martes, 1 de enero de 2013

San Basilio Magno, obispo

 
fecha: 1 de enero
fecha en el calendario anterior: 14 de junio
n.: c. 329 - †: 379 - país:Turquía
canonización:pre-congregación
En Cesarea de Capadocia, muerte de san Basilio, obispo, cuya memoria se celebra mañana.
patronazgo: patrono de los niños y de los monjes orientales; protector de los navegantes.

Basilio nació en Cesarea, la capital de Capadocia, en el Asia Menor, a mediados del año 329. Por parte de padre y de madre, descendía de familias cristianas que habían sufrido persecuciones y, entre sus nueve hermanos, figuraron san Gregorio de Nissa, santa Macrina la Joven y san Pedro de Sebaste. Su padre, san Basilio el Viejo, y su madre, santa Emelia, poseían vastos terrenos y Basilio pasó su infancia en la casa de campo de su abuela Macrina (venerada también popularmente como santa), cuyo ejemplo y cuyas enseñanzas nunca olvidó. Inició su educación en Constantinopla y la completó en Atenas. Allí tuvo como compañeros de estudio a san Gregorio Nazianceno, que se convirtió en su amigo inseparable, y a Juliano, que más tarde sería el emperador apóstata. Basilio y Gregorio, los dos jóvenes capadocios, se asociaron con los más selectos talentos contemporáneos y, como lo dice éste último en sus escritos, «sólo conocíamos dos calles en la ciudad: la que conducía a la iglesia y la que nos llevaba a las escuelas». Tan pronto como Basilio aprendió todo lo que sus maestros podían enseñarle, regresó a Cesarea. Allí pasó algunos años en la enseñanza de la retórica y, cuando se hallaba en los umbrales de una brillantísima carrera, se sintió impulsado a abandonar el mundo, por consejos de su hermana mayor, Macrina. Esta, luego de haber colaborado activamente en la educación y establecimiento de sus hermanas y hermanos más pequeños, se había retirado con su madre, ya viuda, y otras mujeres, a una de las casas de la familia, en Annesi, sobre el río Iris, para llevar una vida comunitaria.

Fue por entonces, al parecer, que Basilio recibió el bautismo y, desde aquel momento, tomó la determinación de servir a Dios dentro de la pobreza evangélica. Comenzó por visitar los principales monasterios de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia, con el propósito de observar y estudiar la vida religiosa. Al regreso de su extensa gira, se estableció en un paraje agreste y muy hermoso en la región del Ponto, separado de Annesi por el río Iris, y en aquel retiro solitario se entregó a la plegaria y al estudio. Con los discípulos, que no tardaron en agruparse en torno suyo, entre los cuales figuraba su hermano Pedro, formó el primer monasterio que hubo en el Asia Menor, organizó la existencia de los religiosos y enunció los principios que se conservaron a través de los siglos y hasta el presente gobiernan la vida de los monjes en la Iglesia de Oriente. San Basilio practicó la vida monástica propiamente dicha durante cinco años solamente, pero en la historia del monaquismo cristiano tiene tanta importancia como el propio san Benito.

Por aquella época, la herejía arriana estaba en su apogeo y los emperadores herejes perseguían a los ortodoxos. En el año 363, se convenció a Basilio para que se ordenase diácono y sacerdote en Cesarea; pero inmediatamente, el arzobispo Eusebio tuvo celos de la influencia del santo y éste, para no crear discordias, volvió a retirarse calladamente al Ponto para ayudar en la fundación y dirección de nuevos monasterios. Sin embargo, Cesarea lo necesitaba y lo reclamó. Dos años más tarde, san Gregorio Nazianceno, en nombre de la ortodoxia, sacó a Basilio de su retiro para que le ayudase en la defensa de la fe del clero y de las Iglesias. Se llevó a cabo una reconciliación entre Eusebio y Basilio; éste se quedó en Cesarea como el primer auxiliar del arzobispo; en realidad, era él quien gobernaba la Iglesia, pero empleaba su gran tacto para que se diera crédito a Eusebio por todo lo que él realizaba. Durante una época de sequía a la que siguió otra de hambre, Basilio echó mano de todos los bienes que le había heredado su madre, los vendió y distribuyó el producto entre los más necesitados; mas no se detuvo allí su caridad, puesto que también organizó un vasto sistema de ayuda, que comprendía a las cocinas ambulantes que él mismo, resguardado con un delantal de manta y cucharón en ristre, conducía por las calles de los barrios más apartados para distribuir alimentos a los pobres. El año de 370 murió Eusebio y, a pesar de la oposición que se puso de manifiesto en algunos poderosos círculos, Basilio fue elegido para ocupar la sede arzobispal vacante. El 14 de junio tomó posesión, para gran contento de san Atanasio y una contrariedad igualmente grande para Valente, el emperador arriano. Por cierto que el puesto era muy importante y, en el caso de Basilio, muy difícil y erizado de peligros, porque al mismo tiempo que obispo de Cesarea, era exarca del Ponto y metropolitano de cincuenta sufragáneos, muchos de los cuales se habían opuesto a su elección y mantuvieron su hostilidad, hasta que Basilio, a fuerza de paciencia y caridad, se conquistó su confianza y su apoyo.

Antes de cumplirse doce meses del nombramiento de Basilio, el emperador Valente llegó a Cesarea, tras de haber desarrollado en Bitinia y Galacia una implacable campaña de persecuciones. Por delante suyo envió al prefecto Modesto, con la misión de convencer a Basilio para que se sometiera o, por lo menos, accediera a tratar algún compromiso. Sin embargo, ni las propuestas de Modesto, ni la amenazante intervención personal del emperador, lograron que el obispo accediese a callar sus objeciones contra el arrianismo o tolerar la admisión de los arrianos en la comunión. Promesas y amenazas fueron inútiles. «Ninguna otra cosa que la violencia podrá doblegar a un hombre semejante», según las propias palabras con que Modesto informó a su señor; pero éste no quería, tal vez por temor, recurrir a la violencia. El emperador Valente se decidió en favor del exilio y se dispuso a firmar el edicto; pero en tres ocasiones sucesivas, la pluma de caña con que iba a hacerlo, se partió en el momento de comenzar a escribir. Como el emperador era un hombre de carácter débil, quedó sobrecogido de temor ante aquella extraordinaria manifestación, confesó que, muy a su pesar, le admiraba la firme determinación de Basilio y, a fin de cuentas, resolvió que, en lo sucesivo, no volvería a intervenir en los asuntos eclesiásticos de Cesarea. Pero apenas terminada esta desavenencia, el santo quedó envuelto en una nueva lucha, provocada por la división de Capadocia en dos provincias civiles y la consecuente reclamación de Antino, obispo de Tiana, para ocupar la sede metropolitana de la Nueva Capadocia. La disputa resultó desafortunada para san Basilio, no tanto por haberse visto obligado a ceder en la división de su arquidiócesis, como por haberse malquistado con su amigo san Gregorio Nazianceno, a quien Basilio insistía en consagrar obispo de Sasima, un miserable caserío que se hallaba situado sobre terrenos en disputa entre las dos Capadocias.

Mientras el santo defendía así a la Iglesia de Cesarea de los ataques contra su fe y su jurisdicción, no dejaba de mostrar su celo acostumbrado en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Hasta en los días ordinarios predicaba, por la mañana y por la tarde, a asambleas tan numerosas, que él mismo las comparaba con el mar. Sus fieles adquirieron la costumbre de comulgar todos los domingos, miércoles, viernes y sábados. Entre las prácticas que Basilio había observado en sus viajes y que más tarde implantó en su sede, figuraban las reuniones en la iglesia antes del amanecer, para cantar los salmos. Para beneficio de los enfermos pobres, estableció un hospital fuera de los muros de Cesarea, tan grande y bien acondicionado, que san Gregorio Nazianceno lo describe como una ciudad nueva y con grandeza suficiente para ser reconocido como una de las maravillas del mundo. A ese centro de beneficencia llegó a conocérsele con el nombre de Basiliada, y sostuvo su fama durante mucho tiempo después de la muerte de su fundador. A pesar de sus enfermedades crónicas, con frecuencia realizaba visitas a lugares apartados de su residencia episcopal, hasta en remotos sectores de las montañas y, gracias a la constante vigilancia que ejercía sobre su clero y su insistencia en rechazar la ordenación de los candidatos que no fuesen enteramente dignos, hizo de su arquidiócesis un modelo del orden y la disciplina eclesiásticos.

No tuvo tanto éxito en los esfuerzos que realizó en favor de las iglesias que se encontraban fuera de su provincia. La muerte de san Atanasio dejó a Basilio como único paladín de la ortodoxia en el Oriente, y éste luchó con ejemplar tenacidad para merecer ese título por medio de constantes esfuerzos para fortalecer y unificar a todos los católicos que, sofocados por la tiranía arriana y descompuestos por los cismas y las disensiones entre sí, parecían estar a punto de extinguirse. Pero las propuestas del santo fueron mal recibidas, y a sus desinteresados esfuerzos se respondió con malos entendimientos, malas interpretaciones y hasta acusaciones de ambición y de herejía. Incluso los llamados que hicieron él y sus amigos al papa san Dámaso y a los obispos occidentales para que interviniesen en los asuntos del Oriente y allanasen las dificultades, tropezaron con una casi absoluta indiferencia, debido, según parece, a que ya corrían en Roma las calumnias respecto a su buena fe. «¡Sin duda a causa de mis pecados -escribía san Basilio con un profundo desaliento-, parece que estoy condenado al fracaso en todo cuanto emprendo!»

