lunes, 12 de marzo de 2012

Giuseppe Moscati: un Médico que cura con amor

San Giusseppe Moscati Doctor de cuerpos y almas, un profesional que nos enseña a ser santos en el trabajo cotidiano

Giuseppe Moscati (1880-1927)

Tenía escasos cuarenta y siete años cuando murió. Hoy viven aún unas cuantas personas que conocieron y recuerdan con gran afecto a Don José, al Dottore Giussepe, como le llamaban en Nápoles, Italia. Incluso se sabe bien en qué hospitales daba consulta. Algunos conservan como recuerdo invaluable algunos de sus instrumentos de trabajo: una bata, ya amarillenta, su escritorio; y otros objetos, que fueron parte de su vida: un estetoscopio, un termómetro, el viejo maletín negro, un martillo para medir los reflejos y otras cosas necesarias para revisiones médi­cas de rutina.

Giusseppe Moscati había nacido el 25 de Julio de 1880 en Bene­vento. Su padre era presidente del Tribunal de Justicia. A pesar de la influencia de los masones en muchos ambientes, sobre todo entre los hom­bres que tenían cargos públicos, nunca negó su fe católica. Cuando Gius­seppe tenía ocho años la familia se trasladó a Nápoles, cuando su pa­dre fue promovido a un cargo superior.

Con excelentes calificaciones, Giusseppe concluye sus estudios de se­gunda enseñanza, especialmente en Biología, Física y Química y se deci­de sin dudarlo por la carrera de Medicina. Aunque es marcada su inclina­ción por el estudio, lo que más le mueve es la miseria de los más pobres. Quiere mitigar los dolores, del cuerpo y del alma, de incontables herma­nos que sufren, pero de manera especial de esos otros enfermos a los que parece que casi nadie quiere porque sólo hay que esperar que se despidan de este mundo: los desahuciados.

Era un profesional … en serio

En 1903 obtiene el Doctorado en Medicina y enseguida empieza a trabajar en el hospital para incurables más grande de la ciudad. Muy pronto, pacientes y médicos colegas, advierten que Mos­cati no es un médico más: antepone día y noche el servicio a los en­fermos a cual­quier asunto de su vida privada.

Don Giusseppe no es curandero. Ni médico matasanos o medicucho que improvisa recetas en serie para salir del paso. Hay que prescribir a cada enfermo todo y sólo lo que realmente necesita. Por las noches hay que estudiar los casos a conciencia y estar al día en su profesión; su dedicación le vale en los siguientes años una prestigiosa carrera públicamente reconocida. Le nom­bran Direc­tor de la Sección de Tuberculosis de todos los hospitales de la región, además de que ya es catedrático de Anatomía Patoló­gica, Fisiolo­gía Humana y de Química Fisiológica. Es un profesional comprometido, en cuer­po y alma, con su vocación. Por si fuera poco, fueron notables sus descubri­mientos en el campo de la bioquímica y sus investigaciones sobre los efec­tos del glucógeno. Alrededor de treinta de sus trabajos científicos fueron publicados en Italia y en el extranjero.

José Moscati es hombre transparente, sincero. Las siguientes palabras, que dijo el 17 de octubre de 1922, puede considerarse como el resumen de su vida de médico, hombre de ciencia y de fe: Ama la verdad, muéstrate como eres sin falsedades, sin miedos ni miramientos. Y si la verdad te cuesta la persecución, acéptala; si te cuesta el tormento, sopórtalo. Y si por la verdad tuvieses que sacrificarte tu mismo y tu vida, se fuerte en el sacrificio.

El éxito egoísta sirve de poco

Si este gran médico se hubiera dedicado a la sola enseñanza, fácilmente se hubiera procu­rado una vida famosa, bien remunerada, en menos tiempo y más cómoda. Pero Moscati no busca ni la gloria del mundo ni las riquezas. Si estudia más y crece su presti­gio, es para poner su ciencia al servicio de los demás. Busca al hombre que sufre y a Cristo en ellos. Si lo felicitan por una operación difícil con la que salva la vida de un paciente, le quita importancia al elogio: —El Señor dirige todo, también la mano del médico, a El sólo hay que dar las gracias.

Don Giusseppe es hombre que va bien vestido, sobriamente, pero pulcro, con su bigote bien cuidado. Muy conocido en Nápoles, es frecuente verle andar por aquellas calles estrechas y bulliciosas de los barrios más po­bres, donde la ropa recién lavada se tiende entre las fachadas. Por allí anda el médico, esquivando perros, mendigos y los juegos de niños grito­nes. A través de una ventana, se oye, una voz tipluda. Es una señora regordeta, lo más parecido, por fuera, a una soprano: —Dottore..!!: ¿vendrá al regreso a ver a mi hijo mayor que sigue en­fermo…? Don Giusseppe asiente con sincera sonrisa. De noche, con los ojos cargados de sueño después de haber visto decenas de pacientes, llega cariñoso hasta la cabecera de ese último. Asiste a cada una de las visitas con buena cara, sin sentirse víctima…, y siempre con un calor humano y delicadeza inconfundi­bles. Es un médico que cura con amor.

