Mi madre -me decía un padre de familia- es
muy absorbente. Y siento tener que decir que desde que
la hemos traído a casa hemos empezado a tener un
montón de problemas nuevos.
Tiene noventa años y está
bastante enferma. Y la enfermedad le afecta ya un poco
a la cabeza, y se ha hecho bastante absorbente, como
te decía, por no decir que a veces —con perdón—
está insoportable.
A ella le gustaría que estuviéramos todo el día
a su lado, y nos controla hasta las horas de
llegada a casa por la tarde. No para de opinar
de todo, y la verdad es que hay veces en
que acaba con mi paciencia.
Algunas veces pienso que lo mejor
sería que estuviera en una residencia, y dejarme de problemas.
Pero luego me avergüenzo al recordar todo lo que ella
me ha soportado a mí, antes y después de nacer.
Y pienso que no puedo menos que corresponder ahora así
con ella.
Se trata de una situación bastante común en muchos
hogares. Son circunstancias que a veces se hacen difíciles, pero
que hay que asumir serenamente, como una tarea difícil y
al tiempo maravillosa, de hacer felices a nuestros padres en
esos pocos años que les quedan de vida.
A veces, por
su edad o por su enfermedad, ya casi no pueden
evitar ser como son. Quieren atención, cuidados y cariño. Y
a veces actúan con un egoísmo invasor que hay que
saber encauzar, con un modo de ser que quizá nos
cansa bastante, y entonces nos vienen a la cabeza pensamientos
que luego vemos que no están bien.
Hay que pensar que
cuando nosotros teníamos seis meses, o cuatro años, también seríamos
muchas veces pesados, desagradables o caprichosos. Y seguro que más
de una vez nuestra madre perdió un poco los nervios
y se le pasó por la cabeza la idea de
que de buena gana nos tiraba por la ventana. Pero,
naturalmente, no lo hizo y aquí estamos.
Piensa que hace unos
años tus padres te cuidaron a ti. Ahora se han
invertido los términos y tienes que cuidarles tú a ellos.
Y no olvides que dentro de no muchos años, se
volverán a invertir las tornas, y será de ti de
quien tendrán que cuidar. Piensa que cuidando a tus padres,
o a tus suegros, aparte de cumplir un deber de
justicia y de cariño, estás enseñando mucho a tus hijos.
Ve preparándote para entonces y actúa ahora como quieres que
suceda contigo en el futuro.
He sabido que, en los días
de comienzo de vacaciones, o de un puente un poco
más largo, hay en los hospitales una avalancha de ingresos
de personas de edad avanzada. Y no es porque esos
días tengan los abuelos algún motivo especial de enfermedad, sino
porque muchas familias quieren deshacerse de sus padres ancianos y
pasar así más tranquilos las vacaciones. Me pregunto si en
esas familias habrá realmente tranquilidad y alegría en el disfrute
de esos días de descanso, después de abandonar así a
quienes les dieron la vida.
Esas familias en las que todos
los hermanos se desentienden, en las que a todos les
es materialmente imposible atender a sus padres ancianos, en las
que —en el mejor de los casos— los soportan unos
pocos días en cada casa y con cara de disgusto;
en esas familias, es fácil que dentro de veinte o
treinta años a ellos les espere de sus propios hijos
un trato parecido en sus últimos años de vida.
Sin embargo,
he conocido, por fortuna, muchas otras familias que han considerado
un orgullo hacer felices a sus padres ya ancianos, y
que han hecho grandes equilibrios para acogerles gustosos. Eso les
ha supuesto tantas veces renunciar a muchas salidas y a
mucha aparente felicidad, pero son familias felices y se les
puede augurar una vejez feliz, porque sus hijos habrán visto,
como una lección práctica, cómo se trata a los propios
padres cuando se hacen mayores.
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