 |
| Cristo Rey del Universo |
Fue el Papa Pio XI, el 11 de diciembre de
1925, quien instituyó esta solemnidad que cierra el tiempo ordinario.
Su propósito es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Es
una verdad que siempre la Iglesia a profesado y por
la que todo fiel está dispuesto a morir.
Cristo es rey
del universo porque es Dios. El Padre lo puso todo
en sus manos y debemos obedecerle en todo. No se
justo apelar al amor como pretexto para ser laxo en
la obediencia a Dios. En nuestra relación con Dios, la
obediencia y el amor son inseparables.
El que tiene mis
mandamientos y los guarda, ése es el que me ama;
y el que me ame, será amado de mi Padre;
y yo le amaré y me manifestaré a él.» -Juan
14,21
Nadie y ninguna ley esta por encima de Dios. El
Pontífice León XIII enseñaba en la "Inmortale Dei" la obligación
de los Estados en rendir culto público a Dios, homenajeando
su soberanía universal.
Diferente a los hombres, Dios ejerce siempre
su autoridad para el bien. Quien confía en Dios, quien
conoce su amor no dejará de obedecerle en todo, aunque
no comprenda las razones de Dios.
| Fiesta de Cristo Rey |
| 25 de noviembre 2012, último domingo del año litúrgico. ¡Prepárate para la fiesta del Rey del universo! |
| |
 |
| Fiesta de Cristo Rey |
|
|
ÚLTIMO DOMINGO DEL
AÑO LITÚRGICO:
Cristo es el Rey del universo y de cada
uno de nosotros.
Es una de las fiestas más importantes del
calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del
universo. Su Reino es el Reino de la verdad y
la vida, de la santidad y la gracia, de la
justicia, del amor y la paz.
Un poco de historia
La
fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío
XI el 11 de Marzo de 1925. El Papa
quiso motivar a los católicos a reconocer en público que
el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.
Posteriormente se movió
la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al
cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar
la importancia de Cristo como centro de toda la historia
universal. Es el alfa y el omega, el principio y
el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje
de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es
eterno y universal, es decir, para siempre y para todos
los hombres. Con la fiesta de Cristo Rey
se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido
escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el
universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado,
pues se hizo presente en la tierra a partir de
su venida al mundo hace casi dos mil años, pero
Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que
vuelva al mundo con toda su gloria al final de
los tiempos, en la Parusía.
Si quieres conocer lo que Jesús
nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio
de Mateo 25,31-46.
En la fiesta de Cristo Rey celebramos que
Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el
momento en que nosotros se lo permitamos, y así el
Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De
esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo
en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.
Jesús nos habla de las características de su
Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13
de Mateo:
“es semejante a un grano de mostaza que
uno toma y arroja en su huerto y crece y
se convierte en un árbol, y las aves del cielo
anidan en sus ramas”;
“es semejante al fermento que una
mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta
que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido
en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y
lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel
campo”;
“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas,
y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto
tiene y la compra”.
En ellas, Jesús nos hace
ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que
vivir el Reino de Dios vale más que todos los
tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto,
sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.
La Iglesia
tiene el encargo de predicar y extender el reinado de
Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser
el centro de nuestro afán vida como miembros de la
Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el
corazón de los hombres, en el seno de los hogares,
en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos
alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor,
la paz y la justicia y la salvación eterna de
todos los hombres.
Para lograr que Jesús reine en nuestra vida,
en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y
reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son
medios para conocerlo y de los que se reciben gracias
que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se
trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y
no sólo teológica.
Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para
recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo
que nos habla. Al conocer a Cristo empezaremos a
amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad.
Y cuando uno está enamorado se le nota.
El tercer paso
es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin
darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y
a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad
y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo,
entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado
para nosotros.
Por último, vendrá el compromiso apostólico
que consiste en llevar nuestro amor a la acción de
extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante
obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor
comenzará a desbordarse.
Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino
de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos
hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una
paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la
vida.
A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de
cristianos que han dado la vida por Cristo como el
Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de
la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes
por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron
gritando “¡Viva Cristo Rey!”.
La fiesta de Cristo Rey, al
finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a
estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de
nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el
Fin de todo el Universo.
QUE VIVA MI CRISTO
Que viva mi
Cristo, que viva mi Rey que impere doquiera triunfante su ley, que
impere doquiera triunfante su ley. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!
Mexicanos
un Padre tenemos que nos dio de la patria la unión a
ese Padre gozosos cantemos, empuñando con fe su pendón.
Él formó con
voz hacedora cuanto existe debajo del sol; de la inercia y la
nada incolora formó luz en candente arrebol.
Nuestra Patria, la Patria querida, que
arrulló nuestra cuna al nacer a Él le debe cuanto es
en la vida sobretodo el que sepa creer.
Del Anáhuac inculto y
sangriento, en arranque sublime de amor, formó un pueblo, al calor de
su aliento que lo aclama con fe y con valor.
Su realeza
proclame doquiera este pueblo que en el Tepeyac, tiene enhiesta su blanca
bandera, a sus padres la rica heredad.
Es vano que cruel enemigo Nuestro
Cristo pretenda humillar. De este Rey llevarán el castigo Los que intenten
su nombre ultrajar.
| Jesucristo,
Rey del Universo |
"Rey
de reyes y Señor de señores".
(Ap
19, 16) |
|
"Yo soy Rey. Para esto
nací, para esto vine
al mundo, para ser testigo de la Verdad".
(Jn
18, 36-37) |
| |
| Meditación
1.
|
|
Jesús comenzó la vida
pública anunciando su reino. "El plazo está vencido, el Reino de
Dios está cerca. Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva" (Mt
1,14).
