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Confesarse, ¿por qué? La reconciliación es la belleza de Dios |
Confesarse, ¿por qué?
Tratemos de comprender juntos qué es la
confesión: si lo comprendes verdaderamente, con la mente y con
el corazón, sentirás la necesidad y la alegría de hacer
experiencia de este encuentro, en el que Dios, dándote su
perdón mediante el ministro de la Iglesia, crea en tí
un corazón nuevo, pone en ti un Espíritu nuevo, para
que puedas vivir una existencia reconciliada con Él, contigo mismo
y con los demás, llegando a ser tú también capaz
de perdonar y amar, más allá de cualquier tentación de
desconfianza y cansancio.
1. ¿Por qué confesarse?
Entre las preguntas
que mi corazón de obispo se hace, elijo una que
me hacen a menudo: ¿por qué hay que confesarse? Es
una pregunta que vuelve a plantearse de muchas formas: ¿por
qué ir a un sacerdote a decir los propios pecados
y no se puede hacer directamente con Dios, que nos
conoce y comprende mucho mejor que cualquier interlocutor humano? Y,
de manera más radical: ¿por qué hablar de mis cosas,
especialmente de aquellas de las que me avergüenzo incluso conmigo
mismo, a alguien que es pecador como yo, y que
quizá valora de modo completamente diferente al mío mi experiencia,
o no la comprende en absoluto? ¿Qué sabe él de
lo que es pecado para mí? Alguno añade: y además,
¿existe verdaderamente el pecado, o es sólo un invento de
los sacerdotes para que nos portemos bien?
A esta última
pregunta creo que puedo responder enseguida y sin temor a
que se me desmienta: el pecado existe, y no sólo
está mal sino que hace mal. Basta mirar la escena
cotidiana del mundo, donde se derrochan violencia, guerras, injusticias, abusos,
egoísmos, celos y venganzas (un ejemplo de este «boletín de
guerra» no los dan hoy las noticias en los periódicos,
radio, televisión e Internet). Quien cree en el amor de
Dios, además, percibe que el pecado es amor replegado sobre
sí mismo («amor curvus», «amor cerrado», decían los medievales), ingratitud
de quien responde al amor con la indiferencia y el
rechazo. Este rechazo tiene consecuencias no sólo en quien lo
vive, sino también en toda la sociedad, hasta producir condicionamientos
y entrelazamientos de egoísmos y de violencias que se constituyen
en auténticas «estructuras de pecado» (pensemos en las injusticias sociales,
en la desigualdad entre países ricos y pobres, en el
escándalo del hambre en el mundo...). Justo por esto no
se debe dudar en subrayar lo enorme que es la
tragedia del pecado y cómo la pérdida de sentido del
pecado --muy diversa de esa enfermedad del alma que llamamos
«sentimiento de culpa»-- debilita el corazón ante el espectáculo del
mal y las seducciones de Satanás, el adversario que trata
de separarnos de Dios.
2. La experiencia del perdón
A
pesar de todo, sin embargo, no creo poder afirmar que
el mundo es malo y que hacer el bien es
inútil. Por el contrario, estoy convencido de que el bien
existe y es mucho mayor que el mal, que la
vida es hermosa y que vivir rectamente, por amor y
con amor, vale verdaderamente la pena. La razón profunda que
me lleva a pensar así es la experiencia de la
misericordia de Dios que hago en mí mismo y que
veo resplandecer en tantas personas humildes: es una experiencia que
he vivido muchas veces, tanto dando el perdón como ministro
de la Iglesia, como recibiéndolo. Hace años que me confieso
con regularidad, varias veces al mes y con la alegría
de hacerlo. La alegría nace del sentirme amado de modo
nuevo por Dios, cada vez que su perdón me alcanza
a través del sacerdote que me lo da en su
nombre. Es la alegría que he visto muy a menudo
en el rostro de quien venía a confesarse: no el
fútil sentido de alivio de quien «ha vaciado el saco»
(la confesión no es un desahogo psicológico ni un encuentro
consolador, o no lo es principalmente), sino la paz de
sentirse bien «dentro», tocados en el corazón por un amor
que cura, que viene de arriba y nos transforma. Pedir
con convicción el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con
generosidad es fuente de una paz impagable: por ello, es
justo y es hermoso confesarse. Querría compartir las razones de
esta alegría a todos aquellos a los que logre llegar
con esta carta.
3. ¿Confesarse con un sacerdote?
Me preguntas
entonces: ¿por qué hay que confesar a un sacerdote los
propios pecados y no se puede hacer directamente a Dios?
Ciertamente, uno se dirige siempre a Dios cuando confiesa los
propios pecados. Que sea, sin embargo, necesario hacerlo también ante
un sacerdote nos lo hace comprender el mismo Dios: al
enviar a su Hijo con nuestra carne, demuestra querer encontrarse
con nosotros mediante un contacto directo, que pasa a través
de los signos y los lenguajes de nuestra condición humana.
Así como Él ha salido de sí mismo por amor
nuestro y ha venido a «tocarnos» con su carne, también
nosotros estamos llamados a salir de nosotros mismos por amor
suyo e ir con humildad y fe a quien puede
darnos el perdón en su nombre con la palabra y
con el gesto. Sólo la absolución de los pecados que
el sacerdote te da en el sacramento puede comunicarte la
certeza interior de haber sido verdaderamente perdonado y acogido por
el Padre que está en los cielos, porque Cristo ha
confiado al ministerio de la Iglesia el poder de atar
y desatar, de excluir y de admitir en la comunidad
de la alianza (Cf. Mateo 18,17). Es Él quien, resucitado
de la muerte, ha dicho a los Apóstoles: «Recibid el
Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados;
a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20,22-23).
Por lo tanto, confesarse con un sacerdote es muy diferente
de hacerlo en el secreto del corazón, expuesto a tantas
inseguridades y ambigüedades que llenan la vida y la historia.
Tu solo no sabrás nunca verdaderamente si quien te ha
tocado es la gracia de Dios o tu emoción, si
quien te ha perdonado has sido tú o ha sido
Él por la vía que Él ha elegido. Absuelto por
quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del
perdón, podrás experimentar la libertad que sólo Dios da y
comprenderás por qué confesarse es fuente de paz.
4. Un
Dios cercano a nuestra debilidad
La confesión es por tanto
el encuentro con el perdón divino, que se nos ofrece
en Jesús y que se nos transmite mediante el ministerio
de la Iglesia. En este signo eficaz de la gracia,
cita con la misericordia sin fin, se nos ofrece el
rostro de un Dios que conoce como nadie nuestra condición
humana y se le hace cercano con tiernísimo amor. Nos
lo demuestran innumerables episodios de la vida de Jesús, desde
el encuentro con la Samaritana a la curación del paralítico,
desde el perdón a la adúltera a las lágrimas ante
la muerte del amigo Lázaro... De esta cercanía tierna y
compasiva de Dios tenemos inmensa necesidad, como lo demuestra también
una simple mirada a nuestra existencia: cada uno de nosotros
convive con la propia debilidad, atraviesa la enfermedad, se asoma
a la muerte, advierte el desafío de las preguntas que
todo esto plantea el corazón. Por mucho que luego podamos
desear hacer el bien, la fragilidad que nos caracteriza a
todos, nos expone continuamente al riesgo de caer en la
tentación.
El Apóstol Pablo describió con precisión esta experiencia: «Hay
en mí el deseo del bien, pero no la capacidad
de realizarlo; en efecto, yo no hago el bien que
quiero, sino el mal que no quiero» (Romanos 7,18s). Es
el conflicto interior del que nace la invocación: «Quién me
librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?»
(Romanos 7, 24). A ella responde de modo especial el
sacramento del perdón, que viene a socorrernos siempre de nuevo
en nuestra condición de pecado, alcanzándonos con la potencia sanadora
de la gracia divina y transformando nuestro corazón y nuestros
comportamientos. Por ello, la Iglesia no se cansa de proponernos
la gracia de este sacramento durante todo el camino de
nuestra vida: a través de ella Jesús, verdadero médico celestial,
se hace cargo de nuestros pecados y nos acompaña, continuando
su obra de curación y de salvación. Como sucede en
cada historia de amor, también la alianza con el Señor
hay que renovarla sin descanso: la fidelidad y el empeño
siempre nuevo del corazón que se entrega y acoge el
amor que se le ofrece, hasta el día en que
Dios será todo en todos.
5. Las etapas del encuentro
con el perdón. Justo porque fue deseado por un Dios
profundamente «humano», el encuentro con la misericordia que nos ofrece
Jesús se produce en varias etapas, que respetan los tiempos
de la vida y del corazón. Al inicio, está la
escucha de la buena noticia, en la que te alcanza
la llamada del Amado: «El tiempo se ha cumplido y
el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en
la Buena Nueva» (Marcos 1,15). A través de esta voz
el Espíritu Santo actúa en ti, dándote dulzura para consentir
y creer en la Verdad. Cuando te vuelves dócil a
esta voz y decides responder con todo el corazón a
Quien te llama, emprendes el camino que te lleva al
regalo más grande, un don tan valioso que le lleva
a Pablo a decir: «En nombre de Cristo os suplicamos:
¡reconciliaos con Dios! » (2 Corintios 5, 20).
La reconciliación
es precisamente el sacramento del encuentro con Cristo que, mediante
el ministerio de la Iglesia, viene a socorrer la debilidad
de quien ha traicionado o rechazado la alianza con Dios,
lo reconcilia con el Padre y con la Iglesia, lo
recrea como criatura nueva en la fuerza del Espíritu Santo.
Este sacramento es llamado también de la penitencia, porque en
él se expresa la conversión del hombre, el camino del
corazón que se arrepiente y viene a invocar el perdón
de Dios. El término confesión --usado normalmente-- se refiere en
cambio al acto de confesar las propias culpas ante el
sacerdote pero recuerda también la triple confesión que hay que
hacer para vivir en plenitud la celebración de la reconciliación:
la confesión de alabanza («confessio laudis»), con la que hacemos
memoria del amor divino que nos precede y nos acompaña,
reconociendo sus signos en nuestra vida y comprendiendo mejor así
la gravedad de nuestra culpa; la confesión del pecado, con
la que presentamos al Padre nuestro corazón humilde y arrepentido,
reconociendo nuestros pecados («confessio peccati»); la confesión de fe, por
último, con la que nos abrimos al perdón que libera
y salva, que se nos ofrece con la absolución («confessio
fidei»). A su vez, los gestos y las palabras en
las que expresaremos el don que hemos recibido confesarán en
la vida las maravillas realizadas en nosotros por la misericordia
de Dios.
6. La fiesta del encuentro
En la historia
de la Iglesia, la penitencia ha sido vivida en una
gran variedad de formas, comunitarias e individuales, que sin embargo
han mantenido todas la estructura fundamental del encuentro personal entre
el pecador arrepentido y el Dios vivo, a través de
la mediación del ministerio del obispo o del sacerdote. A
través de las palabras de la absolución, pronunciadas por un
hombre pecador que, sin embargo, ha sido elegido y consagrado
para el ministerio, es Cristo mismo el que acoge al
pecador arrepentido y lo reconcilia con el Padre y en
el don del Espíritu Santo, lo renueva como miembro vivo
de la Iglesia. Reconciliados con Dios, somos acogidos en la
comunión vivificante de la Trinidad y recibimos en nosotros la
vida nueva de la gracia, el amor que sólo Dios
puede infundir en nuestros corazones: el sacramento del perdón renueva,
así, nuestra relación con el Padre, con el Hijo y
con el Espíritu Santo, en cuyo nombre se nos da
la absolución de las culpas. Como muestra la parábola del
Padre y los dos hijos, el encuentro de la reconciliación
culmina en un banquete de platos sabrosos, en el que
se participa con el traje nuevo, el anillo y los
pies bien calzados (Cf. Lucas15,22s): imágenes que expresan todas la
alegría y la belleza del regalo ofrecido y recibido. Verdaderamente,
para usar las palabras del padre de la parábola, «comamos
y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto
y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha
sido hallado» (Lucas 15, 24). ¡Qué hermoso pensar que aquél
hijo podemos ser cada uno de nosotros!