Sin embargo, el alivio no había de tardar, desde un sector absolutamente inesperado. El 9 de agosto de 378, el emperador Valente recibió heridas mortales en la batalla de Adrianópolis y, con el ascenso al trono de su sobrino Graciano, se puso fin al ascendiente del arrianismo en el Oriente. Cuando las noticias de estos cambios llegaron a oídos de san Basilio, éste se encontraba en su lecho de muerte, pero de todas maneras le proporcionaron un gran consuelo en sus últimos momentos. Murió el l de enero del 379, a la edad de cuarenta y nueve años, agotado por la austeridad en que había vivido, el trabajo incansable y una penosa enfermedad. Toda Cesarea quedó enlutada y sus habitantes lo lloraron como a un padre y a un protector; los paganos, judíos y cristianos se unieron en el duelo. Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de Calcedonia le rindió homenaje con estas palabras: «El gran Basilio, el ministro de la gracia que expuso la verdad al mundo entero». Indudablemente que fue uno de los más elocuentes oradores entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos le han colocado en lugar de privilegio entre sus doctores. En la Iglesia de Oriente la fiesta principal de san Basilio se celebra el l de enero, mientras que en Occidente, por concurrencia con la solemnidad de la Virgen María, Madre de Dios, se celebra el 2 de enero, conjuntamente con su amigo san Gregorio Nacianceno.

Muchos de los detalles relevantes en la vida de san Basilio se encuentran en sus cartas, de las cuales se conserva una extensa colección. En una de ellas nos cuenta que él pedía un cumplimiento estricto de la disciplina, lo mismo entre clérigos que entre laicos, y que cierto diácono, que no era malo, pero sí rebelde y un poco alocado, y que solía presentarse en medio de un grupo de muchachas que cantaban himnos y bailaban, tuvo que vérselas con él; con igual determinación combatió la simonía en los puestos eclesiásticos y la admisión de personas indignas entre el clero; luchó contra la rapacidad y la opresión de los funcionarios y llegó a excomulgar a todos los complicados en la «trata de blancas», una actividad muy difundida en Capadocia. Podía reconvenir con temible severidad, pero prefería las maneras suaves y gentiles; como un ejemplo, están sus cartas a una muchacha descarriada y a un clérigo colocado en un puesto de gran responsabilidad, que se estaba mezclando en política; muchos ladrones que sólo aguardaban ser entregados a los jueces para sufrir un castigo terrible, fueron amparados por el santo y devueltos a sus casas en completa libertad, pero con una imborrable amonestación sobre sus conciencias. Pero tampoco se quedaba callado Basilio cuando eran los acaudalados y poderosos quienes quebrantaban sus deberes: «¡Os negáis a dar con el pretexto de que no tenéis lo suficiente para vuestras necesidades! -exclamó en uno de sus sermones-. Pero en tanto que vuestra lengua os excusa, vuestra mano os acusa: ¡ese anillo que resplandece en vuestro dedo os denuncia como mentiroso! ¡Cuántos deudores podrían ser rescatados de la prisión con uno de esos anillos! ¡Cuántas pobres gentes ateridas por el frío se cubrirían con uno solo de vuestros guardarropas! ¡Y sin embargo, vosotros dejáis ir a los pobres de vuestras puertas, con las manos vacías!» No era únicamente a los ricos a quienes imponía la obligación de dar: «¿Dices que tú eres pobre? Bien; pero siempre habrá otros más pobres que tú. Si tienes lo bastante para mantenerte vivo diez días, aquel hombre no tiene suficiente para vivir uno ... No tengáis temor de dar lo poco que tengáis. No coloquéis nunca vuestros propios intereses antes que la necesidad común. Dad vuestro último mendrugo de pan al mendigo que os lo pide y confiad en la misericordia de Dios».

En cierto sentido, el material informativo para la vida de san Basilio el Grande es muy abundante. Su correspondencia, las cartas de san Gregorio Nazianceno y otros contemporáneos, las crónicas de historiadores como Sócrates, Sozomeno y otros posteriores, las oraciones fúnebres de los dos Gregorios, los panegíricos de San Efrén, de Anfiloquio, etc., sumados a los escritos teológicos y ascéticos del propio san Basilio, son múltiples datos que iluminan su historia. En Acta Sanctorum, junio, vol. III, los bolandistas le dedican un artículo de más de 100 páginas y aun imprimen la biografía apócrifa que se le atribuye, erróneamente a san Anfiloquio. Sobre las enseñanzas ascéticas de san Basilio y sobre su llamada «Regla», se encontrarán informaciones en La Doctrine ascétique de S. Basile (1932), en S. Basil and Monasticism, de M. G. Murphy (1930) y sobre todo en Die Beiden Regeln des Basilius que escribió F. Laun, en Zeistchrift /. Kirchengeschichte, vol. XLIV (1933), pp. 1-61. En español, el tomo II de la edición BAC de la Patrología de Quasten incluye un extenso artículo, así como referencias en todo el resto de los Padres relacionados. En la serie de catequesis dedicadas a los grandes teólogos y santos, SS Benedicto XVI dedicó dos a san Basilio, la primera de contenido más biográfico, y la segunda más teológico.







Jesus en la CruzPerteneció a una familia de santos. Su abuelo murió mártir en la persecución. La abuela fue Santa Macrina. La mamá: Santa Amelia. La hermana también fue santa. Sus hermanos San Pedro obispo de Sebaste y San Gregorio Niceno. Su mejor amigo San Gregorio Nacianceno (el otro santo que se celebra este día).

Basilio significa: "Rey". Nació en Cesarea de Turquía el año 329. Estudió en Atenas y Constantinopla.

Al ver que su hermana Santa Macrina había fundado un monasterio de monjas y que éstas progresaban mucho en santidad, Basilio se fue a Egipto a aprender de los monjes del desierto el modo de vivir como monje, en soledad; y al volver de allá se hizo monje y redactó sus famosas "Constituciones" que son la primera Regla de vida que se escribió para los religiosos. En ellas enseña cómo vivir en oración, estudio, buenas lecturas y trabajos manuales en un monasterio y cómo hacerse santo en la vida religiosa. En esas "Constituciones" se han basado los más famosos fundadores de Comunidades para redactar los Reglamentos de sus Congregaciones.

Basilio fue elegido Arzobispo de Cesarea, y el delegado del gobierno quiso hacerle renegar de la fe. Varios habían renegado por miedo. Pero nuestro santo le respondió: ¿Qué me vas a poder quitar si no tengo casas ni bienes, pues todo lo repartí entre los pobres? ¿Acaso me vas a atormentar? Es tan débil mi salud que no resistiré ni un día de tormentos sin morir y no podrás seguir atormentándome. ¿Que me vas a desterrar? A cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y donde esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento… El gobernador le respondió admirado: "Jamás nadie me había contestado así". Y Basilio añadió: "Es que jamás te habías encontrado con un obispo". El gobernante no se atrevió a castigarlo porque le pareció que era un gran santo, y porque todo el pueblo lo veneraba inmensamente.

Por su oratoria maravillosa, por sus admirables escritos y por las muchísimas obras que hizo en favor del pueblo, fue llamado "Basilio el Grande". Era amado por cristianos, judíos y paganos. San Gregorio decía: "Cada vez que leo un escrito de Basilio, siento que el Espíritu Santo transforma mi alma". Sus escritos tienen lo que se llama "Unción", o sea la cualidad especial de que conmueven al que los lee.

Además de su arrebatadora elocuencia, Basilio tenía una asombrosa actividad en favor de los necesitados. Fue al primero que se le ocurrió fundar por allí un Hospital para pobres y un ancianato. Todo, todo lo que llegaba lo regalaba a los necesitados.

Estudió mucho la Biblia y sus sermones están llenos de frases de la Sagrada Escritura. Y era especializado en filosofía y en literatura y así sus escritos están redactados de una manera muy sabia y agradable.

Se conservan unas 365 cartas suyas, muy hermosas y de provechosa lectura para el alma.

Su pensamiento dominante después del amor a Dios, era ayudar y hacer que otros ayudaran a los pobres. De San Basilio son aquellas famosas palabras: "Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: tú eres un verdadero ladrón. El pan que no necesitas le pertenece al hambriento. Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado. El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con que comprar lo que necesita. Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón".

Trabajaba y escribía sin cesar. La gente decía: "El obispo Basilio predica a todas horas: en las misas, en las reuniones, en las catequesis, y cuando no está hablando con sus labios, está predicando con las buenas obras que hace en favor de los demás".

Y eso a pesar de la salud tan débil que tenía. Sufría de hepatitis, la cual no le permitía casi alimentarse, hasta tal punto que su piel llegó a tocar sus huesos.

Murió el 1o. De Enero del año 379 cuando sólo tenía 49 años y fue sepultado el 2 de enero, en medio de un gentío tan grande y unos lloros tan impresionantes como nunca se habían presenciado en aquella ciudad capital.

Todos sus escritos y sus sermones tiene por fin hacer que la gente ame más a Dios y se vuelva más santa. Por eso es considerado como el primer escritor ascético del oriente (ascética es la ciencia que enseña a dominarse a sí mismo y a ser santo).

San Gregorio Niacianceno, Arzobispo de Constantinopla, dijo en su discurso el día del entierro: "Basilio santo, nació entre los santos. Basilio pobre vivió pobre entre los pobres. Basilio, hijo de mártires sufrió como un mártir. Basilio predicó siempre con sus labios, y con sus buenos ejemplos y seguirá predicando siempre con sus escritos admirables".

San Basilio el Grande: ¡Ruega por nosotros!
 

