Por San Atanasio de Alejandría
LOS
HERMANOS VISITAN A ANTONIO
Después
de algunos días volvió a su montaña. Desde entonces muchos fueron a visitarlo,
entre ellos muchos llenos de aflicción, que arriesgaban el viaje hasta él. Para
todos los monjes que llegaban donde él, tenía siempre el mismo consejo: poner
su confianza el Señor y amarlo, guardarse a sí mismo de los malos pensamientos
y de los placeres de la carne, y no ser seducido por el estómago lleno, como
está escrito en los Proverbios (Prov 24,15). Debían huir de la vanagloria y orar
continuamente; cantar salmos antes y después del sueño; guardar en el corazón
los mandamientos impuestos en las Escrituras y recordar los hechos de los
santos, de modo que el alma, al recordar los mandamientos, pueda inflamarse
ante el ejemplo de su celo. Les aconsejaba sobre todo recordar siempre la
palabra del apóstol: "Que el sol no se ponga sobre tu ira" (Ef 4,26),
y a considerar estas palabras como dichas de todos los mandamientos: el sol no
debe ponerse no sólo sobre la ira sino sobre ningún otro pecado.
Es
enteramente necesario que el sol no condene por ningún pecado de día, ni la
luna por ninguna falta o incluso pensamiento nocturno. Para asegurarnos de
esto, es bueno escuchar y guardar lo que dice el apóstol: "Júzguense y
pruébense ustedes mismos" (2 Co 13,5). Por eso cada uno debe hacer
diariamente un examen de lo que ha hecho de día y de noche; si ha pecado, deje
de pecar; si no ha pecado, no se jacte por ello. Persevere mas bien en la
practica de lo bueno y no deje de estar en guardia. No juzgue a su prójimo ni
se declare justo él mismo, como dice el santo apóstol Pablo, "Hasta que
venga el Señor y saque a luz lo que está escondido" (1 Co 4,5; Rm 2,16). A
menudo no tenemos conciencia de lo que hacemos; nosotros no lo sabemos, pero el
Señor conoce todo. Por eso dejémosle el juicio a El, compadezcámonos mutuamente
y "llevemos los unos las cargas de los otros" (Ga 6,2). Juzguémonos a
nosotros mismo y, si vemos que hemos disminuido, esforcémonos con toda seriedad
para reparar nuestra deficiencia. Que esta observación sea nuestra salvaguardia
con el pecado: anotemos nuestras acciones e impulsos del alma como si
tuviéramos que dar un informe a otro; pueden estar seguros que de pura
vergüenza de que esto se sepa, dejaremos de pecar y de seguir teniendo pensamientos
pecaminosos. ¿A quién le gusta que lo vean pecando? ¿Quién habiendo pecado, no
preferiría mentir, esperando escapar así a que lo descubran? Tal como no
quisiéramos abandonarnos al placer a vista de otros, así también si tuviéramos
que escribir nuestros pensamientos para decírselos a otro, nos guardaríamos
muchos de los malos pensamientos, de vergüenza de que alguien los supiera. Que
ese informe escrito sea, pues, como los ojos de nuestros hermanos ascetas, de
modo que al avergonzarnos al escribir como si nos estuvieran viendo, jamás nos
demos al mal. Moldeándonos de esta manera, seremos capaces de llevar a nuestro
cuerpo a obedecernos (1 Co 9,27), para agradar al Señor y pisotear las
maquinaciones del enemigo.
MILAGROS
EN EL DESIERTO
Estos
eran los consejos a los visitantes. Con los que sufrían se unía en simpatía y
oración, y a menudo y en muchos y variados casos, el Señor escuchó su oración.
Pero nunca se jactó cuando fue escuchado, ni se quejó cuando no lo fue. Siempre
dio gracias al Señor, y animaba a los sufrientes a tener paciencia y a darse
cuenta de que la curación no era prerrogativa suya ni de nadie, sino sólo de
Dios, que la obra cuando quiere y a quienes El quiere. Los que sufrían se
satisfacían con recibir las palabras del anciano como curación, pues aprendían
a tener paciencia y a soporta el sufrimiento. Y los que eran sanados, aprendían
a dar gracias no a Antonio sino sólo a Dios.
Había,
por ejemplo, un hombre llamado Frontón, oriundo de Palatium. Tenía una horrible
enfermedad: Se mordía continuamente la lengua y su vista se le iba acortando.
Llegó hasta la montaña y le pidió a Antonio que rogara por él. Oró y luego
Antonio le dijo a Frontón " Vete, vas a ser sanado". Pero el insistió
y se quedó durante días, mientras Antonio seguía diciéndole: "No te vas a
sanar mientras te quedes aquí y cuando llegues a Egipto verás en ti el
milagro". El hombre se convenció por fin y se fue, al llegar a la vista de
Egipto desapareció su enfermedad. Sanó según las instrucciones que Antonio
había recibido del Señor mientras oraba.
Una
niña de Busiris en Trípoli padecía de una enfermedad terrible y repugnante: una
supuración de ojos, nariz y oídos se transformaba en gusanos cuando caía al
suelo. Además su cuerpo estaba paralizado y sus ojos eran defectuosos. Sus
padres supieron de Antonio por algunos monjes que iban a verlo, y teniendo fe
en el Señor que sanó a la mujer que padecía hemorragia ( Mt 9,20), les pidieron
que pudieran ir con su hija. Ellos consintieron. Los padres y la niña quedaron
al pie de la montaña con Pafnucio, el confesor y monje. Los demás subieron, y
cuando se disponían a hablarle de la niña, el se les adelantó y les dijo todo
sobre el sufrimiento de la niña y de como había hecho el viaje con ellos.
Entonces cuando le preguntaron si esa gente podía subir, no se los permitió y
sino que dijo: "Vayan y, si no ha muerto, la encontrar n sana. No es
ciertamente mérito mío que ella halla querido venir donde un infeliz como yo;
no, en verdad; su curación es obra del Salvador que muestra su misericordia en
todo lugar a los que lo invocan. En este caso el Señor ha escuchado su oración,
y su amor por los hombres me ha revelado que curar la enfermedad de la niña
donde ella está". En todo caso el milagro se realizó: cuando bajaron,
encontraron a los padres felices y a la niña en perfecta salud.
Sucedió
que cuando los hermanos estaban en viaje hacia él, se les acabó el agua durante
el viaje; uno murió y el otro estaba a punto de morir. Ya no tenía fuerzas para
andar, sino que yacía en el suelo esperando también la muerte. Antonio, sentado
en la montaña, llamó a dos monjes que estaban casualmente sentados allí, y los
apremió a apresurarse: "Tomen un jarro de agua y corran abajo por el
camino a Egipto; venían dos, uno acaba de morir y el otro también morir a menos
que ustedes se apuren. Recién me fue revelado esto en la oración". Los
monjes fueron y hallaron a uno muerto y lo enterraron. Al otro lo hicieron
revivir con agua y lo llevaron hasta el anciano. La distancia era de un día de
viaje. Ahora si alguien pregunta porque no habló antes de que muriera el otro,
su pregunta es injustificada. El decreto de muerte no pasó por Antonio sino por
Dios, que la determinó para uno, mientras que revelaba la condición del otro.
En cuanto a Antonio, lo único admirable es que, mientras estaba en la montaña
con su corazón tranquilo, el Señor les mostró cosas remotas.
En
otra ocasión en que estaba sentado en la montaña y mirando hacia arriba, vio en
el aire a alguien llevado hacia lo alto entre gran regocijo entre otros que le
salían al encuentro. Admirándose de tan gran multitud y pensando que felices
eran, oró para saber que era eso. De repente una voz se dirigió a él diciéndole
que era el alma de un monje Ammón de Nitria, que vivió la vida ascética hasta
edad avanzada. Ahora bien, la distancia entre Nitria a la montaña donde estaba
Antonio, era de trece días de viaje. Los que estaban con Antonio, viendo al
anciano tan extasiado, le preguntaron que significaba y el les contó que Ammón
acababa de morir.
Este
era bien conocido, pues venía ahí a menudo y muchos milagros fueron logrados
por su intermedio. El que sigue es un ejemplo: "Una vez tenía que
atravesar el río Licus en la estación de las crecidas; le pidió a Teodor que se
le adelantara para que no se vieran desnudos uno a otro mientras cruzaban el
río a nado. Entonces cuando Teodor se fue, el se sentía todavía avergonzado por
tener que verse desnudo él mismo. Mientras estaba así desconcertado y
reflexionando, fue de repente transportado a la otra orilla. Teodoro, también
un hombre piadoso, salió del agua, y al ver al otro lado al que había llegado
antes que él y sin haberse mojado se aferró a sus pies, insistiendo que no lo
iba a soltar hasta que se lo dijera. Notando la determinación de Teodoro,
especialmente, después de lo que le dijo, él insistió a su vez para que no se
lo dijera a nadie hasta su muerte, y así le reveló que fue llevado y depositado
en la orilla, que no había caminado sobre el agua, ya que sólo esto es posible
al Señor y a quienes El se lo permite, como lo hizo en el caso del apóstol
Pedro (Mt 14,29). Teodoro relató esto después de la muerte de Ammón.
Los
monjes a los que Antonio les habló sobre la muerte de Ammón, se anotaron el
día, y cuando, un mes después, los hermanos volvieron desde Nitria, preguntaron
y supieron que Ammón se había dormido en el mismo día y hora en que Antonio vio
su alma llevada hacia lo alto. Y tanto ellos como los otros quedaron asombrados
ante la pureza del alma de Antonio, que podía saber de inmediato lo que había
pasado trece días antes y que era capaz de ver el alma llevada hacia lo alto.
En
otra ocasión, el conde Arquelao lo encontró en la montaña Exterior y le pidió
solamente que rezara por Policracia, la admirable virgen de Laodicea, portadora
de Cristo. Sufría mucho del estómago y del costado a causa de su excesiva
austeridad, y su cuerpo estaba reducido a gran debilidad. Antonio oró y el
conde anotó el día en que hizo oración. Cuando volvió a Laodicea, encontró sana
a la virgen. Preguntando cuando se vio libre de su debilidad, sacó el papel
donde había anotado la hora de la oración. Cuando le contestaron,
inmediatamente mostró su anotación en el papel, y todos se asombraron al
reconocer que el Señor la había sanado de su dolencia en el mismo momento en
que Antonio estaba orando e invocando la bondad del Salvador en su ayuda.
En
cuanto a sus visitantes, con frecuencia predecía su venida, días y a veces un
mes antes, indicando la razón de su visita. Algunos venían sólo a verlo, otros
a causa de sus enfermedades, y otros, atormentados por los demonios. Y nadie
consideraba el viaje demasiado molesto o que fuera tiempo perdido; cada uno
volvía sintiendo que había recibido ayuda. Aunque Antonio tenía estos poderes
de palabra y visión, sin embargo suplicaba que nadie lo admirara por esta
razón, sino mas bien admirara al Señor, porque El nos escucha a nosotros, que
sólo somos hombres, a fin de conocerlo lo mejor que podamos.
En
otra ocasión había bajado de nuevo para visitar las celdas exteriores. Cuando
fue invitado a subir a un barco y orar con los monjes, sólo él percibió un olor
horrible y sumamente penetrante. La tribulación dijo que había pescado y
alimento salado a bordo y que el olor venía de eso, pero él insistió que el
olor era diferente. Mientras estaba hablando, un joven que tenía un demonio y
había subido a bordo poco antes como polizón, de repente soltó un chillido.
Reprendido en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, el demonio se fue y el
hombre volvió a la normalidad; todos entonces se dieron cuenta de que el hedor
venía del demonio.
Otra
vez un hombre de rango fue donde él, poseído de un demonio. En este caso el
demonio era tan terrible que el poseso no estaba consciente de que iba hacia
Antonio. Incluso llegaba a devorar sus propios excrementos. El hombre que lo
llevó donde Antonio le rogó que orara por él. Sintiendo compasión por el joven,
Antonio oró y pasó con él toda la noche. Hacia el amanecer el joven de repente
se lanzó sobre Antonio y le dio un empujón. Sus compañeros se enojaron ante
eso, pero Antonio dijo: "No se enojen con el joven, porque no es él el
responsable sino el demonio que está en él. Al ser increpado y mandado irse a
lugares desiertos, se volvió furioso e hizo esto. Den gracias al Señor, porque
el atacarme de este modo es una señal de la partida del demonio". Y en
cuanto Antonio dijo esto, el joven volvió a la normalidad. Vuelto en sí se dio
cuenta donde estaba, abrazó al anciano y dio gracias a Dios.
VISIONES
Son
numerosas las historias, por lo demás todas concordes, que los monjes han
trasmitido sobre muchas otras cosas semejantes que él obró. Y ellas, sin
embargo, no parecen tan maravillosas como otras aún más maravillosas. Un a vez,
por ejemplo, a la hora nona, cuando se puso de pie para orar antes de comer, se
sintió transportado en espíritu y, extraño es decirlo, se vio a sí mismo y se
hallara fuera de sí mismo y como si otros seres lo llevaran en los aires.
Entonces vio también otros seres terribles y abominables en el aire, que le
impedían el paso. Como sus guías ofrecieron resistencia, los otros preguntaron
con qué pretexto quería evadir su responsabilidad ante ellos. Y cuando
comenzaron ellos mismos a tomarles cuentas desde su nacimiento, intervinieron
los guías de Antonio: "Todo lo que date desde su nacimiento, el Señor lo
borró; pueden pedirle cuentas desde cuando comenzó a ser monje y se consagró a
Dios. Entonces comenzaron a presentar acusaciones falsas y como no pudieron probarlas,
tuvieron que dejarle libre el paso. Inmediatamente se vio así mismo acercándose
–a lo menos, así le pareció– y juntándose consigo mismo, y así volvió Antonio a
la realidad.
Entonces,
olvidándose de comer, pasó todo el resto del día y toda la noche suspirando y
orando. Estaba asombrado de ver contra cuantos enemigos debemos luchar y qué
trabajos tiene uno para poder abrirse paso por los aires. Recordó que esto es
lo que dice el apóstol: "De acuerdo al príncipe de las potencias del
aire" (Ef 2,2). Ahí está precisamente el poder del enemigo, que pelea y
trata de detener a los que intentan pasar. Por eso el mismo apóstol da también
su especial advertencia: "Tomen la armadura de Dios que los haga capases
de resistir en el día malo" (Ef 6,13), y "no teniendo nada malo que
decir de nosotros el enemigo, pueda ser dejado en vergüenza" (Tt 2,8). Y
los que hemos aprendido esto, recordemos lo que el mismo apóstol dice: "No
sé si fue llevado con cuerpo o sin él, Dios lo sabe" (2 Co 2,12). Pero
Pablo fue llevado al tercer cielo y escuchó "palabras inefables" (2
Co 12,2.4), y volvió, mientras que Antonio se vio a sí mismo entrando en los
aires y luchando hasta que quedó libre.
En
otra ocasión tuvo este favor de Dios. Cuando solo en la montaña y
reflexionando, no podía encontrar alguna solución, la Providencia se la
revelaba en respuesta a su oración; el santo varón era, con palabras de la
Escritura, "Enseñado por Dios" (Is 54,13; Jn 6,45; 1 Ts 4,9). Así
favorecido, tuvo una vez una discusión con unos visitantes sobre la vida del
alma y qué lugar tendría después de la vida. A la noche siguiente le llegó un
llamado desde lo alto: "¡Antonio, sal fuera y mira!". El salió, pues
distinguía los llamados que debía escuchar, y mirando hacia lo alto vio una
enorme figura, espantosa y repugnante, de pie, que alcanzaba las nubes, y
además vio ciertos seres que subían como con alas. La primera figura extendía
sus manos, y algunos de los seres eran detenidos por ella, mientras otros
volaban sobre ella y, habiéndola sobrepasado, seguían ascendiendo sin mayor
molestia. Contra ella el monstruo hacía rechinar sus dientes, pero se alegraba
por los otros que habían caído. En ese momento una voz se dirigió a Antonio:
"¡Comprende la visión!" (Dn 9,23). Se abrió su entendimiento (Lc 24,45)
y se dio cuenta que ese era el paso de las almas y de que el monstruo que allí
estaba era el enemigo, en envidioso de los creyentes. Sujetaba a los que le
correspondían y no los dejaba pasar, pero a los que no había podido dominar,
tenía que dejarlo pasar fuera de su alcance.
Habiéndolo
visto esto y tomándolo como advertencia, luchó aún más para adelantar cada día
lo que le esperaba.
No
tenía ninguna inclinación a hablar a cerca de estas cosas a la gente. Pero
cuando había pasado largo tiempo en oración y estado absorto en toda esa
maravilla, y sus compañeros insistían y lo importunaban para que hablara,
estaba forzado a hacerlo. Como padre no podía guardar un secreto ante sus
hijos. Sentía que su propia conciencia era limpia y que contarles esto podría
servirles de ayuda. Conocerían el buen fruto de la vida ascética, y que a
menudo las visiones son concedidas como compensación por las privaciones.
DEVOCIÓN
DE ANTONIO A LOS MINISTROS DE LA IGLESIA
ECUANIMIDAD
DE SU CARÁCTER
Era
paciente por disposición y humilde de corazón. Siendo hombre de tanta fama,
mostraba, sin embargo, el más profundo respeto a los ministros de la Iglesia, y
exigía que a todo clérigo se le diera más honor que a él. No se avergonzaba de
inclinar su cabeza ante obispos y sacerdotes. Incluso si algún di cono llegaba
donde él a pedirle ayuda, conversaba con él lo que fuera provechoso, pero
cuando llegaba la oración le pedía que presidiera, no teniendo vergüenza de
aprender. De hecho, a menudo planteó cuestiones inquiriendo los puntos de vista
de sus compañeros, y si sacaba provecho de lo que el otro decía, se lo
agradecía.
Su
rostro tenía un encanto grande e indescriptible. Y el Salvador le había dado
este don por añadidura: si se hallaba presente en una reunión de monjes y
alguno a quien no conocía deseaba verlo, ese tal en cuanto llegaba pasaba por
alto a los demás, como atraído por sus ojos. No era ni su estatura ni su figura
las que lo hacían destacar sobre los demás, sino su carácter sosegado y la
pureza de su alma. Ella era imperturbable y así su apariencia externa era
tranquila. El gozo de su alma se transparentaba en la alegría de su rostro, y
por la forma de expresión de su cuerpo se sabía y se conocía la estabilidad de
su alma, como lo dice la Escritura: "Un corazón contento alegra el rostro,
uno triste deprime el espíritu" (Pr 15,13). También Jacob observó que
Labán estaba tramando algo contra él y dijo a sus mujeres: "Veo que el
padre de ustedes no me mira con buenos ojos" (Gn 31,5). También Samuel
reconoció a David porque tenía los ojos que irradiaban alegría y dientes
blancos como la leche (1 S 16,12; Gn 49,12). Así también era reconocido
Antonio: nunca estaba agitado, pues su alma estaba en paz, nunca estaba triste,
porque había alegría en su alma.
POR
LEALTAD A LA FE, ANTONIO INTERVIENE EN LA LUCHA ANTIARRIANA
En
asuntos de fe, su devoción era sumamente admirable. Por ejemplo, nunca tuvo
nada que hacer con los cismáticos melecianos, sabedor desde el comienzo de su
maldad y apostasía. Tampoco tuvo ningún trato amistoso con los maniqueos ni con
otros herejes, a excepción únicamente de las amonestaciones que les hacía para
que volvieran a la verdadera fe. Pensaba y enseñaba que amistad y asociación
con ellos perjudicaban y arruinaban su alma. También detestaba la herejía de
los arrianos, y exhortaba a todos a no acercárseles ni a compartir su perversa
creencia. Una vez, cuando uno de esos impíos arrianos llegaron donde él, los
interrogó detalladamente; y al darse cuenta de su impía fe, los echó de la
montaña, diciendo que sus palabras era peores que veneno de serpientes.
Cuando
en una ocasión los arrianos esparcieron la mentira de que compartía sus mismas
opiniones, demostró que estaba enojado e irritado contra ellos. Respondiendo al
llamado de los obispos y de todos los hermanos, bajó de la montaña y entrando
en Alejandría denunció a los arrianos. Decía que su herejías era la peor de
todas y precursora del anticristo. Enseñaba al pueblo que el Hijo de Dios no es
una creatura ni vino al ser "de la no existencia", sino que "El
es la eterna Palabra y Sabiduría de la substancia del Padre. Por eso es impío
decir: 'hubo un tiempo en que no existía', pues la Palabra fue siempre
coexistente con el Padre. Por eso, no se metan para nada con estos arrianos
sumamente impíos; simplemente, 'no hay comunidad entre luz y tinieblas' (2 Co
6,14). Ustedes deben recordar que son cristianos temerosos de Dios, pero ellos,
al decir que el Hijo y la Palabra de Dios Padre es una creatura, no se
diferencian de los paganos 'que adoran la creatura en lugar del Dios creador'
(Rm 1,25). Estén seguros de que toda la creación está irritada contra ellos,
porque cuentan entre las cosas creadas al Creador y Señor de todo, por quien
todas las cosas fueron creadas" (Col 1,16).
Todo
el pueblo se alegraba al escuchar a semejante hombre anatemizar la herejía que
luchaba contra Cristo. Toda la ciudad corría para ver a Antonio. También los
paganos e incluso los mal llamados sacerdotes, iban a la Iglesia diciéndose:
"Vamos a ver al varón de Dios", pues así lo llamaban todos. Además,
también allí el Señor obró por su intermedio expulsiones de demonios y
curaciones de enfermedades mentales. Muchos paganos querían tocar al anciano,
confiando en que serían auxiliados, y en verdad hubo tantas conversiones en eso
pocos días como no se las había visto en todo un año. Algunos pensaron que la
multitud lo molestaba y por eso trataron de alejar a todos de él, pero él, sin
incomodarse, dijo: "Toda esta gente no es más numerosa que los demonios
contra los que tenemos que luchar en la montaña".
Cuando
se iba y lo estábamos despidiendo, al llegar a la puerta una mujer detrás de
nosotros le gritaba: "¡Espera varón de Dios mi hija está siendo
atormentada terriblemente por un demonio! ¡Espera, por favor, o me voy a morir
corriendo!". El anciano la escuchó, le rogamos que se detuviera y el
accedió con gusto. Cuando la mujer se acercó, su hija era arrojada al suelo.
Antonio oró, e invocó sobre ella el nombre de Cristo; la muchacha se levantó
sana y el espíritu impuro la dejó. La madre alabó a Dios y todos dieron
gracias. y él también contento partió a la Montaña, a su propio hogar.
LA
VERDADERA SABIDURÍA
Tenía
también un grado muy alto de sabiduría práctica. Lo admirable era que, aunque
no tuvo educación formal, poseía ingenio y comprensión despiertos. Un ejemplo:
Una vez llegaron donde él dos filósofos griegos, pensando que podían divertirse
con Antonio. Cuando él, que por ese entonces vivía en la Montaña Exterior,
catalogó a los hombres por su apariencia, salió donde ellos y les dijo por
medio de un intérprete: " ¿Por qué filósofos, se dieron tanta molestia en
venir donde un hombre loco?. Cuando ellos le contestaron que no era loco sino
muy sabio, él les dijo: "Si ustedes vinieron donde un loco, su molestia no
tiene sentido; pero si piensan que soy sabio, entonces háganse lo que yo soy,
porque hay que imitar lo bueno. En verdad, si yo hubiera ido donde ustedes, los
habría imitado; a la inversa, ahora que ustedes vinieron donde mí, conviértanse
en lo que soy: yo soy cristiano". Ellos se fueron, admirados de él, vieron
que los demonios temían a Antonio.
También
otros de la misma clase fueron a su encuentro en la Montaña Exterior y pensaron
que podían burlarse de él porque no tenía educación. Antonio les dijo:
"Bien, que dicen ustedes: ¿qué es primero, el sentido o la letra? ¿Y cuál
es el origen de cuál?: ¿El sentido de la letra o la letra del sentido?. Cuando
ellos expresaron que el sentido es primero y origen de la letra, Antonio dijo:
"Por eso quien tiene una mente sana no necesita las letras. Esto asombró a
ellos y a los circunstantes. Se fueron admirados de ver tal sabiduría en un
hombre iletrado. Porque no tenía las maneras groseras de quien a vivido y
envejecido en la montaña, sino que era un hombre de gracia y cortesía. Su
hablar estaba sosegado con la sabiduría divina (Col 4,6), de modo que nadie le
tenía mala voluntad, sino que todos se alegraban de haber ido en su busca.
Y por
cierto, después de éstos vinieron otros todavía. Eran de aquellos que de entre
los paganos tienen reputación de sabios. Le pidieron que planteara una
controversia sobre nuestra fe en Cristo. Cuando trataban de argüir con sofismas
a partir de la predicación de la divina Cruz con el fin de burlarse, Antonio
guardó silencio por un momento y, compadeciéndose primero de su ignorancia,
dijo luego a través de un intérprete que hacía una excelente traducción de sus
palabras: "Qué es mejor: ¿confesar la Cruz o atribuir adulterio o
pederastias a sus mal llamados dioses? Pues mantener lo que mantenemos es signo
de espíritu viril y denota desprecio de la muerte, mientras que lo que ustedes
pretenden habla sólo de sus pasiones desenfrenadas. Otra vez, qué es mejor:
¿decir que la Palabra de Dios inmutable quedó la misma al tomar el cuerpo
humano para la salvación y bien de la humanidad, de modo que al compartir el
nacimiento humano pudo hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina y
espiritual (2 P 1,4), o colocar lo divino en un mismo nivel que los seres
insensibles y adorar por eso a bestias y reptiles e imágenes de hombres?.
Precisamente eso son los objetos adorados por sus hombres sabios. ¿Con qué
derecho vienen a rebajarnos porque afirmamos que Cristo pereció como hombre,
siendo que ustedes hacen provenir el alma del cielo, diciendo que se extravió y
cayó desde la bóveda del cielo al cuerpo? ¡Y ojal que fuera sólo el cuerpo
humano, y que no se cambiara o migrara en el de bestia y serpientes!. Nuestra
fe declara que Cristo vino para la salvación de las almas, pero ustedes
erróneamente teorizan acerca de un alma increada. Creemos en el poder de la
Providencia y en su amor por los hombres y que esa venida por tanto no era
imposible para Dios; pero ustedes llamando al alma imagen de la Inteligencia,
le impulsan caídas y fabrican mitos sobre su posibilidad de cambios. Como
consecuencia, hacen a la inteligencia misma mutable a causa del alma. Porque en
cuanto era imagen debe ser aquello a cuya imagen es. Pero si ustedes piensan
semejantes cosas acerca de la Inteligencia, recuerden que blasfeman del Padre
de la Inteligencia.
"Y
referente a la Cruz, qué dicen ustedes que es mejor: ¿soportar la cruz, cuando
hombres malvados echan mano de la traición, y no vacilar ante la muerte de
ninguna manera o forma, o fabricar fábulas sobre las andanzas de Isis u Osiris,
las conspiraciones de Tifón, la expulsión de Cronos, con sus hijos devorados y
parricidios?. Sí, ¡aquí tenemos su sabiduría!
¿Y
por qué mientras se ríen de la Cruz, no se maravillan de la Resurrección?
Porque los mismos que nos trasmitieron un suceso, escribieron también sobre el
otro. ¿O por qué mientras se acuerdan de la Cruz, no tiene nada que decir sobre
los muertos devueltos a la vida, los ciegos que recuperaron la vista, los
paralíticos que fueron sanados y los leprosos que fueron limpiados, el caminar
sobre el mar, y los demás signos y milagros que muestran a Cristo no como
hombre sino como Dios? En todo caso me parece que ustedes se engañan así mismos
y que no tienen ninguna familiaridad real con nuestras Escrituras. Pero léanlas
y vean que cuanto Cristo hizo prueba que era Dios que habitaba con nosotros
para la salvación de los hombres.
Pero
háblennos también ustedes sobre sus propias enseñanzas. Aunque ¿que pueden
decir de las cosas insensibles sino insensateces y barbaridades?. Pero si, como
oigo, quieren decir que entre ustedes tales cosas se hablan en sentido
figurado, y así convierten el rapto de Coré en alegoría de la tierra; la cojera
de Hefestos, del sol; a Hera, del aire; a Apolo, del sol; a Artemisa, de la
luna; y a Poseidón, del mar: aún así no adoran ustedes a Dios mismo, sino que
sirven a la creatura en lugar del Dios que creó todo. Pues si ustedes han
compuesto tales historias porque la creación es hermosa, no debían haber ido
mas allá de admirarla, y no hacer dioses de las creaturas para no dar a las
cosas hechas el honor del Hacedor. En ese caso, ya sería tiempo que dieran el
honor al debido arquitecto, a la casa construidas por él, o el honor debido al
general, a los soldados. Ahora, ¿qué tienen que decir a todo esto? Así sabremos
si la Cruz tiene algo que sirva para burlase de ella".
Ellos
estaban desconcertados y le daban vueltas al asunto de una y otra forma.
Antonio sonrió y dijo, de nuevo a través de un intérprete: "Sólo con ver
las cosas ya se tiene la prueba de todo lo que he dicho. Pero dado que ustedes,
por supuesto, confían absolutamente en las demostraciones, y es éste un arte en
que ustedes son maestros, y ya que nos exigen no adorar a Dios sin argumentos
demostrativos, díganme esto primero. ¿Cómo se origina el conocimiento preciso
de las cosas, en especial el conociendo de Dios? ¿Es por una demostración
verbal o por un acto de fe? Y qué viene primero: ¿el acto de fe o la
demostración verbal?". Cuando replicaron que el acto de fe precede y que
esto constituye un conocimiento exacto, Antonio, dijo: "¡Bien respondido!
La fe surge de la disposición del alma, mientras la dialéctica vine de la
habilidad de los que la idean. De acuerdo a esto, los que poseen una fe activa
no necesitan argumentos de palabras, y probablemente los encuentran incluso
superfluos. Pues lo que aprendemos por la fe, tratan ustedes de construirlo con
argumentaciones, y a menudo ni siquiera pueden expresar lo que nosotros percibimos.
La conclusión es que una fe activa es mejor y más fuerte que sus argumentos
sofistas.
"Los
cristianos, por eso, poseemos el misterio, no basándonos en la razón de la
sabiduría griega (1 Co 1,17), sino fundado en el poder de una fe que Dios nos
ha garantido por medio de Jesucristo. Por lo que hace a la verdad de la
explicación dada, noten como nosotros, iletrados, creemos en Dios, reconociendo
su Providencia a partir de sus obras. Y en cuanto a que nuestra fe es algo
efectivo, noten que nos apoyamos en nuestra fe en Cristo, mientras que ustedes
lo hacen basados en disputas o palabras sofísticas; sus ídolos fantasmas están
pasando de moda, pero nuestra fe se difunde en todas partes. Ustedes con todos
sus silogismos y sofisma no convierten a nadie del cristianismo al paganismo,
pero nosotros, enseñando la fe en Cristo, estamos despojando a sus dioses del
miedo que inspiraban, de modo que todos reconocen a Cristo como Dios e Hijo de
Dios. Ustedes en toda su elegante retórica, no impiden la enseñanza de Cristo,
pero nosotros, con sólo mencionar el nombre de Cristo crucificado, expulsamos a
los demonios que ustedes veneran como dioses. Donde aparece el signo de la
Cruz, allí la magia y la hechicería son impotentes y sin efecto.
"En
verdad, dígannos, ¿dónde quedaron sus oráculos? ¿Dónde los encantamientos de
los egipcios? ¿Dónde sus ilusiones y fantasmas de los magos? ¿Cuándo terminaron
estas cosas y perdieron su significado? ¿No fue acaso cuando llegó la Cruz de
Cristo? Por eso, es ella la que merece desprecio y no mas bien lo que ella ha
echado abajo, demostrando su impotencia? También es notable el echo de que la
religión de ustedes jamás fue perseguida; al contrario en todas partes goza de
honor entre los hombres. Pero los seguidores de Cristo son perseguidos, y sin
embargo es nuestra causa la que florece y prevalece, no la suya. Su religión,
con toda la tranquilidad y protección que goza, está muriéndose, mientras la fe
y enseñanza de Cristo, despreciadas por ustedes a menudo perseguidas por los
gobernantes, han llenado el mundo. ¿En qué tiempo resplandeció tan
brillantemente el conocimiento de Dios? ¿O en qué tiempo aparecieron la
continencia y la virtud de la virginidad? ¿O cuándo fue despreciada la muerte
como cuando llegó la Cruz de Cristo? Y nadie duda de esto al ver a los mártires
que desprecian la muerte por causa de Cristo, o al ver a las vírgenes de la
Iglesia que por causa de Cristo guardan sus cuerpos puros y sin mancilla.
"Estas
pruebas bastan para demostrar que la fe en Cristo es la única religión
verdadera. Pero aquí están ustedes, los que buscan conclusiones basadas en el
razonamiento , ustedes que no tienen fe. Nosotros no buscamos pruebas, tal como
dice nuestro maestro, con palabras persuasivas de sabiduría humana (1 Co 2,4),
sino que persuadimos a los hombres por la fe, fe que precede tangiblemente todo
razonamiento basado en argumentos. Vean, aquí hay algunos que son atormentados
por los demonios". Estos eran gente que habían venido a verlo y que
sufrían a causa de los demonios; haciéndolos adelantarse, dijo: "O bien,
sánenlos con sus silogismos, o cualquier magia que deseen, invocando a sus
ídolos; o bien, si no pueden, dejen de luchar contra nosotros y vean el poder
de la Cruz de Cristo". Después de decir esto, invocó a Cristo e hizo sobre
los enfermos la señal de la Cruz, repitiendo la acción por segunda y tercera
vez. De inmediato las personas se levantaron completamente sanas, vueltas a su
mente y dando gracias al Señor. Los mal llamados filósofos estaban asombrados y
realmente atónitos por la sagacidad del hombre y por el milagro realizado. Pero
Antonio les dijo: " ¿Por qué se maravillan de esto? No somos nosotros sino
Cristo quien hace esto a través de los que creen en El. Crean ustedes también y
verán que no es palabrería la que tenemos, sino fe que por la caridad obrada
por Cristo (Ga 5,6); si ustedes también hacen suyo esto, no necesitarán ya
andar buscando argumentos de la razón, sino que hallarán que la fe en Cristo es
suficiente". Así habló Antonio. Cuando partieron, lo admiraron, lo
abrazaron y reconocieron que los había ayudado.
LOS
EMPERADORES ESCRIBEN A ANTONIO
La
fama de Antonio llegó hasta los emperadores. Cuando Constantino Augusto y sus
hijos Constancio Augusto y Constante Augusto, oyeron están cosas, le escribían
como a un padre, rogándole que les contestara. El, sin embargo, no dio mucha
importancia a los documentos ni se alegró por las cartas; siguió siendo el
mismo que antes de que le escribiera el emperador. Cuando le llevaron los
documentos, llamó a los monjes y dijo: "No deben sorprenderse si un
emperador nos escribe, porque es hombre; deberían sorprenderse de que Dios haya
escrito la ley para la humanidad y nos haya hablado por medio de su propio
Hijo". En verdad, ni quería recibir cartas, diciendo que no sabía qué contestar.
Pero los monjes le persuadieron haciéndole presente que los emperadores eran
cristianos y que se ofenderían al ser ignorados; entonces accedió a que se las
leyeran. Y contestó, recomendándoles que dieran culto a Cristo y dándoles el
saludable consejo de no apreciar demasiado las cosas de este mundo sino más
bien recordar el juicio venidero, y saber que sólo Cristo es el Rey verdadero y
eterno. Les rogaba que fueran humanos y que hicieran caso de la justicia y de
los pobres. Y ellos estuvieron felices de recibir la respuesta. Por eso era
amado por todos, y todos deseaban tenerlo como padre.
ANTONIO
PREDICE LOS ESTRAGOS DE LA HEREJÍA ARRIANA
Dando
tal razón de sí mismo y contestando así a los que lo buscaban, volvió a la
Montaña Interior. Continuó observando sus antiguas prácticas ascéticas, y a
menudo, cuando estaba sentado o caminando con visitantes, se quedaba mudo, como
está escrito en el libro de Daniel (Dn 4,16 LXX). Después de un tiempo,
retomaba lo que había estado diciendo a los hermanos que estaban con él, y los
presentes se daban cuenta de que había tenido una visión. Pues a menudo cuando
estaba en la montaña veía cosas que sucedían en Egipto, como se las confesó al
obispo Serapión, cuando este se encontraba en la Montaña Interior y vio a Antonio
en trance de visión.
En
una ocasión, por ejemplo, mientras estaba sentado trabajando, tomó la
apariencia de alguien que está en éxtasis, y se lamentaba continuamente por lo
que veía. Después de algún tiempo volvió en sí, lamentándose y temblando, y se
puso a orar postrado, quedando largo tiempo en esa posición. Y cuando se
incorporó, el anciano estaba llorando. Entonces los que estaban con él se
agitaron y alarmaron muchísimo, y lee preguntaron que pasaba; lo urgieron por
tanto tiempo que lo obligaron a hablar. Suspirando profundamente, dijo:
"Oh, hijos míos, sería mejor morir antes de que sucedieran estas cosas de
la visión". Cuando ellos le hicieron más preguntas, dijo entre l grimas:
"La ira de Dios está a punto de golpear a la Iglesia, y ella está a punto
de ser entregada a hombres que son como bestias insensibles. Pues vi la mesa de
la casa del Señor y había mulas en torno rodeándolas por todas partes y dando
coces con sus cascos a todo lo que había dentro, tal como el coceo de una
manada briosa que galopaba desenfrenada. Ustedes oyeron cómo me lamentaba; es
que escuché una voz que decía: "Mi altar será profanado".
Así
habló el anciano. Y dos años después llegó el asalto de los arrianos y el
saqueo de las Iglesias, cuando se apoderaron a la fuerza de los vasos y los
hicieron llevar por los paganos; cuando también forzaron a los paganos de sus
tiendas para ir a sus reuniones y en su presencia hicieron lo que se les antojó
sobre la sagrada mesa. Entonces todos nos dimos cuenta de que el coceo de mulas
predicho por Antonio era lo que los arrianos están haciendo como bestias
brutas.
Cuando
tuvo esta visión, consoló a sus compañeros: "No se descorazonen, hijos
míos, aunque el Señor ha estado enojado, nos restablecer después. Y la Iglesia
se recobrar rápidamente la belleza que le es propia y resplandecer con su
esplendor acostumbrado. Verán a los perseguidos restablecido y a la irreligión
retirándose de nuevo a sus propias guaridas, y a la verdadera fe afirmándose en
todas partes con completa libertad. Pero tengan cuidado de no dejarse manchar
con los arrianos. Toda su enseñanza no es de los Apóstoles sino de los demonios
y de su padre, el diablo. Es estéril e irracional, y le falta inteligencia, tal
como les falta el entendimiento a las mulas.
ANTONIO,
TAUMATURGO DE DIOS Y MÉDICO DE ALMAS
Tal
es la historia de Antonio. No deberíamos ser escépticos porque sea a través de
un hombre que han sucedido estos grandes milagros. Pues es la promesa del
Salvador: "Si tienen fe aunque sea como un grano de mostaza, le dirán a
ese monte: ¡Muévete de aquí!, y se mover ; nada les ser imposible" (Mt
17,20). Y también: "En verdad, les digo: Todo lo que le pidan al Padre en
mi nombre, El se los dar ... Pidan y recibirán" (Jn 16,23 ss.). El es
quien dice a sus discípulos y a todos los que creen en El: "Sanen a los
enfermos..., echen fuera a los demonios; gratis lo recibieron, gratis tienen
que darlo" (Mt 8,10).
Antonio,
pues, sanaba no dando órdenes sino orando e invocando el nombre de Cristo, de
modo de que para todo era claro que no era él quien actuaba sino el Señor quien
mostraba su amor por los hombres sanando a los que sufrían, por intermedio de
Antonio. Antonio se ocupaba sólo de la oración y de la práctica de la ascesis,
por esta razón llevaba su vida montañesa, feliz en la contemplación de las
cosas divinas, y apenado de que tantos lo perturbaban y lo forzaban a salir a
la Montaña Exterior.
Los
jueces, por ejemplo, le rogaban que bajara de la montaña, ya que para ellos era
imposible ir para allá a causa del séquito de gente envueltas en pleito. Le
pidieron que fuera a ellos para que pudieran verlo. El trató de librarse del
viaje y les rogó que lo excusaran de hacerlo. Ellos insistieron, sin embargo,
incluso le mandaron procesados con escoltas de soldados, para que en
consideración a ellos se decidiera a bajar. Bajo tal presión, y viéndolos
lamentarse, fue a la Montaña Exterior. De nuevo la molestia que se tomó no fue
en vano, pues ayudo a muchos y su llegada fue verdadero beneficio. Ayudó a los
jueces aconsejándoles que dieran a la justicia precedencia a todo lo demás, que
temieran a Dios y que recordaran que "serían juzgados con la medida con
que juzgaran" (Mt 7,12). Pero amaba su vida montañesa por encima de todo.
Una
vez importunado por personas que necesitaban su ayuda y solicitado por el
comandante militar que envió mensajeros a pedirle que bajara, fue y habló
algunas palabras acerca de la salvación y a favor de los que lo necesitaban, y
luego se dio prisa para irse. Cuando el duque, como lo llaman, le rogó que se
quedara, le contestó que no podía pasar más tiempo con ellos, y los satisfizo
con esta hermosa comparación: "Tal como un pez muere cuando está un tiempo
en tierra seca, así también los monjes se pierden cuando holgazanean y pasan
mucho tiempo entre ustedes. Por eso tenemos que volver a la montaña, como el
pez al agua. De otro modo, si nos entretenemos podemos perder de vista la vida
interior. El comandante al escucharle esto y muchas otras cosas más, dijo
admirado que era verdaderamente siervo de Dios, pues, ¿de dónde podía un hombre
ordinario tener una inteligencia tan extraordinaria si no fuera amado por Dios?
Había
una vez un comandante –Balacio era su nombre–, que era como los partidario de
los execrables arrianos perseguía duramente a los cristianos. En su barbarie
llegaba a azotar a las vírgenes y desnudar y azotar a los monjes. Entonces Antonio
le envió una carta diciéndole lo siguiente: "Veo que el juicio de Dios se
te acerca; deja, pues, de perseguir a los cristianos para que no te sorprenda
el juicio; ahora está a punto de caer sobre ti". Pero Balacio se echó a
reír, tiró la carta al suelo y la escupió, maltrató a los mensajeros y les
ordenó que llevaran este mensaje a Antonio: "Veo que estás muy preocupados
por los monjes, vendré también por ti". No habían pasado cinco días cuando
el juicio de Dios cayó sobre él. Balacio y Nestorio, prefecto de Egipto, habían
salido a la primera estación fuera de Alejandría, llamada Chereu; ambos iban a
caballo. Los caballos pertenecían a Balacio y eran los más mansos que tenía. No
habían llegado todavía al lugar, cuando los caballos, como acostumbraban a
hacerlo, comenzaron a retozar uno contra otro, y de repente el más manso de los
dos, que cabalgaba Nestorio, mordió a Balacio, lo echó abajo y lo atacó. Le
rasgó el muslo tan malamente con sus dientes, que tuvieron que llevarlo de
vuelta a la ciudad, donde murió después de tres días. Todos se admiraron de que
lo dicho por Antonio se cumpliera tan rápidamente.
Así
dio escarmiento a los duros. Pero en cuanto a los demás que acudían a él, sus
íntimas y cordiales conversaciones con ellos lo hacían olvidar sus litigios y
hacían considerar felices a los que abandonaban la vida del mundo. De tal modo
luchaba por la causa de los agraviados que se podía pensar qué el mismo y no
los otros era la parte agraviada. Además tenía tal don para ayudar a todos, que
muchos militares y hombres de gran influjo abandonaban su vida agravosa y se
hacían monjes. Era como si Dios hubiera dado un médico a Egipto. ¿Quién acudió
a él con dolor sin volver con alegría? ¿Quién llegó llorando por sus muertos y
no echó fuera inmediatamente su duelo? ¿Hubo alguno que llegara con ira y no la
transformara en amistad? ¿Que pobre o arruinado fue donde él, y al verlo y
oírlo no despreció la riqueza y se sintió consolado en su pobreza? ¿Qué monje
negligente no ganó nuevo fervor al visitarlo? ¿Qué joven, llegando a la montaña
y viendo a Antonio, no renunció tempranamente al placer y comenzó a amar la
castidad? ¿Quién se le acercó atormentado por un demonio y no fue librado?
¿Quién llegó con un alma torturada y no encontró la paz del corazón?
Era
algo único en la práctica ascética de Antonio que tuviera, como establecí
antes, el don de discernimientos de espíritus. Reconocía sus movimientos y
sabía muy bien en que dirección llevaba cada uno de ellos su esfuerzo y ataque.
No sólo que él mismo fue no fue engañado por ellos, sino que, alentando a otros
que eran hostigados en sus pensamientos, les enseñó como resguardarse de sus
designios, describiendo la debilidad y ardides de espíritus que practicaban la
posesión. Así cada uno se marchaba como ungido por él y lleno de confianza para
la lucha contra los designios del diablo y sus demonios.
¡Y
cuántas jóvenes que tenían pretendientes pero vieron a Antonio sólo de lejos,
quedaron vírgenes por Cristo! La gente llegaba donde él también de tierras
extrañas, y también ellos recibían ayuda como los demás, retornando como
enviados en un camino por un padre. Y en verdad, y ahora que ya partió, todos,
como huérfanos que han perdido a su padre, se consuelan y conforman sólo con su
recuerdo, guardando al mismo tiempo con cariño sus palabras de admonición y
consejo.
MUERTE
DE ANTONIO
Este
es el lugar para que les cuente y ustedes oigan, ya que están deseosos de ello,
como fue el fin de su vida, pues en esto fue modelo digno de imitar.
Según
su costumbre, visitaba a los monjes en la Montaña Exterior. Recibiendo una
premonición de su muerte de parte de la Providencia, habló a los hermanos:
"Esta es la última visita que les hago y me admiraría si nos volvemos a
ver en esta vida. Ya es tiempo de que muera, pues tengo casi ciento cinco
años". Al oír esto, se pusieron a llorar, abrasando y besando al anciano.
Pero él, como si estuviera por partir de una ciudad extranjera a la suya
propia, charlaba gozosamente. Los exhortaba a "no relajarse en sus
esfuerzos ni a desalentarse en las práctica de la vida ascética, sino a vivir,
como si tuvieran que morir cada día, y, como dije antes, a trabajar duro para
guardar el alma limpia de pensamientos impuros, y a imitar a los pensamientos
santos. No se acerquen a los cismáticos melecianos, pues ya conocen su
enseñanza perversa e impía. No se metan para nada con los arrianos, pues su
irreligión es clara para todos. Y si ven que los jueces los apoyan, no se dejen
confundir: esto se acabar , es un fenómeno que es mortal y destinado a su fin en
corto tiempo. Por eso, manténganse limpios de todo esto y observen la tradición
de los Padres, y sobre todo, la fe ortodoxa en nuestro Señor Jesucristo, como
lo aprendieron de las Escrituras y yo tan a menudo se los recordé".
Cuando
los hermanos lo instaron a quedarse con ellos y morir allí, se rehusó a ello
por muchas razones, según dijo, aunque sin indicar ninguna. Pero especialmente
era por esto: los egipcios tienen la costumbre de honrar con ritos funerarios y
envolver con sudarios de lino los cuerpos de los santos y particularmente el de
los santo mártires; pero no los entierran sino que los colocan sobre divanes y
los guardan en sus casas, pensando honrar al difunto de esta manera. Antonio a
menudo pidió a los obispos que dieran instrucciones al pueblo sobre este
asunto. Asimismo avergonzó a los laicos y reprobó a las mujeres, diciendo que
"eso no era correcto ni reverente en absoluto. Los cuerpos de los
patriarcas y los profetas se guardan en las tumbas hasta estos días; y el
cuerpo del Señor fue depositado en una tumba y pusieron una piedra sobre él (Mt
27,60), hasta que resucitó al tercer día". Al plantear así las cosas,
demostraba que cometía error el que no daba sepultura a los cuerpos de los
difuntos, por santos que fueran. Y en verdad, ¿qué hay más grande o más santo
que el cuerpo del Señor? Como resultado, muchos que lo escucharon comenzaron
desde entonces a sepultar a sus muertos, dieron gracias al Señor por la buena
enseñanza recibida.
Sabiendo
esto, Antonio tuvo miedo de que pudieran hacer lo mismo con su propio cuerpo.
Por eso, despidiéndose de los monjes de la Montaña Exterior, se apresuró hacia
la Montaña Interior, donde acostumbraba a vivir. Después de pocos meses cayó
enfermo. Llamó ó a los que lo acompañaban –había dos que llevaban la vida
ascética desde hacía quince años y se preocupaban de él a causa de su avanzada
edad–, y les dijo: "Me voy por el camino de mis padres, como dice la
Escritura (1 R 2,2; Js 23,14), pues me veo llamado por el Señor. En cuanto a
ustedes estén en guardia y no hagan tabla rasa de la vida ascética que han
practicado tanto tiempo. Esfuércense para mantener su entusiasmo como si
estuvieran recién comenzando. Ya conocen a los demonios y sus designios,
conocen también su furia y también su incapacidad. Así, pues, no los teman;
dejen mas bien que Cristo sea el aliento de su vida y pongan su confianza en
El. Vivan como si cada día tuvieran que morir, poniendo su atención en ustedes
mismos y recordando todo lo que me han escuchado. No tengan ninguna comunión
con los cismáticos y absolutamente nada con los herejes arrianos. Saben como yo
mismo me cuidé de ellos a causa de su pertinaz herejía en contra de Cristo.
Muestren ansia de mostrar su lealtad primero al Señor y luego a sus santos,
para que después de su muerte los reciban en las moradas eternas (Lc 16,9),
como a mis amigos familiares. Grábense este pensamiento, téngalo como
propósito. Si ustedes tienen realmente preocupación por mí y me consideran su
padre, no permitan que nadie lleve mi cuerpo a Egipto, no sea que me vayan a
guardar en sus casas. Esta fue mi razón para venir acá, a la montaña. Saben
como siempre avergoncé a los que hacen eso y los intimé a dejar tal costumbre.
Por eso, háganme ustedes mismos los funerales y sepulten mi cuerpo en tierra, y
respeten de tal modo lo que les he dicho, que nadie sino sólo ustedes sepa el
lugar. En la resurrección de los muertos, el Salvador me lo devolver
incorruptible. Distribuyan mi ropa. Al obispo Atanasio denle la túnica y el
manto donde yazgo, que él mismo me lo dio pero que se ha gastado en mi poder;
al obispo Serapión denle la otra túnica, y ustedes pueden quedarse con la
camisa de pelo. Y ahora, hijos míos, Dios los bendiga. Antonio se va, y no esta
más con ustedes".
Después
de decir esto y de que ellos lo hubieron besado, estiró sus pies; su rostro
estaba transfigurado de alegría y sus ojos brillaban de regocijo como si viera
a amigos que vinieran a su encuentro, y así falleció y fue a reunirse con sus
padres. Ellos entonces, siguiendo las órdenes que les había dado, prepararon y
envolvieron el cuerpo y lo enterraron ahí en la tierra. Y hasta el día de hoy,
nadie, salvo esos dos, sabe donde está sepultado. En cuanto a los que
recibieran las túnicas y el manto usado por el bienaventurado Antonio, cada uno
guarda su regalo como un gran tesoro. Mirarlos es ver a Antonio y ponérselos es
como revestirse de sus exhortaciones con alegría.
Este
fue el fin de la vida de Antonio en el cuerpo, como antes tuvimos el comienzo
de la vida ascética. Y aunque este sea un pobre relato comparado con la virtud
del hombre, recíbanlo, sin embargo, y reflexionen en que caso de hombre fue
Antonio, el varón de Dios. Desde su juventud hasta una edad avanzada conservó
una devoción inalterable a la vida ascética. Nunca tomó la ancianidad como
excusa para ceder al deseo de la alimentación abundante, ni cambió su forma de
vestir por la debilidad de su cuerpo, ni tampoco lavó sus pies con agua. Y, sin
embargo, su salud se mantuvo totalmente sin perjuicio. Por ejemplo, incluso sus
ojos eran perfectamente normales, de modo que su vista era excelente; no había
perdido un solo diente; sólo se le habían gastado las encías por la gran edad
del anciano. Mantuvo las manos y los pies sanos, y en total aparecía con
mejores colores y más fuerte que los que usan una dieta diversificada, baños y
variedad de vestidos.
El
hecho de que llegó a ser famoso en todas partes, de que encontró admiración
universal y de que su pérdida fue sentida aún por gente que nunca lo vio,
subraya su virtud y el amor que Dios le tenía. Antonio ganó renombre no por sus
escritos ni por sabiduría de palabras ni por ninguna otra cosa, sino sólo por
su servicio a Dios.
Y
nadie puede negar que esto es don de Dios. ¿Cómo explicar, en efecto, que este
hombre, que vivió escondido en la montaña, fuera conocido en España y Galia, en
Roma y Africa, sino por Dios, que en todas partes hace conocidos a los suyos,
que, más aún, había dicho esto en los comienzos?. Pues aunque hagan sus obras
en secreto y deseen permanecer en la oscuridad, el Señor los muestra
públicamente como lámparas a todo los hombres (Mt 5,16), y así, los que oyen
hablar de ellos, pueden darse cuenta de que los mandamientos llevan a la
perfección, y entonces cobran valor por la senda que conduce a la virtud.
EPÍLOGO
Ahora,
pues, lean a los demás hermanos, para que también ellos aprendan cómo debe ser
la vida de los monjes, y se convenzan de que nuestro Señor y Salvador
Jesucristo glorifica a los que lo glorifican. El no sólo conduce al Reino de
los Cielos a quienes lo sirven hasta el fin, sino que, aunque se escondan y
hagan lo posible por vivir fuera del mundo, hace que en todas partes se lo
conozca y se hable de ellos, por su propia santidad y por la ayuda que dan a
otros. Si la ocasión se les presenta, léanlo también a los paganos, para que al
menos de este modo puedan aprender que nuestro Señor Jesucristo es Dios e Hijo
de Dios, y que los cristianos que lo sirven fielmente y mantienen su fe
ortodoxa en El, demuestran que los demonios, considerados dioses por los
paganos, no son tales, sino que, más aún, los pisotean y ahuyentan por lo que
son: engañadores y corruptores de hombres.
Por
nuestro Señor Jesucristo, a quien la gloria por los siglos. Amén
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