7. La vuelta
a la casa del Padre
En relación a Dios Padre,
la penitencia se presenta como una «vuelta a casa» (este
es propiamente el sentido de la palabra «teshuvá», que el
hebreo usa para decir «conversión»). Mediante la toma de conciencia
de tus culpas, te das cuenta de estar en el
exilio, lejano de la patria del amor: adviertes malestar, dolor,
porque comprendes que la culpa es una ruptura de la
alianza con el Señor, un rechazo de su amor, es
«amor no amado», y por ello es también fuente de
alienación, porque el pecado nos desarraiga de nuestra verdadera morada,
el corazón del Padre. Es entonces cuando hace falta recordar
la casa en la que nos esperan: sin esta memoria
del amor no podríamos nunca tener la confianza y la
esperanza necesarias para tomar la decisión de volver a Dios.
Con la humildad de quien sabe que no es digno
de ser llamado «hijo», podemos decidirnos a ir a llamar
a la puerta de la casa del Padre: ¡qué sorpresa
descubrir que está en la ventana escrutando el horizonte porque
espera desde hace mucho tiempo nuestro retorno! A nuestras manos
abiertas, al corazón humilde y arrepentido responde la oferta gratuita
del perdón con el que el Padre nos reconcilia consigo,
«convirtiéndonos» de alguna manera a nosotros mismos: « Estando él
todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se
echó a su cuello y le besó efusivamente» (Lucas 15,20).
Con extraordinaria ternura, Dios nos introduce de modo renovado en
la condición de hijos, ofrecida por la alianza establecida en
Jesús.
8. El encuentro con Cristo, muerto y resucitado por
nosotros
En relación al Hijo, el sacramento de la reconciliación
nos ofrece la alegría del encuentro con Él, el Señor
crucificado y resucitado, que, a través de su Pascua nos
da la vida nueva, infundiendo su Espíritu en nuestros corazones.
Este encuentro se realiza mediante el itinerario que lleva a
cada uno de nosotros a confesar nuestras culpas con humildad
y dolor de los pecados y a recibir con gratitud
plena de estupor el perdón. Unidos a Jesús en su
muerte de Cruz, morimos al pecado y al hombre viejo
que en él ha triunfado. Su sangre, derramada por nosotros
nos reconcilia con Dios y con los demás, abatiendo el
muro de la enemistad que nos mantenía prisioneros de nuestra
soledad sin esperanza y sin amor. La fuerza de su
resurrección nos alcanza y transforma: el resucitado nos toca el
corazón, lo hace arder con una fe nueva, que nos
abre los ojos y nos hace capaces de reconocerle junto
a nosotros y reconocer su voz en quien tiene necesidad
de nosotros. Toda nuestra existencia de pecadores, unida a Cristo
crucificado y resucitado, se ofrece a la misericordia de Dios
para ser curada de la angustia, liberada del peso de
la culpa, confirmada en los dones de Dios y renovada
en la potencia de su Amor victorioso. Liberados por el
Señor Jesús, estamos llamados a vivir como Él libres del
miedo, de la culpa y de las seducciones del mal,
para realizar obras de verdad, de justicia y de paz.
9. La vida nueva del Espíritu
Gracias al don del
Espíritu que infunde en nosotros el amor de Dios (Cf.
Romanos 5,5), el sacramento de la reconciliación es fuente de
vida nueva, comunión renovada con Dios y con la Iglesia,
de la que precisamente el Espíritu es el alma y
la fuerza de cohesión. El Espíritu empuja al pecador perdonado
a expresar en la vida la paz recibida, aceptando sobre
todo las consecuencias de la culpa cometida, la llamada «pena»,
que es como el efecto de la enfermedad representada por
el pecado, y que hay que considerarla como una herida
que curar con el óleo de la gracia y la
paciencia del amor que hemos de tener hacia nosotros mismos.
El Espíritu, además, nos ayuda a madurar el firme propósito
de vivir un camino de conversión hecho de empeños concretos
de caridad y de oración: el signo penitencial requerido por
el confesor sirve justamente para expresar esta elección. La vida
nueva, a la que así renacemos, puede demostrar más que
cualquier otra cosa la belleza y la fuerza del perdón
invocado y recibido siempre de nuevo («perdón» quiere decir justamente
don renovado: ¡perdonar es dar infinitamente!) Te pregunto entonces: ¿por
qué prescindir de un regalo tan grande? Acércate a la
confesión con corazón humilde y contrito y vívela con fe:
te cambiará la vida y dará paz a tu corazón.
Entonces, tus ojos se abrirán para reconocer los signos de
la belleza de Dios presentes en la creación y en
la historia y te surgirá del alma el canto de
alabanza.
Y también a ti, sacerdote que me lees y
que, como yo, eres ministro del perdón, querría dirigir una
invitación que me nace del corazón: está siempre pronto --a
tiempo y a destiempo--, a anunciar a todos la misericordia
y a dar a quien te lo pide el perdón
que necesita para vivir y morir. Para aquella persona, ¡podría
tratarse de la hora de Dios en su vida!
10.
¡Dejémonos reconciliar con Dios!
La invitación del apóstol Pablo se
convierte, así, también en la mía: lo expreso sirviéndome de
dos voces distintas. La primera, es la de Friedrich Nietzsche,
que, en su juventud, escribió palabras apasionadas, signo de la
necesidad de misericordia divina que todos llevamos dentro: «Una vez
más, antes de partir y dirigir mi mirada hacia lo
alto, al quedarme solo, elevo mis manos a Ti, en
quien me refugio, a quien desde lo profundo del corazón
he consagrado altares, para que cada hora tu voz me
vuelva a llamar… Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que
penetres hasta el fondo del alma y como tempestad sacudas
mi vida, tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante
a mí! Quiero conocerte y también servirte» («Scritti giovanili», «Escritos
Juveniles» I, 1, Milán 1998, 388). La otra voz es
la que se atribuye a san Francisco de Asís, que
expresa la verdad de una vida renovada por la gracia
del perdón:
Señor, haz de mi un instrumento de tu
paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que
allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá
donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde
hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación,
yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo
ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga
la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser
consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto
amar.
Son éstos los frutos de la reconciliación, invocada y
acogida por Dios, que auguro a todos vosotros que me
leéis. Con este augurio, que se hace oración, os abrazo
y bendigo uno a uno.
PARA EL EXAMEN DE CONCIENCIA
Prepárate a la confesión si es posible a plazos regulares
y no demasiado lejanos en el tiempo, en un clima
de oración, respondiendo a estas preguntas bajo la mirada de
Dios, eventualmente verificándolo con quien pueda ayudarte a caminar más
rápido en la vía del Señor:
1. «No tendrás otro
Dios fuera de mí» (Dt 5,7). «Amarás al Señor con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda
tu mente» (Mt 22,37). ¿Amo así al Señor? ¿Le doy
el primer lugar en mi vida? Me empeño en rechazar
todo ídolo que puede interponerse entre El y yo, ya
sea el dinero, el placer, la superstición o el poder?
¿Escucho con fe su Palabra? ¿Soy perseverante en la oración?
2. «No tomarás en falso el nombre del Señor tu
Dios» (Dt 5,11). ¿Respeto el nombre santo de Dios? ¿Abuso
al referirme a Él ofendiéndole o sirviéndome de Él en
lugar de servirlo? ¿Bendigo a Dios en cada uno de
mis actos? ¿Me remito sin reservas a su voluntad sobre
mí, confiando totalmente en Él? ¿Me confío con humildad y
confianza a la guía y a la enseñanza de los
pastores que el Señor ha dado a su Iglesia? ¿Me
empeño en profundizar y nutrir mi vida de fe?
3.
«Santificarás las fiestas» (cf. Dt 5,12-15). ¿Vivo la centralidad del
domingo, empezando por su centro que es la celebración de
la eucaristía, y los otros días consagrados al Señor para
alabarlo y darle gracias para confiarme a Él y reposar
en Él? ¿Participo con fidelidad y empeño en la liturgia
festiva, preparándome a ella con la oración y esforzándome en
obtener fruto durante toda la semana? ¿Santifico el día de
fiesta con algún gesto de amor hacia quien lo necesita?
4. «Honra a tu padre y a tu madre» (Dt
5,16). ¿Amo y respeto a quienes me han dado la
vida? ¿Me esfuerzo por comprenderles y ayudarles, sobre todo en
su debilidad y sus límites?
5. «No matar» (Dt 5,17).
¿Me esfuerzo por respetar y promover la vida en todas
sus etapas y en todos sus aspectos? ¿Hago todo lo
que está en mi poder por el bien de los
demás? ¿He hecho mal a alguien con la intención explícita
de hacerlo? «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt
22,39). ¿Cómo vivo la caridad hacia el prójimo? ¿Estoy atento
y disponible, sobre todo hacia los más pobres y los
más débiles? ¿Me amo a mí mismo, sabiendo aceptar mis
límites bajo la mirada de Dios?
6. «No cometerás actos
impuros» (cf. Dt 5,18). «No desearás la mujer de tu
prójimo» (Dt 5,21). ¿Soy casto en pensamientos y actos? ¿Me
esfuerzo en amar con gratuidad, libre de la tentación de
la posesión y de los celos? ¿Respeto siempre y en
todo la dignidad de la persona humana? ¿Trato mi cuerpo
y el cuerpo de los demás como templo del Espíritu
Santo?
7. «No robar» (Dt 5,19). «No desear los bienes
ajenos» (Dt 5,21). ¿Respeto los bienes de la creación? ¿Soy
honesto en el trabajo y en mis relaciones con los
demás? ¿Respeto el fruto de trabajo de los demás? ¿Soy
envidioso del bien de los otros? ¿Me esfuerzo en hacer
a los otros felices o pienso sólo en mi felicidad?
8. «No pronunciar falso testimonio» (Dt 5,20). ¿Soy sincero y
leal en cada palabra y acción? ¿Testimonio siempre y sólo
la verdad? ¿Trato de dar confianza y actúo en modo
de merecerla?
9. ¿Me esfuerzo en seguir a Jesús en
la vía de mi entrega a Dios y a los
demás? ¿Trato de ser como Él humilde, pobre y casto?
10. ¿Encuentro al Señor fielmente en los sacramentos, en la
comunión fraterna y en el servicio a los más pobres?
¿Vivo la esperanza en la vida eterna, mirando cada cosa
a la luz del Dios que llega y confiando siempre
en sus promesas.
Naturaleza, virtud, sacramento, institución |
Información detallada de este sacramento. |
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Naturaleza, virtud, sacramento, institución |
Naturaleza
Penitencia en su sentido etimológico, viene del latín “poenitere”
que significa: tener pena, arrepentirse.
Cuando hablamos teológicamente, este término se
utiliza tanto para hablar de una virtud, como de un
sacramento.
Como virtud moral:
Esta virtud moral, hace que el pecador
se sienta arrepentido de los pecados cometidos, tener el propósito
de no volver a caer y hacer algo en satisfacción
por haberlos cometidos.
Cristo nos llama a la conversión y
a la penitencia, pero no con obras exteriores, sino a
la conversión del corazón, a la penitencia interior. De otro
modo, sin esta disposición interior todo sería inútil. (Cfr. Is.
1, 16-17; Mt. 6, 1-6; 16-18)
Cuando hablamos teológicamente de esta
virtud, no nos referimos únicamente a la penitencia exterior, sino
que esta reparación tiene que ir acompañada del dolor de
corazón por haber ofendido a Dios. No sería válido pedirle
perdón por una ofensa a un jefe por miedo de
perder el trabajo, sino que hay que hacerlo porque al
faltar a la caridad, hemos ofendido a Dios. (Cfr.
Catec. no. 1430 –1432)
Todos debemos de cultivar esta virtud, que
nos lleva a la conversión. Los medios para cultivar esta
virtud son: la oración, confesarse con frecuencia, asistir a la
Eucaristía – fuente de las mayores gracias -, la práctica
del sacrificio voluntario, dándole un sentido de unión con Cristo
y acercándose a María.