Basilio el Grande

 
San Basilio de Cesarea
Basil of Caesarea.jpg
Icono del siglo XI de San Basilio
Arzobispo y Padre de la Iglesia Griega.
Proclamado Doctor de la Iglesia el 20 de septiembre de 1568 por el papa San Pío V
NombreΒασίλειος
Apodoel Magno o Grande
Nacimiento329
Cesarea, Capadocia
Fallecimiento379
Cesarea, Capadocia
Venerado enIglesia Católica e Iglesia Ortodoxa
Festividad1 de enero (Oriente), 2 de enero (Occidente)
AtributosVestiduras de obispo griego
PatronazgoCappadocia, administradores de Hospital, Padres Basilianos
San Basilio de Cesarea (ca. 330 -1 de enero, 379), llamado Basilio el Magno (griego: Μέγας Βασίλειος), fue obispo de Cesarea, y preeminente clérigo del siglo IV. Es santo de la Iglesia Ortodoxa y uno de los cuatro Padres de la Iglesia Griega, junto con San Atanasio, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. Basilio, Gregorio Nacianceno, y Gregorio de Nisa (hermano de Basilio) son denominados Padres Capadocios. Es santo y doctor de la Iglesia Católica.
San Basilio es el nombre que en la tradición griega lleva Papá Noel. Es él quien se cree que visita a los niños el primero de enero (cuando tiene Basilio su festividad). Se corresponde con San Nicolás que aparece el día de Navidad, o con los Reyes Magos, que llegan el 6 de enero.

Biografía

Basilio nació alrededor del año 330 en Cesarea, Capadocia. Provenía de una familia acomodada y piadosa en la que hubo varios santos, entre ellos están su padre, también llamado Basilio, su madre Emelia, abuela Macrina la Mayor, hermana Macrina la Joven y hermanos Gregorio de Nisa y Pedro de Cesarea, que llegó a ser obispo de Sebaste. Algunos historiadores de la Iglesia han sugerido que Teosebia –que también es santa para la Iglesia Ortodoxa Oriental– fue su hermana menor.
Cuando aún era un niño su familia se trasladó a Ponto, pero pronto volvieron a Capadocia, a vivir con familiares de su madre, y según parece estuvieron al cuidado de su abuela Macrina. Ávido de saber, se trasladó a Constantinopla. Vivió allí y en Atenas unos cuatro o cinco años. En este último lugar tuvo como compañero de estudios a Gregorio Nacianceno, y entabló amistad con el que llegaría a ser emperador Juliano el Apóstata. Ambos estuvieron profundamente influenciados por Orígenes. Entre ambos escribieron una Antología llamada Philokalia.
Fue en Atenas donde comenzó a pensar seriamente en la religión y se decidió a buscar a los más famosos santos eremitas de Siria y Arabia para aprender de ellos el modo de alcanzar un estado de ferviente piedad y de mantener su cuerpo sometido mediante el ascetismo, lo que solía denominar “una vida filosófica”.
Después de esto lo encontramos al frente de un convento cerca de Arnesi en Ponto, donde su madre Emelia, ya viuda, su hermana Macrina y otras mujeres se dedican a una piadosa vida de oración y obras de caridad. Eustacio de Sebaste ya había trabajado en Ponto a favor de una vida anacoreta, y Basilio le reverenciaba por ello, a pesar de que diferían sobre algunos aspectos dogmáticos, lo que poco a poco fue distanciándoles. Tomando partido desde el principio y en el Concilio de Constantinopla con los homoousianos, Basilio coincidió especialmente con los que superaron la aversión al homoousios oponiéndose al arrianismo, y de este modo aproximándose a Atanasio de Alejandría. Al igual que Atanasio, se opuso también a la herejía macedoniana.
Asimismo se distanció de su obispo, Dionisio de Cesarea, que únicamente había suscrito la forma de acuerdo de Nicea, y con el que se reconcilió sólo cuando éste estaba a punto de morir. Fue ordenado presbítero de la Iglesia de Cesarea en 365; su ordenación fue probablemente consecuencia de los ruegos de sus superiores eclesiásticos, que deseaban utilizar su talento contra los arrianos, ya que, en esa parte del país, eran numerosos y gozaban del favor del emperador arriano, Valente, que reinaba en esa época en Constantinopla.
En 370 muere Eusebio, obispo de Cesarea, y Basilio fue elegido para sustituirle. Fue entonces cuando se pudieron apreciar sus grandes dotes. Cesarea era una importante diócesis, y su obispo era, ex officio, exarca de la gran diócesis de Ponto. Apasionado y un tanto imperioso, Basilio también era generoso y accesible. Su celo por la ortodoxia no le impedía advertir las virtudes de sus adversarios; y por mor de la paz y la caridad renunciaba sin dificultad a utilizar la terminología ortodoxa cuando ello era posible sin sacrificar la verdad. Resistió con todo su poder al emperador Valente, que se esforzó en introducir el arrianismo en su diócesis, e impresionó tanto al emperador, que aunque estuvo tentado a eliminar al intratable obispo, terminó por dejarle tranquilo.
Para salvar a la Iglesia del arrianismo, Basilio inició contactos con Occidente, y mediante la ayuda de Atanasio, intentó superar sus recelos hacia los homoiousianos. Las dificultades habían aumentado al plantear la cuestión de la esencia del Espíritu Santo. A pesar de que Basilio había defendido con objetividad la consustancialidad del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo, se sumaba aquellos que, fieles a la tradición oriental, no admitían el predicado homoousios al tercero; esto se le había reprochado ya en 371 por los zelotes ortodoxos, que había entre los monjes, y Atanasio lo defendió. Mantuvo su relación con Eustacio a pesar de las diferencias dogmáticas, lo que provocó ciertos recelos. Por otra parte, Basilio fue gravemente ofendido por los defensores del homoousioanismo, que a él le parecían estar reviviendo la herejía sabeliana.
No vivió para ver el final de las desafortunadas controversias entre facciones, y el éxito absoluto de sus esfuerzos para mediar entre Roma y Oriente. Sufrió una enfermedad del hígado; lo que le produjo una muerte prematura. Un perdurable monumento a su dedicación episcopal hacia los pobres fue el gran instituto ante las puertas de Cesarea que fue utilizado como casa para los pobres, hospital y hospicio.

 Escritos

Los principales escritos teológicos de Basilio son su De Spiritu Sancto, una lúcida y edificante reflexión sobre la Escritura y la tradición cristiana primitiva (para probar la dignidad del Espíritu Santo) y su Refutación de la apología del impío Eunomio, escrito en 363 ó 364, tres libros contra Eunomio de Cícico, el máximo exponente del arrianismo anomeo. Los tres primeros libros de la Refutación son obra suya, los libros cuarto y quinto, que suelen también incluirse, no pertenecen a Basilio o a Apolinaris de Laodicea, sino probablemente a Dídimo de Alejandría.
Fue célebre predicador; se han conservado muchas de sus homilías, incluyendo una serie de sermones cuaresmales sobre el Hexameron. Algunos como el dedicado contra la usura y el referido al hambre, de 368, resultan de valor para la historia de la moral; otros muestran los honores que hay que rendir a mártires y reliquias. Sus incitaciones para que los jóvenes estudiaran literatura clásica, muestran que su propia educación tuvo una perdurable influencia sobre él, y que le enseñó a apreciar la importancia propedéutica de los clásicos.
Su inclinación hacia el ascetismo puede verse en las Moralia y Regulae, manuales de ética para utilizar respectivamente en el mundo y en el claustro. De las reglas monásticas atribuidas a Basilio, la más breve de todas es la que más probablemente es obra suya.
Es en los manuales de ética y en los sermones morales donde se ilustran los aspectos prácticos de su teología teorética. Así, por ejemplo, es en su Sermón a los lazicanos donde encontramos que es nuestra naturaleza común la que nos obliga a tratar las necesidades de nuestros vecinos (v.gr.: hambre, sed) como si fueran nuestras, a pesar de que se trate de un individuo diferenciado. Posteriormente los teólogos explican explícitamente que esto es un ejemplo de cómo los santos se convierten en imagen de la naturaleza común de las personas de la Trinidad.
Sus trescientas cartas muestran un carácter rico y observador, que a pesar de los problemas derivados de su endeble salud y de sus vicisitudes eclesiásticas, permaneció optimista, tierno e incluso juguetón. Sus principales esfuerzos como reformador se dirigieron al mejoramiento de la liturgia, y a la reforma de las órdenes monásticas orientales.
La mayor parte de las liturgias que llevan el nombre de Basilio, en la forma presente, no son obra suya, sin embargo, mantienen reminiscencias de su actividad en este campo, al establecer fórmulas para las oraciones de la liturgia y al promover el canto en la misa. Hay una liturgia que puede serle atribuida, se trata de La divina liturgia de Basilio el Grande, una liturgia que es algo más larga que la más celebrada Divina liturgia de Juan Crisóstomo; todavía es utilizada en determinadas festividades en la Iglesia Católica Ucraniana y en la Iglesia Ortodoxa Oriental, tales como el domingo de cuaresma.
Todas sus obras, así como unas pocas falsamente atribuidas, están disponibles en Patrologia Graeca, que incluye traducciones latinas de calidad variable. Aún no hay ninguna edición crítica disponible.