Cada enfermo es una persona humana

Hay que atender siempre las llamadas de emergencia, también cuando las hacen los pobres, a los que casi no les cobra nada; muy frecuentemente él mismo les da dinero para procurarse las medicinas. Cuando es oportuno ofrece su ayuda para que les atienda un sacerdote en los últimos momentos. Es un hombre muy humano y feliz, porque en cada enfermo ve mucho más que un clien­te: cualquier persona, el más desgraciado o hundido en los vicios, —¡qué importa quién!— necesita no únicamente de sus cuidados médicos, sino también de sus consuelos. Para el Doctor Moscati cada per­sona enferma es el mismo Cristo que se le acerca para pedir ayuda. Dos mil años después, en medio del trabajo profesional, se aplica a la letra, una de las condiciones para alcanzar la felicidad eterna del Cie­lo: Estuve enfermo y me visitásteis (Mt. 25, 26).

Giusseppe Moscati no es un beato que, por no trabajar, se pase el día en la iglesia. Pero es indudable que saca toda su fuerza de la oración y de la Misa, a la que asiste a diario cuando apenas amanece. Si no, ¿cómo seguir adelante y tener una sonrisa amable para todos? Además, practica con naturalidad el ayuno y lleva sereno, sin exagerar, las fatigas de su trabajo, a veces sin un mí­nimo de descanso. Considera su agotamiento por los demás como parte de sus mismo trabajo, de una profesión que ama apasionadamente y ejerce con hondo sentido humano. En una carta escribe: ¿Por qué rechazar el sufrimiento? El Se­ñor sufrió sin medida por mí. Me duele el pensamiento de que tantos hombres desprecian el amor divino. Con gusto ofrezco algo para conducirlos a los pies de su Salvador .

Una conversación con Caruso

En 1906 acontece la gran erupción del Vesubio, volcán vecino a Nápo­les. Comienza una lluvia de ceniza y Moscati, de inmediato, avisado del peligro para el hospital, da la orden de evacuación y todos los en­fermos son llevados a lugares provisionales de protección. Cuando apenas han sacado al último, el techo del hospital se derrumba bajo el peso de la ceniza y de la lava y la mayor parte del edificio queda inservible. Mien­tras, los otros médicos, espantados, ya habían huído.

Se cuenta que, años después, en 1921, Enrico Caruso, uno de los más geniales cantantes de ópera y mundialmente conocido, volvió a Italia gravemente enfermo. De los muchos médicos consultados para su diagnóstico, sólo el Doctor Moscati encontró la verdadera causa. Pero ya nada se pudo hacer, porque eran mínimas las esperanzas de curación. Al ir a atenderle en un hotel de lujo en Sorrento, al final, el mé­dico le dice: —Usted ha consultado ya tantos médicos, ¿por qué no consulta al mejor de todos que es Cristo, nuestro Señor y hace una confesión general? A los pocos días de haberse confesado, Caruso muere en el viaje que intentaba hacer a Roma.

Morirse en la raya…

El 5 de abril de 1927, entre tantos pacientes, el Doctor Moscati exa­mina a un sacerdote enfermo, el Padre Casimiro.

Al terminar, el médico le pregunta: —¿Desde cuándo no celebra Usted la Santa Misa?

El sacerdote contesta: —Desde hace dos meses .

Pues… pronto se curará y por eso le quiero pedir que por favor ofrezca esa primera Misa por mí, le dijo el médico.

Una semana después comienza Moscati su jornada idéntica, como todos los días. La mañana es de trabajo agitado en la Clínica. Llega a casa y toda­vía hay que atender a muchos pacientes que le esperan. A las tres de la tarde se retira a su privado y dice a la enfermera que no se siente bien. Cuando poco después entra ella, le encuentra sen­tado con los brazos cruzados: no hacía ni cinco minutos que acababa de morir. No habrá sido demasiada sorpresa para él encontrarse de repente con Dios, ha­bituado como estaba a conversar con El en medio de sus ocupaciones habitua­les.

Al día siguiente el Padre Casimiro bajó por primera vez a la capilla del hospital para ofrecer la primera Santa Misa después de su recuperación. Allí le dijeron que Moscati había muerto.