El Reino de Dios es ante todo
espiritual. Su realización final consiste en la unión de todos los
bienaventurados disfrutando de Dios en el Cielo.
Se ingresa en este Reino
aceptando el mensaje del Evangelio por fe y recibiendo el Bautismo.
Jesús dijo a los Apóstoles: "Vayan por todo el mundo y anuncien
la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará.
El que se resista a creer se condenará"(Mc 16,15-16).
Toda persona que quiera
pertenecer al Reino de Dios necesita nacer de Dios otra vez. Viene a ser
hijo de Dios no meramente por adopción legal sino por real y verdadera
participación de la vida divina. "A todos los que lo recibieron,
les concedió ser hijos de Dios" (Jn 1,12). El Reino de Cristo no
es de dominar la tierra. El mismo dijo a Pilato: "Mi reinado no es
de acá" (Jn, 18,36).
Se designa el Reino de Dios
comúnmente con el nombre de Iglesia. Es a la vez divino y humano,
terreno y celestial. Pequeño al principio como el grano de mostaza,
estaba llamado a ser católico, o sea, a extenderse por todo el mundo.
La idea de la Iglesia como Reino universal de Dios demuestra claramente
que no puede haber más que un solo Reino de Dios.
La Iglesia es Jesucristo, que
vive y actúa en el mundo por sus ministros, debidamente autorizados,
hasta el fin de los tiempos. Él dio a su Iglesia una forma, una
organización que la capacitase para realizar su misión en el mundo:
enseñar, dirigir y santificar las almas.
Pertenecer al Reino de Dios es
lo más precioso a que puede aspirar una persona. Debemos considerarlo
como una perla que no tiene precio y, en agradecimiento, sacrificarnos
por este don.
Jesucristo es nuestro Rey. Es
el primogénito de toda la creación. Él es antes que todas las cosas,
pues todo fue creado en Él, por Él y para Él. Es el más importante
entre todas las criaturas a la vez que su Creador, perfecta imagen de
Dios, el primogénito de la creación.
Cristo es el centro del plan
salvífico de Dios, porque el cristiano puede llevar a cumplimiento su
tarea haciendo que la creación dé gloria a Dios por medio de Jesús,
el Señor resucitado. Dijo Jesús a Pilato: "Mi reinado no es de
acá… Tú lo has dicho: Yo soy Rey. Para esto nací, para esto vine al
mundo, para ser testigo de la Verdad. Todo hombre que está de parte de
la verdad, escucha mi voz" (Jn 18, 36-37)
Es de fe que Jesucristo en
cuanto Hombre tiene pleno espiritual para guiar por el camino de la
salvación, establecer la Iglesia y los Sacramentos y conceder todas las
gracias de orden sobrenatural. Por estar unidas en Él las naturalezas
divinas y humanas posee mayor poder aún y esto es la base de la Realeza.
Cada uno de nosotros debemos
esforzarnos personalmente por ser súbditos de Cristo Rey con la mayor
perfección posible de mente, voluntad y corazón, porque fuimos
comprados al precio de su preciosísima Sangre. Cristo es Rey del hogar
y de la sociedad.Jesús nos pide creer en Él, poner en Él nuestra
esperanza y amarle de todo corazón. Él nos ha dicho " El Padre
ama al Hijo y pone todas las cosas en sus manos. El cree al Hijo vive de
la vida eterna" (Jn 3, 35-36).
|
| |
| Meditación
2. «A
Jesucristo Rey de reyes venid y adorémosle»
|
|
Es
día de proclamar su realeza, de decir entre suspiros: ¡Venga a
nosotros tu reino! De decir al Padre: ¡Padre glorifica a tu Hijo!
Jesucristo
no es Rey por gracia nuestra, ni por voluntad nuestra, sino por derecho
de nacimiento, por derecho de filiación divina, por derecho también de
conquista y de rescate.
«Así que Cristo es
Rey universal de este mundo por su propia esencia y naturaleza» (Sn.
Cirilo de Alejandría), en virtud de aquella admirable unión que
llaman hipostática, la cual le da pleno dominio no sólo sobre los
hombres, sino sobre los ángeles y todas las criaturas. (Pío
XI)
Y
¿qué de extraño tiene sea Rey de los hombres el que fue Rey de los
siglos? Pero Jesucristo no es Rey para exigir tributos o para armar un
ejército con hierro y pelear visiblemente contra sus enemigos. Es Rey
para gobernar los espíritus, para proveer eternamente al mundo, para
llamar al reino de los cielos a los que creen, esperan y aman.
Nadie
tema vaya a perder algo porque se someta al «suavísimo imperio de
Cristo». (Col) No teman las sociedades porque Él es quien las
funda y las sustenta. No teman los poderosos porque « no quita los
reinos mortales quien da los celestiales». No teman tampoco los
individuos porque servir a Cristo es reinar. Es un Rey tal, que no
esclaviza, ni esquilma a sus servidores; un Pastor y un Señor que no
toma nada de su rebaño, sino que todo lo da, y antes se desvive por los
suyos y se les entrega, con todos sus bienes ya desde la tierra, hasta
que sean capaces de poseerle y de gozarle más cumplidamente en el cielo.
Piensan
los insensatos que les va a privar de la libertad, cuando se la va a
acrecentar y perfeccionar, proscribiendo tan sólo el libertinaje, tan
fatal para el alma como para los cuerpos, para las naciones como para
los individuos, ya que «lo
que hace míseros a los pueblos es el pecado».
Conviene,
pues que Él reine, porque su reinado «es eterno y universal, es un
reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de
amor y de paz. Quiere ante todo reinar en las inteligencias, en
las voluntades y en los corazones de los hombres.
|
| |
| Oración
a Cristo Rey.
|
|
¡Oh
Cristo Jesús! Os reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho,
ha sido creado para Vos. Ejerced sobre mí todos vuerstros derechos.
