandonar la corte, y con su ascendiente moral obliga a San Medardo a que le diera el velo de consagrada.
 El Santo duda, no por miedo a la cólera del rey o de los presentes que le advierten:
 —Obispo, cuida mucho de no arrebatar al rey su legitima esposa, la cual él desposó solemnemente.
 Más bien temía ir contra los sagrados cánones, que prohiben la separación de marido y mujer.
 Mas, como Radegunda ya había obtenido la autorización del rey, venció los últimos escrúpulos del santo prelado cuando se presentó ante él revestida de los hábitos religiosos y le dijo:
 —Si dudas de consagrarme, si tienes miedo de un hombre más que de Dios, sabe, pastor, que él te pedirá cuenta del alma de tus ovejas.
 Estas palabras decidieron al buen pastor, que impuso las manos a Radegunda, consagrándola diaconisa. Y no parece que Clotario tomara a mal la conducta del Santo, a pesar de lamentar el haberse quedado sin tan santa esposa. Esta marchó a Poitiers y fundó un monasterio, que puso bajo la regla de San Cesáreo de Arlés, y donde Venancio Fortunato hacía como de capellán y consejero del regio cenobio.
 San Medardo murió poco después, avanzado de edad y cargado de méritos, probablemente el año 560. Al siguiente moría también Clotario, y otra vez la dinastía franca se hacía reino cuatripartito en sus hijos.
 El cuerpo de San Medardo fue llevado muy pronto a Soissons, donde se levantó un célebre monasterio, comenzado por el propio Clotario.
 La fama taumatúrgica del Santo creció tan rápidamente que al año podía escribir San Niceto de Tréveris que era parangonable con la de San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers y San Remigio.
 Los prisioneros liberados por su intercesión acudían a su templo a dejar sus cadenas como exvotos. Al principio del siglo X los monjes de Soissons, huyendo de los normandos, llevaron sus reliquias de Dijon.
 San Medardo es uno de los santos más populares de la Francia de la Edad Media. No es raro que alrededor del mismo hayan proliferado las leyendas. Dom Leclercq, en el Diccionario de Arqueología y Liturgia, tiene un denso artículo sobre las “vidas" de este Santo. La que más fe hace es la escrita el año 600 por un monje merovingio, y que se atribuyó durante muchos siglos a Venancio Fortunato, pero que indudablemente no es suya.
 Otra cosa curiosísima es la leyenda que hace hermanos gemelos a San Medardo y San Gildardo, los cuales habrían sido bautizados el mismo día, ordenados sacerdotes y consagrados obispos el mismo día y habrían entrado igualmente en el cielo el mismo día. Un dístico medieval lo dice en latín litúrgico:
Una dies natos utero viditque sacratos,
albis indutos et ab ista carric solutos.
Pero esta leyenda absurda y sin fundamento la refutó el mismo Mabillon en 1668, en carta al prior de San Medardo, demostrando la imposibilidad de coincidencias cronológicas entre el obispo de Noyon y San Gildardo, que es anterior a San Medardo.
 San Gregorio de Tours nos dice que ya en su tiempo se representaba a San Medardo con la boca entreabierta y enseñando la dentadura, para significar de esta manera ingenua que era patrón contra los dolores de muelas. Este gesto del Santo ha pasado a la paremiología francesa, en que se dice: Ris qui est de saint Médard —le coeur n'y prend pas grand part (En la risa de San Medardo el corazón no toma mucha parte).
 La abadía de San Medardo de Soissons llegó a ser famosa y poseer pingües riquezas, jugando un papel importantísimo bajo los reyes merovingios y carolingios.


Hoy, 8 de junio, conmemoramos a San MEDARDO, Obispo.

SAN MEDARDO (¿475?-560) nació en Salency, cerca de Noyon, Francia, en la época en que empezaban a surgir los países europeos como los conocemos ahora, luego del colapso del Imperio Romano.

El padre de San Medardo, de acuerdo con la tradición, fue uno de los caudillos francos bárbaros que conquistaron la Galia romana. Su madre era hija de nobles galo-romanos. San Medardo crece entonces dentro de la nobleza del pueblo “conquistado”, y se puede decir que pertenece a la primera generación de “franceses”, con ese mestizaje de barbarie con romanidad.

La leyenda cuenta que cuando era niño estando en el bosque comenzó a caer una tormenta; entonces se apareció un águila gigante que extendió sus alas para protegerlo de la lluvia. Por esta razón la iconografía suele presentarlo acompañado de esta ave.

San Medardo estudió en Viromandensium, la actual Saint-Quentin, donde se ordenó sacerdote hacia 505. Siempre se destacó por su desprendimiento y su buena disposición en todo momento hacia el prójimo, ofreciendo siempre una sonrisa.

En 530 fue nombrado obispo de Vermand, aunque él desplazó la sede hasta Noyon. En 532 fue también obispo de Tournais, sucediendo a San Eleuterio. Los cronistas le atribuyen ya entonces diversos milagros.

A Radegunda de Turingia, esposa del pendenciero rey Clotario, la apoyó cuando ella quiso ingresar a un convento, acaso cansada de los desmanes de su marido. Radegunda funda más tarde un hospital y un monasterio en Poitiers.

A la muerte de San Medardo, el rey Clotario ordena que su cadáver sea trasladado a Soissons, y que sobre su tumba se construya una iglesia, que sería la de la abadía de San Medardo.