Como sacramento:
La virtud nos lleva a la
conversión, como sacramento es uno de los siete sacramentos instituidos
por Cristo, que perdona los pecados cometidos contra Dios -
después de haberse bautizado -, obtiene la reconciliación con la
Iglesia, a quien también se ha ofendido con el pecado,
al pedir perdón por los pecados ante un sacerdote. Esto
fue definido por el Concilio de Trento como verdad de
fe. (Cfr. L.G. 11).
A este sacramento se le llama sacramento
de “conversión”, porque responde a la llamada de Cristo a
convertirse, de volver al Padre y la lleva a cabo
sacramentalmente. Se llama de “penitencia” por el proceso de conversión
personal y de arrepentimiento y de reparación que tiene el
cristiano. También es una “confesión”, porque la persona confiesa sus
pecados ante el sacerdote, requisito indispensable para recibir la absolución
y el perdón de los pecados graves.
El nombre de “Reconciliación”
se debe a que reconcilia al pecador con el amor
del Padre. Él mismo nos habla de la necesidad de
la reconciliación. “Ve primero a reconciliarte con tu hermano”. (Mt.
5,24) (Cfr. Catec. nos. 1423 –1424). El sacramento de la Reconciliación
o Penitencia y la virtud de la penitencia están estrechamente
ligados, para acudir al sacramento es necesaria la virtud de
la penitencia que nos lleva a tener ese sincero dolor
de corazón.
La Reconciliación es un verdadero sacramento porque en él
están presente los elementos esenciales de todo sacramento, es decir
el signo sensible, el haber sido instituido por Cristo y
porque confiere la gracia.
Este sacramento es uno de los dos
sacramentos llamados de “curación” porque sana el espíritu. Cuando el
alma está enferma debido al pecado grave, se necesita
el sacramento que le devuelva la salud, para que la
cure. Jesús perdonó los pecados del paralítico y le devolvió
la salud del cuerpo. (Cfr. Mc. 2, 1-12).
Cristo instituyó
los sacramentos y se los confió a la Iglesia –
fundada por Él – por lo tanto la Iglesia
es la depositaria de este poder, ningún hombre por sí
mismo, puede perdonar los pecados. Como en todos los sacramentos,
la gracia de Dios se recibe en la Reconciliación "ex
opere operato" – obran por la obra realizada – siendo
el ministro el intermediario. La Iglesia tiene el poder
de perdonar todos los pecados.
En los primeros tiempos del
cristianismo, se suscitaron muchas herejías respecto a los pecados. Algunos
decían que ciertos pecados no podían perdonarse, otros que cualquier
cristiano bueno y piadoso lo podía perdonar, etc. Los protestantes
fueron unos de los que más atacaron la doctrina de
la Iglesia sobre este sacramento. Por ello, El Concilio de
Trento declaró que Cristo comunicó a los apóstoles y sus
legítimos sucesores la potestad de perdonar realmente todos los pecados.
(Dz. 894 y 913)
La Iglesia, por este motivo, ha tenido
la necesidad, a través de los siglos, de manifestar su
doctrina sobre la institución de este sacramento por Cristo, basándose
en Sus obras. Preparando a los apóstoles y discípulos durante
su vida terrena, perdonando los pecados al paralítico en Cafarnaúm
(Lc. 5, 18-26), a la mujer pecadora (Lc. 7, 37-50)….
Cristo perdonaba los pecados, y además los volvía a incorporar
a la comunidad del pueblo de Dios.
El poder que
Cristo le otorgó a los apóstoles de perdonar los pecados,
implica un acto judicial (Concilio de Trento), pues el sacerdote
actúa como juez, imponiendo una sentencia y un castigo.
Sólo que en este caso, la sentencia es siempre el
perdón, sí es que el penitente ha cumplido con todos
los requisitos y tiene las debidas disposiciones. Todo lo que
ahí se lleva a cabo es en nombre y con
la autoridad de Cristo.
Solamente si alguien se niega –
deliberadamente - a acogerse la misericordia de Dios mediante el
arrepentimiento estará rechazando el perdón de los pecados y la
salvación ofrecida por el Espíritu Santo y no será perdonado.
“El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón
nunca, antes bien será reo de pecado eterno” (Mc. 3,
29. Esto es lo que llamamos el pecado contra el
Espíritu Santo. Esta actitud tan dura nos puede llevar a
la condenación eterna. (Cfr. Catec no. 1864)
Institución
Después de la Resurrección
estaban reunidos los apóstoles – con las puertas cerradas por
miedo a los judíos – se les aparece Jesús y
les dice: “La paz con vosotros. Como el Padre me
envío, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos
y les dijo: Recibid al Espíritu Santo. A quienes perdonéis
los pecados, les quedaran perdonados; a quienes se los retengáis,
les quedan retenidos”. (Jn. 20, 21-23) Este es el momento
exacto en que Cristo instituye este sacramento. Cristo -
que nos ama inmensamente - en su infinita misericordia le
otorga a los apóstoles el poder de perdonar los pecados.
Jesús les da el mandato - a los apóstoles
- de continuar la misión para la que fue enviado;
el perdonar los pecados. No pudo hacernos un mejor regalo
que darnos la posibilidad de liberarnos del mal del pecado.
Dios
le tiene a los hombres un amor infinito, Él siempre
está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Vemos a través de
diferentes pasajes del Evangelio como se manifiesta la misericordia de
Dios con los pecadores. (Cfr. Lc. 15, 4-7; Lc.15, 11-31).
Cristo, conociendo la debilidad humana, sabía que muchas veces nos
alejaríamos de Él por causa del pecado. Por ello, nos
dejó un sacramento muy especial que nos permite la reconciliación
con Dios. Este regalo maravilloso que nos deja Jesús, es
otra prueba más de su infinito amor.
Signo, rito, ministro y sujeto de la Confesión |
Información detallada de éste sacramento. |
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Signo: Materia y Forma
El Concilio de Trento, siguiendo la
idea de Sto. Tomás de Aquino reafirmó que el signo
sensible de este sacramento era la absolución de los pecados
por parte del sacerdote y los actos del penitente.
(Cfr. Dz. 699, 896, 914; Catec. no. 1448).
Como en todo
sacramento este signo sensible está compuesto por la materia
y la forma. En este caso son:
La materia es: el
dolor de corazón o contrición, los pecados dichos al confesor
de manera sincera e íntegra y el cumplimiento de la
penitencia o satisfacción. Los pecados graves hay obligación de confesarlos
todos.
La forma son las palabras que pronuncia el sacerdote después
de escuchar los pecados - y de haber emitido
un juicio - cuando da la absolución: “Yo te absuelvo
de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo”.
Rito y celebración
La celebración de este sacramento,
al igual que la de todos los sacramentos, es
una acción litúrgica. A pesar de haber habido muchos cambios
en la celebración de este sacramento, a través de los
siglos, encontramos dos elementos fundamentales en su celebración. Uno de
los elementos son los actos que hace el penitente que
quiere convertirse, gracias a la acción del Espíritu Santo, como
son el arrepentimiento o contrición, la confesión de los pecados
y el cumplimiento de la penitencia. El otro elemento es
la acción de Dios, por medio de los Obispos
y los sacerdotes, la Iglesia perdona los pecados en
nombre de Cristo, decide cual debe ser la penitencia, ora
con el penitente y hace penitencia con él. (Cfr.
CIC no.1148).
Normalmente, el sacramento se recibe de manera individual,
acudiendo al confesionario, diciendo sus pecados y recibiendo la absolución
en forma particular o individual.
Existen casos excepcionales en los cuales
los sacerdote pueden impartir la absolución general o colectiva, tales
como aquellas situaciones en las que, de no impartirse, las
personas se quedarían sin poder recibir la gracia sacramental por
largo tiempo, sin ser por culpa suya. De todos modos,
esto no les excluye de tener que acudir a la
confesión individual en la primera ocasión que se les presente
y confesar los pecados que fueron perdonados a través de
la absolución general. Si se llegase a impartir, el ministro
tiene la obligación de recordarle a los fieles la necesidad
de acudir a la confesión individual en la primera oportunidad
que se tenga. Ejemplos de esto serían un estado de
guerra, peligro de muerte ante una catástrofe, en tierra de
misiones, o en lugares con una escasez tremenda de sacerdotes.
Si no existen estas condiciones queda totalmente prohibido hacerlo. (CIC
c. 961, 1; c. 962, 1).
Cuando una persona hace una
confesión de todos los pecados cometidos durante toda la vida,
o durante un período de la vida, incluyendo los ya
confesados con la intención de obtener una mayor contrición, se
le llama confesión general. Se le debe de advertir al
confesor de que se trata de una confesión general.
Cuando
una persona está en peligro de muerte - no pudiendo
expresarse verbalmente por algún motivo - se le otorga el
perdón de los pecados de manera condicionada. Esto quiere decir
que está condicionada a las disposiciones que tenga el enfermo
o que tuviese de estar consciente.
El Ministro y el
Sujeto
Como ya se mencionó, Cristo le dio el poder de
perdonar a los apóstoles, los obispos como sucesores de ellos
y los sacerdotes que colaboran con los obispos son los
ministros del sacramento (Cfr. CIC 965). Los obispos, quienes poseen
en plenitud el sacramento del Orden y tienen todos
los poderes que Cristo le dio a los apóstoles, delegan
en los presbíteros (sacerdotes) su misión ministerial, siendo parte de
este ministerio, la capacidad de poder perdonar los pecados. Esto
fue definido por el Concilio de Trento como verdad de
fe en contra de la postura de Lutero que decía
que cualquier bautizado tenía la potestad para perdonar los pecados.
Cristo sólo le dio este poder a los apóstoles (Cfr.
Mt.18, 18; Jn. 20, 23).
El sacerdote es muy importante, porque
aunque es Jesucristo el que perdona los pecados, él es
su representante y posee la autoridad de Cristo.
El sacerdote debe
de tener la facultad de perdonar los pecados, es decir,
por oficio y porque se le ha autorizado por la
autoridad competente el hacerlo. No todos los sacerdotes tienen la
facultad de ejercerla, para poderla ejercer tiene que estar capacitado
para emitir un juicio sobre el pecador.
El lugar adecuado
para administrar el sacramento es la iglesia (Cfr. 964). Siempre
se trata de que se lleve a cabo en un
lugar sagrado, de ser posible.
Los confesores deben de tener la
intención de Cristo, debe ser instrumento de la misericordia de
Dios. Para ello, es necesario que se prepare para ser
capaz de resolver todo tipo de casos – comunes y
corrientes o difíciles y complicados - tener un conocimiento del
comportamiento cristiano, de las cosas humanas, demostrar respeto y delicadeza,
haciendo uso de la prudencia. El amor a la verdad,
la fidelidad a la doctrina de la Iglesia son requisitos
para el ministro de este sacramento. Los sacerdotes deben estar
disponibles a celebrar este sacramento cada vez que un cristiano
lo solicite de una manera razonable y lógica.
Al administrar
el sacramento, los sacerdotes deben de enseñar sobre los actos
del penitente, sobre los deberes de estado y aclarar cualquier
duda que el penitente tenga. También debe de motivar a
una conversión, a un cambio de vida. Debe de dar
consejo sobre la manera de remediar cada situación.
En ocasiones el
sacerdote puede rehusarse a otorgar la absolución. Esto puede suceder
cuando está consciente que no hay las debidas disposiciones por
parte del sujeto. Puede ser que sea por falta de
arrepentimiento, o por no tener propósito de enmienda. También se
da el caso de algunos pecados que son tan graves
que están sancionados con la excomunión, que es la pena
eclesiástica más severa, que impide recibir los sacramentos. La absolución
de estos pecados, llamados “pecados reservados”, según el Derecho Canónico,
sólo puede ser otorgada por el Obispo del lugar o
por sacerdotes autorizados por él. En caso de peligro de
muerte, todo sacerdote puede perdonar los pecados y de toda
excomunión. Ej: quienes practican un aborto o participan de cualquier
modo en su realización
En virtud de la delicadeza y el
respeto debido a las personas, los sacerdotes no pueden hacer
público lo que han escuchado en la confesión. Quedan obligados
a guardar absoluto silencio sobre los pecados escuchados, ni pueden
utilizar el conocimiento sobre la vida de la persona que
han obtenido en el sacramento. En ello no hay excepciones,
quienes lo rompan son acreedores a penas muy severas. Este
sigilo es lo que comúnmente llamamos “secreto de confesión”.