Renuevo
mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus
obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me
comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y
de vuestra Iglesia.
¡Divino
Corazón de Jesús! Os ofrezco mis pobres acciones para que todos los
corazones reconozcan vuestra Sagrada Realeza, y que así el reinado de
vuestra paz se establezca en el Universo entero. Amén.
|
|
| Las
Sagradas Escrituras. |
|
"Ya
tengo consagrado yo a mi Rey en Sión, mi monte santo…Tú eres hijo
mío, hoy te he dado a la vida. Pídeme y serán tu herencia las
naciones, tu propiedad los confines de la tierra. Las podrás aplastar
con vara de hierro" (Sal 2, 6-9)." Dios le dará el trono de
David, su antepasado. Gobernará por siempre el pueblo de Jacob y su
reino no terminará jamás" (Lc 1, 32-33)
"Mi
realeza no procede de este mundo; si fuera rey como los de este mundo,
mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos.
Pero mi reinado no es de acá. "Pilato le preguntó: Entonces ¿tú
eres rey?" Jesús contestó: "Tú lo has dicho: Yo soy Rey.
Para esto nací, para esto vine al mundo, para ser testigo de la Verdad".
(Jn 18, 36-37)
"Lleva
escrito en la capa y en el muslo este título: "Rey de reyes y
Señor de señores". (Ap 19, 16)
|
| |
Consagración de
la humanidad para
el día de Cristo Rey por el Papa Pío XI
|
|
¡Dulcísimo Jesús, Redentor
del género humano! Miradnos humildemente postrados; vuestros somos y
vuestros queremos ser, y a fin de vivir más estrechamente unidos con
vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a
vuestro Sacratísimo Corazón.
Muchos, por desgracia, jamás,
os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han
desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadeceos de los unos y de los
otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo.
¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo
de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de
los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa
paterna, que no perezcan de hambre y miseria.
Sed Rey de aquellos que, por
seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de
Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe para que
en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.
Sed Rey de los que permanecen
todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría; dignaos atraerlos
a todos a la luz de vuestro reino.
Conceded, ¡oh Señor!,
incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los
pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín
de la tierra no resuene sino ésta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino,
causa de nuestra salud! A Él se entonen cánticos de honor y de gloria
por los siglos de los siglos. Amén.
|
| |
Novena
|
| |
|
Oración Propia: |
|
Jesús,
dijiste que tu Reino está entre nosotros, pero no es de este mundo; es
un Reino espiritual, sobrenatural, el Reino de la verdad. Tus armas son
las fuerzas del convencimiento, y de este modo conquistas los corazones
que justamente te pertenecen. Tú bien sabes que esto es verdad. Tú
mismo eres la Verdad.
Jesús, creo que eres
verdaderamente Rey, pues has venido al mundo a establecer entre la gente
el Reino de Dios. Todo aquel que es de la verdad, que cree en Dios y
reconoce su autoridad en los asuntos humanos, te debe una fiel e
invisible lealtad y "escucha tu voz".
Como católico, soy miembro de
tu Reino: Tú eres mi Rey. Te debo lealtad, obediencia y amor. Ayúdame
a poner en práctica mis sacratísimos deberes para contigo. Quiero ser
"de la verdad", es decir, "hijo de Dios", con
alegría oír tu voz y seguirte en todo. Te acojo como mi Rey y me
someto gustoso a tu voluntad.
Reina sobre todo en mi corazón
y en mi vida. Tu reinado es paz del Cielo; tu ley es el amor. Ayúdame a
orar y trabajar porque tu Reino llegue a todas las almas, a toda la
familia, a toda la nación.
Jesús, pues te rindo homenaje
como a mi Rey, acudo a Ti con gran confianza, pidiéndote me concedas
esta gracia en particular, si es conforme a tu santa voluntad (Mencione
el favor que desea).
Señor, Jesucristo, mi Rey, te
adoro como Hijo de Dios y por la intercesión de tu bondadosísima Madre
te pido me envíes des de la abundancia de tu amable corazón la gracia
del Espíritu Santo, que ilumine mi entendimiento, purifique mi corazón
pecador y confirme en mí tu Santo amor. Te lo pido por amor del Padre y
del Espíritu Santo, por tu infinita misericordia y por los méritos de
todos los Santos. Amén.
|
| |
|
Consagración: |
|
Cristo Jesús, te reconozco como Rey del
universo. Tú has creado
todo cuanto existe. Usa plenamente de tus derechos sobre mí. Renuevo
mis promesas de Bautismo por las que renuncié a Satanás, a todas sus
seducciones y a todas sus obras. Te prometo vivir como buen cristiano.
Me comprometo especialmente a colaborar por el triunfo de los derechos
de Dios y de su Iglesia y dilatarlos y afianzarlos por todos los medios.
Divino Corazón de Jesús, en
tus manos pongo mis insignificantes esfuerzos para que todos los
corazones reconozcan tu sagrada Realeza y se establezca tu reino de paz
en todo el mundo.
|
| |
| Oración Final: |
Dios
omnipotente y misericordioso, Tú quebrantas el poder del mal y todo lo
renuevas en tu Hijo Jesucristo, Rey del universo. Que todos en el Cielo
y en la tierra aclamen tu gloria y nunca cesen de alabarte.
Padre Todopoderoso, guía de amor, Tú hiciste pasar a Jesucristo
nuestro señor de la muerte a la vida, resplandeciente en gloria como
Rey de la creación. Abre nuestros corazones; libera a todo el mundo
para que gocen de Su paz, glorifiquen Su justicia y vivan en Su amor.