El culto de San Medardo se extendió rápidamente por Flandes y la Franconia. Actualmente se le sigue invocando en la Francia campesina como protector contra el exceso de lluvias.

SAN MEDARDO nos enseña el valor de la bondad.
Medardo, Santo
Medardo, Santo

Obispo

Los datos históricos sobre su persona y obra están en la penumbra, hay penuria de historia fiable y, por el contrario, contamos con abundancia de fábula.

Una antigua leyenda cuenta que siendo niño Medardo fue protegido de la lluvia por un aguila gigante, hecho que es usado frecuentemente en su iconografía. Por ello es que los franceses de la Edad Media recurrieran a él para pedir lluvia y verse libres de pedrisco, y posteriormente toda Francia le invocara contra el dolor de muelas por tomarle como protector contra este mal; de hecho, se le representa con una amplia sonrisa que deja ver sus hermosos dientes, y quedó para la cultura popular el dicho:

«ris qui est de saint Médard - le coeur n’y prend pas grand part» (En la risa de san Medardo - el corazón no toma mucha parte).

Nació en Salency de padre franco y madre galorromana cuyos nombres aportados por la imaginación posterior son Néctor y Protagia. Dicen que estudió en la escuela episcopal de Veromandrudum, lugar que sitúan cerca de la actual Bélgica, en donde hay recuerdos históricos para los hispanos por la victoria de Felipe II en san Quintín -Saint Quentin- que nos valió el Escorial. Ya como estudiante se distinguió -según las crónicas- por su caridad limosnera dando a algún compañero famélico su comida y a un peregrino caminante un caballo de la casa paterna.

Con estos antecedentes se ve natural que se decida por la Iglesia y no por las armas. Se ordena sacerdote y de nuevo la fábula lo adorna con corona de actos ejemplares, aleccionadores y moralizantes para adoctrinar a los amigos de lo ajeno sobre el respeto a la propiedad: unos desaprensivos que robaron uvas y no supieron luego descubrir la salida de la viña sirven para demostrar que el pecado ciega; de los ladrones de miel en las colmenas propiedad de otros y que fueron atacados por el enjambre saca la conclusión que el pecado es dulce al principio, pero después castiga con dolor; de aquel que, merodeando, se llevó la vaca del vecino y cuyo campanillo no dejó de sonar día y noche hasta su devolución dirá que es el peso de la conciencia acusadora ante el mal.

Y es que el tiempo de su vida entra dentro de las coordenadas del lejano mundo merovingio. Meroveo, rey de los francos, ha prestado un buen servicio a Roma peleando y venciendo a Atila (541), Childerico ha comenzado a poner las bases de un reino al que Clodoveo dará unidad política y religiosa cuando se convierta al catolicismo por ayuda de su esposa Clotilde y del obispo Remigio, después de las batallas de Tolbías (496) en la que venció a los francos ripuarios y alamanes y de Vouille (507) apoderándose de los territorios visigóticos con la expulsión de los arrianos. Ni la conversión de Clodoveo -que siempre apreció los dictámenes de su talento político más que los de su conciencia- ni la de sus francos consiguió un súbito cambio al estilo de vida
Medardo, Santo
Medardo, Santo
cristiana; hizo falta más bien la labor callada y paciente de muchos para mejorar a los reyes, al ejército y a los paisanos.

A Medardo lo hacen obispo a la muerte de Alomer; con probabilidad lo consagra Remigio. Y se encuentra inmerso en el difícil y cruel mundo de restos de paganismo con resistencia a la fe; deberá luchar contra la superstición de sus gentes, contra la ignorancia, las duras costumbres, la haraganería, rapiña y asesinatos. A ese amplio trabajo evangelizador se presenta Medardo con las armas de la bondad y de la comprensión más que con el báculo, el anatema o el látigo. Por ello la fuente popular que describe graciosamente su persona y obra la adorna, agradecida, con el aumento de detalles que la fantasía atribuye al santo con la bien ganada fama de bondad. Detrás de la narración ampulosa que hacen los relatos se descubren, entre el follaje literario, los enormes esfuerzos evangelizadores de los -sin organización aún, ni derecho- primitivos francos.

Murió en torno al año 560 y sus restos se trasladaron a la abadía de Soissons donde le veneraron durante toda la Edad Media los ya más y mejores creyentes francos.
 
  SAN MEDARDO
Obispo y Confesor


n. alrededor del año 456 en Picardía, Francia;
† 8 de junio del año 545 en Noyón, Francia

Patrono de los cautivos; prisioneros; enfermos mentales; campesinos; viñedos. Se lo invoca para pedir por buenas cosechas; buen tiempo; lluvias. Protector contra el mal tiempo; encarcelamiento; esterilidad; dolores de muela.




No queráis engañaros: Dios no puede ser burlado; 
lo que el hombre sembrare eso cosechará
(Gálatas, 6, 7-8).


San Medardo mostró, desde su infancia, una tierna compasión para con los pobres. Un día dio su traje a un pobre ciego; a menudo privábase de su comida para distribuirla a los necesitados. Fue obispo de Noyon en el año 530. No se limitó su celo a su diócesis: arrancó una parte de la diócesis de Tournay de la superstición e inmoralidad del paganismo. Suavizó las costumbres de los habitantes de Flandes, inspirándoles el amor de las máximas evangélicas. Llevando el rey Clotario su cuerpo, en sus hombros, para enterrarlo, vióse que el cielo se entreabría para recibir el alma de San Medardo y para honrar la piedad del rey.