El sujeto
de la Reconciliación es toda persona que, habiendo cometido algún
pecado grave o venial, acuda a confesarse con las
debidas disposiciones, y no tenga ningún impedimento para recibir la
absolución.
Las personas que viven en un estado de pecado habitual,
como son los divorciados vueltos a casar, que no
dejan esta condición de vida, no pueden recibir la absolución.
El motivo de ello es que viven en una situación
que contradice la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio. Pero,
la Iglesia no olvida en su pastoral a estas personas,
exhortándolos a participar en la vida de la Iglesia y
que no se sientan rechazados. Únicamente en el caso,
de estar arrepentidos de haber violado el vínculo de la
alianza sacramental del matrimonio y la fidelidad a Cristo y
no puedan separarse – por tener hijos – teniendo
el firme propósito de vivir en plena continencia, se les
puede otorgar la absolución. En esta situación se les indica
que para acercarse a la Eucaristía, lo deben hacer en
un lugar donde no sean conocidos, pues podría ser causa
de “pecado de escándalo”, dado que la pareja y
el confesor son los únicos que conocen la situación.
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Diversos nombres y evolución del Sacramento |
Penitencia pública, tarifada y privada. |
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Por los sacramentos de iniciación hemos recibido la vida nueva
de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevaremos en “vasos
de barro” (2 Cor 4, 7). Y esta vida nueva
puede ser debilitada e incluso perdida por el pecado. Por eso,
Jesús, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, quiso
que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo,
su obra de curación y de salvación. Y nos regaló
dos sacramentos de curación: la penitencia y la Unción de
enfermos. Lo que es la enfermedad al cuerpo, es el pecado
al alma y a la vida de amistad con Dios
y con los hermanos: una anomalía que hay que curar,
si es que queremos ser sanos y “normales” Sí, con el
bautismo Dios imprimió en nuestra alma su imagen y semejanza,
pero con cada pecado nosotros borroneamos esa imagen. Cada pecado
es un ir rompiendo pedazo a pedazo esa imagen de
Dios, esa amistad a la que Dios nos llama. Por eso,
Cristo “inventó” un nuevo signo de su amor: la penitencia
o confesión o reconciliación, para que pudiéramos ponernos de pie
después de las caídas y, así, retomar el camino que
nos lleva al Reino de Dios. “Llevamos un tesoro en vasijas
de barro”. El tesoro es Cristo y su gracia; la
vasija de barro somos cada uno de nosotros.
A lo
largo de la historia se le han dado diversos nombres
a este sacramento:
Sacramento de conversión: pues Cristo nos llama
a la conversión y vuelta al Padre.
Sacramento de la penitencia:
porque se sigue todo un proceso de conversión, arrepentimiento y
de reparación.
Sacramento de la confesión: porque declaramos y confesamos los
pecados ante el sacerdote.
Sacramento del perdón: porque quedamos absueltos.
Sacramento de
la reconciliación: porque hay una verdadera reconciliación con Dios, con
la Iglesia, con los hermanos y con nosotros mismos.
Lo importante
de este sacramento es lo siguiente: Cristo ofrece a todo
bautizado la oportunidad de volver a Dios de reconciliarse con
Dios, si se hubiera extraviado. Es como la segunda tabla
de salvación después del naufragio al perder la gracia. La
primera tabla fue el bautismo.
Evolución de este sacramento
Durante los primeros
siglos, la reconciliación de los cristianos que habían cometido pecados
particularmente graves después del bautismo (por ejemplo: idolatría, homicidio, adulterio)
estaba vinculada a una disciplina muy rigurosa, según la cual
los penitentes debían hacer penitencia pública por sus pecados, a
menudo durante largos años, antes de recibir la reconciliación o
perdón de los pecados. Y se admitía raramente y, en
ciertas regiones, una sola vez en la vida. Durante el siglo
VII, los monjes irlandeses, inspirados en la tradición monástica de
Oriente, trajeron a Europa la práctica “privada” de la penitencia,
que no exigía la realización pública y prolongada de obras
de penitencia antes de recibir la reconciliación con la Iglesia.
El sacramento desde entonces es de una manera más secreta
entre el penitente y el sacerdote. Esta nueva práctica preveía
la posibilidad de la reiteración del sacramento y abría así
el camino a una recepción regular del mismo. Permitía integrar
en una sola celebración sacramental el perdón de los pecados
graves y veniales. Hasta hoy sigue la Iglesia esta segunda forma:
en privado y en secreto. A pesar de este proceso, sin
embargo la estructura fundamental del sacramento sigue siendo la misma:
Primero: el penitente viene arrepentido, contrito y con el propósito
de cambiar.
Segundo: Dios le perdona, mediante el sacerdote, es
decir, mediante el ministerio de la Iglesia, en nombre de
Cristo, que concede el perdón de los pecados, determina la
satisfacción, ora por el pecador y hace penitencia con él. Así
el pecador es curado y restablecido en la comunión eclesial,
además de renovar la paz del alma.
En resumen:
Al inicio
era penitencia pública y tenía estos pasos: el pecador confesaba
sus pecados, el confesor le amonestaba y le imponía la
penitencia durante meses o años.
Más tarde vino la penitencia
tarifada, fines del siglo VI, cuyos pasos eran: el pecador
confesaba sus pecados, el confesor le corregía, le daba una
penitencia tarifada, es decir, “para tal pecado, tal penitencia”, y
al final le daba la absolución.
Finalmente, penitencia privada, desde
el siglo XI hasta nuestros días donde el pecador confiesa
sus pecados, el confesor le da los consejos, le impone
la penitencia, le da inmediatamente la absolución. Y el pecador
ya absuelto cumple la penitencia.
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Fundamento Escriturístico y Magisterio de la Iglesia |
¿La confesión es invención de la Iglesia o es un sacramento instituido por Cristo? |
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FUNDAMENTO ESCRITURÍSTICO DE LA CONFESIÓN
¿La confesión es invención de la
Iglesia o es un sacramento instituido por Cristo?
Tenemos que
abrir los Evangelios y escritos de la Biblia para fundamentar
este sacramento. Está claro que no lo inventó la Iglesia,
sino el mismo Cristo.
Si abrimos la Biblia y consultamos Mt
16,19; 18,18; Jn 20. 19-23, veremos que estos textos son
claves para probar que este sacramento lo quiso Cristo, fue
invención del Corazón misericordioso de Cristo.
Cristo otorga al apóstol
Pedro el poder de atar y desatar en la tierra,
para que quede eso mismo atado y desatado en el
cielo.
Pero este poder no está reservado sólo a Pedro, sino
que lo trasmite a los demás apóstoles: “Recibid el Espíritu
Santo a quienes perdonéis…”
Les está concediendo el ministerio de la
misericordia. Lo ejercerán en nombre de Cristo y con la
autoridad de Cristo.
Es verdad que sólo Cristo es el autor
del perdón. Podemos consultar Mt 9,1-8; Lc 7,36-50; 15,11-32; 19,1-10;
Jn 8,3-11. Nada ni nadie escapa a su misericordia. El
pone en el pecador el deseo de pedir perdón, y
al mismo tiempo mueve a los corazones a aceptar ese
perdón ofrecido misericordiosamente.
Tanto la mujer pecadora con sus lágrimas,
como la adúltera que iba a ser apedreada, como Zaqueo
que de ladrón se convierte en justo, como el hijo
pródigo… todos fueron perdonados por Cristo.
Es más, si abrimos las
cartas de San Pablo veremos cómo los apóstoles ejercieron el
poder que Cristo les había dado de “atar o retener”
los pecados. Podemos consultar Rm 6, 8-10; 2Cor 5,17-21; Ef
4, 22-23; Rm 5,20.
Los apóstoles saben que el ministerio de
la reconciliación proviene de Dios y que han recibido la
palabra de la reconciliación para exhortar a los hombres a
la conversión y a cambiar de vida, revistiéndose del hombre
nuevo, que es Cristo.
La constante suplica de los apóstoles a
nosotros, sus discípulos, es que debemos morir al pecado para
vivir la Vida que Cristo Jesús nos ha legado como
herencia.
Pedro, en su primer discurso después de Pentecostés, nos dijo:
“Convertíos… para que se os perdonen los pecados” (Hechos 2,38)
y Pablo a los gentiles de Listra les dijo: “Convertíos
al Dios vivo” (Hechos 14,14).
MAGISTERIO DE LA IGLESIA
Hasta aquí visto
la autoridad de la Biblia, que es Palabra de Dios.
Pero también el Magisterio de la Iglesia, a través de
los Papas, ha hablado sobre este sacramento de la confesión
o reconciliación.
Estos son los documentos más importantes:
Constitución apostólica, “Poenitemini”
(Convertíos) del 17 de febrero de 1966, sobre doctrina y
moral de la Penitencia del Papa Pablo VI.
También de
Pablo VI está la constitución “Indulgentiarum doctrina” sobre la doctrina
de las indulgencias, del 1 de enero de 1967
De
Juan Pablo II, tenemos la exhortación apostólica “Reconciliatio et Poenitentia”
del 2 de diciembre de 1984.
Están, por supuesto, otros
documentos, por ejemplo el ritual de la Penitencia del 2
de diciembre de 1973; el Código de Derecho Canónico del
25 de enero de 1983; en los cánones 959-997.
VALORANDO
EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN
Un autor contemporáneo ha definido los
sacramentos como “las caricias de Dios”, porque son realidades que
expresan el amor de Dios. Un amor fuerte y firme,
pero no menos delicado y tierno.
Una caricia no puede nacer
sino de la ternura de Dios. Los sacramentos expresan esa
ternura de Dios. Como las caricias nacen del amor y
fomentan el amor, así los sacramentos brotan del amor de
Dios y hacen crecer el amor a Dios.
Además, hablar de
los sacramentos como “caricias” de Dios significa situarlos en un
contexto de cercanía mutua y de contacto sensible. Los sacramentos
están gritando la cercanía de Dios y reclamando la cercanía
del hombre. Por eso en los sacramentos hay contacto físico:
acciones, palabras, gestos visibles, audibles…
En el Bautismo, unción con
el óleo en el pecho, con el crisma en la
cabeza; la imposición de la mano.
En la confirmación, la
imposición de las manos del obispo sobre la cabeza, y
la unción en la frente.
En la comunión viene Dios
y toma contacto con nuestra boca y entra al corazón.
En el Orden Sagrado, unción en las manos e imposición
en la cabeza, y el abrazo del ordenante.
Y así en
los demás sacramentos.
San Bernardo decía que el Espíritu Santo es
beso, caricia, ternura, tanto en la vida íntima de la
Santísima Trinidad, como en su actividad exterior, es decir, en
los sacramentos, pues es el Espíritu Santo el que está
siempre presente en cada sacramento, dándonos la gracia de Dios
que cura, fortalece, anima, perdona, santifica, purifica.
Es el Espíritu Santo
quién fecunda las aguas del bautismo, quien perfuma el crisma
de la confirmación, quien trasforma el pan y el vino
de la Eucaristía en el Cuerpo y Sangre del Señor;
es el Espíritu Santo quien confiere fuerza al óleo de
los enfermos y da al confesor la potestad de perdonar
los pecados. Y es el Espíritu Santo el que santifica
el matrimonio e imprime en las manos extendidas del obispo
la fuerza transmisora del sacramento del Orden.
El sacramento es la
señal visible de una gracia invisible. Mejor todavía, una señal
visible a través de la cual se comunica una gracia
invisible.
Dios para el cristiano pecador tiene sus caricias; caricias curativas
y fortalecedoras.
Para valorar este sacramento me serviré de dos documentos
del Magisterio: “Poenitemini” del Papa Pablo VI y “Reconciliatio et
poenitentia” del Papa Juan Pablo II.
Comencemos con “Poenitemini”.