Que toda la humanidad se unifique en Jesucristo, tu Hijo, que reina
contigo y el Espíritu Santo, Dios por siempre. Amén. |
| |
|
Carta Encíclica
QUAS PRIMAS
del Sumo Pontífice
PÍO XI
sobre la
Fiesta de Cristo Rey
En la primera encíclica, que
al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico,
analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y
afligir al género humano.
Y en ella proclamamos Nos
claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque
la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley
santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación
del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz
verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y
rechazasen el imperio de nuestro Salvador.
La «paz de Cristo en el reino
de Cristo»
1. Por lo cual, no sólo
exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que,
además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese.
En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio
más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración
del reinado de Jesucristo.
2. Entre tanto, no dejó de
infundirnos sólida, esperanza de tiempos mejores la favorable actitud de los
pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos; actitud nueva en
unos, reavivada en otros, de donde podía colegirse que muchos que hasta
entonces habían estado como desterrados del reino del Redentor, por haber
despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en
volver a sus deberes de obediencia.
Y todo cuanto ha acontecido en
el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y recordación, ¿acaso
no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y
Rey Supremo?
«Año Santo»
3. Porque maravilla es cuánto
ha conmovido a las almas la Exposición Misional, que ofreció a todos el
conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en dilatar cada vez más
el reino de su Esposo por todos los continentes e islas —aun, de éstas, las
de mares los más remotos—, ora el crecido número de regiones conquistadas
para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos
misioneros, ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a
la suave y salvadora soberanía de nuestro Rey.
Además, cuantos —en tan
grandes multitudes— durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma
guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino
postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles y
visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de
Jesucristo?
4. Como una nueva luz ha
parecido también resplandecer este reinado de nuestro Salvador cuando Nos mismo,
después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes de seis vírgenes
y confesores, los hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto gozo y
cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando, después de promulgados por Nos
los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles, henchida de
gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae Christe en el majestuoso templo de
San Pedro!
Y así, mientras los hombres y
las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre
incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de
ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas
generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de levantar
hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y
sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra.
5. Asimismo, al cumplirse en
el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de Nicea, con tanto mayor gusto
mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos mismo en la Basílica
Vaticana, cuanto que aquel sagrado concilio definió y proclamó como dogma de
fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de
que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o fórmula
de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.
Habiendo, pues, concurrido en
este Año Santo tan oportunas circunstancias para realzar el reinado de
Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy conforme a nuestro deber
apostólico si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nos, individualmente y en
común, por muchos cardenales, obispos y fieles católicos, ponemos digno fin a
este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad
especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo nos
complace, que deseamos, venerables hermanos, deciros algo acerca del asunto. A
vosotros toca acomodar después a la inteligencia del pueblo cuanto os vamos a
decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la solemnidad nuevamente
instituida producirá en adelante, y ya desde el primer momento, los más
variados frutos.
I. LA REALEZA DE CRISTO
6. Ha sido costumbre muy
general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del
supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas
creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto
por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y
porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se
dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El
la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad
divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra
libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice
con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con
su supereminente caridad(1) y con su mansedumbre y benignidad, se hace
amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha
sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno
en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece
a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto
hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino(2);
porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede
menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto,
poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre
todas las criaturas.
a)
En el Antiguo Testamento
7. Que Cristo es Rey, lo dicen
a cada paso las Sagradas Escrituras.
Así, le llaman el dominador
que ha de nacer de la estirpe de Jacob (3); el que por el Padre ha sido
constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia
y en posesión los confines de la tierra (4). El salmo nupcial, donde bajo la
imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso se celebraba al
que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono
tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de su reino
es cetro de rectitud (5). Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en
otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su
reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y
de la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y
dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la
tierra (6).
8. A este testimonio se
añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente el
conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo,
el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el
Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el
Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se
sentará sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y
consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre
(7). Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías,
cuando predice que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que
cual hijo de David reinará como Rey y será sabio y juzgará en la tierra
(8). Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el
cual no será jamás destruido..., permanecerá eternamente (9); y
poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y he
aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del
Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron
ante El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos,
tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le
será quitada, y su reino es indestructible (10). Aquellas palabras
de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su
pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador,
entre las aclamaciones de las turbas (11), ¿acaso no las vieron realizadas y
comprobadas los santos evangelistas?
b) En el Nuevo Testamento
9. Por otra parte, esta misma
doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo
Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se
halla magnífica y luminosamente confirmada.
En este punto, y pasando por
alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a
luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que
reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin
(12), es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su
último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas
perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador
romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de
su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y
bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el
título de Rey (13) y públicamente confirmó que es Rey (14), y solemnemente
declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (15). Con las
cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la
extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan
le llame Príncipe de los reyes de la tierra (16), y que El mismo,
conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su
muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan (17). Puesto que el
Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas (18),
menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los
pies del trono de Dios a todos sus enemigos (19).
c)
En la Liturgia
10. De esta doctrina común a
los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo
sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las
naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración,
durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano
Señor y Rey de los reyes.
Y así como en la antigua
salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos
honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto,
así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a
la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua
alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre
nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este
caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.
d) Fundada en la unión
hipostática
11. Para mostrar ahora en qué
consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he aquí
lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía
sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en
virtud de su misma esencia y naturaleza (20). Es decir, que la
soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada
hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto
Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros
están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de
manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad
sobre todas las criaturas.
e)
Y en la redención
12. Pero, además, ¿qué cosa
habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera
sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de
conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres,
harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis
rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre
preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha (21).
No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio
grande (22); hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de
Jesucristo (23).
