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viernes, 10 de enero de 2014

El Santo Cura de Ars





Importantes fechas de la vida del Cura de Ars
La vida y el ministerio de Juan María Vianney en algunas fechas…
 
 - el 8 de mayo de 1786: Juan María Vianney nace en Dardilly, cerca de Lyon. Es el cuarto de seis hijos, y vivirá la infancia en la granja del padre, durante la atormentada época de la Revolución francesa.
- 1806: habiendo manifestado el deseo de hacerse sacerdote, Juan María Vianney empieza su formación con el Abad Balley, en el presbiterio de Ecully.
- el 23 de junio de 1815: después de una formación larga y a menudo difícil, es ordenado diácono en Lyon.
- el 13 de agosto de 1815: es ordenado sacerdote en Grenoble por Mons. Simon. Es llamado entonces como vicario por el Abad Balley en Ecully.
- el 13 de febrero de 1818: llega a Ars como asistente de la iglesia.
- 1821: Ars recibe el estatuto de parroquia y Juan María Vianney es nombrado párroco.
- A partir del 1822, emprende los trabajos de restauración y decoración de la iglesia, tarea que llevará adelante hasta su muerte.
- 1823: es restablecida la diócesis de Belley, de la cual depende la parroquia de Ars.
- 1824: abre la Casa de la Providencia con el objetivo de abrir una escuela gratuita para las jóvenes; se convertirá más tarde en un orfanato.
- Hacia el 1830: principio de la afluencia de los peregrinos y de los penitentes a Ars. Continuarán a ser cada vez más numerosos hasta su muerte. El Cura de Ars no podrá más dejar, en práctica, su parroquia; se ocupará exclusivamente de los parroquianos y de los peregrinos.
- 1843: grave enfermedad del Santo Cura, que precede la primera “fuga” de Ars. Realizará otros tres intentos de fuga, puesto de frente a la amplitud de su responsabilidad de Párroco y conciente de sus debilidades.
- En 1849, funda la escuela masculina, y la confía a los Hermanos de la Sagrada Familia de Belley.
- A partir del 1853, un equipo de misioneros diocesanos va a ayudar al Santo Cura, “prisionero” del confesionario y asediado por los peregrinos.
- 1858: ese año se cuentan unos 100.000 peregrinos en Ars. El Cura de Ars pasa hasta 17 horas al día en el confesionario.
- el 4 de agosto de 1859: el Cura de Ars muere agotado, aproximadamente a las dos de la mañana, en su presbiterio.
- el 8 de enero de 1905: beatificación por obra del Papa Pío X; es declarado “patrón de los sacerdotes de Francia.”
- el 31 de mayo de 1925: canonización por obra del Papa Pío XI.
- 1929: es declarado “patrón de todos los párrocos del universo” por el Papa Pío XI.
- el 6 de octubre de 1986: el Papa Juan Pablo II hace una peregrinación a Ars.
 
Hombre de oración
Largos momentos transcurridos delante del tabernáculo, una verdadera intimidad con Dios, un abandono total a su voluntad, un rostro transfigurado…todos elementos que impresionaban a los que lo encontraban y dejaban percibir la profundidad de su vida de oración y de su unión con Dios. Para no hablar de su gran alegría y de su verdadera amistad con Dios: “Os amo, oh mi Dios y mi sólo deseo es de amaros hasta el último respiro de mi vida.” Una amistad que sobrentiende una reciprocidad como dos trozos de cera, precisaba J. M. Vianney, que, una vez fundidos, ya no pueden ser separados ni identificados; así sucede a nuestra alma con Dios cuando rezamos…
 
El corazón pulsante: la Eucaristía celebrada y adorada
“¡Él está allí!” exclamaba el Santo Cura mirando el tabernáculo. Hombre de la  Eucaristía, celebrada y adorada: “No hay nada más grande que la Eucaristía”, exclamaba. Quizás lo que más le impresionaba era constatar que su Dios estaba allí, presente para nosotros en el tabernáculo: “¡Él nos espera!.” La toma de conciencia de la presencia real de Dios en el Santo Sacramento fue quizás una de sus más grandes gracias y una de sus más grandes alegrías. Dar Dios a los hombres y los hombres a Dios: el sacrificio eucarístico se convierte muy pronto en el corazón de sus días y de su pastoral.
 
Obsesionado por la salvación de los hombres
Es quizás lo que resume mejor cuanto ha sido el Santo Cura durante sus 41 años de presencia en Ars. Obsesionado por la propia salvación y por aquella de los demás, especialmente de los que venían a él o que le habían sido confiados. Como Párroco, tendrá que “rendir cuenta” a Dios, decía. Para que cada uno pudiera apreciar la alegría de conocer a Dios y de amarlo, de saber que Él nos ama… así se afanó sin detenerse J. M. Vianney.
 