Enlaces externos

 
 
 

ver imagen S. Basilio Magno
Uno de los tres Padres Capadocios; Padre del monasticismo oriental; Arzobispo de Cesárea; Patrón de administradores de hospitales .
Nació en Cesárea de Capadocia, de familia cristiana; hombre de gran cultura y virtud, comenzó a llevar vida eremítica, pero el año 370 fue elevado a la sede episcopal de su ciudad natal.
Es considerado como el primer escritor ascético del oriente.
Combatió a los arrianos; escribió excelentes obras y sobretodo reglas monásticas, que rigen aún hoy en muchos monasterios del Oriente.
Murió el día 1 de enero del año 379.
Tema favorito: la caridad hacia los pobres.
De sus cartas:
“¿A quién he perjudicado, dices tú, conservando lo que es mío? Dime, sinceramente, ¿qué te pertenece? ¿De quién recibiste lo que tienes? Si todos se contentaran con lo necesario y dieran el resto a los pobres, no habría ni ricos ni pobres”
Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: Tú eres un verdadero ladrón. El pan que no necesitas le pertenece al hambriento. Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado. El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo. El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con qué comprar lo que necesita. “Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”.
"Lo que nosotros enseñamos no es el resultado de nuestras reflexiones personales, sino lo que hemos aprendido de los Padres"
San Gregorio: “Cada vez que leo un escrito de Basilio, siento que el Espíritu Santo transforma mi alma”.
San Basilio Magno (Basilio el Grande)
Doctor de la Iglesia de Cesarea (329-379)
Etim: Basilio = rey

Fiesta: 2 de enero, junto a su gran amigo
San Gregorio Nacianceno

San Basilio Benedicto XVI, Audiencia, 4-VII-07
Queridos hermanos y hermanas:

Hoy queremos recordar a uno de los grandes padres de la Iglesia, san Basilio, definido por los textos litúrgicos bizantinos como una «lumbrera de la Iglesia» Fue un gran obispo del siglo IV, por el que siente admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente por su santidad de vida, por la excelencia de su doctrina y por la síntesis armoniosa de capacidades especulativas y prácticas.

Nació alrededor del año 330 en una familia de santos, «verdadera Iglesia doméstica», que vivía en un clima de profunda fe. Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla. Insatisfecho por los éxitos mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: «Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable vida» (Cf. Carta 223: PG 32,824a).

Atraído por Cristo, comenzó a tener ojos sólo para él y a escucharle solo a él (Cf. «Moralia» 80,1: PG 31,860bc). Con determinación se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia y en el ejercicio de la caridad (Cf. Cartas. 2 y 22), siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina, quien ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía.

Con la predicación y los escritos desarrolló una intensa actividad pastoral, teológica y literaria. Con sabio equilibrio supo unir al mismo tiempo el servicio a las almas y la entrega a la oración y a la meditación en la soledad. Sirviéndose de su experiencia personal, favoreció la fundación de muchas «fraternidades» o comunidades de cristianos consagrados a Dios, a las que visitaba con frecuencia (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,29 in laudem Basilii»: PG 36,536b). Con la palabra y los escritos, muchos de los cuales todavía hoy se conservan (Cf. «Regulae brevius tractatae», Proemio: PG 31,1080ab), les exhortaba a vivir y a avanzar en la perfección. De esos escritos se valieron después no pocos legisladores de la vida monástica, entre ellos, muy especialmente, San Benito, que considera a Basilio como su maestro (Cf «Regula» 73, 5).

En realidad, san Basilio creó un monaquismo muy particular: no estaba cerrado a la comunidad de la Iglesia local, sino abierto a ella. Sus monjes formaban parte de la Iglesia local, eran su núcleo animador que, precediendo a los demás fieles en el seguimiento de Cristo y no sólo de la fe, mostraba su firme adhesión a él, el amor por él, sobre todo en las obras de caridad.

Estos monjes, que tenían escuelas y hospitales, estaban al servicio de los pobres y de este modo mostraron la vida cristiana de una manera completa. El siervo de Dios Juan Pablo II, hablando del monaquismo, escribió: «muchos opinan que esa institución tan importante en toda la Iglesia como es la vida monástica quedó establecida, para todos los siglos, principalmente por san Basilio o que, al menos, la naturaleza de la misma no habría quedado tan propiamente definida sin su decisiva aportación» (carta apostólica «Patres Ecclesiae» 2).

Como obispo y pastor de su extendida diócesis, Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza el mal; se comprometió con los pobres y los marginados; intervino ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los potentes para defender el derecho de profesar la verdadera fe (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,48-51 in laudem Basilii»: PG 36,557c-561c). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (Cf. Basilio, Carta 94: PG 32,488bc), una especie de ciudad de la misericordia, que tomó su nombre «Basiliade» (Cf. Sozomeno, «Historia Eclesiástica». 6,34: PG 67,1397a). En ella hunden sus raíces las los modernos hospitales para la atención de los enfermos.

Consciente de que «la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» («Sacrosanctum Concilium» 10), Basilio, si bien se preocupaba por vivir la caridad, que es la característica de la fe, fue también un sabio «reformador litúrgico» (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,34 in laudem Basilii»: PG 36,541c). Nos dejó una gran oración eucarística [o anáfora] que toma su nombre y que ha dado un orden fundamental a la oración y a la salmodia: gracias a él, el pueblo amó y conoció los Salmos e iba a rezarlos incluso de noche (Cf. Basilio, «In Psalmum» 1,1-2: PG 29,212a-213c). De este modo, podemos ver cómo liturgia, adoración, oración están unidas a la caridad, se condicionan recíprocamente.

Con celo y valentía, Basilio supo oponerse a los herejes, quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre (Cf. Basilio, Carta 9,3: PG 32,272a; Carta 52,1-3: PG 32,392b-396a; «Adversus Eunomium» 1,20: PG 29,556c). Del mismo modo, contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, afirmó que también el Espíritu Santo es Dios y «tiene que ser colocado y glorificado junto al Padre y el Hijo» (Cf. «De Spiritu Sancto»: SC 17bis, 348). Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina.

En su amor por Cristo y su Evangelio, el gran capadocio se comprometió también por sanar las divisiones dentro de la Iglesia (Cf. Carta 70 y 243), tratando siempre de que todos se convirtieran a Cristo y a su Palabra (Cf. «De iudicio» 4: PG 31,660b-661a), fuerza unificadora, a la que todos los creyentes tienen que obedecer (Cf. ibídem 1-3: PG 31,653a-656c).

Concluyendo, Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia en el multiforme servicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en «apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y regla de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia, pastor de las ovejas de Cristo, médico piadoso, padre y nodriza, cooperador de Dios, agricultor d Dios, constructor del templo de Dios» (Cf. «Moralia» 80,11-20: PG 31,864b-868b).

Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra, tanto ayer como hoy, un programa que él mismo se comprometió generosamente por vivir.

En el año 379, Basilio, sin haber cumplido los cincuenta años, agotado por el cansancio y la ascesis, regresó a Dios, «con la esperanza de la vida eterna, a través de Jesucristo, nuestro Señor» («De Bautismo» 1, 2, 9). Fue un hombre que vivió verdaderamente con la mirada puesta en Cristo, un hombre del amor por el prójimo. Lleno de la esperanza y de la alegría de la fe, Basilio nos muestra cómo ser realmente cristianos.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit.