II. CARÁCTER DE LA REALEZA
DE CRISTO
A)
Triple potestad
13. Viniendo ahora a explicar
la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo,
indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se
concibe un verdadero y propio principado. Los testimonios, aducidos de las
Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de nuestro Redentor, prueban
más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe
católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben
confiar, y como legislador a quien deben obedecer (24). Los santos Evangelios no
sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo presentan legislando. En
diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que
quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su
caridad (25). El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de
haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma
que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a
nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo (26). En lo
cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun
durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio.
Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que
es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes
inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.
B)
Campo de la realeza de Cristo
a) En Lo espiritual
14. Sin embargo, los textos
que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo
Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalrnente
espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efeeto, en varias ocasiones,
cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el
Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel,
Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimisrno,
cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración,
le rodeaba, El rehusó tal títuto de honor huyendo y escondiéndose en la
soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino
no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales
caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo
penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque sea
un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino
únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y
exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y
riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de
justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo
Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a
sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo,
ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la
dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de
ambos oficios?
b) En lo temporal
15. Por otra parte, erraría
gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas
y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre
las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin
embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de
ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado
de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los
poseedores de ellas las utilicen.
Acerca de lo cual dice bien
aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales (27).
Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como
lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII,
las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no
sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el
bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga
extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a
cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de
Jesús se halla todo el género humano (28).
c) En los individuos y en la
sociedad
16. El es, en efecto, la
fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la
salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo
del cielo por el cual debamos salvarnos (29).
El es sólo quien da la
prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones:
porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la
felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto
concorde de ciudadanos (30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las
naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración
y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad
y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro
pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el
poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a
saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de
la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los
hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han
quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el
derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido
menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de
todo apoyo y fundamento sólido» (31).
17. En cambio, si los hombres,
pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente
vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad,
tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor,
así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y
gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de
los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a
los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores,
mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres,
sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres
redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran
costa; no queráis haceros siervos de los hombres (32).
18. Y si los príncípes y los
gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que
por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se
le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán
gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el
bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá,
sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida
toda causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las
demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun
indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles
cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre
verdadero.
19. En lo que se refiere a la
concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor
amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los
hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como
aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus
amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como
los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el
Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas
las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor
de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley
principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo:
Mi yugo es suave y mi carga es ligera.
¡Oh, qué felicidad
podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran
gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas
palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a
todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas
heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la
paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena
voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame
que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre (33).
III. LA FIESTA DE JESUCRISTO
REY
20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más
abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se
propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de nuestro
Salvador, para lo cual nada será más dtcaz que instituir la festividad propia
y peculiar de Cristo Rey.
Las fiestas de la Iglesia
Porque para instruir al pueblo
en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del
espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados
misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del
eclesiástico magisterio.
Estas sólo son conocidas, las
más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas
impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo así— hablan
una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las
inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el hombre consta
de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las
solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de
los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas
en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual.
En el momento oportuno
21. Por otra parte, los
documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una
tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad
y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta robustecerlo
contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores de la
herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y
venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la
divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los
fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los
mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires
fuesen otras tantas exhortaciones al martirio (34). Más tarde, los honores
litúrgicos concedidos a los santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron
maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan
necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades instituidas en
honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblco cristiano
no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora,
sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial
que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios
que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos, no debe
ser pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar
victoriosamente la peste de los errores y herejías.
22. En este punto debemos
admirar los designios de la divina Providencia, la cual, así como suele sacar
bien del mal, así también permitió que se enfriase a veces la fe y piedad de
los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al
cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles,
despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en la santidad.
Asimismo, las festividades incluidas en el año litúrgico durante los tiempos
modernos han tenido también el mismo origen y han producido idénticos frutos.
Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento,
entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi, y se mandó
celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por
toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor.
Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida
cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los
jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de
su eterna salvación.
Contra el moderno laicismo
23. Y si ahora mandamos que
Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos
también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio
eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste
de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables
intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró
en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la
sociedad. Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se
negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de
enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para
conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana
fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al
nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria
permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de
éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión
natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que
creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el
desprecio de Dios.
24. Los amarguísimos frutos
que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha
producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en
nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el
germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos
los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la
paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las
apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las
discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus
particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de
raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares;
rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada
a la muerte la humana sociedad.
La fiesta de Cristo Rey
25. Nos anima, sin embargo, la
dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en
seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo
Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería
ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen
en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les
falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas
desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se
abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los
adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles
todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de
Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a
llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por
mantener incólumes los derechos del Señor.
Además, para condenar y
reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de
la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la
celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad:
cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro
Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto
hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real
dignidad y potestad.
Continúa una tradición
26. ¿Y quién no echa de ver
que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la
institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue
defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas
y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo
fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables
familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las
familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo
de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante
el Año Santo de 1900.
27. No se debe pasar en
silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía de Cristo sobre la
sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos Congresos
eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es convocar
a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del mundo
todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos;
y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en
común, del augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas
procesiones, proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien
y con razón podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una
inspiración divina, sacando del silencio y como escondrijo de los templos a
aquel mismo Jesús a quien los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron
recibir, y llevándole como a un triunfador por las vías públicas, quiere
restablecerlo en todos sus reales derechos.