Mártir del confesionario
A partir del 1830, millares de personas vendrán a Ars para confesarse con él y más de 100.000 en el último año de su vida… Hasta 17 horas al día, clavado en su confesionario para reconciliar a los hombres con Dios y entre ellos, el Cura de Ars es un verdadero mártir del confesionario, subrayaba Juan Pablo II. Conquistado por el amor de Dios, admirado delante de la vocación del hombre, medía la locura que implicaba el querer separarse de Dios. Quería que cada uno estuviera libre de poder gustar del amor de Dios.
 
Al corazón de su parroquia, un hombre auténticamente social
“No se sabe cuánto hizo el Santo Cura en el social”, refiere  uno de sus biógrafos. Viendo en cada uno de sus hermanos la presencia del Señor, no se dio paz en socorrerlos, ayudarlos, aliviar sus sufrimientos o sus heridas, crear las condiciones para que cada uno se sintiera libre y realizado. Orfanato, escuelas, el cuidado de los más pobres y de los enfermos, incansable constructor… nada le escapa. Acompaña a las familias y se esfuerza de protegerlas de todo lo que puede destruirlas (alcohol, violencia, egoísmo…). En su pueblo, trata de considerar al hombre en todas sus dimensiones (humana, espiritual, social).
 
Patrón de todos los párrocos del universo
Beatificado en el 1904, será declarado el mismo año, el 12 de abril, patrón de los sacerdotes de Francia por San Pío X. En el 1929, cuatro años después de su canonización, el Papa Pío XI lo declarará “patrón de todos los párrocos del universo.” El Papa Juan Pablo II confirmará esta idea recordando en tres ocasiones que “el Cura de Ars permanece para todos los países un modelo sin igual de la realización del ministerio y al mismo tiempo de la santidad del ministro.” “¡Oh, de verdad el sacerdote es algo grande!”, exclamaba Juan María Vianney, porque puede dar Dios a los hombres y los hombres a Dios; es el testigo de la ternura del Padre hacia cada uno y el artífice de la salvación.
El Cura de Ars, un gran hermano en el sacerdocio, al que cada sacerdote del mundo puede venir a confiar su ministerio o su vida sacerdotal.
 
Una llamada universal a la santidad
“Te enseñaré el camino del Cielo”, había contestado al pastorcito que le indicaba el camino hacia Ars, es decir, te ayudaré a que seas santo. “¡Dónde pasan los santos, Dios pasa con ellos!” afirmará más tarde. Al fin, invitaba a  cada uno a dejarse santificar por Dios, a buscar a través de todos los medios esta unión con Dios, aquí abajo y para la eternidad.
 
 
Vida del Santo Cura - Principales biografías sobre el Cura de Ars
 
Vida del Santo Cura
Nacido el 8 de mayo de 1786 en Dardilly, cerca de Lyon, en una familia de agricultores, Juan María Vianney conoce una infancia marcada por el fervor y el amor de sus padres. El contexto de la Revolución francesa ejercerá una fuerte influencia en su juventud: hará su primera confesión a los pies del gran reloj, en el salón de la casa natal, y no en la iglesia del pueblo, y recibirá la absolución por un sacerdote clandestino.
 
Dos años más tarde, hace su primera comunión en un henil, durante una Misa clandestina celebrada por un sacerdote rebelde. A 17 años, decide responder a la llamada de Dios: “Quisiera ganar almas al Buen Dios”, le dirá a su madre, Marie Béluze. Su padre, en cambio, se opone por dos años a este proyecto, porque hacen falta brazos en la casa paterna.
 
A 20 años empieza a prepararse para el sacerdocio con el abad Balley, Párroco de Ecully. Las dificultades lo harán crecer: pasa rápidamente del desaliento a la esperanza, va en peregrinación a Louvesc, al sepulcro de San Francisco Regis. Es obligado a desertar cuando es llamado para entrar en el ejército e ir a combatir durante la guerra en España. El abad Balley, en cambio, sabrá ayudarlo durante estos años caracterizados por muchas pruebas. Ordenado sacerdote en 1815, en un primer tiempo es vicario en Ecully.
 
En el 1818, es enviado a Ars. Allí, despierta la fe de sus parroquianos con sus sermones, pero sobre todo con su oración y su estilo de vida. Se siente pobre delante a la misión que debe cumplir, pero se abandona a la misericordia de Dios. Restaura y adorna la iglesia, funda un orfanato que le da el nombre de “Providencia” y se ocupa de los más pobres.
 