MEDITACIÓN
NO HAY QUE BURLARSE DE DIOS
 
I. Es burlarse de Dios no cumplir las promesas que le has hecho; es inferirle una afrenta que no osarías inferior a un hombre honrado; es despreciar su justicia y abusar de su bondad. Has prometido, en tu bautismo, renunciar a las pompas del demonio: ¿cómo cumples tus promesas? ¿Se podría, por tu conducta, reconocerte en un grupo de infieles? No sólo la fe, también las costumbres deben distinguir a un cristiano de un pagano. (San Jerónimo).

II. Es burlarse de Dios no creer en su palabra; es dudar de su verdad, de su poder y de su bondad. Él ha dicho que es difícil para un rico entrar en el cielo; que los pobres son dichosos; que te dará el céntuplo de lo que hayas dado a los pobres. ¿Crees en todas estas verdades? Si estuvieras bien convencido de ellas, vivirías de muy distinta manera; y si crees en ellas sin practicarlas, es también burlarse de Dios, pero de manera mucho más injuriosa.

III. Es burlarse de Dios no querer darle sino el fin de tu vida, es decir, las sobras del mundo, del demonio y de los placeres. ¡Hermoso presente a Dios destinas cuando le dices: Me daré a Ti cuando esté ya cansado de los placeres o cuando la edad no me permita ya gozar de ellos! Te burlas de las recompensas eternas que Dios te prepara, puesto que no quieres emplear, para adquirirlas, sino los tristes días de la vejez: Ahora es, oh Dios mío, cuando quiero convertirme. ¿Hasta cuándo diré: Mañana, mañana, por qué no hoy? ¿Por qué no poner término desde ahora a mi vergüenza? (San Agustín).


La observancia de nuestros buenos propósitos
Orad por el clero.


ORACIÓN
Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad de San Medardo, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de, piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén


 
San Medardo de Noyon, obispo
fecha: 8 de junio
n.: c. 475 - †: 560 - país: Francia
otras formas del nombre: de Vermandois
canonización: pre-congregación
En Soissons, de nuevo en la Galia, san Medardo, obispo de Vermandois (San Quintín), que trasladó su sede de esta ciudad a la de Noyon, desde la cual trabajó por convertir al pueblo del paganismo a la verdadera doctrina de Cristo.
patronazgo: patrono de agricultores, bodegueros, cerveceros y fabricantes de paraguas; por una buena cosecha, y para pedir la liberación de militantes encarcelados, por la lluvia, el dolor de muelas, la fiebre y la enfermedad mental.
refieren a este santo: Santa Radegunda