Coronada en el Año Santo
28. Ahora bien: para realizar
nuestra idea que acabamos de exponer, el Año Santo, que toca a su fin, nos
ofrece tal oportunidad que no habrá otra mejor; puesto que Dios, habiendo
benignísimamente levantado la mente y el corazón de los fieles a la
consideración de los bienes celestiales que sobrepasan el sentido, les ha
devuelto el don de su gracia, o los ha confirmado en el camino recto, dándoles
nuevos estímulos para emular mejores carismas. Ora, pues, atendamos a tantas
súplicas como los han sido hechas, ora consideremos los acontecimientos del
Año Santo, en verdad que sobran motivos para convencernos de que por fin ha
llegado el día, tan vehementemente deseado, en que anunciemos que se debe
honrar con fiesta propia y especial a Cristo como Rey de todo el género humano.
29. Porque en este año, como
dijimos al principio, el Rey divino, verdaderamente admirable en sus santos,
ha sido gloriosamente magnificado con la elevación de un nuevo grupo de sus
fieles soldados al honor de los altares. Asimismo, en este año, por medio de
una inusitada Exposición Misional, han podido todos admirar los triunfos que
han ganado para Cristo sus obreros evangélicos al extender su reino. Finalmente,
en este año, con la celebración del centenario del concilio de Nicea, hemos
conmemorado la vindicación del dogma de la consustancialidad del Verbo
encarnado con el Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la
soberanía del mismo Cristo sobre todos los pueblos.
Condición litúrgica de la
fiesta
30. Por tanto, con nuestra
autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y
decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de
octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de
Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años
la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús,
con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó
recitar anualmente.
Este año, sin embargo,
queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el que Nos mismo oficiaremos
un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos que dicha
consagración se haga en nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar mejor
ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de los
siglos, más amplio testimonio de nuestra gratitud —con lo cual
interpretamos la de todos los católicos— por los beneficios que durante este
Año Santo hemos recibido Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.
31. No es menester, venerables
hermanos, que os expliquemos detenidamente los motivos por los cuales hemos
decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre separadamente de aquellas
otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma
dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas de nuestro Señor
el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es enteramente
distinto del título y de la potestad real de Jesucristo. La razón por la cual
hemos querido establecer esta festividad en día de domingo es para que no tan
sólo el clero honre a Cristo Rey con la celebración de la misa y el rezo del
oficio divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y
con espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su
obediencia y devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre
mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él
casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la
vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban
coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de
Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en
todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio,
venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual
preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las
parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la
naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y
ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan
servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.
Con los mejores frutos
32. Antes de terminar esta
carta, nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en
bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles
esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.
a) Para la Iglesia
En efecto: tríbutando estos
honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los
hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige —por
derecho propio e imposible de renuncíar— plena libertad e independencia del
poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de
enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino
de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.
Más aún: el Estado debe
también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas
de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los
pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación
del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la
triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a
la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta
como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo
y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.
b) Para la sociedad civil
33. La celebración de esta
fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el
deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los
particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.
A éstos les traerá a la
memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido
arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido
ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su
regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos
y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar
justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina
y en la rectítud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud
que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su
espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.
c) Para los fieles
34. Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están
sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a
toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna
facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo
reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de
asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de
Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las
leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual,
posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y
sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros,
que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de
justicia para Dios (35), deben servir para la interna santificación
del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración
de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la
perfección.
35. Haga el Señor, venerables
hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el
suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus
súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y
santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino,
sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por
Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del
reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.
Estos deseos que Nos
formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, sean para
vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro paternal afecto; y recibid la
bendición apostólica, que en prenda de los divinos favores os damos de todo
corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo vuestro clero y pueblo.
Dado en Roma, junto a San
Pedro, el 11 de diciembre de 1925, año cuarto de nuestro pontificado.
Notas
1. Ef 3,19.
2. Dan 7,13-14.
3. Núm 24,19.
4. Sal 2.
5. Sal 44.
6. Sal 71.
7. Is 9,6-7.
8. Jer 23, 5.
9. Dan 2,44.
10. Dan 7 13-14.
11. Zac 9,9.
12. Lc 1,32-33.
13. Mt 25,31-40.
14. Jn 18,37.
15. Mt 28,18.
16. Ap 1,5.
17. Ibíd., 19,16.
18. Heb 1,1.
19. 1 Cor 15,25.
20. In Luc. 10.
21. 1 Pt 1,18-19.
22. 1 Cor 6,20.
23. Ibíd., 6,15.
24. Conc. Trid., ses.6 c.21.
25. Jn 14,15; 15,10.
26. Jn 5,22.
27. Himno Crudelis Herodes, en el of. de Epif.
28. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.
29. Hech 4,12.
30. S. Agustín, Ep. ad Macedonium c.3
31. Enc. Ubi arcano.
32. 1 Cor 7,23.
33. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.
34. Sermón 47: De sanctis.
35. Rom 6,13.
JESUCRISTO: REY DEL UNIVERSO (Col 1, 16). “Rey de Reyes y Señor de Señores” (Apocalipsis 19,16).
Cristo es rey por derecho propio y por derecho de conquista. Por
derecho propio: lo es como hombre y como Dios. Jesucristo en cuanto
hombre, por su Unión Hipostática con el Verbo, recibió del Padre "la
potestad, el honor y el reino" (cfr. Dan. 7,13-14) y, en cuanto Verbo de
Dios, es el Creador y Conservador de todos cuanto existe. Por eso tiene
pleno y absoluto poder en toda la creación (cfr. Jn. 1,1ss).
Por
derecho de conquista, en virtud de haber rescatado al género humano de
la esclavitud en la que se encontraba, al precio de su sangre, mediante
su Pasión y Muerte en la Cruz (cfr. 1 Pe. 1,18-19).
El Padre lo puso todo en manos de su Hijo. Debemos obedecerle en todo.