Muy rápidamente, su reputación de confesor atrae numerosos peregrinos que a través de él buscan el perdón de Dios y la paz en el corazón. Atacado por muchas pruebas y luchas interiores, mantiene su corazón bien arraigado en el amor de Dios y a los hermanos; su única preocupación es la salvación de las almas. Sus lecciones de catecismo y sus homilías hablan sobre todo de la bondad y de la misericordia de Dios. Sacerdote que se consuma de amor delante del Santo Sacramento, todo donado a Dios, a sus parroquianos y a los peregrinos, muere el 4 de agosto de 1859, luego de haberse entregado hasta el extremo del Amor. Su pobreza no era finjida. Sabía que un día habría muerto como “prisionero del confesionario”. Tres veces intenta huir de su parroquia, creyéndose indigno de la misión de Párroco, y creyendo ser más bien una pantalla a la bondad de Dios que un vector de su Amor. La última vez, fue unos seis años antes de su muerte. Fue recuperado por sus parroquianos, que habían hecho sonar en plena noche la campana a martillo. Enseguida fue a su iglesia y se puso a confesar hasta la una de la mañana. Dirá el día siguiente: “me he comportado como un niño.” En ocasión de sus exequias, la muchedumbre contaba con más de mil personas, entre ellos el obispo y todos los sacerdotes de la diócesis, que vinieron a abrazar a quien ya era su modelo.
 
Beatificado el 8 de enero de 1905, el mismo año ha sido declarado “patrón de los sacerdotes de Francia.” Canonizado en el 1925 por Pío XI, el mismo año de Santa Teresa del Niño Jesús, será proclamada en el 1929 “patrón de todos los párrocos del universo.” El Papa Juan Pablo II ha venido a Ars en el 1986.
Hoy Ars acoge cada año a 450.000 peregrinos y el Santuario propone diferentes actividades. En el 1986 ha sido abierto un seminario para formar los futuros sacerdotes según la escuela de “Monsieur Vianney.” ¡En efecto, dónde pasan los santos, Dios pasa con ellos!
 
Algunos extractos de palabras del Santo Cura…
 
Con sus palabras, Juan María Vianney supo tocar los corazones y conducirlos hacia Dios
 
 
Misericordia y sacramento del perdón
¡Si comprendiéramos bien lo que significa ser un hijo de Dios, no podríamos hacer el mal (…) ser hijos de Dios, oh la bella dignidad!
 
La misericordia de Dios es como un arroyo desbordado. Arrastra los corazones cuando pasa.
 
No es el pecador que vuelve a Dios para pedirle perdón, es Dios que corre detrás del pecador y lo hace volver a Él.
 
Demos entonces esta alegría a este Padre bueno: volvemos a Él … y seremos felices.
 
El buen Dios siempre está dispuesto a recibirnos. ¡Su paciencia nos espera!
 
Hay quienes se dirigen al Eterno Padre con un corazón duro. ¡Oh, cómo se equivocan! El Eterno Padre, para desarmar su justicia, ha dado a su Hijo un corazón excesivamente bueno: no se da que no se tiene…
 
Hay quienes dicen: “hice demasiado mal, el Buen Dios no puede perdonarme.” Se trata de una gran blasfemia. Equivale a poner un límite a la misericordia de Dios, que no tiene: es infinita.
 
Nuestros errores son granos de arena al lado de la grande montaña de la misericordia de Dios.
 
Cuando el sacerdote da la absolución, es necesario pensar sólo en una cosa: que la sangre del buen Dios se derrama sobre nuestra alma para lavarla, purificarla y hacerla bella cuanto lo era después del bautismo.
 
El buen Dios, al momento de la absolución, tira detrás de sus espaldas nuestros pecados, es decir se olvida, los cancela: no reaparecerán jamás.
 
No se hablará nunca más de los pecados perdonados. ¡Han sido cancelados, no existen más!
 
 
 
La Eucaristía y la comunión
 
Todas las buenas obras juntas no equivalen al sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios.
 
No hay nada más grande que la Eucaristía.
 
¡Oh mi hijos!, ¿qué hace Nuestro Señor en el Sacramento de su amor? Ha tomado su corazón bueno para amarnos, y extrae de este corazón una transpiración de ternura y de misericordia para ahogar los pecados del mundo.
 
¡Allí está quien nos ama tanto! ¿Por qué no amarlo?
 
El nutrimento del alma es el cuerpo y la sangre de un Dios. ¡Si uno lo piensa, se puede perder por la eternidad en este abismo de amor!
 