Vida De San Basilio
BASILIO nació en Cesarea, la capital de Capadocia, en el Asia Menor, a mediados del año 329. Por parte de padre y de madre, descendía de familias cristianas que habían sufrido persecuciones y, entre sus nueve hermanos, figuraron San Gregorio de Nicea, Santa Macrina la Joven y San Pedro de Sebaste. Su padre, San Basilio el Viejo, y su madre, Santa Emelia, poseían vastos terrenos y Basilio pasó su infancia en la casa de campo de su abuela, Santa Macrina, cuyo ejemplo y cuyas enseñanzas nunca olvidó. Inició su educación en Constantinopla y la completó en Atenas. Allá tuvo como compañeros de estudio a San Gregorio Nacianceno, que se convirtió en su amigo inseparable y a Juliano, que más tarde sería el emperador apóstata.
Basilio y Gregorio Nacianceno, los dos jóvenes capadocios, se asociaron con los más selectos talentos contemporáneos y, como lo dice éste último en sus escritos, “sólo conocíamos dos calles en la ciudad: la que conducía a la iglesia y la que nos llevaba a las escuelas”. Tan pronto como Basilio aprendió todo lo que sus maestros podían enseñarle, regresó a Cesárea. Ahí pasó algunos años en la enseñanza de la retórica y, cuando se hallaba en los umbrales de una brillantísima carrera, se sintió impulsado a abandonar el mundo, por consejos de su hermana mayor, Macrina. Esta, luego de haber colaborado activamente en la educación y establecimiento de sus hermanas y hermanos más pequeños, se había retirado con su madre, ya viuda, y otras mujeres, a una de las casas de la familia, en Annesi, sobre el río Iris, para llevar una vida comunitaria.
Fue entonces, al parecer, que Basilio recibió el bautismo y, desde aquel momento, tomó la determinación de servir a Dios dentro de la pobreza evangélica. Comenzó por visitar los principales monasterios de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia, con el propósito de observar y estudiar la vida religiosa. Al regreso de su extensa gira, se estableció en un paraje agreste y muy hermoso en la región del Ponto, separado de Annesi por el río Iris, y en aquel retiro solitario se entregó a la plegaria y al estudio. Con los discípulos, que no tardaron en agruparse en torno suyo, entre los cuales figuraba su hermano Pedro, formó el primer monasterio que hubo en el Asia Menor, organizó la existencia de los religiosos y enunció los principios que se conservaron a través de los siglos y hasta el presente gobiernan la vida de los monjes en la Iglesia de oriente. San Basilio practicó la vida monástica propiamente dicha durante cinco años solamente, pero en la historia del monaquismo cristiano tiene tanta importancia como el propio San Benito.
Lucha contra la herejía arriana
Por aquella época, la herejía arriana estaba en su apogeo y los emperadores herejes perseguían a los ortodoxos. En el año 363, se convenció a Basilio para que se ordenase diácono y sacerdote en Cesárea; pero inmediatamente, el arzobispo Eusebio tuvo celos de la influencia del santo y éste, para no crear discordias, volvió a retirarse calladamente al Ponto para ayudar en la fundación y dirección de nuevos monasterios. Sin embargo Cesárea lo necesitaba y lo reclamó. Dos años más tarde, San Gregorio Nacianceno, en nombre de la ortodoxia, sacó a Basilio de su retiro para que le ayudase en la defensa de la fe del clero y de las Iglesias. Se llevó a cabo una reconciliación entre Eusebio y Basilio; éste se quedó en Cesárea como el primer auxiliar del arzobispo; en realidad, era él quien gobernaba la Iglesia, pero empleaba su gran tacto para que se diera crédito a Eusebio por todo lo que él realizaba. Durante una época de sequía a la que siguió otra de hambre, Basilio echó mano de todos los bienes de todos los bienes que le había heredado su madre, los vendió y distribuyó el producto entre los más necesitados; mas no se detuvo ahí su caridad, puesto que también organizó un vasto sistema de ayuda, que comprendía a las cocinas ambulantes que él mismo, resguardado con un delantal de manta y cucharón en ristre, conducía por las calles de los barrios más apartados para distribuir alimentos a los pobres.
Obispo de Cesárea
El año de 370 murió Eusebio y, a pesar de la oposición que se puso de manifiesto en algunos poderosos círculos, Basilio fue elegido para ocupar la sede arzobispal vacante. El 14 de junio tomó posesión, para gran contento de San Atanasio y una contrariedad igualmente grande para Valente, el emperador arriano. El puesto era muy importante y, en el caso de Basilio, muy difícil y erizado de peligros, porque al mismo tiempo que obispo de Cesárea, era exarca del Ponto y metropolitano de cincuenta sufragáneos, muchos de los cuales se habían opuesto a su elección y mantuvieron su hostilidad, hasta que Basilio, a fuerza de paciencia y caridad, se conquistó su confianza y su apoyo.
Antes de cumplirse doce meses del nombramiento de Basilio, el emperador Valente llegó a Cesárea, tras de haber desarrollado en Bitrina y Galacia una implacable campaña de persecuciones. Por delante suyo envió al prefecto Modesto, con la misión de convencer a Basilio para que se sometiera o, por lo menos, accediera a tratar algún compromiso. Varios habían renegado por miedo, pero nuestro santo le respondió:
¿Qué me vas a poder quitar si no tengo ni casas ni bienes, pues todo lo repartí entre los pobres? ¿Acaso me vas a atormentar? Es tan débil mi salud que no resistiré un día de tormentos sin morir y no podrás seguir atormentándome. ¿Qué me vas a desterrar? A cualquier sitio a donde me destierres, allá estará Dios, y donde esté Dios, allí es mi patria, y allí me sentiré contento . . .
El gobernador respondió admirado: “Jamás nadie me había contestado así”. Y Basilio añadió: “Es que jamás te habías encontrado con un obispo”.
El emperador Valente se decidió en favor de exilarlo y se dispuso a firmar el edicto; pero en tres ocasiones sucesivas, la pluma de caña con que iba a hacerlo, se partió en el momento de comenzar a escribir. El emperador quedó sobrecogido de temor ante aquella extraordinaria manifestación, confesó que, muy a su pesar, admiraba la firme determinación de Basilio y, a fin de cuentas, resolvió que, en lo sucesivo, no volvería a intervenir en los asuntos eclesiásticos de Cesárea.
Pero apenas terminada esta desavenencia, el santo quedó envuelto en una nueva lucha, provocada por la división de Capadocia en dos provincias civiles y la consecuente reclamación de Antino, obispo de Tiana, para ocupar la sede metropolitana de la Nueva Capadocia. La disputa resultó desafortunada para San Basilio, no tanto por haberse visto obligado a ceder en la división de su arquidiócesis, como por haberse malquistado con su amigo San Gregorio Nacianceno, a quien Basilio insistía en consagrar obispo de Sasima, un miserable caserío que se hallaba situado sobre terrenos en disputa entre las dos Capadocias. Mientras el santo defendía así a la iglesia de Cesárea de los ataques contra su fe y su jurisdicción, no dejaba de mostrar su celo acostumbrado en el cumplimiento de sus deberes pastorales. Hasta en los días ordinarios predicaba, por la mañana y por la tarde, a asambleas tan numerosas, que él mismo las comparaba con el mar. Sus fieles adquirieron la costumbre de comulgar todos los domingos, miércoles, viernes y sábados. Entre las prácticas que Basilio había observado en sus viajes y que más tarde implantó en su sede, figuraban las reuniones en la iglesia antes del amanecer, para cantar los salmos. Para beneficio de los enfermos pobres, estableció un hospital fuera de los muros de Cesárea, tan grande y bien acondicionado, que San Gregorio Nacianceno lo describe como una ciudad nueva y con grandeza suficiente para ser reconocido como una de las maravillas del mundo. A ese centro de beneficencia llegó a conocérsela con el nombre de Basiliada, y sostuvo su fama durante mucho tiempo después de la muerte de su fundador. A pesar de sus enfermedades crónicas, con frecuencia realizaba visitas a lugares apartados de su residencia episcopal, hasta en remotos sectores de las montañas y, gracias a la constante vigilancia que ejercía sobre su clero y su insistencia en rechazar la ordenación de los candidatos que no fuesen enteramente dignos, hizo de su arquidiócesis un modelo del orden y la disciplina eclesiásticos.
No tuvo tanto éxito en los esfuerzos que realizó en favor de las iglesias que se encontraban fuera de su provincia. La muerte de San Atanasio dejó a Basilio como único paladín de la ortodoxia en el oriente, y éste luchó con ejemplar tenacidad para merecer ese título por medio de constantes esfuerzos para fortalecer y unificar a todos los católicos que, sofocados por la tiranía arriana y descompuestos por los cismas y la disensiones entre sí, parecían estar a punto de extinguirse. Pero las propuestas del santo fueron mal recibidas, y a sus desinteresados esfuerzos se respondió con malos entendimientos, malas interpretaciones y hasta acusaciones de ambición y de herejía. Incluso los llamados que hicieron él y sus amigos al Papa San Dámaso y a los obispos occidentales para que interviniesen en los asuntos del oriente y allanasen las dificultades, tropezaron con una casi absoluta indiferencia, debido, según parece, a que ya corrían en Roma las calumnias respecto a su buena fe. “¡Sin duda a causa de mis pecados, escribía San Basilio con un profundo desaliento, parece que estoy condenado al fracaso en todo cuanto emprendo!"”
Sin embargo, el alivio no había de tardar, desde un sector absolutamente inesperado. El 9 de agosto de 378, el emperador Valente recibió heridas mortales en la batalla de Adrianópolis y, con el ascenso al trono de su sobrino Graciano, se puso fin al ascendiente del arrianismo en el oriente. Cuando las noticias de estos cambios llegaron a oídos de San Basilio, éste se encontraba en su lecho de muerte, pero de todas maneras le proporcionaron un gran consuelo en sus últimos momentos. Murió el 1º de enero del año 379, a la edad de cuarenta y nueve años, agotado por la austeridad en que había vivido, el trabajo incansable y una penosa enfermedad. Toda Cesárea quedó enlutada y sus habitantes lo lloraron como a un padre y a un protector; los paganos, judíos y cristianos se unieron en el duelo.
San Gregorio Nacianceno, Arzobispo de Constantinopla, en el día del entierro: “Basilio santo, nació entre santos. Basilio pobre vivió pobre entre los pobres. Basilio hijo de mártires, sufrió como un mártir. Basilio predicó siempre con sus labios, y con sus buenos ejemplos y seguirá predicando siempre con sus escritos admirables”.
Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de Calcedonia le rindió homenaje con estas palabras: “El gran Basilio, el ministro de la gracia quien expuso la verdad al mundo entero indudablemente que fue uno de los más elocuentes oradores entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos le han colocado en lugar de privilegio entre sus doctores.
Se conserva una extensa colección de sus cartas:
En una de ellas nos cuenta que él pedía un cumplimiento estricto de la disciplina, lo mismo entre clérigos que entre laicos, y que cierto diácono, que no era malo, pero sí rebelde y un poco alocado y que solía presentarse en medio de un grupo de muchachas que cantaban himnos y bailaban, tuvo que vérselas con él; con igual determinación combatió la simonía en los puestos eclesiásticos y la admisión de personas indignas entre el clero; luchó contra la rapacidad y la opresión de los funcionarios y llegó a excomulgar a todos los complicados en la “trata de blancas”, una actividad muy difundida en Capadocia. Podía reconvenir con temible severidad, pero prefería las maneras suaves y gentiles; como un ejemplo, están sus cartas a una muchacha descarriada y a un clérigo colocado en un puesto de gran responsabilidad, que se estaba mezclando en política; muchos ladrones que solo aguardaban ser entregados a los jueces para sufrir un castigo terrible, fueron amparados por el santo y devueltos a sus casas en completa libertad, pero con una imborrable amonestación sobre sus conciencias. Pero tampoco se quedaba callado Basilio cuando eran los acaudalados y poderosos quienes quebrantaban sus deberes. “¡Os negáis a dar con el pretexto de que no tenéis lo suficiente para vuestras necesidades!”, exclamó en uno de sus sermones. “Pero en tanto que vuestra lengua os excusa, vuestra mano os acusa: ¡Cuántos deudores podrían ser rescatados de la prisión con uno de esos anillos! ¡Cuántas pobres gentes ateridas por el frío se cubrirían con uno solo de vuestros guardarropas! ¡Y sin embargo, vosotros dejáis ir a los pobres de vuestras puertas, con las manos vacías!” No era únicamente a los ricos a quienes imponía la obligación de dar. “¿Dices que tú eres pobre? Bien; pero siempre habrá otros más pobres que tú. Si tienes lo bastante para mantenerte vivo diez días, aquel hombre no tiene suficiente para vivir uno . . . No tengáis temor de dar lo poco que tengáis. No coloquéis nunca vuestros propios intereses antes que la necesidad común. Dad vuestro último mendrugo de pan al mendigo que os lo pide y confiad en la misericordia de Dios”.
San Basilio el Grande: ¡rogad por nosotros!
Bibliografía
Butler; Vida de los Santos.
Sálesman, P. Eliécer; Vidas de Santo #1
Sgarbosa, Mario y Luigi Giovannini; Un Santo Para Cada Día
 

