jueves, 30 de mayo de 2013

El Papa Francisco: "La Iglesia es la que nos lleva a Dios"

La Iglesia Hoy

La Audiencia General de esta mañana ha tenido lugar a las 10,30 en la Plaza de San Pedro, donde el santo padre Francisco se ha encontrado con grupos de peregrinos y fieles de Italia y otros países. En su discurso en lengua italiana, el papa ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis sobre el Misterio de la Iglesia, partiendo de las expresiones de los textos del Concilio Ecuménico Vaticano II. El tema de hoy: "La Iglesia: familia de Dios". Ofrecemos el discurso del papa.

*****
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El miércoles pasado me referí al profundo vínculo entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Hoy quisiera empezar algunas catequesis sobre el misterio de la Iglesia, un misterio que todos vivimos y del que formamos parte. Me gustaría hacerlo con expresiones que están muy presentes en los textos del Concilio Vaticano II.
Hoy iniciamos con la primera: la Iglesia como familia de Dios.
En los últimos meses, más de una vez he hecho referencia a la parábola del hijo pródigo, o más bien del padre misericordioso (cf. Lc. 15,11-32). El hijo más joven deja la casa de su padre, dilapida todo y decide volver porque se da cuenta de que cometió un error, pero ya no se considera digno de ser hijo y piensa que puede ser recibido de nuevo como un siervo. El padre por el contrario, corre a su encuentro, le abraza, le devuelve su dignidad de hijo y celebra. Esta parábola, como otras en el evangelio, señala muy bien el diseño de Dios para la humanidad.
¿Cuál es este plan de Dios? Es hacer de todos nosotros sus hijos, una sola familia, en la que cada uno se sienta amado por Él, como en la parábola evangélica, que sienta la calidez de ser familia de Dios. En este gran diseño encuentra su origen la Iglesia, que es una organización fundada por acuerdo de algunas personas, pero --como nos lo ha recordado muchas veces el papa Benedicto XVI--, es obra de Dios, nace de este plan de amor que se desarrolla progresivamente en la historia. La Iglesia nace del deseo de Dios de llamar a todas las personas a la comunión con Él, a su amistad, y de participar como hijos de su misma vida divina. La misma palabra "Iglesia", del griego ekklesia, significa "invitación". Dios nos llama, nos invita a salir del individualismo, de la tendencia a encerrarse en sí mismos y nos llama a ser parte de su familia. Y esta llamada tiene su origen en la creación misma. Dios nos creó para que vivamos en una relación de profunda amistad con Él, e incluso cuando el pecado ha roto esta relación con Él, con los demás y con la creación, Dios no nos ha abandonado. Toda la historia de la salvación es la historia de Dios que busca al hombre, le ofrece su amor, le acoge.
Llamó a Abraham para ser el padre de una multitud, ha elegido al pueblo de Israel para forjar una alianza que abrace a todas las naciones, y envió, en la plenitud de los tiempos, a su Hijo para que su designio de amor y de salvación se realice en una nueva y eterna alianza con la entera humanidad. Cuando leemos los evangelios, vemos que Jesús reúne a su alrededor una pequeña comunidad que acoge su palabra, lo sigue, comparte su camino, se convierte en su familia, y con esta comunidad Él prepara y edifica su Iglesia.
¿De dónde nace entonces la Iglesia? Nace del acto supremo del amor en la cruz, del costado traspasado de Jesús, del que fluyó sangre y agua, símbolo de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. En la familia de Dios, en la Iglesia, la savia vital es el amor de Dios que se concretiza en el amarlo a Él y a los demás, a todos, sin distinción ni medida. La Iglesia es una familia en la que se ama y se es amado.
¿Cuándo se manifiesta la Iglesia? Lo hemos celebrado hace dos domingos; se manifiesta cuando el don del Espíritu Santo llena el corazón de los apóstoles y les impulsa a salir y a empezar el camino para anunciar el evangelio, a difundir el amor de Dios.
Incluso hoy en día, alguien dice: "Cristo sí, Iglesia no". Como los que dicen "yo creo en Dios pero no en los presbíteros". Pero es la Iglesia la que nos lleva a Cristo y nos lleva a Dios; la Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios. Por supuesto que también tiene aspectos humanos, en los que la componen; en los pastores y fieles hay defectos, imperfecciones, pecados. Incluso el papa los tiene y tiene muchos, pero lo hermoso está en que cuando nos damos cuenta de que somos pecadores, nos encontramos con la misericordia de Dios, que siempre perdona. No se olviden: Dios siempre perdona y nos recibe en su amor, que es perdón y misericordia. Algunos dicen que el pecado es una ofensa a Dios, pero también una oportunidad para la humillación, para darse cuenta de que hay algo mejor: la misericordia de Dios. Pensemos en esto.
Preguntémonos hoy: ¿Cuánto amo a la Iglesia? ¿Rezo por ella? ¿Me siento parte de la familia de la Iglesia? ¿Qué hago para que sea una comunidad donde todos se sientan acogidos y comprendidos, que sientan la misericordia y el amor de Dios que renueva la vida? La fe es un don y un acto que nos toca personalmente, pero Dios nos llama a vivir nuestra fe juntos, como una familia, como Iglesia.
Pidamos al Señor, de una manera especial en este Año de la Fe, para que nuestras comunidades, toda la Iglesia, sean cada vez más verdaderas familias que viven y ofrecen el calor de Dios.