Venid a la comunión, venid a Jesús, venid a vivir de Él, para vivir por Él.
 
El buen Dios, queriendo darse a nosotros en el sacramento de su amor, nos ha dado un deseo profundo y grande que sólo Él puede satisfacer.
 
¡La comunión produce en el alma como un golpe de fuelle en un fuego que comienza a apagarse, pero donde todavía hay muchas brasas!
 
Cuando hemos comulgado, si alguien nos dijera: “¿Qué os lleváis a casa"?, podríamos responder: “Me llevo el cielo.”
 
No decís que no sois dignos. Es cierto: no sois dignos, pero lo necesitáis.
 
La oración
 
La oración  no es otra cosa que unión con Dios.
 
La oración es una dulce amistad, una familiaridad sorprendente (…) es un dulce coloquio de un niño con su Padre.
 
Más se reza, más se quiere rezar.
 
Tenéis un corazón pequeño, pero la oración  lo agranda y lo hace capaz de amar a Dios.
 
No son las largas ni las bonitos oraciones que el buen Dios mira, sino las que vienen del fondo del corazón, con un gran respeto y un verdadero deseo de gustar a Dios.
 
¡Cuánto un pequeño cuarto de ahora que robamos a nuestras ocupaciones, a algunas cosas inútiles, para rezar le gusta!
 
La oración privada se asemeja a la paja esparcida por aquí y por allá en un campo. Si se enciende fuego, la llama tiene poco ardor, pero si se agrupa la paja esparcida, la llama se hace abundante y se levanta hacia el cielo: así es la oración pública.
 
El hombre es un pobre que necesita pedirle todo a Dios.
 
El hombre tiene una hermosa función, aquella de rezar y de amar… He aquí la felicidad del hombre sobre la tierra.
 
Vamos, mi alma, ve a conversar con el buen Dios, a trabajar con Él, a caminar con Él, a combatir y sufrir con Él. Trabajarás, pero Él bendecirá tu trabajo; caminarás, pero Él bendecirá tus pasos; sufrirás, pero Él bendecirá tus lágrimas. ¡Cuánto es grande, cuánto es noble, cuánto es consolador hacer todo en compañía y bajo la mirada del buen Dios, y pensar que Él ve todo, cuenta todo!…
 
El sacerdote
 
El orden: es un sacramento que pareciera que no se refiere a ninguno de vosotros y es un sacramento que se refiere a todos.
 
Es el sacerdote que continúa la obra de Redención sobre la tierra.
 
Cuando veis al sacerdote, pensáis en Nuestro Señor Jesucristo.
 
El sacerdote no es sacerdote para él mismo, lo es para vosotros.
 
Vais a confesaros con la Santa Virgen o con un ángel. ¿Os absolverán? ¿Os darán el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor? No, la Santa Virgen no puede hacer descender su Hijo divino en la hostia. Aunque tuvierais doscientos ángeles para vosotros allá, no os podrían absolver. Un sacerdote, por cuanto simple sea, puede hacerlo. Os puede decir: andáis en paz, os perdono.
 
¡Oh! ¡el sacerdote es de veras algo grande!
 
Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el más grande tesoro que el buen Dios pueda conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina.
 
El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús.
 
Dejáis una parroquia por veinte años sin sacerdote: se adorarán las bestias.
 
La Virgen María
 
La Virgen María es esta bella criatura que nunca  disgustó al buen Dios.
 
El Padre ama mirar el corazón de la Santa Virgen María como la obra maestra de sus manos.
 
Jesucristo, después de habernos dato todo cuanto podía darnos, quiere todavía hacernos herederos de lo que tiene de más precioso, es decir de su Santa Madre.
 
La Virgen María nos ha generado dos veces, en la encarnación y a los pies de la Cruz: es, pues, dos veces nuestra Madre.
 
¡No se entra en una casa sin hablar al portero! ¡Pues bien, la Santa Virgen es la portera del Cielo!
 
El Ave Maria es una oración que no cansa nunca.
 
Todo lo que el Hijo pide al Padre se lo concede. Todo aquello que la Madre pide al Hijo le es igualmente concedido.
 
El medio más seguro para conocer la voluntad de Dios, es rezar a nuestra buena Madre.
 
Cuando nuestras manos han tocado aromas, perfuman todo lo que tocan. Hagamos pasar nuestras oraciones a través de las manos de la Santa Virgen, las perfumará.
 
Pienso que, al final del mundo, la Santa Virgen estará muy tranquila, pero hasta que el mundo dure, se la tira de todos lados…
 
 
 
 
 
 
 

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