El mundo necesita médicos con rostro humano

La vida de Moscati ayuda a entender mejor que nuestro mundo necesita urgentemente médicos y enfermeras de otro tipo. Que traten a sus pacientes como un padre o una madre lo hace con sus hijos enfermos. No basta que sean hombres sabios y expertos, o premios Nobel y nos hagan trasplantes de todo. Ni que tapicen sus consultorios de diplomas y títulos para impresionarnos. Y aunque nos apliquen su ciencia con instrumentos preciosos —de tipo digital, computarizado, con láser y nos metan otros novedosos rayos en nuestros enfermitos cuerpos— tienen que ser, antes que todo, hombres que curan a otros hombres. La medicina se está desarrollando progresivamente y los descubrimientos de los genios asombran al mundo. Pero esta estupenda profesión, que es sólo para atender a humanos, se está deshumanizando. Cuántos enfermos en el mundo entero reciben el trato frío, a veces duro y desencarnado, sin corazón, de doctores que les dicen que sí los quieren curar, pero parece que más bien les quieren…. cobrar —y ¡¡pronto, que entre el siguiente!!— para que se cumplan los turnos y citas. Quizá los que más urgentemente necesitan trasplantes de corazón son algunos médicos y sus enfermeras.

Una vez el Doctor Moscati escribía a un joven doctor, alumno suyo recomendándole cómo debe atender a sus pacientes: no sólo se debe ocu­par del cuerpo, sino de las almas con el consejo, y entrando en el espí­ritu, antes que con las frías prescripciones que hay que llevar al farma­céutico.

La vida de este gran médico nos dice que hay que curar al enfermo sin brusquedades. Que no sea sólo revisar al paciente que sigue en la cola y hacerle rápido sólo cinco preguntas de rutina. Que la atención médica tampoco se reduzca a recetar las mismas pastillas, gotas, pomadas, inyecciones, transfusiones, o decir con solemnidad que se requieren urgentes análisis, estudios y chequeos de todo, y hasta operaciones carísimas…. y, lo que es peor, que realmente no son necesarios pero de ese modo el médico se embolsa bastante dinero.

La Medicina tiene una ética y humanismo propios. De allí que todos los enfermos del mundo deben ser tratados como lo que son: personas humanas. No dejan de ser humanos por estar desvalidos. Y, como muchos son pobres, se les debieran dar precios más justos y mejores condiciones de pago. Y a cualquier persona, si se le ha de revisar o auscultar, se hará con el máximo y delicadísimo respeto. Un enfermo que desea curarse, no busca un veterinario. Por eso desea que le escuchen, le comprendan, le sonrían, animándole a curarse. Si fuera preciso, agradecerá mucho que el médico también le dé cierta ayuda espiritual para encontrar sentido a lo que le pasa y optimismo para llevar sus penas con paz. Los médicos curan con sus conocimientos, pero alivian más pronto a sus pacientes con el interés y afecto que ponen en sus dolencias.

De este desconocido y gran médico se ha hecho este emotivo y grandísimo elogio, que vale sobre todo por quien lo hizo: Por naturaleza y vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el médico que cura: responder a las necesidades de los hombres y a sus sufrimientos fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que esta enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro hermano, el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo tanto, se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la medicina, que hoy se siente como condición necesaria para una renovada atención y asistencia al que sufre

Todos los enfermos del mundo necesitan un trato sencillamente como lo que son: personas humanas. No dejan de ser humanos por estar desvalidos. Y, como muchos son pobres, no se les ha de cobrar más de lo justo. Y si se les ha de revisar o auscultar, se hará con el máximo y delicadísimo respeto, más si son mujeres. Un enfermo que desea curarse, no busca un veterinario, ni se siente coche descompuesto que entra a un taller mecánico. Desea que le escuchen, le comprendan, le sonrían, animándole a curarse. Si fuera preciso, agradecerá mucho que el médico también le dé cierta ayuda espiritual para encontrar sentido a lo que le pasa y optimismo para llevar sus penas con paz. Los médicos curan con sus conocimientos, pero alivian más pronto a sus pacientes con el interés y afecto que ponen en sus dolencias.

De este desconocido y gran médico se ha hecho este emotivo y grandísimo elogio, que vale sobre todo por quien lo hizo: Por naturaleza y vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el mé­dico que cura: responder a las necesidades de los hombres y a sus sufri­mientos fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que esta enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro hermano, el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo tanto, se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la medicina, que hoy se siente como condición necesaria para una reno­vada atención y asistencia al que sufre.[1]


[1] Juan Pablo II, Homilía en la Ceremonia de Canonización del Doctor José Moscati, 16 de octubre de 1987.



Giuseppe Moscati(* Benevento, Italia 25 de julio de 1880 - † Nápoles, Italia 12 de abril de 1927)

Médico italiano, Investigador y Profesor

El 4 de agosto de 1903 se graduó con honores con una tesis sobre "Urogenesis de Hígado", En 1911 fue nombrado director del Hospital de Incurables donde permaneció por más de 5 años, y se le encomedó la formación de los estudiantes de medicina,

El 14 de octubre del 1922, el Ministro de la Instrucción Pública le confiere la Libre docencia en Clínica médica y tres días déspues escribe:

“Ama la verdad, muéstrate como eres, sin fingimientos, sin miedos y sin recelos. Y si la verdad te cuesta la persecución, tú acéptala, y si te cuesta el tormento, tú sopórtalo. Y si por la verdad tuvieras que sacrificarte a ti mismo y tu propia vida, sé fuerte en el sacrificio”.