No se puede amar si no se conoce

 
No hay matrimonio, ni familia que no tenga que vivir crisis
 
No se puede amar si no se conoce
No se puede amar si no se conoce
Debemos conocernos bien para amarnos mejor.
Debemos valorar la importancia de estar en una familia donde cada día nos conocemos más y por ello nos amamos más; así nace la autentica comunidad de amor.
Así nace la unidad familiar con variados matices y formas de ser.
Todos se enriquecen con lo que todos son y ello será el fruto de un clima de diálogo frecuente y sincero.
Ello será fruto del esfuerzo de haber encontrado caminos para provocar, desarrollar y profundizar un diálogo que nos ha llevado a conocernos mejor para amarnos mejor.

Integrar es ensamblar distintas formas de ser para formar una unidad.
Desintegrar es separar esas distintas cualidades, destruyendo la unidad.

Se puede ser una familia sin formar una unidad.
Se puede compartir el domicilio y también el apellido, y aprovecharse de un sin fin de cosas que brinda una casa --ropa limpia, comida, un techo, etc.-- y, sin embargo, vivir como islas sin esforzarse para que la personalidad de cada uno, formen un nosotros familiar.

Podemos estar ignorando lo más importante de una persona a quien se ve a todas horas. Podemos estar físicamente cerca y no tener una comunicación que nos haga conocer el ser profundo del otro.
Todos queremos tener una familia unidad, pero no todos lo logramos.

Veamos las diversas realidades de las familias que nos rodean:

-- Unas son familias unidas, donde los problemas se resuelven con amor, comprensión y respeto.
-- En otras hay un gran deseo de integrarse, pero no parecen capaces de superar los problemas que impiden esa unión.
-- Otras familias, a fuerza de conflictos y desilusiones, han perdido el deseo o la esperanza de integrarse, pero continúan juntas por no desamparar a los hijos o por temor a vivir los problemas de una separación.
-- Hay familias que, después de aguantar juntas la época del crecimiento de los hijos, terminan separándose.
-- Otras ya se deshacen cuando los hijos son aun pequeños.
-- Hay también familias en las que el padre está ausente y esa mujer tiene que ser padre y madre a la vez.

¿Cuales de estas situaciones describe mejor la familia que nos toca vivir?
¿La familia en la cual estamos viviendo?

Todas las familias nacen con la ilusión y el propósito de ser felices.
La gran mayoría hacen esfuerzos para que su hogar sea un éxito.
¿Por qué, entonces, hay tantos fracasos?

No hay matrimonio, ni familia que no tenga que vivir crisis.

Lo primero que una crisis pone a prueba es la paciencia. Porque es lo primero que queremos: que se acabe pronto. Pero un corazón paciente rara vez se equivoca.
Las crisis prueban nuestras resistencias. Demandan fortaleza. Por ello son beneficiosas. “Tener que resistir es más saludable que no tener que resistir nada ─enseñaba Víctor Frankl. De hecho, el hastío causa hoy más problemas que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del psiquiatra”.

Las crisis prueban la prudencia. No es fácil saber qué hacer, qué decir, cómo comportarse
Las crisis prueban la humildad. No rara vez son marginadoras y humillantes. “La prosperidad hace amigos, la adversidad los prueba”, dice un anónimo

Las crisis prueban nuestra fe. Son sinónimo de inestabilidad, inseguridad e incertidumbre. Pero la fe es compatible con las situaciones más adversas. “Creer es ser capaz de soportar dudas”, decía Newman. Ahora bien, la fe no se improvisa. Muchas crisis al inicio tampoco tienen nombre. Pero con el tiempo corroboran nuestra fe. Lo intuyó Lacordaire: “La adversidad descubre al alma luces que la prosperidad no llega a percibir”.

Las crisis prueban la austeridad. Nos obligan “a bajarle” y a agudizar el sentido de lo esencial.
Porque, decía Renan, “los golpes de la adversidad pueden ser amargos, pero nunca estériles”.

Las causas de desintegración familiar pueden ser internas o externas.

En las externas pueden surgir de una extrema pobreza económica con el gran peso que tiene en la vida humana esta circunstancia.
También en la otra punta puede ser un ambiente de excesiva riqueza que facilita influencias dañinas del ambiente.

Hoy nos centraremos en algunas de las causas internas.

-- Vivir una actitud irreal con exceso de romanticismo.
Creer que para ser feliz basta desearlo. No ver la unidad como una meta a lograr. Vivir pensando que esta integración es algo que nos caerá del cielo o que los demás la harán, sin poner de nuestra parte un esfuerzo constante.

-- Inmadurez emocional. Esperar la perfección en los demás mientras pretendemos que nos acepten como somos, sin hacer gran cosa por superarnos. Dejarnos llevar por los sentimientos en forma exagerada, como son la ira, la tristeza, el entusiasmo o la decepción sin fijarnos en el efecto que produce en los demás mi actitud desenfrenada.

-- Egoísmo. Vivir para nuestros intereses o gustos individuales, no teniendo en cuenta la comunidad familiar. Poner a los otros, cónyuge, hijos, hermanos, padres, en función de nosotros mismos, de nuestra conveniencia.

-- Actitudes de superioridad. Enorgullecerse de la propia virtud, de la capacidad de trabajo que se tiene, alardear de la propia inteligencia, etc. Y considerar que los otros no están a tu nivel.