Medardo es el santo favorito entre los campesinos del norte de Francia, y su culto se remonta a la época de su muerte, en el siglo VI. Ese culto recibió aliento por las leyendas que se fabricaron en torno al nombre del santo, así como por la veneración que siempre se le ha tributado como benefactor y protector de los sembradores y los viñateros.
Medardo nació en Salency, localidad de Picardía, alrededor del año 470; su padre era un noble franco, y su madre una galo-romana. El chico fue enviado a recibir su educación a un lugar que ahora se conoce con el nombre de Saint Quentin, donde permaneció algún tiempo en el estado laico; pero a la edad de treinta y tres años fue ordenado sacerdote. Los poderes de Medardo como predicador y misionero fueron tan extraordinarios, que se le eligió como sucesor del obispo Alomer, a la muerte de éste. Se afirma, aunque sin el respaldo de alguna autoridad, que san Medardo fue consagrado por san Remigio de Reims, cuando éste era ya un anciano. También san Medardo debe haber sido un hombre entrado en años, pero su energía era la de un muchacho joven, puesto que, a pesar de que su diócesis era muy extensa, la recorrió siempre que se le presentó la oportunidad de aumentar la gloria de Dios y combatir la idolatría.
Muy probablemente, el resto de la historia del santo no sea más que pura invención. Se dice que, a raíz de una incursión de los hunos y los vándalos, trasladó su sede de Saint Quentin a Noyon y que, eventualmente, se hizo cargo de la diócesis de Tournai. A partir de entonces, y durante quinientos años, Noyon y Tournai estuvieron unidas bajo el mismo obispo. De entre los datos legendarios, se puede extraer uno que es histórico: fue san Medardo quien impuso el velo a la reina santa Radegunda y la bendijo como diaconesa, en circunstancias que se detallan más adelante en esta obra, bajo la fecha del 13 de agosto. La muerte de san Medardo, ocurrida en una fecha completamente incierta, enlutó a toda su provincia, donde era considerado como un verdadero padre en Dios.
Por noticias de Fortunato y de san Gregorio de Tours sabemos que la fiesta de san Medardo se celebraba en aquellos días con gran solemnidad. Las tradiciones populares en Salency, ciudad natal del santo, le atribuyen la institución de una antiquísima costumbre que aún se practica, conocida como el «Rosiére». Cada año, el día de la fiesta de san Medardo, la doncella que haya observado la conducta más ejemplar en todo el distrito, marcha escoltada por doce muchachos y doce jovencitas hasta la iglesia, donde se la corona con rosas y se le ofrece un regalo. A veces se presenta a san Medardo con un águila que extiende las alas por encima de su cabeza, como una alusión a la leyenda de que, cierta vez, cuando el santo era muy joven, un águila lo protegió de esta manera contra la lluvia. Tal vez por aquel acontecimiento se relaciona a san Medardo con las variaciones del clima. Los campesinos tienen la firme creencia de que si llueve el día de san Medardo, habrá lluvia en los cuarenta días siguientes; pero en cambio, si el 8 de junio es un día sereno y despejado, habrá cuarenta días consecutivos de buen tiempo. En ocasiones se representa al santo en compañía de san Guardo, a quien, erróneamente se señalaba como su hermano gemelo y que, como a tal conmemoraba el Martirologio Romano anterior en la misma fecha. Por alguna razón desconocida, en la Edad Media, las imágenes de san Medardo aparecían con la boca muy abierta, como si estuviese riendo a carcajadas («le rire de Sain Médard»), y también por entonces se le invocaba para aliviar el dolor de muelas. Resulta imposible saber con certeza si la actitud riente de las imágenes tiene algo que ver con los padecimientos dentales.
A juzgar por el número de las notas inscritas en el BHL., del No. 5863 al 5874, se podría pensar que el material para la biografía de san Medardo era abundante. Sin embargo, la mayoría de esas fuentes de información son poco dignas de confianza. A pesar de que el poeta Venancio Fortunato era amigo de santa Radegunda y más o menos contemporáneo del santo, es poquísimo lo que dice en su poema sobre la historia, aunque se extiende en demasía sobre una serie de hechos triviales y de milagros improbables. La antigua biografía en prosa (c. 600) que también se atribuye a Fortunato, no es suya, pero parece mucho más digna de confianza. El mejor de los textos es el que editó Bruno Krusch en MGH., Auctores Antiquissimi, vol. IV, parte II, pp. 67-73. La biografía que escribió Radbod alrededor del 1080, está colmada de informaciones, pero todas son muy sospechosas. El propio Radbod era un obispo en la doble diócesis de Noyon y Tournai; y hay razones para pensar que, en su tiempo, se enfrentó con algún partido poderoso que se oponía a la unión de las diócesis y creía afirmar su posición al demostrar que la unidad de las dos sedes databa de varios siglos atrás y se fundaba en un precedente establecido por el muy venerable san Medardo. Parece increíble que, si en realidad San Medardo llegó a ser obispo de Tournai, hayan dejado de mencionar el hecho Gregorio de Tours, Venancio y muchos otros cronistas antiguos. Ni siquiera se sabe con certeza si la transferencia de la sede a Noyon haya tenido lugar en los tiempos de san Medardo.
Nota de ETF: he dejado sin modificar la expresión «impuso el velo a la reina santa Radegunda y la bendijo como diaconesa», malsonante en la actualidad. En realidad el P. Guinea, traductor de la obra, no hace ninguna aclaración al respecto, que bien lo hubiera merecido. En todo el Butler, 4 gruesos volúmenes, se utiliza tres veces la expresión: dos referida a santa Radegunda, y una referida a santa Olimpia, santa de inicios del siglo V: «Santa Olimpia se ofreció a san Nectario, obispo de Constantinopla, para recibir el diaconado, y se estableció en una espaciosa casa con cierto número de vírgenes que querían consagrarse a Dios.» (Butler, vol 4, pág. 583). He buscado información al respecto y, al menos superficialmente, no encuentro ninguna aclaración, pero da la impresión de que en los dos (tres) casos, el autor se ha limitado a reproducir una expresión vigente en la época, donde la palabra «diácono» seguramente aun fluctúa entre su sentido técnico de «primer grado del sacerdocio ordenado» y su sentido etimológico de «servidor» (de la comunidad, especialmente de los pobres). Como sea, en los casos de Radegunda y Olimpia da la impresión de que el nombre de «diaconesa» sirve para identificar que serán religiosas de lo que hoy llamaríamos vida activa o semicontemplativa, o bien que son consagradas como religiosas pero no son vírgenes (Radegunda es casada y Olimpia viuda), lo cual fue impedimento para la consagración en muchas épocas (de hecho, Radegunda tiene que amenazar a Medardo con la venganza divina para que la consagre, pero puede haber allí otro problema, político más que canónico, ya que el marido de Radegunda, Clodoveo, era temible, y Medardo posiblemente no quería enfadarlo.

 Ver video pinchando la foto del santo:




OBISPO



Los datos históricos sobre su persona y obra están en la penumbra, hay penuria de historia fiable y, por el contrario, contamos con abundancia de fábula. 
Una antigua leyenda cuenta que siendo niño Medardo fue protegido de la lluvia por un águila gigante, hecho que es usado frecuentemente en su iconografía. Por ello es que los franceses de la Edad Media recurrieran a él para pedir lluvia y verse libres de pedrisco, y posteriormente toda Francia le invocara contra el dolor de muelas por tomarle como protector contra este mal; de hecho, se le representa con una amplia sonrisa que deja ver sus hermosos dientes, y quedó para la cultura popular el dicho:
«ris qui est de saint Médard - le coeur n’y prend pas grand part» (En la risa de san Medardo - el corazón no toma mucha parte).
Nació en Salency de padre franco y madre galorromana cuyos nombres aportados por la imaginación posterior son Néctor y Protagia. Dicen que estudió en la escuela episcopal de Veromandrudum, lugar que sitúan cerca de la actual Bélgica, en donde hay recuerdos históricos para los hispanos por la victoria de Felipe II en san Quintín -Saint Quentin- que nos valió el Escorial. Ya como estudiante se distinguió -según las crónicas- por su caridad limosnera dando a algún compañero famélico su comida y a un peregrino caminante un caballo de la casa paterna.
Con estos antecedentes se ve natural que se decida por la Iglesia y no por las armas. Se ordena sacerdote y de nuevo la fábula lo adorna con corona de actos ejemplares, aleccionadores y moralizantes para adoctrinar a los amigos de lo ajeno sobre el respeto a la propiedad: unos desaprensivos que robaron uvas y no supieron luego descubrir la salida de la viña sirven para demostrar que el pecado ciega; de los ladrones de miel en las colmenas propiedad de otros y que fueron atacados por el enjambre saca la conclusión que el pecado es dulce al principio, pero después castiga con dolor; de aquel que, merodeando, se llevó la vaca del vecino y cuyo campanillo no dejó de sonar día y noche hasta su devolución dirá que es el peso de la conciencia acusadora ante el mal.
Y es que el tiempo de su vida entra dentro de las coordenadas del lejano mundo merovingio. Meroveo, rey de los francos, ha prestado un buen servicio a Roma peleando y venciendo a Atila (541), Childerico ha comenzado a poner las bases de un reino al que Clodoveo dará unidad política y religiosa cuando se convierta al catolicismo por ayuda de su esposa Clotilde y del obispo Remigio, después de las batallas de Tolbías (496) en la que venció a los francos ripuarios y alamanes y de Vouille (507) apoderándose de los territorios visigóticos con la expulsión de los arrianos. Ni la conversión de Clodoveo -que siempre apreció los dictámenes de su talento político más que los de su conciencia- ni la de sus francos consiguió un súbito cambio al estilo de vida cristiana; hizo falta más bien la labor callada y paciente de muchos para mejorar a los reyes, al ejército y a los paisanos.
A Medardo lo hacen obispo a la muerte de Alomer; con probabilidad lo consagra Remigio. Y se encuentra inmerso en el difícil y cruel mundo de restos de paganismo con resistencia a la fe; deberá luchar contra la superstición de sus gentes, contra la ignorancia, las duras costumbres, la haraganería, rapiña y asesinatos. A ese amplio trabajo evangelizador se presenta Medardo con las armas de la bondad y de la comprensión más que con el báculo, el anatema o el látigo. Por ello la fuente popular que describe graciosamente su persona y obra la adorna, agradecida, con el aumento de detalles que la fantasía atribuye al santo con la bien ganada fama de bondad. Detrás de la narración ampulosa que hacen los relatos se descubren, entre el follaje literario, los enormes esfuerzos evangelizadores de los -sin organización aún, ni derecho- primitivos francos.
Murió en torno al año 560 y sus restos se trasladaron a la abadía de Soissons donde le veneraron durante toda la Edad Media los ya más y mejores creyentes francos.
 

San Medardo es un gran santo milagrero. Es uno de los primeros santos que produjo la Francia recién convertida por San Remigio, quien hizo bautizar al rey Clodoveo en Reims mientras le decía: "Inclina la frente, fiero sicambo, y de ahora en adelante quema lo que has adorado y adora lo que has quemado".
Cuando muere Clodeveo el 511, estaba mediando en su plena madurez. Había nacido en Salency en la segunda mitad del siglo V. Sus padres Néstor y Protagia, también ellos cristianos, educaron lo mejor que pudieron a su hijo. Este estaba llamado por la Divina Providencia para algo muy grande. Eran muchos los prodigios que desde muy pequeñín se realizaban sobre él para poder presagiar de este modo.
E1 famoso pintor galo, Gallot, ha inmortalizado la escena. Era todavía muy niño Medardo cuando un día paseaba por el campo y se levantó una terrible tormenta. Granizaba con fuerza y llovía torrencialmente. El niño ni se mojó ni recibió golpe alguno del granizo. Un águila muy grande extendió sus alas sobre la cabeza del niño Medardo y le hacía de maravilloso paraguas.
La vida de Medardo de ahora en adelante irá toda ella rodeada de toda clase de prodigios y de gracias sobrenaturales hasta el punto de llegar a ser uno de los Santos que han gozado y gozan de más fama de "milagreros".
Sus padres lo encomendaron a los monjes para que le dieran una digna educación. En las letras y en las artes progresó maravillosamente siendo la admiración de sus mismos maestros hasta tal punto que ya no sabían qué enseñarle porque sabía más que ellos.
Pero más aún que en las ciencias se le veía progresar en la santidad. Se le veía absorto en la oración. Pasaba largas horas en la Iglesia y entregado a obras de caridad. Más de una vez su padre hubo de reñirle porque había entregado a los pobres hasta su misma cabalgadura. Su padre intentó encaminarlo por la carrera militar, pero pronto se dio cuenta que la suya era la de clérigo. Estudió teología y en poco tiempo los superiores le vieron preparado para ser ordenado sacerdote.
Queremos redactar el hecho, quizás único en la historia de los Santos, que Medardo tuvo otro hermano que se llamó Gildardo y que fue idéntico a Medardo que parece eran como una sola persona. La divina Providencia los unió desde la cuna al sepulcro: Nacieron el mismo día; se ordenaron sacerdotes el mismo día: fueron ungidos obispos el mismo día; y el mismo día y a la misma hora, volaron al cielo a recibir el premio de sus muchas virtudes. Los dos son Santos, pero San Gildardo, no es tan conocido y por ello hoy se celebra sólo San Medardo. Quizá porque éste es al que más "milagros" le atribuye el pueblo.
La vida de Medardo está cuajada de sabrosas anécdotas que demuestran su gran caridad y cómo sabía siempre sacar bien del mal. A los ladroncillos que abundaban por aquellos parajes solía cogerlos in fraganti y en vez de llevarlos a la cárcel les hacía reconocer sus pecados y que se corrigieran de ellos.
Instituyó la famosa "Fiesta de la Rosa" que consistía en coronar de flores a la joven que a lo largo del año se había distinguido por su bondad y caridad... y le daban ricos regalos. ¡Este sí que era un buen concurso de belleza! El año 530 es elegido Obispo. Se entregó de lleno como padre al cuidado de su clero y los fieles. Por ellos estaba dispuesto a morir. Lleno de trabajos y milagros volaba al cielo el 545, el 8 de junio.
 