No
se justo apelar al amor como pretexto para ser laxo en la obediencia a
Dios. En nuestra relación con Dios, la obediencia y el amor son
inseparables.
El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.» -Juan 14,21
Los
mártires nos dan ejemplo. Prefirieron morir antes de negar a Jesús.
Muchos mártires del siglo XX en México, España, Cuba y otros lugares
murieron gritando ¡Viva Cristo Rey!. También en nuestro siglo.
Ninguna persona, ni ley, ni entidad esta por encima de Dios. El
Pontífice León XIII enseñaba en la "Inmortale Dei" la obligación de los
Estados en rendir culto público a Dios, homenajeando su soberanía
universal.
Diferente
a los hombres, Dios ejerce siempre su autoridad para el bien. Quien
confía en Dios, quien conoce su amor no dejará de obedecerle en todo,
aunque algunos mandatos sobrepasen su entendimiento.
LA FIESTA DE CRISTO REY DEL UNIVERSO
El Papa Pio XI, el 11 de diciembre de 1925, instituyó esta solemnidad que cierra el tiempo ordinario. Su propósito es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Es una verdad que siempre la Iglesia ha profesado.

"
Por eso Dios lo engrandeció y le concedió el Nombre
que está sobre todo nombre, para que, ante el nombre de Jesús,
todos se arrodillen, en los cielos, en la tierra y entre los muertos.
Y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor,
para Gloria de Dios Padre."
_______ Fil.
2, 9 -11
Cristo
Rey del Universo
La
fiesta de Cristo Rey fue instituida en 1925 por el papa Pío
XI, que la fijó en el domingo anterior a la solemnidad de
todos los santos. La Iglesia, ciertamente, no había esperado
dicha fecha para celebrar el soberano señorío de Cristo:
Epifanía, Pascua, Ascensión, son también fiestas
de Cristo Rey. Si Pío XI estableció esa fiesta, fue
como él mismo dijo explícitamente en la encíclica
Quas primas, con una finalidad de pedagogía espiritual. Ante
los avances del ateísmo y de la secularización de
la sociedad quería afirmar la soberana autoridad de Cristo
sobre los hombres y las instituciones. Ciertos textos del oficio
dejan entrever un último sueño de cristiandad.
En 1970 se quiso destacar más el carácter cósmico
y escatológico del reinado de Cristo. La fiesta se convirtió
en la de Cristo "Rey del Universo" y se fijó en
el último domingo per annum. Con ella apunta ya el tiempo
de adviento en la perspectiva de la venida gloriosa del Señor.
La
transformación de la segunda parte de la colecta revela claramente
el cambio introducido en el tema de la fiesta. La oración
de 1925 pedía a Dios "que todos los pueblos disgregados
por la herida del pecado, se sometan al suavísimo imperio"
del reino de Cristo. El texto modificado pide a Dios "que toda
la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva
a tu majestad y te glorifique sin fin".
Cristo,
piedra angular.
El año litúrgico llega a su fin. Desde que lo comenzamos,
hemos ido recorriendo el círculo que describe la celebración
de los diversos misterios que componen el único misterio
de Cristo: desde el anuncio de su venida (Adviento), hasta su muerte
y resurrección (Ciclo Pascual), pasando por su nacimiento
(Navidad), presentación al mundo (Epifanía) y la cadencia
semanal del domingo. Con cada uno de ellos, hemos ido construyendo
un arco, al que hoy ponemos la piedra angular. Este es el sentido
profundo de la solemnidad de Cristo – Rey del Universo, es
decir, de Cristo – Glorioso que es el centro de la creación,
de la historia y del mundo. “Todos perciben en sus almas una
alegría inmensa, al considerar la santa Humanidad de Nuestro
Señor: un Rey con corazón de carne, como el nuestro;
que es autor del universo y de cada una de las criaturas, y que
no se impone dominando: mendiga un poco de amor, mostrándonos,
en silencio, sus manos llagadas”. (San Josemaría Escrivá
de Balaguer)
Pío
XI, al establecer esta fiesta, quiso centrar la atención
de todos en la imagen de Cristo, Rey divino, tal como la representaba
la primitiva Iglesia, sentado a la derecha del Padre en el ábside
de las basílicas cristianas, aparece rodeado de gloria y
majestad. La cruz nos indica que de ella arranca la grandeza imponente
de Jesucristo, Rey de vivos y de muertos. (P. Morales, I. L.)
La
Iglesia anuncia hoy alborozada que “el Cordero degollado”,
al entregar su vida “en el altar de la Cruz”, reconquistó
con su sangre preciosa toda la creación y se la entregó
a su Padre, aunque sólo al final de los tiempos esa “entrega”
será plena y definitiva. Al anunciar y celebrar hoy el triunfo
de Cristo, nos llenamos de alegría y esperanza, sabiendo
que Él nos llevará a su reino eterno, si ahora damos
de comer al hambriento, y de beber al sediento, vestir al desnudo,
visitar a los enfermos y enterrar a los muertos (Evangelio.)
“Yo
soy Rey”
Esta fue la respuesta rotunda de Jesús a Pilato. Aunque la
respuesta completa fue ésta: “Pero mi reino no es de
aquí”.
Pero si el reino de Jesucristo no es de este mundo, se inicia y
realiza germinalmente ya en este mundo. Es verdad que sólo
al final de los tiempos y tras el juicio final alcanzará
su plenitud definitiva, pues sólo entonces triunfará
definitivamente del demonio, el pecado, el dolor y la muerte.