-- Vicios como pueden ser el alcoholismo, la pereza, mal carácter, ser irresponsable.

-- Indiferencia religiosa. Dejarse absorber en su totalidad por actitudes materialistas sin dejar espacio para lo espiritual. Con actitudes agresivas o irónicas hacía el otro u otros por su religiosidad.

-- Permitir que la influencia de terceras personas desuna la familia.

-- Actitudes dominantes. Pretender que el cónyuge, los hijos o los padres hagan lo que uno desea. Pensar y decidir por los demás. Que amistades hay que tener, que estudios deben seguir sus hijos, disponer en que se debe gastar el dinero, sin tener en cuenta otras opiniones.

-- Dejarse absorber demasiado por el trabajo, no solamente el trabajo fuera de casa, sino también el doméstico y quitarle tiempo a la convivencia.
Vivir absorbido en ganar y ganar, simplemente para juntar cosas en vez de disfrutar en familia lo que se va logrando. Vivir absorbido en tener una casa impecable pero que no se usa, que no se disfruta.

-- Incapacidad para demostrar cariño. Dar la impresión de que se está cumpliendo con un deber hacía los hijos, los hermanos, el cónyuge o los padres, en vez de hacerles sentir que son amados e importantes y necesarios.

Todas estas actitudes producen desintegración familiar.

Pero, ¿por qué razón actúan así las personas? Actúan así porque les falta desarrollo humano. No han tomado conciencia de quienes son, cómo funcionan, que esperan de ellos los demás. Hay una falta de crecimiento personal.
Creciendo como persona se ataca la causa profunda que separa a las personas, desaparecen los síntomas y se construye diariamente una familia sólida.

No se puede pretender que una relación tan cercana como la que hay en una familia exista armónicamente sin un esfuerzo serio de todos sus miembros.
Todos nacimos en una familia, pero la vida de familia no es para todos, sino para aquellos que no sólo aman sino que saben amar, saben necesitar a los demás y dejarse ayudar por ellos.

En una palabra, la vida familiar es para quienes son capaces de ir más allá del “yo” y del pequeño “nosotros conyugal” para llegar al gran nosotros que forman, el amor de esposos, el amor de padres, el amor de los hijos con la gran riqueza y amplitud del amor que va y viene entre todos.

El Papa: el "truco" de los cristianos, "ponerle sal" a la vida

Que los cristianos difundan la sal de la fe, de la esperanza y de la caridad: esta es la exhortación del Papa Francisco en la Misa de esta mañana en la Casa Santa Marta. El Papa ha destacado que la originalidad cristiana  “no es una uniformidad” y ha puesto en guardia contra el riesgo de volvernos insípidos, “cristianos de museo”. En la Misa, concelebrada con el cardenal Angelo Sodano y Leonardo Sandri y con el arzobispo de La Paz, Edmundo Abastoflor Montero, han participado un grupo de sacerdotes y colaboradores laicos de la Congregación para las Iglesias Orientales.

¿Qué es la sal en la vida de un cristiano, qué sal nos ha dado Jesús? En su homilía, el Papa Francisco explicó el sabor que los cristianos están llamados a dar a su propia vida y a la de los demás. La sal que nos da el Señor, observó, es la sal de la fe, de la esperanza y de la caridad. Pero, advirtió, debemos estar atentos a que esta sal, que nos ha dado la certeza que Jesús murió y resucitó para salvarnos, “no se vuelva insípida, que no pierda su fuerza”. Esta sal, prosiguió, “no es para conservarla, porque se la sal se conserva en una botella no hace nada, no sirve”.

La sal tiene sentido cuando se da para dar sabor a las cosas. También pienso que la sal conservada en una botellita, con la humedad, pierde fuerza y no sirve. La sal que nosotros hemos recibido es para darla, par dar sabor, para ofrecerla. Sino se vuelve insípida y no sirve. Debemos pedir al Señor que no nos convirtamos en cristianos con la sal insípida, con la sal cerrada en una botellita. La sal tiene otra particularidad: cuando la sal se usa bien, no se nota el gusto de la sal, el sabor de la sal… ¡No se nota! Se nota el sabor de la comida: la sal ayuda a que el sabor de la comida sea bueno, está más conservada pero está más buena, con más sabor ¡Esta es la originalidad cristiana!

Añadió que “cuando nosotros anunciamos la fe con esta sal”, los que “reciben el anuncio, lo reciben según su peculiaridad, como las comidas”. Y así “cada uno con sus propias características recibe la sal y se hace más bueno”.

¡La originalidad cristiana no es una uniformidad! Toma a cada uno como es, con su personalidad, con sus características, con su cultura y lo deja con esto, porque es una riqueza.Pero le da algo más: ¡le da sabor! Esta originalidad cristiana es muy bella, porque cuando nosotros queremos hacer una uniformidad –que todos sean salados de la misma manera- las cosas serán como cuando la mujer echa demasiada sal y se nota solo el gusto de la sal y no el gusto de la comida aderezada con la sal. La originalidad cristiana es exactamente esto: cada uno es como es, con los dones que el Señor nos ha dado”.

Esta, prosiguió el Papa, “es la sal que debemos dar”. Una sal “que no es para conservarla, es para darla”. Y esto, dijo, “Significa un poco de trascendencia”: “salir con el mensaje, salir con esta riqueza que nosotros obtenemos de la sal y darlo a los demás”. Por otro lado, destacó, hay dos “salidas” para que esta sal no se estropee. Primero; poner la sal “al servicio de las comidas, al servicio de los demás, al servicio de las personas”. Segundo; la “trascendencia hacia el autor de la sal, el creador”. La sal, afirmó, “no se conserva sólo dándola en la predicación” pero “necesita también de la otra trascendencia, de la oración, de la adoración”.

“Y así la sal se conserva, no pierde su sabor. Con la adoración del Señor yo me trasciendo de mí mismo al Señor y con el anuncio evangélico voy fuera de mí mismo para dar el mensaje. Pero si nosotros no hacemos esto –estas dos cosas, estas dos trascendencias para dar la sal- la sal se quedará en su botellita y nosotros nos convertiremos en cristianos de museo. Podemos mostrar la sal: esta es mi sal. ¡Qué bella es! Esta es la sal que recibí en el Bautismo, esto es lo que he recibido en la Confirmación, esto es lo que he recibido en la catequesis… Pero mirad: ¡cristianos de museo! Una sal sin sabor, ¡una sal que no hace nada!

No se puede amar si no se conoce

No hay matrimonio, ni familia que no tenga que vivir crisis
 
No se puede amar si no se conoce
No se puede amar si no se conoce
Debemos conocernos bien para amarnos mejor.
Debemos valorar la importancia de estar en una familia donde cada día nos conocemos más y por ello nos amamos más; así nace la autentica comunidad de amor.
Así nace la unidad familiar con variados matices y formas de ser.
Todos se enriquecen con lo que todos son y ello será el fruto de un clima de diálogo frecuente y sincero.
Ello será fruto del esfuerzo de haber encontrado caminos para provocar, desarrollar y profundizar un diálogo que nos ha llevado a conocernos mejor para amarnos mejor.

Integrar es ensamblar distintas formas de ser para formar una unidad.
Desintegrar es separar esas distintas cualidades, destruyendo la unidad.

Se puede ser una familia sin formar una unidad.
Se puede compartir el domicilio y también el apellido, y aprovecharse de un sin fin de cosas que brinda una casa --ropa limpia, comida, un techo, etc.-- y, sin embargo, vivir como islas sin esforzarse para que la personalidad de cada uno, formen un nosotros familiar.

Podemos estar ignorando lo más importante de una persona a quien se ve a todas horas. Podemos estar físicamente cerca y no tener una comunicación que nos haga conocer el ser profundo del otro.
Todos queremos tener una familia unidad, pero no todos lo logramos.

Veamos las diversas realidades de las familias que nos rodean:

-- Unas son familias unidas, donde los problemas se resuelven con amor, comprensión y respeto.
-- En otras hay un gran deseo de integrarse, pero no parecen capaces de superar los problemas que impiden esa unión.
-- Otras familias, a fuerza de conflictos y desilusiones, han perdido el deseo o la esperanza de integrarse, pero continúan juntas por no desamparar a los hijos o por temor a vivir los problemas de una separación.
-- Hay familias que, después de aguantar juntas la época del crecimiento de los hijos, terminan separándose.
-- Otras ya se deshacen cuando los hijos son aun pequeños.
-- Hay también familias en las que el padre está ausente y esa mujer tiene que ser padre y madre a la vez.

¿Cuales de estas situaciones describe mejor la familia que nos toca vivir?
¿La familia en la cual estamos viviendo?

Todas las familias nacen con la ilusión y el propósito de ser felices.
La gran mayoría hacen esfuerzos para que su hogar sea un éxito.
¿Por qué, entonces, hay tantos fracasos?

No hay matrimonio, ni familia que no tenga que vivir crisis.

Lo primero que una crisis pone a prueba es la paciencia. Porque es lo primero que queremos: que se acabe pronto. Pero un corazón paciente rara vez se equivoca.
Las crisis prueban nuestras resistencias. Demandan fortaleza. Por ello son beneficiosas. “Tener que resistir es más saludable que no tener que resistir nada ─enseñaba Víctor Frankl. De hecho, el hastío causa hoy más problemas que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del psiquiatra”.

Las crisis prueban la prudencia. No es fácil saber qué hacer, qué decir, cómo comportarse
Las crisis prueban la humildad. No rara vez son marginadoras y humillantes. “La prosperidad hace amigos, la adversidad los prueba”, dice un anónimo

Las crisis prueban nuestra fe. Son sinónimo de inestabilidad, inseguridad e incertidumbre. Pero la fe es compatible con las situaciones más adversas. “Creer es ser capaz de soportar dudas”, decía Newman. Ahora bien, la fe no se improvisa. Muchas crisis al inicio tampoco tienen nombre. Pero con el tiempo corroboran nuestra fe. Lo intuyó Lacordaire: “La adversidad descubre al alma luces que la prosperidad no llega a percibir”.

Las crisis prueban la austeridad. Nos obligan “a bajarle” y a agudizar el sentido de lo esencial.
Porque, decía Renan, “los golpes de la adversidad pueden ser amargos, pero nunca estériles”.

Las causas de desintegración familiar pueden ser internas o externas.

En las externas pueden surgir de una extrema pobreza económica con el gran peso que tiene en la vida humana esta circunstancia.
También en la otra punta puede ser un ambiente de excesiva riqueza que facilita influencias dañinas del ambiente.

Hoy nos centraremos en algunas de las causas internas.