Luis (Lojze) Grozde, Venerable

Mártir Laico, 1 enero
Luis (Lojze) Grozde, Venerable
Luis (Lojze) Grozde, Venerable

Laico Mártir

En Mirna, Eslovenia, venerable Lojze Grozde, laico miembro de la Acción Católica asesinado en Mirna por odio a la fe durante el régimen comunista. ( 1943)
Si alguien parecía no ser tallado para la santidad era el esloveno Lojze, quien al inicio de su vida tenía todos los puntos en contra para llegar a ser un muchacho de buen comportamiento y a quienes todos admirarían. Hijo ilegítimo, termina siendo criado por una tía, porque su madre decidió seguir su vida sin él. Fue marginado, para que no les recordara la vergüenza de la familia, careció totalmente del afecto familiar. Sintiéndose lastimado, se aísla, se rebela y se convierte en un verdadero salvaje. Indeseado por todos, él mismo se lamenta de no haber fallecido en un accidente. Su único consuelo es la soledad de los bosques.

Pero cuando va a la escuela por primera vez encuentra la liberación. Supera su complejo de inferioridad y se convierte en un excelente estudiante. Descubre la lectura, la que se convertirá en su pasión. Aunque parezca difícil, Lojse es piadoso.

Por último, la suerte llama a su puerta. Una benefactora permite que él siga sus estudios en un colegio de Liubliana, la capital. Es el año 1935, año del Congreso Eucarístico. Las celebraciones religiosas le impresionan, pero también experimenta el desprecio de sus compañeros que sólo ven en él a un pobre campesino desaliñado y pretencioso. Lojze reacciona violentamente a esta discriminación, pero también con el orgullo de ser el mejor alumno, gracias a su perseverancia y trabajo duro. No tiene amigos, ni en su pueblo ni en la ciudad, se refugia en el estudio, en la poesía (para la que tenía un verdadero talento) y el alcohol. ¡Tiene sólo quince años!

Sin embargo, no carece de cualidades. Tiene la predisposición de dar clases gratuitas a sus compañeros, motivándoles. Es piadoso, pero aún cede a las tentaciones de la vida fácil, perdiéndose por caminos moralmente reprobables.

Conversión
Es entonces, que llevado por unos amigos, ingresa a la Acción Católica. Poco a poco, empieza en él una lucha que lo llevará a una conversión radical. Establece su programa de oración, acepta responsabilidades, incluyendo el editar la revista del movimiento. Se da cuenta de que los estudios no son sólo un medio de promoción social sino también un instrumento de apostolado. Convertido en uno de los mejores líderes de la Acción Católica, predica, no sólo con palabras, sino sobre todo con el ejemplo. Su vida ha cambiado, en sus hábitos y virtudes de pureza, la dulzura, la humildad y la paciencia: es un verdadero apóstol, testigo de Cristo. Reza, comulga diariamente, participa en retiros espirituales. Enemigo de la mediocridad, su deseo es radical: ¡santo o nada! , estaba por seguir la vocación sacerdotal.

Persecución comunista
Entre tanto la situación política de Yugoslavia se altera. Tras el conflicto mundial de la Segunda Guerra Mundial viene el surgimiento del comunismo promovido por Tito y la posterior persecución a la fe católica. Los líderes de la Acción Católica y los sacerdotes son asesinados sólo porque se atrevieron a denunciar el peligro del marxismo. Lojze Grodze es consciente de que es un blanco fácil para la persecución. Confía en el sacrificio de su vida a Cristo. “No quiero ser un hombre mediocre. Una tarea tan bella y sublime como la que propone la Acción Católica, vale la pena que sea vivida a cualquier precio”.

En la Navidad, decide visitar a sus parientes en el pueblo. El 1 de enero de 1943 es detenido y acusado de propaganda contra el comunismo. A lo largo de la noche es torturado hasta la muerte, hacen desaparecer su cuerpo. El cadáver será encontrado recién el 23 de febrero. Preservado, el cuerpo rebela las huellas de su suplicio. Su fama de su santidad ha crecido desde entonces y es considerado como un verdadero mártir en Eslovenia.

La causa de su beatificación fue introducida en 1992. El sábado 27 de marzo de 2010, S.S. Benedicto XVI firmó el decreto referente al martirio del Venerable Lojze Grozde, ahora sólo faltaría se señale la fecha para su beatificación.

Valentín Paquay, Beato

Presbítero, 1 de enero
Valentín Paquay, Beato
Valentín Paquay, Beato

Presbítero de la Orden de los Frailes Menores
Incansable predicador y ministro de la reconciliación

Martirologio Romano: En la ciudad de Hasselt, cerca de Maastricht, en Bélgica, beato Valentín Paquay, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, el cual se distinguió por el admirable ejemplo de su caridad cristiana en la predicación, en el ministerio de la reconciliación y en fomentar la devoción al Rosario, y en su espíritu de humildad alcanzó una gran santidad (1905).

Etimológicamente: Valentín = Aquel que tiene buena salud y es vigoroso, es de origen latino.
Nació en Tongres, Bélgica, el 17 de noviembre de 1928, quinto de los once hijos de Enrique y Ana Neven, matrimonio profundamente religioso, ejemplo de honradez. En el bautismo recibió el nombre de Luis.

Después de realizar sus estudios de primaria, entró en el colegio que los Canónigos Regulares de San Agustín tenían en Tongres, para proseguir sus estudios literarios. En 1845 fue admitido en el seminario menor de Saint-Trond para los cursos de retórica y filosofía.

Después de la prematura muerte de su padre, acontecida en 1847, y con el consentimiento de su madre, entró en la orden de los Frailes Menores de la provincia belga, y el 3 de octubre de 1849 comenzó su noviciado en el convento de Thielt.

El 4 de octubre de 1850 emitió la profesión religiosa en manos del padre Hugolino Demont, guardián del convento, e inmediatamente después se dirigió a Beckheim para hacer los estudios teológicos, que concluyó en el convento de Saint-Trond.

Recibió la ordenación sacerdotal en Lieja el 10 de junio de 1854. Luego fue destinado por sus superiores a Hasselt, donde permaneció durante el resto de su vida, desempeñando, entre otros, los oficios de vicario y guardián. En 1890 y en 1899 fue elegido definidor provincial.

"A través de la guía de san Juan Berchmans, su maestro predilecto, el padre Valentín -escribe Agostino Gemelli- se injerta en la espiritualidad franciscana, enseñándonos la virtud de todos los momentos, la valoración de las cosas más insignificantes, bajo el aspecto de la más franca e inmediata humildad".

Fue incansable la obra del padre Valentín en el campo del apostolado. Predicó casi continuamente y, por su palabra sencilla y persuasiva, fue muy estimado, especialmente en los ambientes populares y en las organizaciones religiosas. Ejercía continuamente el ministerio del sacramento de la penitencia, emulando al santo cura de Ars, con el que a veces ha sido comparado. A menudo manifestó poseer el don de penetrar de modo extraordinario en la conciencia de los penitentes, que acudían a él incluso desde lejos.

Cultivó una profunda devoción a la santísima Eucaristía y, con su apostolado de medio siglo en favor de la comunión frecuente, fue precursor activo del famoso decreto del Papa san Pío X.

Devoto del Sagrado Corazón de Jesús, cuyas excelsas perfecciones no cesaba de meditar y ensalzar, difundió su culto, especialmente entre las religiosas de la Hermandad de la Orden franciscana seglar de Hasselt, que dirigió durante veintiséis años. Siempre mantuvo vivo el recuerdo de la pasión de Jesús, practicando diariamente el piadoso ejercicio del vía crucis.

También fue muy devoto de la Virgen María, a la que veneró, ya desde su adolescencia, en la iglesia parroquial de Tongres bajo el título de Causa de nuestra alegría, y en el santuario de Hasselt bajo el título de Vara de Jesé, pero, como franciscano, prefería sobre todos los títulos de María el de Inmaculada Concepción. A pesar de su enfermedad, quiso celebrar con gran júbilo el quincuagésimo aniversario de la proclamación de ese dogma, que coincidía con su jubileo de ordenación sacerdotal.

Murió en Hasselt el 1 de enero de 1905 a la edad de setenta y siete años.

Fue beatificado el 9 de noviembre de 2003

Telémaco, Santo

Mártir, 1 de enero

Enero 1
Mártir


Etimológicamente significa “el que combate de lejos”. Viene de la lengua griega.

Estamos ante un mártir del siglo IV. Su nombre te suena a raro y, sin embargo, este joven sigue tan actual que últimamente le han dedicado una calle en Roma.

Hizo una gran aportación a la humanidad y a la misma Iglesia. Gracias a su arrojo y valentía en decir las cosas claras a tiempo y a destiempo, consiguió algo que nadie esperaba por la dificultad que entrañaba.