Abramos el Antiguo
Testamento para descubrir el valor de la culpa y la
misericordia de Dios, y la necesidad de hacer penitencia. Se descubre
cada vez con una riqueza mayor el sentido religioso de
la penitencia. Aunque a ella recurre el hombre después del
pecado para aplacar la ira divina (1Sam 7, 6; 1R
21, 20. 27; Jr 36, 9; Jon 3, 4-5), o
con motivo de graves calamidades (1Sam 31, 13; 2Sam 1,
12; 3, 35; Ba 1, 3-5; Jdt 20, 26), o
ante la inminencia de especiales peligros (Jdt 4, 8; Est
4, 15-16; Sal 34, 13; 2Cor 20, 3), o más
frecuentemente para obtener beneficios del Señor (1Sam 14, 24; 2Sam
12, 16; Esd 8, 21)…, sin embargo, podemos advertir que
el acto penitencial externo va acompañado de una actitud interior
de “conversión”, es decir, de reprobación y alejamiento del pecado
y de acercamiento hacia Dios (1Sam 7, 3; Jr. 36,
6-7; Ba 1, 17-18; Jdt 8, 16-17; Jon 3, 3;
Za 8, 19-21).
El penitente se priva del alimento y
se despoja de sus propios bienes, aún después que el
pecado ha sido perdonado; e independientemente de la petición de
gracias y de ayuda, se emplean vestiduras penitenciales para someter
a aflicción el alma (cfr. Lv 16, 31), para humillarse
ante el rostro de Dios, o para prepararse al encuentro
con Dios.
Por tanto, la penitencia es ya en el Antiguo
Testamento un acto religioso, personal que tiene como término al
amor y el abandono en el Señor: ayunar para Dios,
no para sí mismo.
No falta también en el Antiguo Testamento
el aspecto social de la penitencia: las liturgias penitenciales de
la Antigua Alianza (cf Lv 23,29).
También la penitencia en el
Antiguo Testamento se presenta ya como medio y prueba de
perfección y santidad: Judit, Daniel, la profetisa Ana y otros,
servían a Dios noche y día con ayunos y oraciones,
con gozo y alegría.
Hay quienes se ofrecían a satisfacer, con
su penitencia personal, por los pecados de la comunidad. Así
lo hizo Moisés en los 40 días que ayunó para
aplacar al Señor por las culpas del pueblo infiel. O
la figura del Siervo de Yahvé.
Sin embargo, todo esto no
era más que sombra de lo que había de venir.
En Cristo y en la Iglesia adquieren dimensiones nuevas, profundas,
como veremos.
La confesión debe ser una fiesta de reconciliación. En
la confesión se encuentran la misericordia y la miseria. La
misericordia de Dios y la miseria del hombre.
Quién dude del
amor misericordioso de Dios, que se acerque a la confesión
y verá.
¿Qué añade el Nuevo Testamento en esta valoración
de la confesión? Cristo comenzó su misión pública con este mensaje
gozoso: “Está cerca el Reino de Dios”, al que sumó
este mandato comprometedor: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Estas
palabras constituyen, en cierto modo, el compendio de toda la
vida cristiana.
“Convertios y creed en el Evangelio” Al cielo sólo se
llega por la conversión, por la trasformación y renovación de
todo el hombre –de todo su sentir, juzgar y disponer-
y esto se lleva a cabo con la ayuda de
Dios tres veces Santo. Y esta ayuda brota a través
de los sacramentos, especialmente de la confesión y de la
Eucaristía.
Cristo no sólo pidió la conversión, sino que instituyó este
maravilloso medio de la confesión, cuando en su Pascua les
dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados
le serán perdonados, y a quienes se los retengáis les
serán retenidos” (Jn 20, 23).
Por eso, para un cristiano
no hay otro medio ordinario para recibir el perdón de
los pecados que a través del sacramento de la confesión,
que ofrece la Iglesia con tanto amor y generosidad.
El otro
documento papal, esta vez de Juan Pablo II, es la
exhortación apostólica “Reconciliatio et Poenitentia” de 2 de diciembre de
1984.
¿Cuáles son los puntos más importantes de este documento?
1°
Nadie se acercará a la confesión si primero no se
reconoce pecador. Es la experiencia ejemplar de David, quién después
de haber hecho lo que al Señor le parece mal,
al ser reprendido por el profeta Natán, exclama: “Yo reconozco
mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra
ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50,
5ss). También fue así la experiencia del hijo pródigo: “Padre,
he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15,
21). Mientras el hombre no se reconozca pecador, no irá a
la confesión. Somos pecadores. No perder nunca la conciencia
del pecado. No deformar la conciencia, no anestesiarla, pues perdería
la sensibilidad y el sentido del pecado. ¿Cómo se deforma
y se anestesia? A través de trampejas, sofismas, dejarse llevar
por vicios, por el ambiente, libertad relativista, relajado y ligero,
abandonar la oración.
2° Después de reconocerse pecador, el hombre debe acercarse
al Dios de la misericordia, con humildad, sinceridad, arrepentimiento, que
le perdonará a través del ministerio de la Iglesia. Acercarse
confiado, consciente de que el “mysterium pietatis” (misterio de la
piedad y amor misericordioso de Dios) es más grande que
el “mysterium iniquitatis” (misterio de iniquidad o pecado). Este misterio
del amor misericordioso de Dios se hace visible en Cristo,
que suscita en el alma el movimiento de conversión, de
vuelta a Dios en el sacramento de la confesión, que
la Iglesia ofrece a manos llenas.
3° Cristo ha confiado a la
Iglesia el ministerio de la reconciliación. Es un servicio que
debe hacer la Iglesia. La Iglesia, a través de los
sacerdotes, debe darse tiempo para ofrecer este servicio: confesar, confesar,
confesar. Todas las demás actividades que hace la Iglesia no
valdrían nada, si no diera prioridad a este servicio de
ofrecer a los hombres el perdón de Dios, siempre, a
todas horas.
4° El sacerdote confesor actúa “in persona Christi”, en la
persona de Cristo. Cristo, a quien el sacerdote confesor hace
presente, y que por su medio realiza el ministerio del
perdón de lo pecados, es el que aparece como “hermano”
del hombre, pontífice misericordioso, fiel y compasivo pastor, decidido a
buscar la oveja perdida, médico que cura y conforta, maestro
único que enseña la verdad e indica los caminos de
Dios, juez de los vivos y de los muertos, que
juzgan según la verdad y no según las apariencias. Este servicio
y ministerio, dice Juan Pablo II es el más difícil
y delicado, el más fatigoso y exigente, pero uno de
los más hermosos y consoladores ministerios del sacerdote (n. 29).
5° Con
la confesión, el pecador se reconcilia con el Padre, se
reintegra a la comunión eclesial con los hermanos que había
roto con el pecado, recobra la paz consigo mismo, y
escucha del confesor “firme, alentador y amigable”: “Anda, y en
adelante no peques más”.
El Papa Juan Pablo II en este documento “Reconciliación y
Penitencia” nos dice: “Es necesario hacer a los fieles una
catequesis lo más esmerada posible acerca del sacramento de la
Penitencia”.
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Sofismas y excusas que se lanzan contra este sacramento. |
Contestación de manera sencilla, como si tuviera delante a quien lanza estas objeciones. |
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Hoy corren por ahí estos sofismas y excusas para no
confesarse. Iré dando la contestación de manera sencilla, como si
tuviera delante a quien lanza estas objeciones.
1° ¿En qué
se basan los católicos para decir que los sacerdotes sí
pueden perdonar los pecados? Jesús dijo a sus apóstoles el
día de la Resurrección “Recibid el Espíritu Santo, a quienes
perdonéis, serán perdonados…”(Jn 20, 23). Los apóstoles murieron y como
Cristo quería que ese gran don de su perdón llegara
a todas las personas de todos los siglos, les dio
ese poder de manera que fuera transmisible. Y así lo
hicieron. Por medio de la imposición de sus manos ellos
dejaron en cada lugar presbíteros, o sea sacerdotes, y al
frente de ellos un obispo.
2° Pero la confesión la inventaron
los curas en el año 1215
Quien dice esto, no sabe
lo que dice. Pasar horas y horas, en un confesonario,
con calor agobiante en verano, con frío estremecedor en invierno,
oyendo miserias, sin pago ni sueldo ninguno por hacer esto,
escuchando lo que no tiene ningún atractivo… ¡Bien poco inteligentes
tenían que haber sido los curas para inventarlo esto que
tanto les iba a hacer sufrir y agotar! Como le
pasó al cura de Ars, en el siglo XIX en
Francia, que pasaba quince horas confesando diariamente.
Lo que pasó
en 1215 fue que se reunieron los obispos de todo
el mundo en el Concilio de Letrán en Roma, y
decretaron que todo católico debe confesarse al menos una vez
al año. Ellos no inventaron la confesión. La confesión ya
existía desde el inicio de la Iglesia. Imagínense el alboroto
tan terrible que se hubiera producido si a esas alturas
de la vida a los obispos se les hubiera ocurrido
inventar una cosa tan dura y tan difícil como es
tener que ir a decirle los pecados a otro hombre.
3° ¿Cómo se le ocurre confesarse con un hombre pecador
como usted?
Es como si dijéramos: “Un médico que
está enfermo no puede recetar a nadie. Sus recetas no
valen”. ¡Qué idiotez!
Claro que el sacerdote es pecador como todos,
porque es humano. La Biblia dice: “Si alguno dice que
no ha pecado, es un mentiroso” ( Jn 1, 8
). El sacerdote es probablemente mucho menos pecador de lo que
la gente se imagina porque tiene más defensas para librarse
del pecado. Por ejemplo, tiene una formación religiosa muy sería;
tiene desde el seminario un gran respeto a Dios y
un gran cuidado de no disgustarlo, porque lo ama mucho
y porque sabe las terribles consecuencias que traen los pecados.
Tiene
menos ocasiones de pecar, porque la Iglesia (su obispo o
su superior) lo vigilan paternalmente con mucho esmero para no
permitir que el demonio venga a hacerle mal (retiros, dirección
espiritual, consejos, convivencias…) ¿Es que el cura es un pecador?
También los doce apóstoles eran pecadores y sin embargo
Jesús les dio el poder de perdonar pecados. Es que
el sacerdote no dice al pecador: “Te perdono porque yo
no he cometido eso que tú confiesas”. No. No dice
eso. Lo que dice es: “Te perdono por el poder
que para ello recibí de Nuestro Señor Jesucristo”.
4° Yo me
confieso directamente con Dios
Así dicen los protestantes y
los judíos. Un judío dijo en cierta ocasión: “yo envidio
a los católicos. Yo cuando peco, pido perdón a Dios,
pero no estoy muy seguro de si he sido perdonado
o no, en cambio, el católico, cuando se confiesa con
su sacerdote, queda tan seguro del perdón, que esa paz
no la he visto en ninguna otra religión de la
tierra”.
¡Qué fácil sería: pecar, rezar y ya! No; aquí no
es así: he pecado, siento vergüenza y tengo que buscar
al confesor y confesarme, y recibir unos consejos y unas
advertencias que despiertan al pecador y le animan al cambio
de vida. Como esas sacudidas que le damos a un
chofer que en una recta grande se duerme. Lo despertamos,
aunque se disguste un poco para que no se vaya
al abismo.
En el confesonario nos encontramos con alguien que en
nombre de Dios nos hace reflexionar, nos llama la atención,
nos perdona, nos anima y nos ayuda a cambiar de
vida.
¡Cuántas miles de personas mejoraron su vida sólo con hacer
una buena confesión!
5° ¿Para qué confesarme, si voy a caer
de nuevo?
Pues, te levantas y ya. Pensar esto es como
pensar, ¿para qué comes, si luego dentro de unas horas
vas a volver a tener hambre? ¿Para que te lavas,
si luego al final del día te vas a manchar?
6°
Yo no tengo pecados
¿Qué no? Examínate bien. Porque todos pecamos
al día más de siete veces. De pensamiento, de palabras,
de obras, de omisión.
Solo los niños pequeñitos y los
que sufren alguna incapacidad mental no tienen pecados. Pero tú
no eres un niño, ni sufres deficiencia mental alguna. Por
tanto eres pecador como todo el mundo. Y por lo
mismo necesitas del perdón de Dios.