-- Vivir una actitud irreal con exceso de romanticismo.
Creer que para ser feliz basta desearlo. No ver la unidad como una meta a lograr. Vivir pensando que esta integración es algo que nos caerá del cielo o que los demás la harán, sin poner de nuestra parte un esfuerzo constante.

-- Inmadurez emocional. Esperar la perfección en los demás mientras pretendemos que nos acepten como somos, sin hacer gran cosa por superarnos. Dejarnos llevar por los sentimientos en forma exagerada, como son la ira, la tristeza, el entusiasmo o la decepción sin fijarnos en el efecto que produce en los demás mi actitud desenfrenada.

-- Egoísmo. Vivir para nuestros intereses o gustos individuales, no teniendo en cuenta la comunidad familiar. Poner a los otros, cónyuge, hijos, hermanos, padres, en función de nosotros mismos, de nuestra conveniencia.

-- Actitudes de superioridad. Enorgullecerse de la propia virtud, de la capacidad de trabajo que se tiene, alardear de la propia inteligencia, etc. Y considerar que los otros no están a tu nivel.

-- Vicios como pueden ser el alcoholismo, la pereza, mal carácter, ser irresponsable.

-- Indiferencia religiosa. Dejarse absorber en su totalidad por actitudes materialistas sin dejar espacio para lo espiritual. Con actitudes agresivas o irónicas hacía el otro u otros por su religiosidad.

-- Permitir que la influencia de terceras personas desuna la familia.

-- Actitudes dominantes. Pretender que el cónyuge, los hijos o los padres hagan lo que uno desea. Pensar y decidir por los demás. Que amistades hay que tener, que estudios deben seguir sus hijos, disponer en que se debe gastar el dinero, sin tener en cuenta otras opiniones.

-- Dejarse absorber demasiado por el trabajo, no solamente el trabajo fuera de casa, sino también el doméstico y quitarle tiempo a la convivencia.
Vivir absorbido en ganar y ganar, simplemente para juntar cosas en vez de disfrutar en familia lo que se va logrando. Vivir absorbido en tener una casa impecable pero que no se usa, que no se disfruta.

-- Incapacidad para demostrar cariño. Dar la impresión de que se está cumpliendo con un deber hacía los hijos, los hermanos, el cónyuge o los padres, en vez de hacerles sentir que son amados e importantes y necesarios.

Todas estas actitudes producen desintegración familiar.

Pero, ¿por qué razón actúan así las personas? Actúan así porque les falta desarrollo humano. No han tomado conciencia de quienes son, cómo funcionan, que esperan de ellos los demás. Hay una falta de crecimiento personal.
Creciendo como persona se ataca la causa profunda que separa a las personas, desaparecen los síntomas y se construye diariamente una familia sólida.

No se puede pretender que una relación tan cercana como la que hay en una familia exista armónicamente sin un esfuerzo serio de todos sus miembros.
Todos nacimos en una familia, pero la vida de familia no es para todos, sino para aquellos que no sólo aman sino que saben amar, saben necesitar a los demás y dejarse ayudar por ellos.

En una palabra, la vida familiar es para quienes son capaces de ir más allá del “yo” y del pequeño “nosotros conyugal” para llegar al gran nosotros que forman, el amor de esposos, el amor de padres, el amor de los hijos con la gran riqueza y amplitud del amor que va y viene entre todos.

¡Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre!


Señor... ¡haznos dóciles siempre a tu amor pero especialmente en este hermosísimo día de Corpus Christi!



Una vez más ante ti, Señor.

Hoy es un día grande para ti, para nosotros, para tu Iglesia. Es la solemnidad donde se exalta y glorifica la presencia de tu Cuerpo, tu Sangre y tu Divinidad en el Sacramento de la Eucaristía.

¡HOY ES CORPUS CHRISTI !

Tu Cuerpo, tu Sangre.... y tu Divinidad. ¿Qué te podemos decir, Señor? Tan solo caer de rodillas y decirte: - ¡Creo en ti, Señor, pero aumenta mi fe!

Tu lo sabes todo, mi Dios, mi Jesús, y sabías cuando te quedaste en el pan y vino, - aparentemente tan solo de pan y vino -, con el único deseo de ser nuestro alimento, que aunque no te corresponderíamos como tu Corazón desea, no te importó y ahí te quedaste para ser nuestro refugio, nuestra fuerza para nuestras penas y dolores, para ser consuelo, para ser el cirineo que nos ayuda a cargar con la cruz de nuestro diario vivir, a veces demasiado pesada y dolorosa, que nos puede hacer desfallecer sin tu no estás.... y también para bendecirte en los momentos de alegría, para buscar que participes en los momentos en que nuestro corazón está feliz.... ¡ahí estás Tu!...¡ Bendito y alabado seas!

Solo a un Dios locamente enamorado de sus criaturas se le podía ocurrir semejante ofrenda... por que no sabemos corresponder a ese amor, no, Jesús, no te acompañamos en la soledad de tus Sagrarios, no pensamos en tu gran amor .... somos indiferentes, egoístas, muchas veces solo nos acordamos de ti cuando te necesitamos porque las cosas no van, ni están, como nosotros queremos...

Señor... ¡haznos dóciles siempre a tu amor pero especialmente en este hermosísimo día de Corpus Christi!



¡Señor Jesucristo!

¡Gracias porque te nos diste de modo tan admirable, y porque te quedaste entre nosotros de manera tan amorosa!