SAN MEDARDO (†560)
«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica.

San Medardo es un santo merovingio. Un santo de aquella Francia recién convertida al catolicismo por obra del obispo San Remigio, que hizo bautizar en Reims a Clodoveo, bárbaro sicambro.

 San Remigio conocía bien a su regio catecúmeno, y, después de prepararle concienzudamente cuanto daba de si la rudeza del belicoso monarca, organizó toda una fiesta en la catedral de Reims. La oportunidad lo demandaba. Tapices, colgaduras, cruces gemadas, lámparas en los intercolumnios, reflejos dorados de los mosaicos, melodías de clérigos y chantres, aclamaciones de los fieles.
 Clodoveo se sintió conmovido, transportado. Hombre de guerras y torneos, no conocía las bellezas del culto cristiano.
 —Padre —exclamó al penetrar en la basílica deslumbrante—, ¿es esto el cielo de que me tenéis hablado?
 —No, hijo —respondió el obispo—, esto es solamente la antesala del cielo.
 Esta anécdota nos sirve muy bien para introducirnos en la vida de un santo merovingio. Con aquellos pueblos francos, regidos por Meroveo, que habían estado al servicio de la Roma imperial, a la cual prestaron buena ayuda en la derrota de Atila el año 451, había que proceder así, con suavidad y energía, como con niños grandes, deslumbrándoles con algo que ellos no poseían: tradición y cultura.
 Al desaparecer el Imperio de Occidente el rey Childerico comienza a construir el reino franco, aunque el verdadero creador de aquella nacionalidad es Clodoveo, que da a su pueblo la unidad de territorio y de religión.
 Por la batalla de Tolbiac (496) vence a los francos ripuarios y a los alamanos, y posteriormente abraza la religión católica por influencia de su esposa, la princesa borgoñona Clotilde, y del obispo San Remigio.
 Por otra batalla, la de Vouillé (507), se apodera de los dominios visigóticos, eficazmente apoyado por el clero, que veía con agrado la expulsión de los arrianos de las Galias. Posteriormente, y aplicando toda clase de procedimientos, logró adueñarse de todos los dominios de los demás pueblos francos del Rhin y Cambray.
 Clodoveo era un gran político y un gran militar, que recurría a todos los medios para consolidar su poder. La frase que San Remigio pronunciara, al tiempo de administrarle el bautismo: "Adora, sicambro, lo que has quemado, y quema lo que hasta ahora has adorado", la entendió siempre a medias, o, mejor, según le convenía. Su talento político iba por encima de su conciencia, y por eso su reinado, abundante en aciertos de primer orden, lo es también en violencias y desmanes.
 Pues en este clima crece San Medardo. Sería ya un adolescente cuando ocurrió la muerte de Clodoveo el año 511, en que su reino fue dividido entre sus cuatro hijos: Tbierry, Clodomiro, Childeberto y Clotario, reino que no volvería a reunirse hasta muchos años después, en 558, en manos de Clotario, cuando a San Medardo sólo le restaban dos años de vida.
 Los reyes francos tenían, como los restantes monarcas bárbaros, psicología de ricos nuevos. Todo les venía ancho, en especial el derecho y el respeto hacia los otros. Aquella mesura de los romanos, que con las legiones llevaban las formas jurídicas y la ordenación social, no la poseían los bárbaros pueblos de la selva, gentes en estado tribal. Fueron los monjes y los obispos quienes penosamente hubieron de educarlos en la moderación y el uso ponderado de la fuerza. Y —¡oh maravilla!— el caballero, el hombre que pone su espada al servicio de las más nobles empresas teniendo por norma el honor, es un producto del feudalismo cristianizado. La Edad Media sería el equilibrio entre religión y poder.
 San Medardo nació en Salency. Su padre, Néctor, pertenecía a una gran familia franca, y su madre, Protagia, era galorromana. Buena fusión para un santo que habría de influir poderosamente en su pueblo.
 De su padre heredaría la fortaleza, la decisión e incluso el prestigio para que nadie le tornara por sospechoso. De su madre mamaría la delicadeza, las finas maneras, el gusto depurado.
 Naturalmente, con una madre así había que pensar en una educación esmerada para el hijo; pero seguramente que también el padre apoyaría. Los padres quieren vengarse de su ignorancia dando carrera a sus hijos, sobre todo si ellos prosperaron simplemente por audacia y fortuna.
 San Medardo estudió en Augusta Veromanduorum. Esta población del norte de Francia, cerca ya de la actual Bélgica, corresponde hoy a una ciudad que tiene para los españoles recuerdos imperiales y nos valió El Escorial: Saint Quentin.
 Allí estudiaría en la escuela episcopal y adelantaría en los estudios; pero más en la virtud.
 Tratándose de un santo, y de un santo merovingio, esto es de todo punto imprescindible. No es que estuviera predestinado a la santidad; el joven escolar pondría grandes esfuerzos, derrocharía todo su empeño en los estudios, pero no menos en superarse en el bien.