7° Yo no tengo
pecados grandes
Pero es que la confesión no es sólo para
pecados graves. Es también para purificarse cada día más, y
lograr mayor perfección y fuerza para no caer.
8° Es que
el sacerdote va a contar mis pecados a los demás
¡Eso nunca! El sacerdote tiene el sigilo sacramental y
está dispuesto a cumplirlo, aunque tenga que dar la
vida.
El obispo Juan Nepomuceno en 1393 fue matado por conservar
el secreto de la confesión.
El rey Wenceslao, rey de Bohemia,
nombró a Juan Nepomuceno confesor de la Reina.
-Dime los pecados
de la Reina…-le dijo el rey al sacerdote. -Nunca, majestad. Es
un pecado gravísimo. Prefiero morir antes que revelarlo.
Ante esto mandó
el Rey molerle a palos, castigarlo. Y como no hablaba,
fue atado de pies y manos, y tirado al río
Moldava, en el corazón de Praga.
¡Fidelidad al secreto de la
confesión!
9° Es que me da vergüenza
¡Claro! Pues a la
confesión no vamos a contar hazañas heroicas, sino miserias. Y
esto a nadie gusta contar. Pero más vergüenza te debería
dar tener el alma sucia.
Se necesita mucha humildad. No te
dé vergüenza. Acércate. Dios no tiene vergüenza de tus pecados.
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Los pasos de la confesión |
Las cinco cosas necesarias para hacer una buena y fructífera confesión. |
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Para explicar las cinco cosas necesarias para hacer una buena
y fructífera confesión,
Y lo haremos desde la parábola del
hijo pródigo, narrada por San Lucas en el capítulo 15
de su Evangelio.
Cinco pasos son necesarios:
1° El hijo pródigo examina
su conciencia. 2° Se arrepiente. 3° Hace propósito de volver al padre. 4°
Vuelve y pide perdón. 5° Paga con buenas obras sus pecados
Es decir, reflexiona, se arrepiente, se corrige, se acusa
y expía.
1° EXAMEN DE CONCIENCIA
La confesión no tendrá efecto y
fruto si entramos en la Iglesia y rápido nos confesamos,
sin haber hecho primero un buen examen de conciencia sereno,
tranquilo, pausado, y si es por escrito mejor, para que
así, no nos olvidemos ni un pecado.
¿Cómo hacer este examen
de conciencia?
El examen de conciencia consiste en recordar los pecados
que hemos cometido y las causas o razones por las
cuales estamos cometiendo esas faltas.
Deberíamos, como buenos cristianos, hacer examen
de conciencia todos los días en la noche, antes de
acostarnos.
Así iríamos formando bien nuestra conciencia, haciéndola más sensible
y recta, más pura y delicada. Los grandes Santos nos
han recomendado este medio del examen de conciencia diario
¿Cómo se
hace?
1° Pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine y nos
recuerde cuáles son los pecados nuestros que más le están
disgustando a Dios.
2° Vamos repasando:
Los diez mandamientos.
Los
cinco mandamientos de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica.
Los
siete pecados capitales.
Las obras de misericordia.
Las bienaventuranzas.
El
mandamiento de la caridad.
Los pecados de omisión: el bien
que dejamos de hacer: no ayudar, no hacer apostolado, no
compartir los bienes, no hacer visitas a Cristo Eucaristía, no
dar un buen consejo.
También es bueno confesarse de la siguiente
manera:
Deberes para con Dios: mi relación con la voluntad
de Dios.
Deberes para con el prójimo: caridad, respeto.
Deberes
para conmigo: estudios, trabajo, honestidad, pureza, veracidad.
Deberes para con
ese Movimiento o Institución eclesial a la que pertenezco: fidelidad
a los compromisos, apostolado.
2º DOLOR DE LOS PECADOS Y
LA CONTRICIÓN DEL CORAZÓN
No basta sólo hacer un buen examen
de conciencia para una buena confesión: es necesario un segundo
paso: dolerme interiormente por haber cometido esos pecados, porque ofendí
a Dios, mi Padre. Es lo que llamamos dolor de
los pecados o contrición del corazón
Contrición de corazón o arrepentimiento
es sentir tristeza y pesar de haber ofendido a Dios
con nuestros pecados.
No es tanto “me siento mal… no me
ha gustado lo que he hecho… siento un peso encima…”
¡No! Este dolor de contrición es otra cosa: “Estoy muy
apenado porque ofendí a Dios, que es mi Padre, le
puse triste”.
El Salmo 50 dice: “Un corazón arrepentido, Dios nunca
lo desprecia”.
Jesús cuenta, que un publicano fue a orar, y
arrodillado decía: “Misericordia, Señor, que soy un gran pecador” y
a Dios le gustó tanto esta oración de arrepentimiento que
le perdonó (cfr Lucas 18).
¿Cuántas clases de arrepentimiento hay?
Hay tres:
1° Contrición perfecta, 2° Contrición imperfecta o atrición, 3° Arrepentimiento.
La contrición perfecta:
es una tristeza o pesar por haber ofendido a Dios,
por ser Él quien es, esto es, por ser infinitamente
bueno y digno de ser amado, teniendo al mismo tiempo
el propósito de confesarse y de evitar el pecado. Es
el ejemplo del rey David, o de Pedro.
La atrición: es
una tristeza o pesar de haber ofendido a Dios, pero
sólo por la fealdad y repugnancia del pecado, o por
temor de los castigos que Dios puede enviarnos por haberlo
ofendido. Para que esta atrición obtenga el perdón de
los pecados necesita ir acompañada de propósito de enmendarse y
obtener la absolución del sacerdote en la confesión.
El remordimiento: (morder
doblemente) es una rabia o disgusto por haber hecho algo
malo que no quisiéramos haber hecho. Es la conciencia la
que nos muerde. No nos da tristeza por haber ofendido
a Dios, sino porque hicimos algo que no nos gusta
haber hecho. Ejemplo de Judas. El remordimiento no borra el
pecado.
¿Cuándo debemos tener este dolor de contrición y arrepentimiento
de los pecados?
Sobre todo cuando nos vamos a confesar, pues
si no estamos arrepentidos, no quedamos perdonados. Pero es bueno
también arrepentirnos de nuestras faltas cada noche antes de acostarnos.
A Dios le gusta un corazón arrepentido.
¿Qué cualidades debe tener
nuestro arrepentimiento?
Tres son las cualidades:
Arrepentirse de todo los pecados
sin excluir ninguno (a no ser por olvido).
Que el
arrepentimiento no sea sólo exterior sino que se sienta en
el alma.
Que sea sobrenatural, o sea no sólo por
los males materiales que nos trae el pecado, sino porque
con él causamos un disgusto a Dios y nos vienen
males para el alma y para la eternidad.
¿Qué ayuda
para conseguir el dolor de contrición o arrepentimiento perfecto?
Recordar
el Calvario y todo lo que Jesús sufrió por nosotros
en su Pasión.
Recordar el Cielo y pensar en las
alegrías y felicidades que allá nos esperan. ¡Todo esto lo
perderé, si peco!
Ir con la imaginación a los castigos
eternos y pensar que allá podemos ir también nosotros si
no abandonamos nuestros pecados y malas costumbres.
¡A cuantos les
ha salvado esto, y les ha alejado de sus pecados!
Una
poesía resume este arrepentimiento sincero: “No me mueve, mi Dios,
para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me
mueve el infierno tan temido para dejar por ello de
ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en
esa cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afectas y tu muerte. Muéveme, al fin, tu
amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo,
yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque
lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero
te quisiera” (Anónimo).
3º CONFESAR TODOS LOS PECADOS
El sacramento de
la penitencia o confesión está en crisis en algunas partes
porque, como dijo el Papa Juan Pablo II, “al hombre
contemporáneo parece que le cuesta más que nunca reconocer los
propios errores… parece muy reacio a decir ‘me arrepiento’ o
‘lo siento’; parece rechazar instintivamente y con frecuencia irresistiblemente, todo
lo que es penitencia, en el sentido del sacrificio aceptado
y practicado para la corrección del pecado” (Reconciliación y Penitencia
n. 26).
Pío XII manifestó en un radiomensaje del Congreso Catequístico
Nacional de los Estados Unidos, en Boston (26 de octubre
de 1946): “El pecado del siglo es la pérdida del
sentido del pecado”.
El tercer paso para hacer una buena confesión
es confesar todos los pecados mortales y graves al confesor.
¿Qué
es la confesión de boca? Es manifestar al confesor sin
engaño, ni mentira los pecados cometidos, con intención de recibir
la absolución. Dice la Biblia: “No te avergüences de confesar
tus pecados” (Eclesiástico 4,26)
Para que Dios perdone, por medio del
confesor, es necesario decir los pecados. Así lo dispuso el
mismo Cristo al instituir el sacramento del la Penitencia. “A
quienes se los perdonéis, quedarán perdonados; a quienes se los
retuviereis les quedarán retenidos” (Jn. 20, 23).
Los apóstoles, y sus
sucesores, los obispos y los colaboradores, los sacerdotes, para poder
absolver, necesitan conocer lo que perdonan, es decir, necesitan escuchar
los pecados del penitente.
¿Cuáles son las cualidades para una buena
confesión de boca?
Sinceridad: no debo ocultar lo que en
conciencia es grave.
Verdadera: sin ocultar o disimular lo que
debo manifestar, ni dar vueltas, tratando de justificarme.
Completa: todos
los pecados graves, según su especie, número y circunstancias que
cambian la especie.
Sencilla y humilde: con pocas palabras y
sin rodeos.
Omitir voluntariamente la confesión de pecados graves o circunstancias
que cambian la especie o callar voluntariamente algún pecado grave
hace que la confesión sea inválida y sacrílega.
El pecado
varía en su gravedad según quién lo comete, con quién
se comete y dónde se comete.
-Una cosa es robar
a un rico y otra a un pobre. -Una cosa es
robar por hambre y otra para vender. -Una cosa es robar
en el supermercado y otra en una iglesia. -Una cosa es
insultar a un compañero de clase y otra, a mamá
o a un sacerdote o al Papa. -Una cosa es cometer
un acto impuro con un soltero/a y otra con un
casado/a. -Una cosa es mentir en casa y otra en la
confesión.
¿Qué pecados estamos obligados a confesar?
Solamente los pecados mortales, pero
es bueno y provechoso confesar también los veniales, así iremos
fomentando mejor nuestra conciencia; así también el sacerdote nos podrá
guiar con toda seguridad y sabiduría hacia la santidad.
¿Qué hacer
cuando sólo tenemos pecados veniales para confesar?
Conviene recordar también
algún pecado mortal ya confesado. Así el recuerdo de un
pecado grave hace más fuerte el arrepentimiento y más serio
el propósito. Esto si lo considera oportuno el confesor, porque
hay almas con escrúpulos a quienes no conviene que revuelvan
el pasado ya confesado.
¿Qué sucede cuando uno olvida algún
pecado grave en la confesión, sin querer?
Obtiene el perdón de
los pecados y puede comulgar, pero en la próxima confesión
debe confesarse de ese pecado que olvidó sin querer.
Una norma
muy útil: cuando uno termina de decirle al sacerdote los
pecados conviene añadir: “Pido perdón también de todos los pecados
que se me hayan olvidado”. Así queda el alma mucho
más tranquila.
¿Cómo es el rito de la confesión?
En
el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu santo.
Se lee una frase del evangelio.
Padre hace X días que
me confesé, aclaro si cumplí la penitencia o no.
Mis
pecados son éstos… y me acuso de todos aquellos que
en este momento no recuerdo, y de los pecados de
omisión.
Después escucho los consejos.
Rezo el pésame u acto
de contrición lentamente y con dolor.
Recibo la absolución del
sacerdote.
Le agradezco… y voy a cumplir rápido la penitencia.
4º
PROPÓSITO DE ENMIENDA
Antes de explicar el cuarto paso, quisiera
resumir, de la Institución Pastoral del Episcopado español del 15
de abril de 1989, los síntomas y raíces de la
disminución de la práctica de la confesión en algunas partes:
Por el ateísmo e indiferencia religiosa de nuestros tiempos.