Danos a todos una fe viva en el Sacramento del amor. Que la Misa dominical sea el centro de nuestra semana cristiana, la Comunión nos sacie el hambre que tenemos de ti, y el Sagrario se convierta en el remanso tranquilo donde nuestras almas encuentren la paz...

El Rosario: escuela de oración, un tesoro que recuperar

      
"Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración". Así plasmó Juan Pablo II su visión del Cristianismo en la carta Novo Millenio Ineunte.
Para hacerlo realidad, contamos con una gran maestra: la Virgen María que quiere tenernos como discípulos en la escuela del Rosario. Los motivos de fondo los traté ya en el artículo de la semana pasada: 8 consejos prácticos para rezar mejor el Rosario.
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 El Rosario es escuela de oración porque:

1. Aprendemos a orar viendo a un gran maestro de oración. Si el mejor modo de aprender a orar es a través del testimonio de un gran orante, qué mejor que contemplar junto a María y desde el corazón de María el Corazón de Jesús. Al recorrer uno a uno los misterios, es fácil contemplar la oración de Jesús: al nacer, al predicar, al morir, al resucitar, encontramos a Jesús orando, inseparable al Padre, en continuo diálogo interior con el Espíritu Santo.  Con María, en silencio, recorremos Sus pasos, y oramos sobre ellos, acompañando a Jesús en su oración y en su oblación al Padre por todos los hombres.
 
2. Nos enseña lo que es la oración vocal, invitándonos a rezar el Ave María con pleno sentido. Existe una canción sevillana muy hermosa que dice: "No quiero ni pensar que se enfade mi Virgen del Rocío si no le rezo la Salve con todos los cinco sentidos."
 El método repetitivo favorece la asimilación. Aún así, no se trata de repetir el Ave María de manera rutinaria y aburrida, sino como expresión de amor. Como en el amor humano, decimos una y otra vez las mismas frases de afecto, pero el sentimiento renovado las hace siempre nuevas. Además, "si la repetición del Ave María se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús." (RVM, 26) 
 
3. El Rosario es oración típicamente meditativa. Sin meditación y sin contemplación el Rosario se reduce a la repetición de fórmulas. Y el Rosario no es repetición de fórmulas, es meditación de la vida de Cristo, para más conocerlo, amarlo e imitarlo. Y esto, con un corazón cargado de afectos.  El Rosario es dirigirse a Jesús con María y desde el corazón de María. ¿Cómo es el trato de María con Jesús? Sin duda ¡cargado de afectos!
rosario-madera
 Cuando bastan pocas palabras para decir mucho, quiere decir que el corazón está hablando de muchas otras maneras. Así parece ser cuando María se dirige a Jesús en Jerusalén y en Caná. Y una de las respuestas más afectuosas de María al contemplar la vida de Jesús entrelazada con la suya fue precisamente un silencio contemplativo.

4. Nos enseña a contemplar, María es modelo de contemplación
 "La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 7).
 Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? » (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14)." (RVM, 10)

5. Nos facilita el encuentro personal con Cristo. María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, nos lleva delante de Cristo y le dice: "Aquí te los traigo, quieren verte"; "Tienen sed, Tú eres el agua viva"; "No tienen vino".  María nos ofrece su Hijo como lo hizo con los pastores y los magos, para que le reconozcamos (Lc 2, 12-18), para que le tomemos en nuestros brazos y le adoremos (Lc 2, 28), para que recibamos en Él todo el amor de Dios (Lc 2, 38;  Lc 1, 41-42)

6. Nos enseña a orar en el Espíritu. No hay oración sin el Espíritu Santo. María lo hacía todo con el Espíritu Santo. ¡Qué gran pareja formaron los dos! La sinergia de la energía del Espíritu y la disponibilidad generosa de María dieron como resultado a Cristo mismo.“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra por eso el niño que va a nacer se llamará Hijo de Dios” (Lc 1, 35) Cuando rezamos el Rosario, María quiere que el Espíritu Santo penetre en nuestras almas de la manera en que lo hizo el día de la Anunciación en su casita de Nazaret(cf Lc 1,38)y el día de Pentecostés en el Cenáculo (cf Act 1, 14)
 Definitivamente, como dice el Papa Juan Pablo II: "El Rosario es un tesoro que recuperar"  Y esto vale no sólo para quienes no lo rezan, sino para todos los que, aunque tengamos el hábito, podemos recuperar frescura y profundidad en el modo de rezarlo.

Cuerpo y Sangre de Cristo

 
Lucas 9, 11-17. Solemnidad de Corpus Christi Ciclo C. Cada Misa que se celebra en cualquier rincón de la tierra, tiene un valor redentor y de salvación universal.
 
Cuerpo y Sangre de Cristo

Del santo Evangelio según san Lucas 9, 11-17


En aquel tiempo Jesús comenzó a hablar a las gentes acerca del Reino de Dios, y curaba a los que tenían necesidad de ser curados. Pero el día había comenzado a declinar, y acercándose los Doce, le dijeron: Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar deshabitado. Él les dijo: Dadles vosotros de comer. Pero ellos respondieron: No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente. Pues había como cinco mil hombres. El dijo a sus discípulos: Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta. Lo hicieron así, e hicieron acomodarse a todos. Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos.

Oración introductoria

Jesús, fuente de todas las bendiciones, gracias por tu cuidado paternal y por tu amor incondicional. Señor, te necesito. Ayúdame para que esta oración me cure de mis debilidades y me ilumine para comprender y valorar el sacramento de la Eucaristía.