Sus jornadas de trabajo siempre fueron muy intensas, levantándose temprano en la mañana quedando libre para ir a visitar a los necesitados de los barrios españoles, antes de ir a operar en el hospital durante su trabajo diario, y visitar a los enfermos por la tarde en su estudio privado, y sumado a la dedicación a los enfermos no dejó de lado el tiempo de estudio para la investigación médica persiguiendo la aplicación de un equilibrio entre la ciencia y la fe.

Beatificación Basílica de San Pedro, 16 de noviembre 1975, por Paulo VI

Canonización Basílica de San Pedro, 25 de octubre 1987, por Papa Juan Pablo II

Es uno de los santos más populades del siglo XX.

Festividad 16 de noviembre.

Se puede decir que fue llamado por Dios a su reino porque muere a los 46 años por causas naturales en su despacho entre las citas de pacientes, Su largas jornada, y muchas ocupaciones en el hospital, la universidad, el consultorio y las visitas domiciliarias, quebrantaron su salud.


Llevaba siempre un rosario en el bolsillo como recordatorio durante su duro trabajo en el día y como una manera atraer a la Virgen - y a través de ella, a Jesús - cuando tenía que tomar decisiones importantes.

[De una página de su Diario]

“¡Oh si los jovenes en sus vivacidad supieran que las ilusiones de amor, el fruto de la viva exaltación de los sentidos, son pasajeras! Y si un ángel les dijera que todo lo que es amor impuro tiene que morir, porque es un mal, ellos sufrirían menos y serían más buenos. En cambio, los jovenes juran fácilmente fidelidad eterna a amores ilegítimos fascinados por un delirio.
Nos damos cuenta de eso volviendo adultos, cuando nos acercamos, por casualidad, al fuego que nos encendió una vez y que ahora no nos acalora más.
He visitado una mujer que, cuando yo era joven, había nutrido mis sueños sin saberlo. ¿Quién lo dijera que un día ella habría recurrido a mí? ¡ Su belleza todavía era notable! Y yo he hecho mi deber humanitario tranquilamente, noblemente, sin oír vibrar mi alma.
Ella me ha preguntado, para que yo comparase su estado actual a la antigua prosperidad, si la conocía pero he contestado que no. Y no ha estado una mentira. ¡La mujer de mi juventud era una otra, desaparecida sin pena y nostalgia, de mi corazón purificado!”


ORACION
O San José Moscati,


médico y sabio insigne,
que con el ejercicio de la profesión
curabas el cuerpo y el espiritu
de tus pacientes,
mira también por nosotros que ahora acudimos con fe a tu intercesión.

Danos salud fisica y espiritual
y sé una vez mas el distribuidor de los dones divinos.
Alivia las penas de los que sufren,
conforta a los enfermos,
da consuelo a los afligidos,
esperanza a los extraviados.

Los jóvenes encuentren en ti un modelo,
los trabajadores un ejemplo,
los ancianos un consuelo,
los moribundos la esperanza del premio eterno.

Sé para todos nosotros guia segura de
laboriosidad, honradez y caridad,
para que cumplamos cristianamente
nuestros deberes
y demos gloria a Dios,
nuestro Padre.

Amén.


Giuseppe Moscati: un Médico que cura con amor

Giuseppe Moscati (1880-1927)


Tenía escasos cuarenta y siete años cuando murió. Hoy viven aún unas cuantas personas que conocieron y recuerdan con gran afecto a Don José, al Dottore Giussepe, como le llamaban en Nápoles, Italia. Incluso se sabe bien en qué hospitales daba consulta. Algunos conservan como recuerdo invaluable algunos de sus instrumentos de trabajo: una bata, ya amarillenta, su escritorio; y otros objetos, que fueron parte de su vida: un estetoscopio, un termómetro, el viejo maletín negro, un martillo para medir los reflejos y otras cosas necesarias para revisiones médi­cas de rutina.

Giusseppe Moscati había nacido el 25 de Julio de 1880 en Bene­vento. Su padre era presidente del Tribunal de Justicia. A pesar de la influencia de los masones en muchos ambientes, sobre todo entre los hom­bres que tenían cargos públicos, nunca negó su fe católica. Cuando Gius­seppe tenía ocho años la familia se trasladó a Nápoles, cuando su pa­dre fue promovido a un cargo superior.

Con excelentes calificaciones, Giusseppe concluye sus estudios de se­gunda enseñanza, especialmente en Biología, Física y Química y se deci­de sin dudarlo por la carrera de Medicina. Aunque es marcada su inclina­ción por el estudio, lo que más le mueve es la miseria de los más pobres. Quiere mitigar los dolores, del cuerpo y del alma, de incontables herma­nos que sufren, pero de manera especial de esos otros enfermos a los que parece que casi nadie quiere porque sólo hay que esperar que se despidan de este mundo: los desahuciados.