La pérdida del sentido del pecado.
Las interpretaciones inadecuadas del
pecado. Hoy se nos quiere hacer creer que el pecado
es algo superado, es un vago sentimiento de culpabilidad, es
como una fuerza oscura del inconsciente, es como expresión y
reflejo de las condicionantes ambientales, se les identifican con el
pecado social y estructural. Algunos ya no ven pecado en
casi nada, salvo en lo social, estructural.
Crisis generalizada
de la conciencia moral y su oscurecimiento en algunos hombres.
Esto debido a la amoralidad sistemática, cuando no inmoralidad.
Otra
causa que ven los obispos españoles es ésta: indecisión de
predicadores y confesores en materia moral, económica y sexual. Algunos
fieles se desconciertan al oír diversas opiniones de confesores sobre
el mismo tema moral. Y claro, muchos optan por hacer
caso al más laxo y fácil. Y al final optan
por dejar sus conciencias al juicio de Dios y abandonan
la confesión.
Expliquemos ahora sí el propósito de enmienda, que brota
espontáneamente del dolor.
¿Qué es el propósito de enmienda?
Es una firme
resolución de nunca más ofender a Dios. Y hay que
hacerlo ya antes de confesarse. Jesús a la pecadora le
dijo: “Vete y no peques más” (Jn. 8,11). Esto es
lo que se propone el pecador al hacer el propósito
de enmienda: “no quiero pecar más, con la ayuda de
Dios”. Si no hay verdadero propósito, la confesión es inválida.
No significa que el pecador ya no volverá a pecar,
pero sí quiere decir que está resuelto a hacer lo
que le sea posible para evitar sus pecados que tanto
ofenden a Dios. No se trata de la certeza absoluta
de no volver a cometer pecado, sino de la voluntad
de no volver a caer, con la gracia de Dios.
Basta estar ciertos de que ahora no quiere volver a
caer. Lo mismo que al salir de casa no sabes
si tropezarás, pero sí sabes que no quieres tropezar.
Estos propósitos
no deben ser solamente negativos: no hacer esto, no decir
aquello… También hay que hacer propósitos positivos: rezaré con más
atención, seré más amable con todos, hablaré bien de los
demás, haré un pequeño sacrificio en la mesa o en
el fútbol, callaré cuando esté con ira, seré agradecido, veré
solo buenos programas en la televisión, hablaré con aquella persona
que tanto me cuesta, etc.
¿Y si volvemos a caer?
Pues, nos
levantamos con humildad. La conversión y renovación es progresiva, lenta.
Por eso es necesaria la confesión frecuente, no sólo cuando
hemos caído, sino para no caer. Allí Dios nos robustece
la voluntad, no sólo para no caer, sino también para
lograr las virtudes.
¿Por qué algunos se confiesan siempre de
las mismas faltas?
Es muy sencillo: porque no evitan las ocasiones
de pecado. Por eso, el propósito de enmienda implica dos
cosas: evitar el pecado y las ocasiones que llevan a
él.
Debemos pedir siempre lo que San Ignacio de Loyola pide
en los Ejercicios Espirituales cuando habla de las meditaciones sobre
el pecado: “Dame vergüenza y confusión, dolor y lágrimas, aborrecimiento
del pecado y del desorden que lleva al pecado”.
Debemos apartarnos
seriamente de las ocasiones de pecar, porque “quien ama el
peligro perecerá en él” (Eclesiástico 3, 27). Si te metes
en malas ocasiones, serás malo.
Hay batallas que el modo de
ganarlas es evitándolas. Combatir siempre que sea necesario es de
valientes; pero combatir sin necesidad es de estúpidos fanfarrones.
Si no
quieres quemarte, no te acerques demasiado al fuego. Si no
quieres cortarte, no juegues con una navaja bien afilada. Sobre
todo esto vale para la concupiscencia de la carne o
impureza. La impureza es una fiera insaciable. Aunque se le
dé lo que pide, siempre quiere más. Y cuanto más
le des, más te pedirá y con más fuerza. La
fiera de la concupiscencia hay que matarla de hambre. Si
la tienes castigada, te será más fácil dominarla.
Por tanto, si
el propósito no se extendiese también a poner todos los
medios necesarios para evitar las ocasiones próximas de pecar, la
confesión no sería eficaz; mostraría una voluntad apegada al pecado,
y, por lo tanto, indigna de perdón.
Quién, pudiendo, no quiere
dejar una ocasión próxima de pecado grave, no puede recibir
la absolución. Y si la recibe, esta absolución es inválida.
Ocasión de pecado es toda persona, cosa, circunstancia, lugar, que
nos da oportunidad de pecar, que nos facilita el pecado,
que nos atrae hacía él y constituye un peligro de
pecar.
Jesucristo tiene palabras muy duras sobre la obligación de huir
de las ocasiones de pecar: “Si tu ojo es ocasión
de pecado, arráncalo… si tu mano es ocasión de pecado,
córtala… más te vale entrar en el Reino de los
cielos, manco o tuerto, que ser arrojado con las dos
manos, los dos ojos, en el fuego del infierno” (Mt
18, 8ss).
Una persona que tiene una pierna gangrenada, se la
corta para salvar su vida humana, y tú ¿no eres
capaz de cortar esa cosa… para salvar tu alma?
Evitar
un pecado cuesta menos que desarraigar un vicio. Es mucho
más fácil no plantar una bellota que arrancar una encina.
Para
apartarse con energía de las ocasiones de pecar, es necesario
rezar y orar: pedirlo mucho al Señor y a la
Virgen, y fortificar nuestra alma comulgando a menudo.
5º CUMPLIR LA
PENITENCIA
Expliquemos el último paso para hacer una buena confesión: cumplir
la penitencia.
Pero antes recuerda esto:
La confesión es el
medio ordinario que ha puesto Dios para perdonar los pecados
cometidos después del bautismo en el día a día. Es
un medio maravilloso que renueva, santifica, forma conciencia y, sobre
todo, da mucha paz al alma.
Cuesta, o puede costar,
porque a la confesión no vamos a decir hazañas, sino
pecados y miserias. Y esto nos cuesta a todos. Es
curioso que algunos que ponen dificultades en decir los pecados
al sacerdote confesor los propagan entre sus amigos con risotadas
y chascarrillos, y con frecuencia exagerando fanfarronamente. Lo que pasa
es que esas cosas ante sus amigos son hazañas, pero
ante el confesor son pecados, y esto es humillante. Y
lo que no tienen tus amigos, secreto, lo tiene el
confesor: él no puede contar ni un pecado tuyo a
nadie. A esto se le llama el sigilo sacramental; ha
habido sacerdotes que han dado su vida antes que faltar
a este secreto de la confesión.
Para confesarse hay que
ser muy sincero. Los que no son sinceros, no se
confiesan bien. El que calla voluntariamente en la confesión un
pecado grave, hace una mala confesión, no se le perdona
ningún pecado, y, además, añade otro pecado terrible que se
llama sacrilegio.
Si tienes un pecado que te da vergüenza
confesarlo, te aconsejo que lo digas el primero. Este acto
de vencimiento te ayudará a hacer una buena confesión.
El
confesor será siempre tu mejor amigo. A él puedes acudir
siempre que lo necesites, que con toda seguridad encontrarás cariño
y aprecio y much comprensión. Además de perdonarte los pecados,
el confesor puede consolarte, orientarte, aconsejarte. Pregúntale las dudas morales
que tengas. Pídele los consejos que necesites. Él guardará el
secreto más riguroso.
¿Qué es cumplir la penitencia?
Es rezar o
hace lo que el confesor me diga. Esta penitencia, ya
sea una oración, una obra de caridad, un sacrificio, un
servicio, la aceptación de la cruz, una lectura bíblica, es
para expiar, reparar el daño que hemos hecho a Dios
al pecar. Es expresión de nuestra voluntad de conversión cristiana.
El
pecado, sobre todo si es grave, es ofensa grave a
Dios. Mereceríamos las penas eternas del infierno. Esta penitencia que
me da el sacerdote en parte desagravia la ofensa a
Dios y expía las penas merecidas.
La confesión perdona las penas
eternas, pero no perdona la pena temporal. Esta penitencia que
hago va satisfaciendo, en parte, o disminuyendo la pena temporal
debida por los pecados. Dado que siempre será pequeña esta penitencia
que me da el sacerdote, es aconsejable que luego cada
quien elija otras penitencias que están a su alcance: el
deber de estado bien cumplido y con amor; la paciencia
en las adversidades, sin quejarse; refrenar y encauzar los sentidos
corporales y espirituales, la imaginación, los deseos o apetencias caprichosas;
poner un orden y horario en la jornada, desde el
momento en que está prevista la hora de levantarse; la
caridad ejercida por las obras de misericordia corporales o espirituales;
el control de los pasatiempos y diversiones inútiles y nocivas;
la perseverancia en las cosas pequeñas, con alegría (Consultar el
Catecismo 1468-1473).
Todos los viernes del año, que el Derecho Canónico
llama penitenciales (Cánones 1250-1253) son ocasión para hacer penitencia, como
así también especialmente la Cuaresma, por el ayuno, la abstinencia
de carne o la práctica de obras de misericordia, o
a privación de algo que nos cueste (cigarrillos, dulces, bebidas
alcohólicas u otros gustos).
Esta satisfacción que hacemos no es ciertamente
el precio que se paga por el pecado absuelto y
por el perdón recibido, porque ningún precio humano puede equivaler
a lo que se ha obtenido, fruto de la preciosísima
Sangre de Cristo. Pero quiere significar nuestro compromiso personal de
conversión y de amor a Cristo.
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Al terminar la confesión diga: "Yo me acuso de todos mis pecados ignorados, olvidados y mal confesados amen"
Efectos , frutos y necesidad del Sacramento |
Se vuelve a la amistad con Dios y aumenta la gracia santificante. |
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Efectos
El efecto principal de este sacramento es la reconciliación
con Dios. Este volver a la amistad con Él es
una “resurrección espiritual”, alcanzando, nuevamente, la dignidad de Hijos de
Dios. Esto se logra porque se recupera la gracia santificante
perdida por el pecado grave.
Aumenta la gracia santificante cuando
los pecados son veniales.
Reconcilia al pecador con la Iglesia. Por
medio del pecado se rompe la unión entre todos los
miembros del Cuerpo Místico de Cristo y el sacramento repara
o robustece la comunión entre todos. Cada vez que se
comete un pecado, la Iglesia sufre, por lo tanto, cuando
alguien acude al sacramento, se produce un efecto vivificador en
la Iglesia. (Cfr. CIC nos. 1468 – 1469).
Se recuperan las
virtudes y los méritos perdidos por el pecado grave.
Otorga la
gracia sacramental específica, que es curativa porque le devuelve la
salud al alma y además la fortalece para combatir las
tentaciones.
Necesidad
En la actualidad hay una tendencia a negar que la
Reconciliación sea el único medio para el perdón de los
pecados. Muchos piensan y afirman que se puede pedir perdón
y recibirlo sin acudir al confesionario. Esto es fruto de
una mentalidad individualista y del secularismo. La enseñanza de
la Iglesia es muy clara: Todas las personas que hayan
cometido algún pecado grave después de haber sido bautizados, necesitan
de este sacramento, pues es la única manera de recibir
el perdón de Dios. (Concilio de Trento, cfr. Dz.895).
Debido
a esto, la Iglesia dentro de sus Mandamientos establece la
obligación de confesarse cuando menos una vez al año con
el fin de facilitar el acercamiento a Dios. (Cfr. CIC
989).
Los pecados graves cometidos después del Bautismo, como se ha
dicho, hay necesidad de confesarlos. Esta necesidad fue impuesta por
Dios mismo (Jn. 20, 23). Por lo tanto, no es
posible acercarse a la Eucaristía estando en pecado grave. (Cfr.
Juan Pablo II, Reconciliatio e Paenitentia, n. 27).
Estrictamente no hay
necesidad de confesar los pecados veniales, pero es muy útil
hacerlo, por las tantas gracias que se reciben. El
acudir a la confesión con frecuencia es recomendada por la
Iglesia, con el fin de ganar mayores gracias que ayuden
a no reincidir en ellos. No debemos reducir la Reconciliación
a los pecados graves únicamente.
Frutos
Los frutos de este sacramento son
muchos:
- Por este medio se perdonan todos los pecados mortales y
veniales. De esta manera a los que tenían pecados graves,
se puede decir que se les abren las puertas del
cielo.
- Se recuperan todos los méritos adquiridos por las buenas obras,
perdidos al cometer un pecado grave o se aumentan si
los pecados eran veniales.
- Robustece la vida espiritual, por medio de
la gracia sacramental, fortaleciendo el alma para la lucha interior
contra el pecado, así evitando el volver a caer en
lo mismo. Por ello, es tan importante la confesión
frecuente.
- Se obtiene la remisión parcial de las penas temporales como
consecuencias del pecado. La Reconciliación perdona la culpa, pero queda
la pena. En caso de los pecados mortales esta pena
se convierte en temporal, en lugar de eterna y en
el caso de los pecados veniales, según las disposiciones
que se tengan se disminuyen.
- Se logra paz y serenidad de
la conciencia que se encontraba inquieta por el dolor de
los pecados. Se obtiene un consuelo espiritual.
Obligaciones
Una vez confesados los
pecados hay que cumplir la penitencia. Dado que hay
que tener un propósito de enmienda, se deben hacer
los esfuerzos necesarios para no reincidir en los pecados.
Las
Indulgencias
Sabemos que todo pecado lleva una culpa y una pena.
Dijimos que la confesión perdona la culpa, pero queda
la pena que hay que expiarla de alguna manera, ya
sea en esta vida o en la otra. Las indulgencias
son un medio para la remisión de la pena temporal
debida por los pecados y que la Iglesia otorga,
siempre y cuando se cumplan unas condiciones.
Todo pecado necesita
de una purificación, ya sea aquí o después de la
muerte, en cuyo caso la purificación se lleva a cabo
en el Purgatorio.
Hay dos tipos de indulgencias: parcial o plenaria.
La primera perdona toda la pena y la segunda solo
una parte de la pena debida por los pecados.
Para poder
adquirir las indulgencias es necesario estar en estado de
gracia y cumplir con ciertos requisitos. En el caso de
la plenaria, se necesita confesar y comulgar un tiempo antes
o un tiempo después de haber realizado la acción prescrita,
y orar por las intenciones del Papa. Para lograr la
indulgencia parcial se necesita el estado de gracia y el
arrepentimiento y el realizar la obra prescrita. Si no
se cumplen con los requisitos de la plenaria o no
hay las debidas disposiciones, la indulgencia plenaria se convierte en
indulgencia parcial.
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El pecado, la respuesta negativa del hombre |
El pecado es toda palabra, acto o deseo contra la ley de Dios. |
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¿Cuál es la causa del pecado?
Dios ha creado al hombre
a su imagen y semejanza y le ha dado una
misión específica: asegurar su felicidad terrena y eterna a través
del cumplimiento de las leyes que Él mismo le ha
dado y con la guía de su conciencia recta.
Pero, desde
el momento en que Dios creó a un ser libre,
se hace posible el pecado. Para que esto no sucediese,
forzosamente Dios tendría que privar al hombre de su libertad
y reducirlo a un estado semejante al animal, en el
que sería incapaz de amar.
Dios nos da la vida, la
inteligencia, la voluntad, la libertad, la conciencia y las leyes
para que cumplamos con nuestra misión.
Dios no puede ser
responsable del mal uso que hagamos de aquello que nos
ha dado. El pecado es, por lo tanto, una "iniciativa del
hombre", es una negativa a colaborar con el plan de
Dios en una circunstancia determinada.
El no querer colaborar con el
plan del Autor generará forzosamente desorden en la obra de
Dios y las consecuencias de este desorden se revertirán contra
el mismo hombre que peca y contra sus semejantes, tal
como ya hemos visto.
El pecado
Es una falta contra la
razón, la verdad, la conciencia recta. En palabras de San
Agustín, el pecado es “toda palabra, acto o deseo contra
la ley de Dios”, también lo define como “dejar a
Dios por preferir las criaturas”.
La definición clásica de pecado es:
<“la transgresión”: es decir violación o desobediencia; “voluntaria”: porque se
trata no sólo de un acto puramente material, sino de
una acción formal, advertida y consentida; “de la ley divina”:
o sea, de cualquier ley obligatoria, ya que todas reciben
su fuerza de la ley eterna.
El pecado es, por
tanto, la mayor tragedia que puede acontecer al hombre: en
pocos momentos ha negado a Dios y se ha negado
también a sí mismo. A causa de un capricho pasajero.
Es una desobediencia voluntaria a la Ley divina. Es una
alteración del orden.
En todo pecado se ve una rebeldía
querida y libre del ser creado contra su Creador.
Al hablar
del pecado hay que señalar que son dos los elementos: Alejamiento
o aversión a Dios: es su elemento formal, y propiamente
hablando, no se da sino en el pecado mortal, que
es el único en el que se realiza en toda
su integridad la noción de pecado.
Cuando se rompe el precepto
divino, el pecador percibe que se separa de Dios,
y sin embargo, realiza la acción pecaminosa. No importa que
no tenga la intención directa de ofender a Dios, pues
basta que el pecador sé de cuenta de que su
acción es incompatible con la amistad divina y, a pesar
de ello, la realice voluntariamente, incluso con pena y disgusto
de ofender a Dios. En todo pecado mortal hay una
verdadera ofensa a Dios por múltiples razones:
Porque es el supremo
legislador, que tiene el derecho a imponernos el recto uso
de la razón mediante su ley divina, que el pecador
rompe advertida y voluntariamente.
Porque es el último fin del
hombre y éste al pecar se adhiere a una criatura
en la que de algún modo pone su fin.
Porque es
el bien sumo e infinito, que se ve rechazado por
un bien creado y perecedero elegido por el pecador.
Porque es
gobernador, de cuyo supremo dominio se intenta sustraer el hombre,
bienhechor que ve despreciados sus dones divinos, y juez
al que el hombre no teme a pesar de saber
que no puede escapar de Él.
El pecado y la amistad
con Dios son como el agua y el aceite: incompatibles.
No pueden estar ambos en el mismo corazón. Por eso,
todo pecado significa el alejamiento o aversión a Dios, aún
cuando el que lo comete no odie a Dios y
ni siquiera pretenda ofenderlo.
La conversión a las creaturas: cuando el
hombre peca, generalmente, más que querer ofender a Dios, toma
por bueno o mejor un bien creado o una persona,
piensa que el pecado es algo que le conviene,
le da una felicidad momentánea, sin darse cuenta que solamente
es un bien aparentemente que al final de cuentas lo
llevará al remordimiento y la decepción. Se puede decir que es
un rechazo de Dios y un mal uso de algo
creado. Santo Tomás en la Suma Teológica dice: “el pecado
es una verdadera estupidez”, cometida contra la recta razón, pues
por escoger un bien finito, se pierde un bien infinito.
Además
el pecado lesiona el bien social, la inclinación al mal
que existe desde el pecado original, que se agrava con
los pecados actuales, influyen en la sociedad. Las injusticias del
mundo son producto del pecado del hombre, ya sean de
carácter, político, social. Es lo que conocemos como pecado social,
todo pecado tiene una dimensión social, pues la libertad de
todo ser humano tiene una orientación social. Reconciliación y Penitencia,
Juan Pablo II, n 16
Todo pecado lesiona al cuerpo místico
de Cristo, por lo tanto, repercute en la Iglesia.
Juan Pablo
II nos dedía en su exhortación apostólica “que se puede
hablar de la comunión del pecado”, por el que un
alma se abaja, abaja consigo a la Iglesia y en
cierto manera a todo el mundo. “No existe pecado alguno,
aún el estrictamente individual, que afecte exclusivamente al que lo
comete”.
Además de ofender a Dios, el pecado degrada al hombre
mismo, pues cambia su dignidad de “dueño de la creación”,
por el de “esclavo de las criaturas”. El pecado hace
perder de vista el fin infinito al que está llamado
y hace poner la voluntad y la inteligencia en cosas
caducas y terrenas
Pero, ¿por qué pecamos aún cuándo conocemos la
verdad?
Hay tres factores que nos hacen muy vulnerables al pecado:
1.
El principal es el demonio, que nos presenta realidades desfiguradas
como si fueran algo deseable y bueno, aunque realmente sean
malas.
Es un espíritu opuesto a Dios, con un objetivo opuesto
al de Dios. Si el objetivo de Dios es el
bien, su objetivo es el mal. Actúa en coherencia con
su objetivo y pretende su gloria y no la de
Dios.
Provoca al hombre tentándolo. Es un ser inteligente y, por
ello, engaña al hombre para que se acerque al mal
y no al bien.
Debemos afrontarlo por medio de la santidad,
sí él es opuesto a Dios, se aleja de allí
donde está Dios (oración, sacramentos).
Su vida está dedicada a apartarnos
de Dios.
2. Otro factor que nos hace pecar es lo
negativo del mundo y su ambiente: la falta de educación,
la ociosidad, los malos ejemplos, los problemas familiares, las modas,
los estereotipos sociales, etc. Y también sus atractivos: el poder,
las riquezas, la situación social, que son buenos en sí
mismos, pero tomados como fin y no como medio, nos
llevan fácilmente al pecado.
3. Por último, está “la carne”: instintos
humanos que no están sometidos a la inteligencia, los vicios
o hábitos malos y el simple egoísmo que nos hace
buscar sólo nuestra propia satisfacción.
La Tentación
La tentación, es sólo una
inclinación y que no hay que confundir con el pecado,
pues en este último se da el paso. No es
lo mismo “sentir que consentir”.
Sentir es una reacción de los
sentimientos ante algo que provoca atracción o rechazo. Consentir es un
acto de la voluntad, es una decisión.
No es pecado sentir.
Para que haya pecado tiene que intervenir la voluntad. Sólo
cuando decidimos aceptar la invitación hay pecado.
La tentación es una
sugestión interior, que por causas internas o externas, incita al
hombre a pecar. Actúan engañando al entendimiento con falsas ilusiones,
debilitando a la voluntad, haciéndola floja a base de caer
en la comodidad, la negligencia, etc., instigando los sentidos, principalmente
la imaginación, con pensamientos de sensualidad, de soberbia, de odio,
etc.
Por ello hay que huir de toda ocasión de pecado,
es decir las situaciones que favorecen la aceptación del pecado.
¿Puedo
perder el Cielo por dejarme llevar por el ambiente?
El ambiente
nos puede arrastrar a cometer muchos pecados de pensamiento, palabra,
obra u omisión, pero nuestras conciencias, si están bien formadas,
nos ayudarán a distinguir si nuestros pecados son lo suficientemente
graves como para haber roto la amistad con Dios.
Los pecados
mortales, que rompen la amistad con Dios y nos convierten
directa e inmediatamente en merecedores del infierno, son aquellos que
cumplen con tres condiciones:
1. Materia grave. Esto se cumple cuando
vamos directamente en contra de la ley de Dios, cuando
rompemos con el orden establecido por Él. No es que
nos desviemos, sino que vayamos exactamente en sentido contrario a
las indicaciones que Dios nos da a través de nuestra
conciencia y de la ley.
2. Pleno conocimiento. Sabemos que la
materia es grave, sabemos que es una rebeldía contra Dios
y aún así elegimos hacerlo.
3. Pleno consentimiento. Usamos nuestra libertad
y nuestra voluntad para hacerlo. Lo queremos realizar conscientemente y
no porque algo o alguien nos obliga.
Cuando falta alguna de
las condiciones anteriores, entonces se trata de un pecado venial.
No nos hace merecedores del infierno, pero debilita la amistad
con Dios y nos hace más débiles para luchar con
las tentaciones del demonio, del mundo y de la carne.
Un
hombre que se habitúa al pecado venial es muy fácil
que se acerque al pecado mortal.
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Conoce más acerca de El Pecado _________________________________
Lecturas complementarias:
Gadium et spes n13
Dives
in Misericordia n 8
Reconciliatio et Poenitentia
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