 Desde luego, está probado por los biógrafos primitivos el sentido limosnero del joven Medardo. Compartía con los estudiantes más pobres su comida, socorría largamente a los menesterosos, y en una ocasión dio un caballo a un pobre peregrino a quien los ladrones habían dejado a pie, robándole su cabalgadura. Cuando su padre notó la falta en la caballeriza, se admiraría ante el suceso y presentiría que su hijo, si algún día alcanzaba fama, no sería como guerrero, sino como clérigo.
 Efectivamente, el obispo de su diócesis le promovió a las órdenes sagradas, y ascendiendo por los grados de la jerarquía llegó al sacerdocio.
 Por entonces debió volver a Salency para hacerse administrador de las propiedades paternas en beneficio de los pobres, aunque no de los ladrones.
 Una de las cosas que debían aprender los francos, acostumbrados a la ley de la selva, era el respeto a la propiedad.
 Parece que San Medardo tuvo en parte esta misión. Pero el Santo no necesitaba llevar a los rateros a los tribunales civiles. Resolvía él mismo, con milagros y caridad, los casos.
 Tres anécdotas, como de Flos sanctorum, han llegado hasta nosotros, y ungidas, además, con su propia moraleja, como los apólogos orientales.
 El Santo tenía una viña junto a su casa. Eran los comienzos del otoño cuando un sol en declive va dando toques de oro a los racimos de las cepas. Una noche los ladrones asaltaron la heredad. Llenaron sus capachos y pretendieron huir con el objeto de su depredación. Todo fue inútil; no encontraban la salida de la finca. A la mañana siguiente la aurora y San Medardo, que salía al predio para cantar Ios salmos de su oficio, encontraron a los rateros. El Santo no tuvo reproche alguno para los infelices. Tal vez, con un dejo de ironía, pudo decirles:
 —¿Veis? El pecado ciega. ¡Con lo fácil que era dar con la puerta! Podéis marchar, y que os aproveche vuestra vendimia.
 Otro día fue un ladrón goloso que asaltó las colmenas de la casa parroquial. Pero tan apurado se vio de las abejas que le picaban implacables, que tuvo que solicitar socorro del Santo.
 —Mira, lo mismo ocurre con el pecado. Sus comienzos son dulces, pero las consecuencias tienen veneno y picor de abejas.
 Por último, el caso más gracioso y educativo fue el de la vaca.
 San Medardo tenía una vaquita. Debía de ser preciosa, como cuidada por un Santo. Y daba mucha leche.
 El Santo soltaba su vaquita al prado, y para saber si se alejaba, para conocer sus correrías, San Medardo puso una esquila a su vaca.
 La becerra pacía aquí y allí, bajaba hasta la ribera del río, se metía entre los juncos y espadañas de la orilla. El Santo oía la cencerra, escuchaba su sonido, y sabía las andanzas de su vaca. Si alguna vez el animalito se extraviaba demasiado, San Medardo lanzaba un silbido profundo y la vaca volvía a la querencia del establo. El Santo la ordeñaba, la apiensaba, y hasta el día siguiente.
 Pero un día la vaca se alejó. Al principio San Medardo oía el cencerro de su vaca. Después sólo muy lejanamente, por último, nada, ni un eco.
 San Medardo silbó a su vaca, esperando hallar la respuesta de su esquilita; pero la vaca no contestaba, porque un ladrón la había robado.
 San Medardo se acostó triste aquella noche, sin tomarse su cuenco habitual de leche espumante.
 Pero a la mañana siguiente se presentó el ladrón solo, por su voluntad, sin que nadie le obligara.
 Mejor dicho, venía obligado por la esquila de la vaca.
 Cuando la robó, para que no sonara, le quitó el cencerro, y lo escondió en sus alforjas; pero el cencerro sonaba, sonaba y sonaba.
 Después lo enterró en el suelo, y el cencerro seguía sonando.
 Por fin en su casa lo atascó con paja y lo escondió entre el heno. Mas el cencerro no dejaba de sonar. Aquella noche el hombre no pudo pegar el ojo, oyendo incesantemente la esquila de la vaca de San Medardo.
 Cuando a la mañana siguiente le explicó al Santo lo ocurrido, le respondió éste:
 —Hijo, eso es la esquila de tu conciencia. El remordimiento no te ha dejado dormir. Es la consecuencia de todo pecado.
 Estos hechos y aún otros más portentosos debieron hacer subir el crédito de santidad de Medardo. Y nada puede extrañar que fuera elegido obispo a la muerte de Alomer, que regía la sede de Vermandois. Parece ser que fue consagrado por el propio San Remigio, y para poder seguir atendiendo a sus posesiones familiares, y para enseñar costumbres cívicas a sus cristianos, recién salidos de la idolatría, o, como quieren otros biógrafos más dudosos, porque Noyon ofreciera mejores condiciones de defensa en aquellos tiempos calamitosos de invasiones y guerra, trasladó a esta ciudad la sede episcopal.
 Aquí comenzaría su lucha enérgica y suave centra los restos de paganismo que se resistía a cristianizarse, contra las supersticiones, contra las duras costumbres, contra la ignorancia, contra la rapiña y la haraganería, contra la intriga y el asesinato.
 Oscura tarea que llevaron a cabo aquellos obispos galos del siglo VI, que lograron cambiar la mentalidad de los francos recién convertidos.
 El prestigio de San Medardo aparece en todo su esplendor cuando vemos a la reina Radegunda postrada a sus pies pidiendo con humildad y energía el hábito de diaconisa.