Sí, a este joven le corresponde el inmenso honor de haber abolido o acabado con los cruentos y sanguinarios espectáculos que se celebraban en Roma y, no solamente de la capital, sino en todo el Imperio.

El cristianismo iba creciendo rápidamente y ya se habían acabado las estúpidas persecuciones contra los cristianos por el sólo hecho de creer en Jesús de Nazaret.

El paganismo iba cediendo terreno a la doctrina y vida de los cristianos por ser más coherentes y mucho más lanzados que los seguidores de ídolos falsos.

La gente, una gran parte de la misma, recibió de mal agrado la supresión de los espectáculos en el Anfiteatro, su único lugar de diversión.
Telémaco era un asceta oriental que vivía feliz en su soledad del desierto. Pero estaba pronto en aceptar la voluntad de Dios en aquello que hiciera falta.

Y he aquí que cuando menos se lo esperaba, sintió unos deseos internos muy profundos de irse a Roma con el fin de acabar con estos crímenes espectaculares y que todavía permitía la ley.

Un día – como los aficionados a los toros que se tiran al redondel – se lanzó al ruedo del anfiteatro para separar a quienes se debatían entre la vida y la muerte. Lo consiguió, pero la gente en masa se lanzó sobre él hasta que le dio muerte.

El emperador Honorio, a raíz de esta última víctima, envió un decreto a todo el imperio prohibiendo para siempre estos espectáculos. En nombre de esta santo se terminaron los suplicios de mal gusto.

¡Felicidades a quienes lleven este nombre!
“La educación consiste en enseñar a los hombres no lo que deben pensar sino a pensar” (Coolidge)

Fulgencio de Ruspe, Santo


Obispo, Enero 1

Fulgencio de Ruspe, Santo
Fulgencio de Ruspe, Santo

Obispo

Martirologio Romano: En Ruspe, ciudad de Bizacena (hoy Túnez), san Fulgencio, obispo, que después de haber sido procurador de Bizacena, abrazó la vida monástica y, constituido obispo, durante la persecución por los vándalos sufrió mucho a causa de los arrianos y fue exiliado a Cerdeña por el rey Trasamundo. De regreso a Ruspe, dedicó el resto de su vida a alimentar a sus fieles con palabras de gracia y de verdad (c. 632).

Etimología: Fulgencio = Aquel que brilla o resplandece, es de origen latino.

A comienzos del siglo VI, Ruspe, pequeña ciudad de la provincia romana bizantina, había quedado sin obispo, como otras ciudades africanas, porque el rey visigodo Trasamundo, celoso arriano, había prohibido la elección de nuevos obispos católicos. Pero, al fin, los obispos de la región bizantina resolvieron no acatar la injusta disposición. Entre los candidatos estaba también Fulgencio, un hombre de gran cultura teológica y humanística, que al amor del estudio unía la práctica de la ascética cristiana. Había nacido en el 467 de una familia romana que se había establecido en Cartago, y se había demostrado buen administrador del rico patrimonio paterno y buen procurador de los impuestos de la provincia.

Después de haber leído el Comentario de San Agustín al salmo 36, orientó decididamente su vida hacia la austeridad y hacia la búsqueda de la soledad. Inclusivo trató de unirse a los monjes egipcios, pero la nave que lo llevaba tuvo que detenerse en Siracusa. Ordenado sacerdote, poco después le llegó la noticia de que estaba en la lista de los candidatos al episcopado.

Era demasiado. Fulgencio fue y se escondió en un lugar apartado, hasta que supo que todos los nuevos obispos habían sido ya consagrados. Cuando reapareció, quedaba todavía una sede vacante, la de la pequeña ciudad de Ruspe, y los obispos se apresuraron a consagrar al recalcitrante monje, en el momento preciso para que fuera enviado al destierro a Cerdeña por el furiosísimo rey Trasamundo, que desterró junto con Fulgencio a otros 59 obispos católicos.

En Cagliari, Fulgencio pudo desarrollar una intensa actividad religiosa. El mismo Trasamundo, que se las daba de teólogo, le escribió proponiéndole algunas difíciles cuestiones y ofreciendo así a Fulgencio la ocasión para escribir algunos tratados teológicos que llegarían a ser muy famosos.

Muerto Trasamundo en el 523, los obispos desterrados pudieron regresar a sus sedes. Durante nueve años Fulgencio gobernó su pequeña diócesis de Ruspe según el estilo monástico. En efecto, cerca de la iglesia catedral había fundado un nuevo monasterio, en donde él mismo vivía pobremente, dedicando gran parte de su tiempo a la oración coral y a la composición de obras doctrinales y pastorales. Padre y pastor de su rebaño, daba a los pobres todo lo que recibía. Tenía una grande aptitud para la predicación. Se cuenta que el obispo de Cartago, al escuchar un sermón suyo en la basílica de Furnos, lloró de conmoción. San Fulgencio murió en Ruspe el l de enero del 532, a los sesenta años de edad, rodeado por sus sacerdotes y después de haber distribuido a los pobres sus últimos haberes.

San Fulgencio de Ruspe, obispo y confesor
fecha: 1 de enero
n.: 467 - †: 532 - país:África Septentrional
canonización:pre-congregación
En Ruspe, ciudad de Bizacena, san Fulgencio, obispo, quien, después de haber sido procurador de ese lugar, abrazó la vida monástica y fue constituido obispo. En la persecución desencadenada por los vándalos, sufrió mucho a causa de los arrianos y, exiliado a Cerdeña por el rey Trasamundo, pudo al fin regresar a Ruspe, donde dedicó el resto de su vida a alimentar a sus fieles con palabras de gracia y de verdad.
refieren a este santo: San Aurelio de Cartago

Fabio Claudio Gordiano Fulgencio descendía de una noble familia senatorial de Cartago. Nació el año 468, treinta años después de que los vándalos hubieran desmembrado a África del Imperio Romano. Su madre, Mariana, que había quedado viuda desde joven, se ocupó de la educación de Fulgencio y de su hermano. Bajo su dirección, Fulgencio aprendió el griego siendo todavía niño, y llegó a hablarlo tan perfectamente como su propia lengua. También se consagró al estudio del latín. Sin embargo, sabía combinar los estudios con los negocios, ya que tomó por su cuenta la administración de los bienes familiares para evitar a su madre ese trabajo. Todos le respetaban por su prudencia, su conducta ejemplar, su carácter amable y sobre todo por la gran deferencia con la que trataba a su madre. Fue elegido procurador, es decir vicegobernador y receptor general de impuestos de Byzacena. Pero la vida mundana le fatigó muy pronto y, justamente alarmado ante sus peligros, Fulgencio se armó contra ellos con la lectura espiritual, la oración, el ayuno riguroso y las frecuentes visitas a los monasterios. Todo esto y la lectura de un sermón de san Agustín sobre el Salmo treinta y seis, en el que el santo doctor habla del mundo y de la corta duración de la existencia humana, hicieron brotar en él un ardiente deseo de abrazar la vida religiosa.

Hunerico, rey arriano, había expulsado de sus diócesis a la mayoría de los obispos ortodoxos. Uno de ellos, llamado Fausto, había fundado un monasterio en Byzacena. A él se dirigió el noble joven en busca de consejo; pero Fausto, observando su débil constitución, le desaconsejó la vida religiosa con palabras bastante duras: «Primero aprende a vivir en el mundo sin entregarte a sus placeres. ¿Crees acaso que es tan fácil el paso de una vida cómoda como la tuya, a una vida de severo ayuno y pobre vestido como la nuestra? ¿Cómo podrías acostumbrarte a nuestras vigilias y penitencias?» Fulgencio replicó modestamente: «Aquél que me ha llamado a servirle me dará también el valor y la fuerza necesarios». Esta respuesta humilde y decidida movió a Fausto a admitirle a prueba. El santo contaba entonces veintidós años. La noticia de un suceso tan inesperado sorprendió y edificó a todo el país. Pero Mariana, su madre, acudió prestamente a las puertas del monasterio, gritando: «Fausto, devuélveme a mi hijo y a la ciudad su gobernador. La iglesia protege a las viudas; ¿cómo te atreves, pues, a robarme a mi hijo, siendo yo una viuda sin consuelo?» Todos los argumentos de Fausto no bastaron para calmarla. Naturalmente, esto fue una prueba durísima para Fulgencio, pero Fausto aprobó su vocación y le recomendó a los monjes. Como la persecución se recrudeciera, Fausto tuvo que retirarse a otra ciudad; nuestro santo se presentó, pues, a un monasterio vecino, cuyo abad le propuso inmediatamente la dirección del convento. Tal proposición sorprendió a Fulgencio, pero finalmente quedó convenido que ambos ejercerían conjuntamente las funciones de superior. La armonía con la que los dos abades gobernaron el monasterio durante seis años, fue admirable; jamás surgió dificultad alguna entre ellos y cada uno trataba de acomodarse a la voluntad del otro. En tanto que Félix se ocupaba de la dirección de los asuntos temporales, Fulgencio se encargaba de la predicación y la instrucción.

