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| Serafín de Montegranario, Santo |
Nací en un pequeño pueblo de las Marcas, en la
Italia central, donde todas las casas, como si fueran girasoles,
están abiertas al sol. Fue en 1540, cuando en toda
la región comenzaba a estabilizarse la Reforma Capuchina. Sin embargo
yo no conocí a los frailes hasta que entré en
el noviciado.
Era el segundo de cuatro hermanos, y mi padre
era albañil. Como la economía no iba demasiado boyante, pronto
tuvo que echar mano de nosotros para que le ayudásemos.
Mi hermano mayor se fue a trabajar con él; y
a mí, como era debilucho y algo torpe, me mandó
con un campesino para que le cuidara el rebaño. Un
trabajo fácil y agradable, sobre todo porque me dejaba mucho
tiempo para rezar y pensar en mis cosas.
Esta afición mía
por la soledad y la oración me creó una fama
de milagrero que yo no veía justificada. Todo empezó cuando
en uno de los viajes a Loreto, mientras mis compañeros
se pararon en la orilla del río en espera de
que disminuyese el caudal, yo lo crucé sin mojarme. Y
es que hay que conocer los vados y saber pasar
los ríos.
Cuando murió mi padre, mi hermano me reclamó para
que le ayudara. Sabía muy bien que no podría hacerme
un albañil, pero se empeñó en que fuera, al menos,
un peón. Sin embargo fracasó. Por mucho que intentó enseñarme
el oficio, no consiguió nada. A lo más que llegué
fue a traerle cubos de agua y ladrillos. Él, como
es lógico, se enfadaba y me daba algún que otro
pescozón; yo lo comprendía y me callaba.
Aquella vida me aburría
y soñaba con desiertos, ayunos y penitencias, según había leído
en las vidas de los ermitaños. Pero no fue necesario
irme tan lejos. Una amiga me manifestó que conocía «una
religión santa, en la que podía hacerme santo»: los Capuchinos.
El
Señor me hizo torpe
Cuando me presenté en el convento para
hacer el noviciado, muy pocas cosas dejaba atrás; hasta el
punto que le dije al guardián: «Sólo tengo un crucifijo
y un rosario; pero con éstos espero ayudar a los
frailes y hacerme santo». Y me admitieron.
Mi convivencia con los
frailes fue un calvario, ya que seguía igual de inseguro,
poco mañoso y torpe para el trabajo. Por mucho que
me esforzara no conseguía hacer nada a derechas, lo que
motivaba que me reprendieran y humillaran. Tanto me costaba soportar
mi torpeza, que estaba dispuesto a dejar el convento y
marcharme al desierto.
Sin embargo reflexioné y se me hizo la
luz. Tenía que aceptar mi torpeza para el trabajo y
mi capacidad para conectar a la gente con Dios. De
ahí que tuviera que acoger, incluso con cariño, las justas
reprimendas de los superiores cuando me salían mal las cosas,
y trabajar para que la gente fuera feliz al encontrarse
con Dios.
Pero me dio la gracia de ayudar a los
demás
Esto me lo encontraba hecho, hasta el punto de correrse
la voz de que yo hacía milagros, cuando en realidad
lo que hacía era convencerlos para que confiaran en el
Señor. Lo que pasara después ya no dependía de mí,
pero la gente me lo atribuía.
Una vez vino un matrimonio
joven, con una niña muda de nacimiento, pidiéndome que la
curara. Yo les insinué que fueran a la capilla del
Santísimo y rezaran. Al cabo de un rato me acerqué
para darle a la niña un ramito de flores, y
en plan jocoso le dije a la pareja: «Esta niña
va a hablar más que una cotorra». Y así sucedió.
Se le fue soltando la lengua hasta el punto de
que, muchas veces, había que hacerla callar, de tanto que
hablaba.
Los casos se multiplicaban, y la gente venía en busca
de ayuda para sus necesidades. Yo me veía abrumado ante
tanta demanda de milagros, pero hacía lo que buenamente podía:
darles confianza y acercarlos al Señor. Hasta tal punto se
complicó la cosa que el guardián me prohibió hacer tanto
prodigio, cuando el primer asombrado era yo.
Pero no vayáis a
creer que me dedicaba solamente a «hacer milagros». En los
distintos conventos por los que pasé ayudaba también en los
trabajos de la casa, pero mi relación con la gente,
bien al salir a pedir limosna, o porque ellos venían
a visitarme al convento, ocupaba mucho tiempo.
El secreto de mi
disponibilidad para atenderles estaba en el ejemplo de Jesús; de
ahí que me pasara grandes ratos en la iglesia pidiendo
por los demás, incluso por la noche, cuando las puertas
de la muralla estaban cerradas y la gente que se
había quedado fuera venía al convento a pedir hospedaje.
Y
así transcurrió mi vida, hasta que un 12 de octubre,
el de 1604, los niños, que junto con las flores
era lo que más quería, empezaron a gritar por el
pueblo: «Ha muerto el santo, ha muerto el santo». Y
ese santo era yo.
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