 Radegunda era esposa de Clotario, que la había conseguido como botín el año 531, cuando las luchas intestinas de Turingia permitieron a los reyes francos apoderarse de aquel reino. Los hijos de Bertario, hijo del rey derrotado, Hermanfrido, cayeron prisioneros, y entre ellos venía Radegunda, princesa que había recibido una educación refinada en la corte de su tío. Clotario consiguió finalmente casarse con ella, dentro de la legalidad, aunque venciendo la repugnancia natural de la derrotada.
 Mucho debió de sufrir ésta al lado de su regio consorte, quien no sabía percibir del cristianismo nada más que el temor del infierno, y las noticias que la historia nos ha dejado de él nos lo presentan como príncipe violento y lujurioso, aunque capaz de arrepentirse de alguna mala decisión si se interponía el gesto enérgico de algún prelado. Así, después de haber decidido apoderarse del tercio de las rentas de las iglesias, renunció a su proyecto ante una simple protesta del obispo de Tours.
 Radegunda supo conducir la corte de Clotario dentro de una alta vida religiosa, sin descuidar un momento sus deberes de soberana.
 Mas, como dijimos, tenia ella un hermano que había sido hecho prisionero en 531, cuando la destrucción de la Turingia. En 555 esta región se sublevó contra Clotario, y éste hizo asesinar brutalmente al hermano de la reina.
 Radegunda pidió y obtuvo permiso de abandonar la corte, y con su ascendiente moral obliga a San Medardo a que le diera el velo de consagrada.
 El Santo duda, no por miedo a la cólera del rey o de los presentes que le advierten:
 —Obispo, cuida mucho de no arrebatar al rey su legitima esposa, la cual él desposó solemnemente.
 Más bien temía ir contra los sagrados cánones, que prohiben la separación de marido y mujer.
 Mas, como Radegunda ya había obtenido la autorización del rey, venció los últimos escrúpulos del santo prelado cuando se presentó ante él revestida de los hábitos religiosos y le dijo:
 —Si dudas de consagrarme, si tienes miedo de un hombre más que de Dios, sabe, pastor, que él te pedirá cuenta del alma de tus ovejas.
 Estas palabras decidieron al buen pastor, que impuso las manos a Radegunda, consagrándola diaconisa. Y no parece que Clotario tomara a mal la conducta del Santo, a pesar de lamentar el haberse quedado sin tan santa esposa. Esta marchó a Poitiers y fundó un monasterio, que puso bajo la regla de San Cesáreo de Arlés, y donde Venancio Fortunato hacía como de capellán y consejero del regio cenobio.
 San Medardo murió poco después, avanzado de edad y cargado de méritos, probablemente el año 560. Al siguiente moría también Clotario, y otra vez la dinastía franca se hacía reino cuatripartito en sus hijos.
 El cuerpo de San Medardo fue llevado muy pronto a Soissons, donde se levantó un célebre monasterio, comenzado por el propio Clotario.
 La fama taumatúrgica del Santo creció tan rápidamente que al año podía escribir San Niceto de Tréveris que era parangonable con la de San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers y San Remigio.
 Los prisioneros liberados por su intercesión acudían a su templo a dejar sus cadenas como exvotos. Al principio del siglo X los monjes de Soissons, huyendo de los normandos, llevaron sus reliquias de Dijon.
 San Medardo es uno de los santos más populares de la Francia de la Edad Media. No es raro que alrededor del mismo hayan proliferado las leyendas. Dom Leclercq, en el Diccionario de Arqueología y Liturgia, tiene un denso artículo sobre las “vidas" de este Santo. La que más fe hace es la escrita el año 600 por un monje merovingio, y que se atribuyó durante muchos siglos a Venancio Fortunato, pero que indudablemente no es suya.
 Otra cosa curiosísima es la leyenda que hace hermanos gemelos a San Medardo y San Gildardo, los cuales habrían sido bautizados el mismo día, ordenados sacerdotes y consagrados obispos el mismo día y habrían entrado igualmente en el cielo el mismo día. Un dístico medieval lo dice en latín litúrgico:
Una dies natos utero viditque sacratos,
albis indutos et ab ista carric solutos.
Pero esta leyenda absurda y sin fundamento la refutó el mismo Mabillon en 1668, en carta al prior de San Medardo, demostrando la imposibilidad de coincidencias cronológicas entre el obispo de Noyon y San Gildardo, que es anterior a San Medardo.
 San Gregorio de Tours nos dice que ya en su tiempo se representaba a San Medardo con la boca entreabierta y enseñando la dentadura, para significar de esta manera ingenua que era patrón contra los dolores de muelas. Este gesto del Santo ha pasado a la paremiología francesa, en que se dice: Ris qui est de saint Médard —le coeur n´y prend pas grand part (En la risa de San Medardo el corazón no toma mucha parte).
 La abadía de San Medardo de Soissons llegó a ser famosa y poseer pingües riquezas, jugando un papel importantísimo bajo los reyes merovingios y carolingios.

 


                     CRIPTA DE SAN MEDARDO DE SOISSONS                      ---                CRIPTA DE SAINT`PIERRE DE FLAVIGNY
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 En la cripta de San Medardo de Soissons, cada una de las galerías conduce a su propia “confessio”, es decir, a la cámara donde se encuentra la correspondiente reliquia.




San Medardo