El año 499, una violenta irrupción de las tribus de Numidia obligó a los dos abades a buscar refugio en Sicca Veneria, ciudad de la provincia proconsular de África. Allí un sacerdote arriano les hizo arrestar y flagelar, porque predicaban la consustancialidad del Hijo de Dios. Al ver que los verdugos se ocupaban primero de Fulgencio, Félix gritó: «Dejad en paz a este pobre hermano mío, que es demasiado delicado para soportar vuestras brutalidades, y ocupaos de mí que soy fuerte». Los verdugos, al oír esto, se arrojaron sobre Félix, quien soportó la tortura con extraordinario valor. Cuando llegó su turno, Fulgencio sufrió con paciencia la flagelación; pero, sintiendo que la pena se hacía insoportable, para ganar un momento de respiro indicó al juez que tenía una declaración que hacer. El juez dio a los verdugos la orden de interrumpir la tortura, y Fulgencio empezó a narrar sus viajes de un modo fascinante. El cruel y fanático juez, que esperaba una abdicación de la fe y no un relato de viajes, ordenó que recomenzara la tortura. Finalmente los dos confesores de la fe fueron puestos en libertad, con los vestidos desgarrados, el cuerpo destrozado y la cabeza rapada, de suerte que los mismos arrianos se avergonzaron de tal crueldad y su obispo prometió castigar al sacerdote que les había entregado a la tortura, a condición de que Fulgencio se encargara de actuar como acusador en el juicio. Fulgencio respondió que el cristiano no tiene derecho a tratar de vengarse y que hay una bienaventuranza relativa al perdón de las injurias.

Fulgencio se embarcó con rumbo a Alejandría, a donde le llevaba el deseo de visitar a los ascetas del desierto de Egipto, famosos por la santidad y aspereza de sus vidas; pero en Sicilia, Eulalio, abad de Siracusa, disuadió a Fulgencio de continuar su viaje, asegurándole que «una odiosa disensión había apartado a Egipto de la comunión de Pedro», es decir, que los herejes pululaban en Egipto y que vivir allí era enfrentar la alternativa de unirse en comunión con ellos o privarse de los sacramentos. Renunciando, pues, a su proyecto de visitar Alejandría, Fulgencio se embarcó para Roma, a donde quería ir a orar en la tumba de los apóstoles. Un día vio a Teodorico, rey de Italia, sentado en el trono y rodeado del senado y la corte. «¡Ah -exclamó Fulgencio- cuan bella debe ser la Jerusalén celestial, si la Roma terrenal es tan hermosa, y qué gloria debe Dios dar a sus santos en el cielo, si viste con tal esplendor a los amadores de la vanidad!» Este acontecimiento tuvo lugar en la segunda mitad del año 500, en el momento de la primera entrada del rey en Roma. Fulgencio volvió a su patria poco después y construyó un espacioso monasterio en Byzacena, pero él mismo se retiró a una celda en las proximidades del mar. Fausto, su obispo, le obligó a reasumir el gobierno del monasterio. Al mismo tiempo, muchas ciudades le deseaban como obispo, porque había múltiples sedes vacantes a consecuencia del edicto por el que el rey Tarasimundo había prohibido la consagración de obispos ortodoxos. Una de dichas sedes vacantes era la de Ruspe, la actual población de Kudiat Rosfa en Túnez. Fulgencio fue arrancado de su retiro y consagrado obispo en el 508.

Su nueva dignidad no modificó su estilo de vida. Jamás revistió el orarium -especie de estola que usaban entonces los obispos-, ni dejó su áspera túnica, que le cubría lo mismo en invierno que en verano. Algunas veces iba descalzo; nunca se desnudaba para dormir, y jamás faltó al oficio de medianoche. Sólo cuando estaba enfermo, aceptaba un poco de vino en el agua que bebía y nunca pudieron persuadirle a comer un poco de carne. Su modestia, bondad y humildad le ganaban el afecto de todos, aun del ambicioso diácono Félix, que se había opuesto a su elección y a quien el santo trató con cordial caridad. Su amor a la soledad le movió a construir un monasterio en las proximidades de su casa, en Ruspe; pero antes de que pudiera terminarlo, el rey Trasimundo le desterró a Cerdeña, junto con otros sesenta obispos ortodoxos. Aunque era el más joven de los desterrados, Fulgencio hablaba y escribía por ellos en todas las ocasiones difíciles. El caritativo papa san Símaco enviaba cada año dinero y vestidos a estos campeones de la fe. Se conserva todavía una carta de san Símaco en la que les consuela y reconforta. Por la misma época, les envió también unas reliquias de los santos Nazario y Romano, «para que el ejemplo y protección de estos generosos soldados de Cristo animen a los confesores a pelear valientemente las batallas del Señor».


Con otros compañeros, san Fulgencio transformó en Cagliari una casa en monasterio. El sitio se convirtió inmediatamente en un refugio para todos los afligidos y necesitados de consejo. En dicho retiro, el santo compuso numerosos tratados para la instrucción de los fieles de África. Al enterarse el rey Trasimundo de que Fulgencio era el principal apoyo y abogado de la comunidad, le mandó llamar y le expuso sus objeciones contra la fe; el santo respondió a ellas, según parece, en su libro titulado «Respuesta a Diez Objeciones». El rey admiró su humildad y su ciencia, y la causa de la fe salió triunfante gracias a las respuestas de Fulgencio. Para evitar que el éxito se repitiera, el rey le exigió que no divulgara las respuestas a sus nuevas objeciones, pero Fulgencio se negó a responder, si no se le autorizaba a conservar una copia. Escribió, pues, al rey una amplia y modesta refutación del arrianismo, que ha llegado hasta nosotros con el título de «Tres Libros al Rey Trasimundo». La obra resultó del gusto del rey, quien dio a Fulgencio permiso de residir en Cartago; pero las repetidas quejas de los obispos arrianos sobre el éxito de la predicación de Fulgencio, lograron finalmente que fuera desterrado de nuevo a Cerdeña en el 520. Como un cristiano llorara al ver que Fulgencio se embarcaba, éste le dijo: «No llores, pues muy pronto estaré de vuelta y gozando de plena libertad; entonces verás con tus propios ojos el reflorecimiento de la fe en el reino. Pero no divulgues este secreto». Los acontecimientos confirmaron la verdad de esta predicción. La humildad de Fulgencio le hacía guardar en secreto los milagros que obraba, y a él se atribuyen las siguientes palabras: «Un hombre puede poseer el don de hacer milagros y sin embargo perder su alma. Los milagros no garantizan la salvación. Cierto que atraen la estima y el aplauso; pero, ¿de qué sirve ser estimado y aplaudido en este mundo y ser condenado al infierno en el otro?» De vuelta a Cagliari, Fulgencio erigió otro monasterio en las cercanías de la ciudad, y socorrió solícitamente a los monjes, especialmente durante sus enfermedades; pero no podía sufrir que los monjes pidieran nada, pues, según decía él: «Hemos de recibirlo todo de la mano de Dios, con conformidad y gratitud».

Trasimundo murió en el 523, después de haber nombrado a Hilderico como sucesor. Los cristianos ortodoxos de África hicieron volver del destierro a sus pastores. La nave que les llevó a Cartago fue recibida con grandes demostraciones de gozo, que llegaron al paroxismo cuando Fulgencio apareció sobre la cubierta. Los confesores se dirigieron a la iglesia de San Agileo para dar gracias a Dios. Como se desatara una súbita tempestad, el pueblo, para mostrar su singular veneración por Fulgencio, improvisó rápidamente, con sus propias vestiduras, una especie de toldo para protegerle de la lluvia. El santo se apresuró a ir a Ruspe, donde empezó desde luego a corregir los abusos que se habían instalado durante los setenta años de persecución; pero realizó con tanto tacto esta reforma, que acabó por ganarse aun a los más obstinados. San Fulgencio poseía un extraordinario don oratorio; Bonifacio, obispo de Cartago, no podía oírle hablar sin que las lágrimas se le vinieran a los ojos y su corazón se sintiera lleno de gratitud hacia Dios, por haber dado a su Iglesia un pastor tan excelente.

Más o menos un año antes de su muerte, Fulgencio se retiró a un monasterio de la pequeña isla de Circinia a fin de prepararse para el paso a la eternidad. Sin embargo, las ardientes súplicas de su grey le obligaron a volver a Ruspe poco antes del fin. Soportó con admirable paciencia los sufrimientos de su última enfermedad; sus labios repetían constantemente esta oración: «Señor, dame paciencia ahora y después misericordia y perdón». Como los médicos le aconsejaran una cura de baños, Fulgencio respondió: «¿Acaso una cura de baños puede evitar la muerte cuando la vida ha llegado a su término?» Fulgencio convocó a su clero y a los monjes, que lloraban a porfía y les pidió perdón por cualquier ofensa que pudiera haberles hecho; igualmente les consoló, les dio sus últimos consejos y expiró apaciblemente a los sesenta y seis años de edad, el primero de enero, fecha en que aparece su conmemoración en la mayoría de los calendarios. Algunas iglesias celebran su fiesta el 16 de mayo, que corresponde probablemente a la fecha en que sus reliquias fueron trasladadas, en el 714 aproximadamente, a Bourges de Francia, donde fueron destruidas durante la Revolución. Era tal la veneración que el pueblo le profesaba, que fue enterrado en la iglesia, contrariamente a la ley y a las costumbres de la época, como lo hace notar su biógrafo. San Fulgencio había escogido por modelo a San Agustín; como verdadero discípulo suyo, siguió fielmente su conducta, reprodujo su espíritu y expuso su doctrina.

Existe una verídica biografía de nuestro santo, escrita por uno de sus contemporáneos que, según opinan muchos, era también su discípulo: Fulgencio Ferrando. Se la encuentra en el Acta Sanctorum, 1 de enero, así como en otras publicaciones. Ver la importante obra de G. G. Lapeyre, St. Fulgence de Ruspe (1929), que incluye la «Vita» en volumen aparte. La Patrología de Quasten-Di Berardino, BAC, 2000, tomo IV, pág. 28ss, dedica un artículo a su vida y doctrina.