Era un profesional ... en serio

En 1903 obtiene el Doctorado en Medicina y enseguida empieza a trabajar en el hospital para incurables más grande de la ciudad. Muy pronto, pacientes y médicos colegas, advierten que Mos­cati no es un médico más: antepone día y noche el servicio a los en­fermos a cual­quier asunto de su vida privada.

Don Giusseppe no es curandero. Ni médico matasanos o medicucho que improvisa recetas en serie para salir del paso. Hay que prescribir a cada enfermo todo y sólo lo que realmente necesita. Por las noches hay que estudiar los casos a conciencia y estar al día en su profesión; su dedicación le vale en los siguientes años una prestigiosa carrera públicamente reconocida. Le nom­bran Direc­tor de la Sección de Tuberculosis de todos los hospitales de la región, además de que ya es catedrático de Anatomía Patoló­gica, Fisiolo­gía Humana y de Química Fisiológica. Es un profesional comprometido, en cuer­po y alma, con su vocación. Por si fuera poco, fueron notables sus descubri­mientos en el campo de la bioquímica y sus investigaciones sobre los efec­tos del glucógeno. Alrededor de treinta de sus trabajos científicos fueron publicados en Italia y en el extranjero.

José Moscati es hombre transparente, sincero. Las siguientes palabras, que dijo el 17 de octubre de 1922, puede considerarse como el resumen de su vida de médico, hombre de ciencia y de fe: Ama la verdad, muéstrate como eres sin falsedades, sin miedos ni miramientos. Y si la verdad te cuesta la persecución, acéptala; si te cuesta el tormento, sopórtalo. Y si por la verdad tuvieses que sacrificarte tu mismo y tu vida, se fuerte en el sacrificio.


El éxito egoísta sirve de poco


Si este gran médico se hubiera dedicado a la sola enseñanza, fácilmente se hubiera procu­rado una vida famosa, bien remunerada, en menos tiempo y más cómoda. Pero Moscati no busca ni la gloria del mundo ni las riquezas. Si estudia más y crece su presti­gio, es para poner su ciencia al servicio de los demás. Busca al hombre que sufre y a Cristo en ellos. Si lo felicitan por una operación difícil con la que salva la vida de un paciente, le quita importancia al elogio: —El Señor dirige todo, también la mano del médico, a El sólo hay que dar las gracias.

Don Giusseppe es hombre que va bien vestido, sobriamente, pero pulcro, con su bigote bien cuidado. Muy conocido en Nápoles, es frecuente verle andar por aquellas calles estrechas y bulliciosas de los barrios más po­bres, donde la ropa recién lavada se tiende entre las fachadas. Por allí anda el médico, esquivando perros, mendigos y los juegos de niños grito­nes. A través de una ventana, se oye, una voz tipluda. Es una señora regordeta, lo más parecido, por fuera, a una soprano: —Dottore..!!: ¿vendrá al regreso a ver a mi hijo mayor que sigue en­fermo...? Don Giusseppe asiente con sincera sonrisa. De noche, con los ojos cargados de sueño después de haber visto decenas de pacientes, llega cariñoso hasta la cabecera de ese último. Asiste a cada una de las visitas con buena cara, sin sentirse víctima..., y siempre con un calor humano y delicadeza inconfundi­bles. Es un médico que cura con amor.


Cada enfermo es una persona humana

Hay que atender siempre las llamadas de emergencia, también cuando las hacen los pobres, a los que casi no les cobra nada; muy frecuentemente él mismo les da dinero para procurarse las medicinas. Cuando es oportuno ofrece su ayuda para que les atienda un sacerdote en los últimos momentos. Es un hombre muy humano y feliz, porque en cada enfermo ve mucho más que un clien­te: cualquier persona, el más desgraciado o hundido en los vicios, —¡qué importa quién!— necesita no únicamente de sus cuidados médicos, sino también de sus consuelos. Para el Doctor Moscati cada per­sona enferma es el mismo Cristo que se le acerca para pedir ayuda. Dos mil años después, en medio del trabajo profesional, se aplica a la letra, una de las condiciones para alcanzar la felicidad eterna del Cie­lo: Estuve enfermo y me visitásteis (Mt. 25, 26).

Giusseppe Moscati no es un beato que, por no trabajar, se pase el día en la iglesia. Pero es indudable que saca toda su fuerza de la oración y de la Misa, a la que asiste a diario cuando apenas amanece. Si no, ¿cómo seguir adelante y tener una sonrisa amable para todos? Además, practica con naturalidad el ayuno y lleva sereno, sin exagerar, las fatigas de su trabajo, a veces sin un mí­nimo de descanso. Considera su agotamiento por los demás como parte de sus mismo trabajo, de una profesión que ama apasionadamente y ejerce con hondo sentido humano. En una carta escribe: ¿Por qué rechazar el sufrimiento? El Se­ñor sufrió sin medida por mí. Me duele el pensamiento de que tantos hombres desprecian el amor divino. Con gusto ofrezco algo para conducirlos a los pies de su Salvador .


Una conversación con Caruso

En 1906 acontece la gran erupción del Vesubio, volcán vecino a Nápo­les. Comienza una lluvia de ceniza y Moscati, de inmediato, avisado del peligro para el hospital, da la orden de evacuación y todos los en­fermos son llevados a lugares provisionales de protección. Cuando apenas han sacado al último, el techo del hospital se derrumba bajo el peso de la ceniza y de la lava y la mayor parte del edificio queda inservible. Mien­tras, los otros médicos, espantados, ya habían huído.

Se cuenta que, años después, en 1921, Enrico Caruso, uno de los más geniales cantantes de ópera y mundialmente conocido, volvió a Italia gravemente enfermo. De los muchos médicos consultados para su diagnóstico, sólo el Doctor Moscati encontró la verdadera causa. Pero ya nada se pudo hacer, porque eran mínimas las esperanzas de curación. Al ir a atenderle en un hotel de lujo en Sorrento, al final, el mé­dico le dice: —Usted ha consultado ya tantos médicos, ¿por qué no consulta al mejor de todos que es Cristo, nuestro Señor y hace una confesión general? A los pocos días de haberse confesado, Caruso muere en el viaje que intentaba hacer a Roma.


Morirse en la raya...


El 5 de abril de 1927, entre tantos pacientes, el Doctor Moscati exa­mina a un sacerdote enfermo, el Padre Casimiro.

Al terminar, el médico le pregunta: —¿Desde cuándo no celebra Usted la Santa Misa?

El sacerdote contesta: —Desde hace dos meses .

Pues... pronto se curará y por eso le quiero pedir que por favor ofrezca esa primera Misa por mí, le dijo el médico.

Una semana después comienza Moscati su jornada idéntica, como todos los días. La mañana es de trabajo agitado en la Clínica. Llega a casa y toda­vía hay que atender a muchos pacientes que le esperan. A las tres de la tarde se retira a su privado y dice a la enfermera que no se siente bien. Cuando poco después entra ella, le encuentra sen­tado con los brazos cruzados: no hacía ni cinco minutos que acababa de morir. No habrá sido demasiada sorpresa para él encontrarse de repente con Dios, ha­bituado como estaba a conversar con El en medio de sus ocupaciones habitua­les.

Al día siguiente el Padre Casimiro bajó por primera vez a la capilla del hospital para ofrecer la primera Santa Misa después de su recuperación. Allí le dijeron que Moscati había muerto.


El mundo necesita médicos con rostro humano

La vida de Moscati ayuda a entender mejor que nuestro mundo necesita urgentemente médicos y enfermeras de otro tipo. Que traten a sus pacientes como un padre o una madre lo hace con sus hijos enfermos. No basta que sean hombres sabios y expertos, o premios Nobel y nos hagan trasplantes de todo. Ni que tapicen sus consultorios de diplomas y títulos para impresionarnos. Y aunque nos apliquen su ciencia con instrumentos preciosos —de tipo digital, computarizado, con láser y nos metan otros novedosos rayos en nuestros enfermitos cuerpos— tienen que ser, antes que todo, hombres que curan a otros hombres. La medicina se está desarrollando progresivamente y los descubrimientos de los genios asombran al mundo. Pero esta estupenda profesión, que es sólo para atender a humanos, se está deshumanizando. Cuántos enfermos en el mundo entero reciben el trato frío, a veces duro y desencarnado, sin corazón, de doctores que les dicen que sí los quieren curar, pero parece que más bien les quieren.... cobrar —y ¡¡pronto, que entre el siguiente!!— para que se cumplan los turnos y citas. Quizá los que más urgentemente necesitan trasplantes de corazón son algunos médicos y sus enfermeras.

Una vez el Doctor Moscati escribía a un joven doctor, alumno suyo recomendándole cómo debe atender a sus pacientes: no sólo se debe ocu­par del cuerpo, sino de las almas con el consejo, y entrando en el espí­ritu, antes que con las frías prescripciones que hay que llevar al farma­céutico.

La vida de este gran médico nos dice que hay que curar al enfermo sin brusquedades. Que no sea sólo revisar al paciente que sigue en la cola y hacerle rápido sólo cinco preguntas de rutina. Que la atención médica tampoco se reduzca a recetar las mismas pastillas, gotas, pomadas, inyecciones, transfusiones, o decir con solemnidad que se requieren urgentes análisis, estudios y chequeos de todo, y hasta operaciones carísimas.... y, lo que es peor, que realmente no son necesarios pero de ese modo el médico se embolsa bastante dinero.

La Medicina tiene una ética y humanismo propios. De allí que todos los enfermos del mundo deben ser tratados como lo que son: personas humanas. No dejan de ser humanos por estar desvalidos. Y, como muchos son pobres, se les debieran dar precios más justos y mejores condiciones de pago. Y a cualquier persona, si se le ha de revisar o auscultar, se hará con el máximo y delicadísimo respeto. Un enfermo que desea curarse, no busca un veterinario. Por eso desea que le escuchen, le comprendan, le sonrían, animándole a curarse. Si fuera preciso, agradecerá mucho que el médico también le dé cierta ayuda espiritual para encontrar sentido a lo que le pasa y optimismo para llevar sus penas con paz. Los médicos curan con sus conocimientos, pero alivian más pronto a sus pacientes con el interés y afecto que ponen en sus dolencias.

De este desconocido y gran médico se ha hecho este emotivo y grandísimo elogio, que vale sobre todo por quien lo hizo: Por naturaleza y vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el médico que cura: responder a las necesidades de los hombres y a sus sufrimientos fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que esta enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro hermano, el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo tanto, se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la medicina, que hoy se siente como condición necesaria para una renovada atención y asistencia al que sufre


Todos los enfermos del mundo necesitan un trato sencillamente como lo que son: personas humanas. No dejan de ser humanos por estar desvalidos. Y, como muchos son pobres, no se les ha de cobrar más de lo justo. Y si se les ha de revisar o auscultar, se hará con el máximo y delicadísimo respeto, más si son mujeres. Un enfermo que desea curarse, no busca un veterinario, ni se siente coche descompuesto que entra a un taller mecánico. Desea que le escuchen, le comprendan, le sonrían, animándole a curarse. Si fuera preciso, agradecerá mucho que el médico también le dé cierta ayuda espiritual para encontrar sentido a lo que le pasa y optimismo para llevar sus penas con paz. Los médicos curan con sus conocimientos, pero alivian más pronto a sus pacientes con el interés y afecto que ponen en sus dolencias.

De este desconocido y gran médico se ha hecho este emotivo y grandísimo elogio, que vale sobre todo por quien lo hizo: Por naturaleza y vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el mé­dico que cura: responder a las necesidades de los hombres y a sus sufri­mientos fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que esta enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro hermano, el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo tanto, se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la medicina, que hoy se siente como condición necesaria para una reno­vada atención y asistencia al que sufre.[1]



[1] Juan Pablo II, Homilía en la Ceremonia de Canonización del Doctor José Moscati, 16 de octubre de 1987.

Giuseppe Moscati


La scienza ci promette il benessere e tutto al più il piacere; la religione e la fede ci danno il balsamo della consolazione e la vera felicità, che è una cosa sola con la moralità e col senso del dovere
Giuseppe Moscati
San Giuseppe Moscati
San Giuseppe Moscati.jpg
Nacimiento Fecha desconocida
Venerado en Iglesia Católica
Beatificación Basílica de San Pedro, 16 de noviembre 1975, por Paulo VI
Canonización Basílica de San Pedro, 25 de octubre 1987, por Papa Juan Pablo II
Festividad 16 de noviembre.
Atributos Escudo de Médicos
Patronazgo Patrón de la Anatomía y Patologías.

Giuseppe Moscati(* Benevento, Italia 25 de julio de 1880 - † Nápoles, Italia 12 de abril de 1927) fue un médico italiano, canonizado por el Papa Juan Pablo II en 1987 y es uno de los santos más populares del siglo XX.



Infancia y Juventud

Hijo de un juez, Francisco, y una aristócrata, Rosa De Luca dei Marchesi di Roseto, y fue el séptimo de nueve hijos.

En 1884, se trasladó con su familia a Nápoles, donde su padre se convirtió en Director de la Corte de Apelaciones, donde el joven Giuseppe recibió la Primera Comunión, cuatro años más tarde, en la iglesia de las Hermanas del Sagrado Corazón. En esta iglesia, Moscati se reúne con los "beatos" Bartolo Longo, fundador de la ermita de Pompeya al lado de la iglesia y conoció a la Caterina Volpicelli.

En 1892 se inició para ayudar a su hermano Alberto, desfortunadamente, el murió tras una caída de su caballo durante el ejercicio de su servicio militar: a partir de este episodio empezó a madurar su pasión por la medicina.

Después de la escuela secundaria, se matriculó en 1897 en la Facultad de Medicina, en el mismo año la muerte de su padre, que sufrió de una hemorragia cerebral.

Médico, Investigador, Profesor

El 4 de agosto de 1903 se graduó con honores con una tesis sobre "Urogenesis de Hígado", los trabajos que se incluyeron en las columnas de la prensa y, después de unos meses se presentó a los concursos para auxiliares y asistentes en la extraordinaria "Ospedali Riuniti de Incurabili", pasando ambas pruebas. Se hizo cargo de los pacientes "Incurabili" (incurables) del hospital, donde permaneció por más de 5 años, sus días fueron siempre muy intensos, levantándose temprano en la mañana quedando libre para ir a visitar a los necesitados de los barrios españoles, antes de ir a operar en el hospital durante su trabajo diario, y visitar a los enfermos por la tarde en su estudio privado, y sumado a la dedicación a los enfermos no dejó de lado el tiempo de estudio para la investigación médica persiguiendo la aplicación de un equilibrio entre la ciencia y la fe.

Escritos

(en italiano)

  • La salda d'amido iniettata nell'organismo. Effetti sulla coagulazione del sangue, ricerche sperimentali del dott. Giuseppe Moscati, Napoli, Tip. editrice Tocco e Salvietti, 1906, estratto da: “Atti della R. Accademia medico-chirurgica di Napoli”, N. 2., 1906;
  • La salda d'amido iniettata nell'organismo nota 2.: ritenzione dell'amido e trasformazione in glicogeno: ricerche sperimentali del Dott. Giuseppe Moscati, Napoli, Tip. Ed. Tocco e Salvietti, 1906, estratto dagli: "Atti della R. Accademia Medico-Chirurgica di Napoli" n. 2. 1906;
  • Il glicogeno nella placenta muliebre andamento e meccanismo della sua scomparsa dopo l'emissione. Valore medico legale: ricerche sperimentali del Dott. Giuseppe Moscati, Napoli, Tip. A. Tocco e Salviati, 1907, estratti dagli: “Atti della R. Accademia Medico-Chirurgica di Napoli”, n. 2. 1907;
  • Quantita del glicogeno nei muscoli dell'uomo andamento della sua scomparsa dopo la morte: ricerche sperimentali del Dott. Giuseppe Moscati, Napoli, Tip. A. Tocco e Salvietti, 1907, estratti dagli: “Atti della R. Accademia Medico-Chirurgica di Napoli”, n. 2. 1907;
  • Azione della chinina sull'autolisi epatica e splenica. Ricerche sperimentali del dott. Giuseppe Moscati, Napoli, Tip. della Riforma Medica, 1910; estratti da: “Riforma Medica”, anno 26., n. 48;
  • Giuseppe Moscati, il laico santo di oggi, scritti inediti, cura di Alfredo Marranzini, prefazione di Mario Agnes, Roma, AVE, 1985;
  • Scienza e fede, pensieri scelti di Giuseppe Moscati, a cura di Sebastiano Esposito S.I., Messina, Esur, 1991;

Bibliografía

(en italiano)

  • 12 aprile 1927, [necrologio di Giuseppe Moscati a cura di Gennaro Moscati], Napoli, F. Giannini e Figli, 1927;
  • Santa Sede. Sacra congregazione per le cause dei santi, Il Decreto della eroicità delle virtù del venerabile Giuseppe Moscati professore della Universita di Napoli, Napoli, Giannini, 1973;
  • Alfredo Marranzini, Giuseppe Moscati, un'esponente della scuola medica napoletana, introduzione di Felice D'Onofrio, Roma, Orizzonte medico, 1980;
  • Gianni Infusino, Un santo in corsia. Giuseppe Moscati, Cinisello Balsamo, Edizioni paoline, 1987;
  • Lauro Maio, San Giuseppe Moscati e Benevento sua citta natale, S.l., Comitato per le celebrazioni in onore del novello santo, 1987;
  • Pasquale Scrocca, San Giuseppe Moscati, Napoli, Augustissima Arciconfraternita ed Ospedali della SS. Trinita dei Pellegrini e Convalescenti, 1988;
  • Alfredo Marranzini, Giuseppe Moscati : modello del laico cristiano di oggi, presentazione di Mario Agnes, Nuova ed. riv. e aggiornata, Roma, A.V.E., 1989;
  • Giorgio Papasogli, Giuseppe Moscati, il medico santo, Cinisello Balsamo, edizioni Paoline, 1991;
  • Raffaele Rossiello, L'anatomia patologica di s. Giuseppe Moscati, Messina, ESUR, 1992;
  • Felice D'Onofrio, Giuseppe Moscati, medico, docente, santo, Napoli, Campania Serafica, 1995;
  • Alessandro Doldi, Attività scientifica di san Giuseppe Moscati, Genova, 1998, estratti da: "Atti dell'Accademia ligure di scienze e lettere", Ser. 5., 54., 1997;
  • Alessandro Doldi, La formazione scientifica di Giuseppe Moscati, Genova, 2000, estratto da: "Atti dell'Accademia ligure di scienze e lettere", ser. 6., v. 2., 1999;
  • Antonio Tripodoro, Giuseppe Moscati, il medico dei poveri, Milano, Paoline, 2004;
  • Andrea Jelardi, Giuseppe Moscati e la scuola medica sannita del Novecento, Benevento, Realtà Sannita, 2004


Enlaces externos

1º Video:(primera parte)



2º Video:
(Segunda parte)





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