Pero ya ahora, “el reino instaurado por Jesucristo actúa
como fermento y signo de salvación para construir un mundo
más justo, más fraterno, más solidario, inspirado
en los valores evangélicos de la esperanza y de la bienaventuranza,
a la que todos estamos llamados” (JUAN PABLO II.) Los santos
–únicos que se han tomado en serio su reinado- han
sido grandes sembradores de comprensión, justicia, amor y
la paz siempre y en todas partes. ¡Pobre tierra esta nuestra
sin su acción y la de los demás seguidores de Jesús!.
A pesar de sus debilidades y pecados.
“Jesucristo es Rey que hace reyes a sus seguidores coronándolos
en el cielo.” (San Buenaventura)
La historia de los mártires de Cristo Rey se ha reproducido
siempre que el amor de Dios se apodera de un alma
Oposición
al Señor.
¿Por
qué, entonces, tantos se oponen al reino de Jesucristo? Porque
es evidente que son muchos los políticos, escritores, artistas,
creadores de opinión, detentadores del dinero y del poder,
gente de a pie, que gritan –con el más cruel y eficaz
de los lenguajes: el de las obras- “¡No queremos que
Él reine sobre nosotros!”. Ese es el grito que se esconde
tras tantos diseños de la familia, de la educación,
de la moda, de la cultura, de la sociedad actual (cf. San JOSEMARIA
ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, n. 179). Cierto que es un grito
que no pocas veces es un eco del “no saben lo que hacen”.
Pero no por eso menos real y doloroso.
Nosotros hemos de empeñarnos en lo contrario. Dejarle reinar
en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, corazón, cuerpo,
familia. Y hacer que reine en nuestros familiares, amigos, compañeros
de trabajo y gente que se cruce en nuestro caminar. (José
Antonio Abad, Comentarios Litúrgicos, Rev. Palabra)
Cristo
Viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías”
que quiere decir “ungido”. No pasa a ser nombre propio
de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión
divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos
en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión
que habían recibido de Él. Jesús cumplió
la esperanza mesiánica de Israel en su triple función
de sacerdote, profeta y rey. (C.I.C 436)
Como Hijo de Dios, le correspondía por naturaleza un absoluto
dominio sobre todas las cosas salidas de sus manos creadoras. “Todas
han sido creadas por y en Él. En el cielo y en la tierra,
todas las cosas subsisten por Él, las visibles y las invisibles”.
Pero además es Rey nuestro por derecho de conquista. Él
nos rescató del pecado, de la muerte eterna.
Cristo
reina ya mediante la Iglesia
“Cristo murió y volvió a la vida para eso, para
ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). La Ascensión
de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad,
en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor:
posee todo poder en los cielos, y en la tierra. Él está
“por encima de todo principado, Potestad, Virtud, Dominación”
porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas”.
(Ef 1, 20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf Ef 4, 10;
1 Co 15, 24.27-28) y de la historia. En él, la historia de
la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación
(Ef 1,10), su cumplimiento trascendente. (C.I.C 668)
Como
Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que
es su Cuerpo (cf Ef 1, 22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo
cumplido así su misión, permanece en la tierra en
su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que
Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia
(cf Ef 4, 11-13). C.I.C 669
Cristo
es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente
las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como
Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por
la Cruz.
Profundicemos
llenos de agradecimiento, como aquellos colosenses a quienes Pablo
dirige su carta, en el misterio de amor que es para nosotros Cristo
Rey redimiéndonos: “Demos gracias a Dios Padre, que
nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo dignos de
la herencia de los santos en la luz, introduciéndonos en
el Reino del Hijo de su amor, en el cual tenemos redención
por su sangre, perdón de los pecados”. (Col. 1. 12)
Él se ofreció en la cruz, como hostia inmaculada pacífica
para que todos los hombres se sujetasen a su dominio. Y así
poder entregar al Padre ese Reino eterno y universal formado con
las almas que con Él y en Él se salvan siempre. Reino
de verdad y de vida, Reino de Santidad y gracia, Reino de justicia,
amor y paz.
“El
Señor me ha empujado a repetir, desde hace mucho tiempo,
un grito callado: serviré. Que El nos aumente esos afanes
de entrega, de fidelidad, a su divina llamada –con naturalidad,
sin aparato, sin ruido-, en medio de la calle. Démosle gracias
desde el fondo del corazón. Dirijámosle una oración
de súbditos, ¡de hijos!, y la lengua y el paladar se
nos llenaran de leche y de miel, nos sabrá a panal tratar
del reino de Dios, que es un Reino de libertad, de la libertad que
El nos ganó”. (San Josemaría Escrivá
de Balaguer)
Solemnidad.
En la Iglesia Católica,
una solemnidad es una celebración de importancia mayor y que conmemora
un hecho importante para la fe, por tanto las celebraciones eucarísticas
de ese día deben ser muy bien preparadas y vividas, llenas de piedad y
respeto además de un profundo sentido de celebración litúrgica .
Las solemnidades cuentan con lecturas propias tomadas del Leccionario Dominical y sus Misas
poseen oraciones propias para cada una de ellas (Oración Colecta, Sobre
las ofrendas, Post-comunión; Antífona; Prefacio e incluso Bendición
solemne). Todas las solemnidades tienen Oficio
propio y comienzan al ataredecer del día anterior con la celebración de
las primeras "Vísperas", algunas incluso tienen "Vigilia", es decir
misa propia el día anterior (Navidad, Pascua, Pentecostés) y las de
mayor importancia cuentan con "Octava", es decir la celebración se
prolonga durante toda la semana que sigue (Pascua y Navidad).
Solemnidades del Señor
Solemnidades de la Santísima Virgen María
- Santa María, Madre de Dios (1 de enero)
- Anunciación del Señor (25 de marzo)
- Asunción de la Virgen María (15 de agosto)
- Inmaculada Concepción (8 de diciembre)
Otras solemnidades
Algunas solemnidades propias de algunos lugares
|
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario