lunes, 18 de noviembre de 2013

Metanoia. Ascesis. Apatheia. Hesychía: La práctica de la vida interior es un ejercicio practicado por todo el Oriente cristiano


La práctica de la vida interior para el hombre moderno occidental, parece un lujo. Mediante esa vida interior, los monjes, anacoretas y peregrinos pueden concentrarse en su corazón y repetir sin cesar la oración de Jesús: "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí", o acompañar la pronunciación del santísimo nombre del Señor con el ritmo de la respiración. 
Actualmente, el hombre, sumergido en sus intensas actividades, parece tener por misión principal el "someted y dominad la tierra"; es decir, no tanto buscar la salvación de la propia alma, la propia quietud, paz y tranquilidad, sino lanzarse, en la lucha cotidiana, a la política, a resolver los problemas sociales y económicos, a buscar el dominar las cosas, pensando así en mejorar el mundo, pero sin Dios, sin someterse a su santa voluntad.
En las veinticuatro horas, ocupado y encarcelado en los problemas diarios, no dispone de tiempo para estar consigo mismo y disfrutar de los valores espirituales. El exceso de activismo puede acarrear un suicidio personal, con muerte espiritual y luego personal.
No es suficiente hacer buenos propósitos por la mañana ni desear retirarse al desierto, a un monasterio, para estar solos, para estar con Dios. Hace falta ir más allá. La paz, la contemplación, la unión con Dios, el dominio, el silencio interior, también se pueden obtener en medio del trabajo, al lado de un hermano que no se conoce, cuando se está sentado con él, codo a codo, en un colectivo. Con esfuerzo, perseverancia y la ayuda de Dios, se puede fabricar una "celda", un lugar desértico en el propio corazón, en el centro de la ciudad bulliciosa y llena de dificultades. Retirarse en el propio corazón, viajando en tren, corriendo a tomar un colectivo, haciendo fila para trámites administrativos. Esto se puede obtener. Hay hombres que realmente "están en el mundo, pero no son del mundo". Ellos son como la levadura: activos, pero callados, silenciosos; preparan verdaderamente la transformación del mundo. Comprenden que no son ellos los que transforman el mundo, sino Cristo-Dios que habita en ellos.
 Trabajan, cumplen la voluntad de Dios y, en unión con Dios van transformando el mundo; no como aquellos que, sin Dios, piensan cambiar el mundo, desterrando la pobreza, haciendo felices a todos con promesas humanas, llenas de mentiras.
Los que trabajan unidos a Dios necesitan primero transformar su corazón, su persona; hacer la metanoia para vaciarse de sí mismos, dedicarse a la oración y la contemplación, y llenarse de las virtudes de Dios.
La práctica de la vida interior es un ejercicio practicado por todo el Oriente cristiano, y enseña el método, el ejercicio de la oración interior que está arraigada en la fe y en la unión de la amistad divina. La práctica metódica consiste en la total transformación del ser, de los pensamientos, de los sentimientos, de las palabras vacuas que han de ser llenadas con obras, conforme con las enseñanzas del santo Evangelio: "vivir el santo Evangelio".
Oración y contemplación son una sola cosa, porque Dios es el objeto principal del corazón, que "está inquieto hasta que descanse en Él". Pero antes, el hombre necesita, a causa de la naturaleza caída, la ascesis para llegar a la verdadera oración: "derrama tu sangre y recibe el espíritu".
La unión con Dios es un don gratuito, pero recíproco; Dios se dona completa y continuamente, y no se deja llevar por las especulaciones e intereses humanos. Dios lo puede todo, "pero no puede forzar al hombre a amarlo". Esto supone continua vigilancia, atención, apertura a la visita silenciosa del Señor. Dios pasa, golpea y llama a cualquier hora, y para eso hay que estar vigilantes, atentos y escucharlo.
El hombre, por su desobediencia al Creador, ha perdido la antigua amistad, las relaciones de Padre e hijo, desbaratadas a causa del pecado humano. El hombre, debido al mal uso del gran don que es la libertad, en lugar de amar a Dios, elige el propio egoísmo, cayendo en la esclavitud; en lugar de liberarse, se va esclavizando siempre más en sus propios errores, alejándose así de Dios, de la real libertad. Para recuperar la unión con Dios y reconquistar la libertad perdida, no le queda otra alternativa que renunciar al mal, y recuperar su primitivo estado de unión divina.
Así comienzan la ascesis, la salida, la búsqueda de Dios, la lucha, la educación de sí mismo, la práctica continua. El fin principal de la ascesis es la práctica de los ejercicios corporales: ayunos, vigilias, regímenes vegetarianos, continencia sexual. Son mortificaciones corporales necesarias para imponerse un control propio; es decir comenzar el camino a la conciencia de sí mismo.

La práctica de la vida interior, además, enseña otras prácticas más profundas, hasta llegar a lo hondo del ser humano, el último rincón de la personalidad . No es suficiente con las mortificaciones externas, corporales, sino que se va a lo íntimo del corazón, donde "salen los malos pensamientos"
Es urgente el control, el dominio completo de sí mismo y una unión continua de Dios. Primeramente controlar las reacciones personales, emotivas, físicas, es decir la personalidad dividida, descontrolada, para llevarla a un punto de atención, a una unidad personal. Esto se llama la apatheia: estado purificado, plenamente desapasionado, de completa y total liberación de la servidumbre de imágenes, representanciones, afectos, inquietudes, deficiencias, neurosis, que puedan transformar la tranquilidad, serenidad, paz, quietud interior y exterior.
Así se llega al segundo grado, que es la hesyquía: paz, silencio del corazón, de la mente. El silencio interior es el estado fundamental para el hombre que quiere vivir tranquilamente y realizar su vida humana y espiritual. Es una paz espiritual y corporal. No quiere decirse que haya que evitar la lucha, buscar el quietismo egoísta, despreocuparse del prójimo, sino eliminar de sí mismo la inestabilidad, la inseguridad, la angustia, la excitación, las preocupaciones que son como base de arena que hacen insegura la estabilidad del hombre.
Es un ejercicio duro para llegar a la "vigilancia y continencia". Es un ejercicio intelectual, somático, psíquico que conduce al hombre a la unidad personal, a vaciarse de sí mismo y encontrarse con la Divinidad. Aquí la práctica de la vida interior nos ofrece un ejercicio para llegar al centro del corazón, al silencio completo.
El silencio del alma es el misterio de nuestra época. El alma, al verse independiente de las ataduras mundanas, se siente libre, se abandona enteramente en Dios y llega, entonces, al pleno poder de autodeterminación, decisión, control y discreción; porque es guiada por la luz misteriosa que existe en el corazón silencioso. Es importante notar que las técnicas son necesarias para no engañarse a sí mismo con un falso misticismo, sino iniciar un verdadero proceso de atención y discreción controlado.
El ejercicio de la vida interior impone, pues, duras técnicas para no dejarnos llevar al egoísmo y a un daño interior. Se aconseja reconocerse a sí mismo: horrible, miserable, mortal, mezquino, pecador, hombre limitado, y llenarse de Dios, que es la verdadera vida para el hombre. Así comienza la metanoia: renovación completa para alejarse del yo, del mundo y buscar la vida que es Dios. 

"Deja el amor del mundo y sus dulcedumbres, como sueños de los que uno despierta; arroja tus cuidados, abandona todo pensamiento vano, renuncia a tu cuerpo. Porque vivir de la oración no significa sino enajernarse del mundo visible e invisible. ¿Qué atractivos tienen para mí los cielos?. Ninguno. ¿Y qué deseo conseguir de Ti en la tierra?. Nada. A no ser el unirme a Tí en la oración de recogimiento. Unos desean la gloria; otros las riquezas. Yo anhelo sólo a Dios y pongo en Tí solamente la esperanza de mi alma devastada por la pasión" (San Juan Clímaco).

Un primer paso para encontrar el silencio interior es liberarse de todo lo que obstaculiza la completa unión con Dios. Un segundo paso importante es el ejercicio de la vigilancia y de la perseverancia. Una vez afianzada la paz, el silencio interior, son necesarias la vigilancia y la perseverancia, porque el enemigo, la fragilidad humana, puede desistir del propósito y de los primeros resultados obtenidos. La renuncia al enemigo y la defensa de sus ataques es constante, tanto en sí mismo, como afuera. El corazón de la inestabilidad y volubilidad se convierte en una capilla del Señor, en un silencio a las cosas presentes para contemplar las cosas divinas.
La importancia de esta técnica se encuentra en la combinación del conocimiento de sí mismo, de lo psicosomático, de las actitudes humanas y espirituales, para controlarlas con la ayuda de Dios e inmediatamente descubrir en el silencio el gran amor de Dios por la persona humana, llegando así a saborear las virtudes de la libertad religiosa. El secreto de estos ejercicios es querer entrar dentro de sí con la ayuda de un experimentado (un padre espiritual), y descubrirse interiormente como uno es, ante Dios y no ante los hombres. Nada es imposible para el hombre que, en medio de tantas ocupaciones, viajes y ruidos, encuentra en el fondo de su corazón un poco de paz, silencio para orar, para unirse con Dios y liberarse de los lazos que conducen a la lenta agonía de la muerte espiritual y personal. 
Allá en el silencio de su corazón, sentirá la voz divina: "Todo me es lícito, pero no todo me conviene para la salvación". Hay que tener libertad y fidelidad amorosa hacia el Amor-Dios.

Para el ejercicio de la  vida interior, la Oración de Jesús se convierte en la práctica esencial dentro de la espiritualidad cristiana oriental, tanto para monjes como laicos. Y en la Filocalia (= amor a la virtud), coleccion de textos patrísticos, se encuentra como un programa de bienes espirituales que llevan a la práctica interior.

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