Petición

Señor, aumenta mi fe para saber contemplarte y alabarte en la Eucaristía.

Meditación del Papa

Jesús no es un rey terrenal, que ejerce su dominio, sino un rey que sirve, que se acerca hasta el hombre para satisfacer no solo el hambre material, sino sobre todo un hambre más profundo, el hambre de orientación, de sentido, de verdad, el hambre de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nos ayude a redescubrir la importancia de alimentarnos no solo de pan, sino de verdad, de amor, de Cristo, del cuerpo de Cristo, participando fielmente y con gran conciencia de la Eucaristía, para estar cada vez más íntimamente unidos a Él. En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; "nos atrae hacia sí". Al mismo tiempo, oremos para que nunca le falte a nadie el pan necesario para una vida digna, y que se terminen las desigualdades no con las armas de la violencia, sino con el compartir y el amor. Nos confiamos a la Virgen María, a la vez que invocamos sobre nosotros y nuestros seres queridos, su maternal intercesión. (Benedicto XVI, 29 de julio de 2012).

Reflexión

Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi. Antiguamente –y todavía hoy en muchos países católicos– se celebra esta fiesta con una procesión solemne, en la que se lleva expuesto al Santísimo Sacramento por las principales calles de la ciudad, acompañado con flores, cirios, oraciones, himnos y cánticos de los fieles. Sin duda todos hemos participado o presenciado alguna procesión del Corpus. Pero no estoy tan seguro de que todos conozcamos el origen y el significado de esta celebración.

Se celebraba en día jueves, dado que esta fiesta nació como una prolongación del Jueves Santo, y cuyo fin era tributar un culto público y solemne de adoración, de veneración, de amor y gratitud a Jesús Eucaristía por el regalo maravilloso que nos dio aquel día de la Ultima Cena, cuando quiso quedarse con nosotros para siempre en el sacramento del altar.

La solemnidad del Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Se cuenta, en efecto, que el año 1264 un sacerdote procedente de la Bohemia, un tal Pedro de Praga, dudoso sobre el misterio de la transustanciación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Hostia santa y en el vino consagrado, acudió en peregrinación a Roma para invocar sobre la tumba del apóstol san Pedro el robustecimiento de su fe. Al volver de la Ciudad Eterna, se detuvo en Bolsena y, mientras celebraba el santo Sacrificio de la Misa en la cripta de santa Cristina, la sagrada Hostia comenzó a destilar sangre hasta quedar el corporal completamente mojado. La noticia del prodigio se regó como pólvora, llegando hasta los oídos del Papa Urbano IV, que entonces se encontraba en Orvieto, una población cercana a Bolsena. Impresionado por la majestuosidad del acontecimiento, ordenó que el sagrado lino fuese transportado a Orvieto y, comprobado el milagro, instituyó enseguida la celebración de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Al poco tiempo el mismo Papa Urbano IV encargó al insigne teólogo dominico, Tomás de Aquino, la preparación de un oficio litúrgico propio para esta fiesta y la creación de cantos e himnos para celebrar a Cristo Eucaristía. Fue él quien compuso, entre otros himnos, la bellísima secuencia "Lauda Sion" que se canta en la Misa del día, tan llena de unción, de alta teología y mística devoción.

El año 1290 el Papa Nicolás IV, a petición del clero y del pueblo, colocó la primera piedra de la nueva catedral que se erigiría en la ciudad de Orvieto para custodiar y venerar la sagrada reliquia. Yo personalmente he tenido la oportunidad de visitar varias veces –aquí en Italia- la basílica de Bolsena, lugar del milagro eucarístico, y el santo relicario de la catedral de Orvieto, en donde se palpa una grandísima espiritualidad.

Después de esta breve noticia histórica, parece obvio el porqué de esta celebración. La Iglesia entera –fieles y pastores, unidos en un solo corazón- quiere honrar solemnemente y tributar un especial culto de adoración a Jesucristo, realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección por amor a nosotros, banquete sacrificial y alimento de vida eterna.

La Iglesia siempre ha tenido en altísima estima y veneración este augusto sacramento, pues en él se contiene, real y verdaderamente, la Persona misma del Señor, con su Cuerpo santísimo, su Sangre preciosa, y toda su alma y divinidad. En los restantes sacramentos se encierra la gracia salvífica de Cristo; pero en éste hallamos al mismo Cristo, autor de nuestra salvación.

El Papa Juan Pablo II publicó "Ecclesia de Eucharistia" dedicada precisamente al misterio de Jesús Eucarístico. "La Iglesia vive de la Eucaristía". "Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia".

Diálogo con Cristo

Señor, desde aquel primer Jueves Santo, cada Misa que celebra el sacerdote en cualquier rincón de la tierra tiene un valor redentor y de salvación universal. No sólo "recordamos" tu Pascua, sino que "revivimos" realmente los misterios sacrosantos de nuestra redención, por amor a nosotros. ¡Gracias a ellos, nosotros podemos tener vida eterna! Ofrecemos nuestras oraciones a ti por ellos.

Propósito

Ojalá que, a partir de ahora, vivamos con mayor conciencia, fe, amor y gratitud cada Santa Misa y acudamos con más frecuencia a visitar a Jesucristo en el Sagrario, con una profunda actitud de adoración y veneración. Y, si de verdad lo amamos, hagamos que nuestro amor a El se convierta en obras de caridad y de auténtica vida cristiana. Sólo así seremos un verdadero testimonio de Cristo ante el mundo.
jueves 30 Mayo 2013
Jueves de la octava semana del tiempo ordinario

Santa Juana de Arco



Leer el comentario del Evangelio por
Guillermo de San Teodorico : “¿Qué quieres que haga por ti?”

Lecturas

Eclesiástico 42,15-25.
Voy ahora a recordar las obras del Señor, y a contar lo que he visto: las obras del Señor salieron de sus palabras, conforme a sus decisiones.
Así como el sol ilumina todo lo que está a la vista, así la obra del Señor está llena de su gloria.
Explicar este mundo de maravillas es una cosa que le queda grande aun a los santos del Señor. Porque el Señor, Dueño del Universo, le dio consistencia en su propia gloria.
El sondea tanto los abismos del mar como los espíritus de los hombres; él ve claro en sus proyectos. El Altísimo conoce todo lo que se puede saber: conoce los signos de los tiempos.
Dice lo que ha sido y lo que será, descubre las huellas de las cosas pasadas.
Ni un pensamiento se le escapa, ni una palabra se le oculta.
Dispuso armoniosamente las obras maestras de su sabiduría, tales como han sido siempre y lo serán; no ha recurrido a ningún consejero; nada podría añadírseles o quitárseles.
¡Qué hermosas son todas sus obras¡; qué encanto contemplar hasta la más pequeña chispa!
Todo eso vive y dura para siempre, todo obedece en todo momento.
Todas las cosas van de a par, una enfrentando a la otra; el Señor no ha hecho nada imperfecto.
Una destaca a la otra: ¿quién se cansará de contemplar su gloria?


Salmo 33(32),2-3.4-5.6-7.8-9.
Denle gracias, tocando la guitarra,
y al son del arpa entónenle canciones.
Entonen para él un canto nuevo, acompañen la ovación con bella música.
Pues recta es la palabra del Señor,
y verdad toda obra de sus manos.

El ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su gracia.
Por su palabra surgieron los cielos, y por su aliento todas las estrellas.
Junta el agua del mar como en un frasco, y almacena las aguas del océano.

Tema al Señor la tierra entera, y tiemblen ante él sus habitantes,
pues él habló y todo fue creado, lo ordenó y las cosas existieron.


Marcos 10,46-52.
Llegaron a Jericó. Al salir Jesús de allí con sus discípulos y con bastante más gente, un ciego que pedía limosna se encontraba a la orilla del camino. Se llamaba Bartimeo (hijo de Timeo).
Al enterarse de que era Jesús de Nazaret el que pasaba, empezó a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!»
Muchas personas trataban de hacerlo callar. Pero él gritaba con más fuerza: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»
Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo.» Llamaron, pues, al ciego diciéndole: «Vamos, levántate, que te está llamando.»
Y él, arrojando su manto, se puso en pie de un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego respondió: «Maestro, que vea.»
Entonces Jesús le dijo: «Puedes irte, tu fe te ha salvado.» Y al instante pudo ver y siguió a Jesús por el camino.


Extraído de la Biblia Latinoamericana.



Leer el comentario del Evangelio por

Guillermo de San Teodorico (c 1085-1148), monje benedictino y después cisterciense
La contemplación de Dios, 1- 2

“¿Qué quieres que haga por ti?”

“¡Venid! Subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, y
nos enseñará sus caminos” (Is 2,3). Vosotros, las intenciones, deseos
intensos, voluntad y pensamientos, afectos y todas las energías del
corazón, venid, escalemos el monte, lleguémonos al lugar donde el Señor
ve y se hace ver. Pero vosotros, preocupaciones, solicitaciones e
inquietudes, trabajos y servidumbres, esperadnos aquí... hasta que,
apresurándonos hacia este lugar, regresemos junto a vosotros después de
haber adorado (cf Gn 22, 5). Porque será necesario regresar, y
desgraciadamente, demasiado pronto. Señor, Dios de mi fuerza,
vuélvenos hacia ti, “restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”
(Sal 79,20). Pero, Señor, ¡cuán prematuro, temerario, presuntuoso,
contrario a la norma dada por la palabra de tu verdad y de tu sabiduría,
es pretender ver a Dios con corazón impuro! Oh bondad soberana, bien
supremo, guía de corazones, luz de nuestros ojos interiores, por tu
bondad, Señor, ten piedad. ¡He aquí mi purificación, mi confianza y
mi justicia: la contemplación de tu bondad, Señor bondadoso! Tú, Dios
mío, dices a mi alma como solo tú lo sabes hacer: “Tu salvación soy
yo” (Sal 34,3). Rabboni, maestro y aleccionador soberano, tú, el único
doctor capaz de hacerme ver lo que deseo ver, di a este ciego mendigo:
“¿Qué quieres que haga por ti?” Y tú, que me das esta gracia, sabes
bien..., con qué fuerza mi corazón exclama: “¡Te he buscado, Señor;
buscaré siempre tu rostro! No me escondas tu rostro” (Sal 26,8).
 
 
 
 


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Solemnidad de Corpus Christi Este día, recordamos la institución de la Eucaristía, que se llevó a cabo el Jueves Santo, durante la Última Cena al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.


El próximo viernes 7 de Junio celebramos el Sagrado Corazón de Jesús, podamos prepararnos demostrando nuestro amor a Jesús rezando una Novena al Sagrado Corazón